Poetización simbólica de Bartolomé Lloréns

Por

Bruno Rosario Candelier

 

Los creadores de poesía y ficción sienten una apelación de la realidad o de los efluvios sutiles. Toda creación artística o literaria entraña una intuición de la belleza con sentido. Y el sentido pleno y la belleza genuina conducen al fuero inmarcesible de lo Eterno.

El agraciado lírico español Bartolomé Lloréns (Catarroja, Valencia, 1922-1946), vivía en armonía con la naturaleza y disfrutaba el esplendor de lo viviente, que asumía como fuero y cauce de la Divinidad. De ahí su empatía hacia todo y su correspondiente interiorización para sentir la Llama sutil de fenómenos y cosas mediante el talante amartelado de su sensibilidad estética y espiritual.

Llamo talante amartelado al modo de sentir inspirado en el amor sagrado y puro, como lo sienten y lo viven los iluminados, los místicos y los santos. Ejemplo de ese singular talante es el poeta Bartolomé Lloréns y su afortunado poema “Canción de agua viva”.

Condiscípulo y colega de los destacados filólogos y poetas españoles Carlos Bousoño y Fernando Lázaro Carreter bajo el magisterio intelectual de Dámaso Alonso, frecuentaban la tertulia dominical en la residencia de Vicente Aleixandre, donde compartían sus creaciones poéticas y sus apelaciones intelectuales, espirituales y estéticas. Para sus amigos, compañeros y relacionados, Bartolomé Lloréns era un iluminado (1).

Iluminados, místicos y santos tienen una iluminación superior por la que inspiran amor, sabiduría y espiritualidad.

Los iluminados tienen una inteligencia sutil para comprender, con el poder receptivo de su intuición, el sentido de fenómenos y cosas, así como la sabiduría espiritual de lo viviente. Los místicos son iluminados con una mirada amorosa para sentir la huella divina en todo lo viviente. Y los santos son místicos que valoran la dimensión sagrada de personas y cosas y que veneran como tributo a la Divinidad.

La lírica teopoética de Bartolomé Lloréns, amartelada con el aliento de lo divino, es sufragánea de los fluidos sensoriales y las irradiaciones suprasensibles que dan a su creación ese toque de elevada espiritualidad con el tono amoroso de su vocación mística y el aura sagrada de su sensibilidad estética.

El místico exalta y bendice toda la Creación. De ahí la exaltación de lo viviente, como lo hace Bartolomé Lloréns en su creación poética. El poeta español experimentaba un amor puro hacia todas las cosas, y por eso su identificación emocional, imaginativa y espiritual hacia todo. Bartolomé Lloréns escribió los poemarios Hojas sin árbol, Fuga y Tránsito por la tierra, creación mística de un estremecido lirismo impregnado de la pasión sagrada con espiritualidad cristiana (2).

La sustancia la da la naturaleza o la Energía de la Divinidad; y el hombre crea la forma, es decir, el lenguaje con el que expresa el contenido. Hay que tener pureza de la sensibilidad, pureza de alma y pureza de conciencia para escribir con la limpieza sensorial, la diafanidad expresiva y la transparencia del espíritu, como lo hace Bartolomé Lloréns en su contemplación de lo viviente.

El sujeto contemplativo se sitúa ante la naturaleza y se dispone a contemplar. Ante la realidad despliega sus antenas sensoriales y entra en contacto con los datos sensoriales de las cosas. Y va más allá de las apariencias, más adentro, de las sensaciones que las cosas le producen. Logra una comunión con lo viviente mediante un proceso de interiorización en el alma de las cosas y, en esa relación de su yo con el ser de la cosa, vive y disfruta el encanto del agua, la tierra, el fuego y el aire, y el sujeto lírico recrea lo que su sensibilidad experimenta y, en esa relación física, afectiva, erótica y espiritual con la esencia de los elementos, tiene un vínculo entrañable con la naturaleza, disfruta la emoción de la dolencia divina y vive un momento de infinito.

La sensibilidad dicta las sensaciones, las emociones, la entonación que las palabras certifican. Por eso la poesía es la intuición de la interioridad y el cauce de lo divino. Quien se inspira en su intuición sabe siempre qué decir, y qué hacer. La creación de los escritores se nutre de su contacto con las cosas. Se nos da la realidad para instalarnos en el mundo; la sensibilidad para sentir y disfrutarlo; la inteligencia para intuir, pensar, hablar y crear; y la capacidad para captar el sentido que percibe la intuición de la conciencia. Y cada uno tiene, además, dones particulares.

Bartolomé Lloréns tuvo el don de una conciencia amartelada. El agraciado poeta era un creador iluminado, arrebatado por la Llama de lo divino. De ahí que supo sintonizar el alcance de la belleza en su triple dimensión sensorial, afectiva y espiritual.

Para crear hay que sentir en el hondón de la sensibilidad y en el fuero de la conciencia una honda y entrañable compenetración sensorial, afectiva y espiritual con la sustancia de las cosas, con el objeto de la inspiración o el sentido de la creación, sea pintura, escultura, danza, arquitectura, canción, poesía o ficción.

Hay tres condiciones que hacen posible la creación de una obra estética, simbólica y mística, como “Canción de agua viva”, de Bartolomé Lloréns: una mirada amorosa, una mirada mística y una mirada jubilosa, que se manifiestan en la belleza de la forma, la belleza del sentido y la belleza de la trascendencia.

   Belleza de la forma. Bartolomé Lloréns establece una sintonía empática con lo viviente, y la potencia perceptiva de su sensibilidad capta la sensorialidad de las cosas; la energía de su alma entra en comunión con la energía cósmica para intuir su sentido; y la percepción suprasensorial de su espíritu atrapa los efluvios de las irradiaciones estelares y, en una comunión de amor y empatía, se hermana con fenómenos y cosas para sentir en el espíritu el alma de lo viviente con la llama de lo divino. Eso es una relación fecunda con la sensorialidad de las cosas, que suelen lograr los genuinos estetas, iluminados y poetas. Entonces fluye la belleza sensorial que su sensibilidad atrapa en contacto con lo viviente. Cuando la mirada viene de una actitud amorosa, se atizan los sentidos y se amucha el esplendor del mundo. Esa empatía con la esencialidad de las cosas lo revela la visión estética y simbólica de “Canción de agua viva” (3):

 

Mi amor se desnudaba

a la orilla del agua,

a la orilla del cielo,

junto a la fuente clara.

¡La fuente de agua viva

secreta en la montaña!

 

   Belleza del sentido. La segunda conexión importante que logra el poeta es la dimensión del sentido, que los creadores de poesía y ficción consiguen cuando alcanzan una relación con la sustancia de las cosas mediante el proceso de interiorización con lo real. Se trata de un vínculo sutil entre la conciencia del contemplativo con la esencia de lo contemplada que lo apela. Esa conexión entre el hombre y las cosas implica la vivencia de la contemplación para sentir lo que las cosas son y significan. Es una cópula de amor entre el sujeto contemplador y la cosa contemplada mediante una relación erótico-espiritual que hace posible la fluencia de la emoción estética, el goce de la fruición espiritual y la satisfacción de lo viviente. La inteligencia sutil, cifrada en la conciencia de lo divino, inspira la mirada mística que percibe la sacralidad de las cosas y siente el esplendor del mundo, como se aprecia en “Canción de agua viva”:

 

Dejó las limpias prendas

sobre las verdes ramas

y deshojó las flores

que tejiera en guirnaldas.

Se olvidó de los pájaros

que en la umbría cantaban,

del rumor de las frondas,

del beso de las auras,

y en su puro desnudo

se contempló en las aguas.

 

   Belleza de la trascendencia. Y la tercera compenetración del ser humano con las criaturas vivientes, clave y cauce para sentir en el espíritu el encanto de la belleza sutil, es la sintonía del sujeto contemplador con los efluvios de la Creación. Se trata de captar, mediante los circuitos interiores de las neuronas cerebrales, las irradiaciones del Universo que se manifiestan en estelas, voces, aroma, imágenes y ondas electromagnéticas con mensajes de la sabiduría espiritual del Numen y verdades de muy antiguas esencias de la sabiduría mística del Nous procedente de los predios celestiales que suelen captar los dotados de alta estirpe divina, como son los poetas místicos, los iluminados y los santos, que sintonizan el sentido de los mensajes revelados de la voz universal. La mirada mística, con el entusiasmo que percibe la sacralidad de las cosas, capta el signo de la trascendencia con la alegría del corazón que ama, como Lloréns, según refleja la “Canción de agua viva”:

 

Su imagen intangible

de luminosa gracia,

vio esfumarse, fundirse

entre la viva plata

de aquella eterna fuente

secreta en la montaña.

 

Inspirado en la lírica mística de san Juan de la Cruz, el joven poeta valenciano plasmó en cautivador poema “Canción de agua viva” un estremecimiento de fulgores del alma iluminada ante el impacto sensorial de lo viviente y el esplendor de la llama sutil al fragor de una cópula entrañable con la luz, el cielo y la fuente de agua viva:

 

Dejó mi amor la orilla

y se perdió en las aguas.

En su eterna corriente

murmura, fluye, canta,

onda entre vivas ondas,

luz entre luces altas,

cielo mismo en el cielo

que las aguas arrastran.

 

Su amartelada obra lírica, estética y simbólica armonizó sensualidad y misticismo sin obviar el furor de la pasión erótica y el arrebato del éxtasis contemplativo en un entramado místico de elevada conciencia trascendente. Bajo la llama de la iluminación mística y la gracia de la lírica teopoética, nuestro agraciado poeta escribió hermosas canciones impregnadas del amor divino y la pasión sagrada (4). Con razón vivía bajo el fuego del entusiasmo -del griego En Theos-, fuente primordial de la que recibía el aliento superior de la conciencia mística.

Este celebrado poema, “Canción de agua viva”, es el resultado de una cópula de amor erótico-místico en unción sagrada con los elementos -el agua como matriz de lo viviente- que excitaba la sensibilidad del poeta que vivía bajo el embrujo del amor divino cifrado en las criaturas y las cosas, signo, fuero y cauce de lo sagrado en el hondón de su corazón. Su alma era una cítara celeste y, consciente de su vocación poética y dotado de una sensibilidad mística, sabía que tenía que crear la forma y lograr una expresión diáfana y pura para que la creación fuese cauce y símbolo de lo Alto, de la voz iluminada y sagrada, como entendía y sentía que debía ser el arte de la creación teopoética inspirada en lo divino. De ahí la pureza expresiva de su lírica, la transparencia luminosa de sus símbolos  y la amartelada conciencia de su sabiduría. De ahí que supo canalizar lo que su alma sentía a través de la belleza, como infiere Helena Ospina Garcés al presentar la creación poética de Barlolomé Lloréns en una de sus ponencias sobre la belleza, el arte de la creación (5).

Este memorable poema de Bartolomé Lloréns fue escrito el 17 de enero de 1946. Figura en la Antología poética prologada por Carlos Bousoño, publicada en Sevilla (edición de José Julio Cabanillas, 1993, pp. 29-30). Es un singular poema impregnado de belleza, ternura y espiritualidad sagrada en su hondura intangible, que resalta su transparente hermosura. Su sensorialidad proyecta la belleza sensorial y sutil ante el agua, el elemento de la naturaleza que enalteciera Tales de Mileto. Es un singular ejemplo de sabiduría divina en su vivencia mística. Su poema tiene una onda superior, como el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, que ha inspirado grandes poemas en las letras universales. El poema de Lloréns comienza con una cita de san Juan de la Cruz, “Aquella eterna fonte”, que inicia el Cántico espiritual. Bartolomé Lloréns bebió en la fuente misma de la sabiduría sanjuanista. Y experimentó la inspiración mística. Su alta vocación estética y su honda sabiduría espiritual fluyen en sus poemas.

La vocación mística entraña un sentimiento de coparticipación con lo viviente, un vínculo entrañable con fenómenos y elementos, como el agua. Cuando se habla de sabiduría hay que distinguirla de la sapiencia. Sapiencia es un conocimiento cultural de las cosas, como un erudito que sabe mucho por sus lecturas, pero eso no es sabiduría. La sapiencia es el conocimiento intelectual o cultural que una persona puede acumular. La sabiduría, en cambio, puede adquirirse sin conocimiento libresco, incluso una persona iletrada puede alcanzar la sabiduría, gracia divina que se logra con el desarrollo de la intuición espiritual y el sentimiento del amor. La inteligencia mística no se desarrolla con lecturas ni con reflexiones.

La lírica de Bartolomé es un pozo de sabiduría y piedad. Su poema revela una fina intuición mística, con una comprensión del mundo bajo el aura de singulares irradiaciones estelares. Los contemplativos enseñan que la sabiduría refleja la onda espiritual de lo divino. Y quien vive la sabiduría, comprende afectiva y espiritualmente el sentido místico de la Creación.

El reconocimiento de un hecho espiritual, consignado con el lenguaje de la mística, concita una creación poética reveladora de una verdad mística, como la intuida por la poeta dominicana sor Leonor de Ovando: “La pura santidad allí encerrada, / el émphasis, / primor de la escritura,/ me hicieron pensar cosa no pensada”. La palabra émphasis viene del griego y significa ‘expresión vehemente’ y, en el ejemplo citado, fruto de un arrebato espiritual o de una inspiración divina, tiene una connotación mística. En “émphasis, primor de la scriptura”, hay una verdad poética, si se asume la palabra “énfasis” como expresión del sentimiento; pero si “énfasis” se entiende con el significado de ‘entusiasmo’, que es una de sus acepciones, entonces hay que valorar, en la feliz intuición de sor Leonor de Ovando, una verdad mística.

En la lírica de la poeta criolla intuí la idea de una verdad mística,  que se diferencia de una verdad poética.

La verdad poética es una intuición estética de una verdad de vida a la luz de una vivencia emocional.

La verdad mística es una intuición de lo divino a la luz de una experiencia espiritual. La verdad expresada en “émphasis, primor de la scriptura”, de sor Leonor de Ovando, es un buen ejemplo. La verdad poética se funda en una verdad profana; y la verdad mística se funda en una verdad sagrada.

Pues bien, Bartolomé Lloréns intuyó una verdad poética al decir: “En su desnudo puro/ junto a la fuente clara. / Su imagen intangible/ de luminosa gracia”. Y también intuyó una verdad mística al expresar: “¡Oh fuente de agua viva/ que en lo escondido mana”.

La sabiduría espiritual nace de una inteligencia mística fraguada en lo sagrado con el amor puro y santo. Por eso entraña una mirada amorosa y comprensiva, luminosa y empática. Y fluye con la intuición mística y el amor a lo viviente, como la naturaleza viva que se nos ofrece con su encanto fulgurante. El sentido amoroso nace de una arraigada fe espiritual, conforme lo ilustra en elocuentes imágenes y símbolos la lírica teopoética de Bartolomé Lloréns, cauce del amor puro y sagrado, de cuya creación inferimos estas consideraciones:

  1. Bartolomé Lloréns comprendió el dicho sapiencial de que “lo más personal es lo más original”, sin la torpe pose narcisista.
  2. Con su creación poética canalizó su vocación creadora para testimoniar su visión estética y espiritual del mundo a la luz de la teología católica y la tradición mística de la lírica hispánica.
  3. En el camino místico asumido como el cauce de su inteligencia sutil dio el testimonio de una creación que consigna el caudal de sus intuiciones y vivencias con el aliento de su sensibilidad erotizante y el aura de su espiritualidad sagrada.

 

Leamos con  unción el celebrado poema “Canción del agua viva”:

 

“…aquella eterna fonte…”

San Juan de la Cruz

 

Mi amor se desnudaba

a la orilla del agua,

a la orilla del cielo,

junto a la fuente clara.

¡La fuente de agua viva

secreta en la montaña!

 

Mi amor se desnudaba

a la orilla del agua.

 

Dejó las limpias prendas

sobre las verdes ramas

y deshojó las flores

que tejiera en guirnaldas.

Se olvidó de los pájaros

que en la umbría cantaban,

del rumor de las frondas,

del beso de las auras,

y en su puro desnudo

se contempló en las aguas.

 

En su desnudo puro

junto a la fuente clara.

 

Su imagen intangible

de luminosa gracia,

vio esfumarse, fundirse

entre la viva plata

de aquella eterna fuente

secreta en la montaña.

 

Mi amor se reflejaba

en las ondas de plata.

 

Dejó mi amor la orilla

y se perdió en las aguas.

En su eterna corriente

murmura, fluye, canta,

onda entre vivas ondas,

luz entre luces altas,

cielo mismo en el cielo

que las aguas arrastran.

 

 

Dejó mi amor la orilla

y en la corriente canta.

 

¡Oh fuente de agua viva

que en lo escondido mana!

 

No volvió a la ribera,

que su amor era el agua.

 

Al vibrar en sede de amor divino el alma amartelada del poeta se consustancia con el alma de las cosas y realza el esplendor del mundo con la emoción de los sentidos y la vibración del espíritu. De la creación poética de Bartolomé Lloréns infiero que el lírico español tuvo clara conciencia de que el arte auténtico, edificante y luminoso, se plasma en una creación de la palabra, la pintura o la música que suscite en el contemplador lo mismo que concitó en el creador: el sentimiento de la emoción estética y la vivencia de la fruición espiritual a la luz de lo divino mismo. En “Canción de agua viva” el mundo es un fulgor y, en cada ámbito del Universo rutila, esplendorosa y elocuente, la Llama de la Divinidad.

Luminosa obra de un poeta que canta la realidad desde el vértice de la sensorialidad para disfrutar, con la inspiración de lo Alto, el encanto del mundo. Es una creación interiorista que expresa el esplendor de lo viviente como cauce de la belleza sutil y el sentido trascendente.

 

Bruno Rosario Candelier

Movimiento Interiorista del Ateneo Insular

Moca, Rep. Dominicana, 25 de abril de 2020.

 

Notas:

  1. Bartolomé Lloréns era la expresión de “la juventud quizá más traspasada de vida y espíritu que he tenido en estos tiempos a mi lado”, escribió Dámaso Alonso en su “Discurso de ingreso a la Real Academia Española”, Madrid, 25 de enero de 1948.
  2. Carlos Bousoño, Antología poética de Bartolomé Lloréns, Madrid, Adonáis, 1948. Bartolomé Lloréns, Secreta fuente (Madrid, Adonáis, 1948, con prólogo de Carlos Bousoño) y Juan Ignacio Poveda, Bartolomé Lloréns: Una sed de eternidades (Madrid, Rialp, 1997).
  3. Miguel de Santiago, Antología de poesía mística española, Barcelona, Verón editores, 1998, pp. 384-386.
  4. Carlos Bousoño decía que Bartolomé Lloréns, en plena juventud, era “un auténtico sabio”, en su prólogo a la Antología poética de Bartolomé Lloréns (Sevilla, edición de José Luis Cabanillas, Númenon, Cuadernos de poesía n.º 2, 1993, p. 5).
  5. Ponencia de Helena Ospina, “Arte y persona en Bartolomé Lloréns”, Coloquio de literatura hispanoamericana, San José, Universidad de Costa Rica, 2013.

 

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