El fuego sagrado de Clara Janés: visión estética en clave mística

Por

Bruno Rosario Candelier

 

A

José Antonio Pascual,

paradigma de la creación lexicográfica.

 

Todos los silbos del viento,

todas las voces del fuego.

(Clara Janés).

 

La prestigiosa escritora y académica española, Clara Janés, vive en comunión mística con el Universo, que es lo mismo que vivir en armonía espiritual con lo viviente. En virtud de ese vínculo divino, su obra literaria se nutre del aliento de la naturaleza, que siente y valora como expresión de la Divinidad.

Natural de Barcelona, graduada en filosofía y letras, cultora de la palabra y autora de una enjundiosa obra de poesía, ensayo y ficción, Clara Janés cuenta con una hermosa creación poética de inspiración mística en la que proyecta su relación cordial, entrañable y fecunda, con todo lo existente (1).

El Universo tiene su propia sabiduría espiritual, y hay seres privilegiados que son partícipes de esos conocimientos trascendentes. A Clara Janés le fascinan los misterios de la Creación, y su obra expresa, con la belleza del lenguaje y el sentido místico de sus intuiciones, las verdades y revelaciones que su sensibilidad atrapa y plasma en una creación impregnada de amor, espiritualidad y teofanía, en la que sus poemas son un canto sagrado, y sus vivencias interiores, una fuente de amor divino, que nuestra poeta siente en cada porción del Universo, como lo han sentido iluminados, contemplativos, místicos, santos y teopoetas de la trascendencia, al sentir la representación del rostro del Amado (2).

La belleza y la gracia de su lírica son un reflejo de la gracia y la belleza de su alma, rebosante de ternura gozosa por la fruición de sentir y compartir el vínculo divino. Y es también un valioso ejemplo de la inserción de la persona en la realidad que inspira su creación. La obra de Clara Janés, fruto de una vivencia estética y una fruición espiritual, me permite entender el proceso de la creación verbal, producto del Logos de la conciencia, ya que su lírica ilustra esa manera singular de instalarse en el interior de la cosa y desde ella cantar lo que mueve la sensibilidad y concita la conciencia.

Crear una imagen, un tono y una técnica que den cuenta del estado emocional, imaginativo y espiritual de la persona lírica desde el interior de la cosa es lo que hace el creador de una obra literaria para hacer sentir al lector lo que el creador sintió en el proceso de su creación. Efecto de una vida interior, de una intuición estética y un poder de creación, Clara Janés manifiesta en su obra poética tanto el estadio de contemplación, como el sentido de lo contemplado, en una expresión que entraña la realización del estadio creativo:

  1. Instalación en el interior del estado contemplativo para sentir y expresar lo que concitan su sensibilidad y su intuición.
  2. Asunción de lo contemplado, desde el interior de la cosa, para vivenciar sensorial, intelectual, afectiva, imaginativa y espiritualmente el sentido de lo contemplado.
  3. Recreación de las sensaciones percibidas mediante el objeto de la contemplación y, al tiempo que se trasciende a sí misma, se abstrae del mundo circundante tras su compenetración con lo viviente.
  4. Concienciación del estado de coparticipación e identificación intelectiva, emocional y espiritual con lo contemplado, en el que experimenta, disfruta y expresa la emoción de sentir en el espíritu la dimensión esencial, interna y mística de lo viviente.
  5. Vivencia entrañable del proceso creador de la conciencia mediante la contemplación y la fruición de lo contemplado, que expresa con el lenguaje de la poesía que asume la sustancia estética de esa experiencia interior y la hondura sutil del contenido trascendente, mediante imágenes y símbolos de la creación teopoética.

La vivencia y la consecuente formalización de la contemplación estética es consecuencia de un proceso interior que entraña el desarrollo de un estadio espiritual, formación intelectual, sensibilidad trascendente, apelación interior e impulso creador. Y Clara Janés ha vivido ese proceso y ha alcanzado ese desarrollo, pleno y fecundo.

Al leer la poesía de esta grandiosa poeta y académica española he podido inferir los atributos de su APELACIÓN, que resumo en los siguientes aspectos:

 

  1. La llama del sentimiento místico, pasión que la cautiva y arrebata, inunda su alma, su creación y su lenguaje con la expresión de una forma genuina, inspiradora y luminosa.
  2. La llama de la pureza seráfica, que emociona su corazón, testimonia su sentimiento de gratitud y alabanza al Creador, al tiempo que desahoga su yo profundo al sentir el aliento divino en su sensibilidad y su conciencia.
  3. La llama de la inspiración, que atiza su vocación literaria, activa la potencia creadora en el arte de la creación verbal con la incitación de la naturaleza con que se identifica sensorial, afectiva y espiritualmente, sintiéndose una con el Todo.
  4. La llama de la creación, por la que acude a la palabra como expresión del impulso creador, canaliza el sentimiento de la belleza y el sentido que la apelan con sus inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales.

 

Los rasgos de la apelación y la cosmovisión de Clara Janés secundan las virtualidades de su SENSIBILIDAD, fuente de su creación estética y baluarte de sus convicciones interiores, que se manifiestan en los siguientes atributos: 1. Talante abierto y fecundo, derivado de su sensibilidad honda y caudalosa, dispuesta para sentir el encanto de lo viviente. 2. Inclinación por la dimensión trascendente de fenómenos y cosas, que la mueve a buscar la belleza sutil de lo divino. 3. Sintonía empática por lo sagrado, que capta y expresa en su vertiente espiritual y estética. 4. Aliento de ternura y piedad hacia lo viviente, con una llama de amor que su vocación contemplativa enlaza con lo viviente.

La obra poética de Clara Janés revela, a través de su costado interior, su COSMOVISIÓN, que tiene las siguientes facetas conceptuales: 1. Concepción de lo sagrado como parte esencial del Universo cuya sustancia contiene y expresa la onda divina del Creador. 2. Valoración de la sabiduría mística que su intuición atrapa, de la que su obra literaria es huella y reflejo. 3. Ponderación de lo divino en lo humano por lo cual ve al hombre como el rostro de la Divinidad, que asume como sustancia de su creación poética. 4. Respeto por la sabiduría sagrada, que capta su inteligencia sutil y su sensibilidad trascendente con devoción por lo sagrado y acatamiento del designio divino en su vida y su obra.

Los tres factores determinantes de la creación artística (apelación, sensibilidad y cosmovisión) se patentizan en la obra poética de esta singular poeta con los siguientes atributos estéticos: 1. Expresión de la dulzura interior que la distingue y enaltece, por lo cual su poesía revela suavidad, pureza, diafanidad y armonía. 2, Exaltación de la belleza de la Creación como expresión de la Belleza sublime que sus poemas captan y proclaman mediante una expresión hermosa, edificante y fluyente. 3. Creación de un lenguaje pulcro, armonioso y diáfano, espejo de los atributos interiores que refleja la pureza de la Creación divina y la pureza de alma de nuestra poeta. 4. Devoción por los atributos de lo viviente, en tanto expresión del Creador del mundo, canalizada a través de la belleza y la hondura del sentido trascendente. Cuando el alma se impregna de energía divina, el lenguaje rebosa entusiasmo sagrado y fruición elocuente. Se trata del júbilo del místico cuya expresión rebosa la fruición teopática.

La creación teopoética de Clara Janés sobresale en la lírica de Occidente. Sin mencionar a Dios, lo expresa y lo proclama en su obra, haciéndolo sentir la belleza de la Creación como huella y cauce del Creador del mundo.

Clara Janés es una mujer culta, con los atributos de una creadora iluminada y la formación de una intelectual disciplinada. Aprendió del Platonismo la pasión por la belleza; del Cristianismo, el amor por las criaturas y las cosas; y del Sufismo, su identificación con la esencia sutil del yo profundo, y esos rasgos, en tanto vía sensible y luminosa, empática y fecunda, le han permitido engarzarse a lo divino por la vía mística. La mística no es una beatería de personas sensibleras, sino una expresión exquisita y sublime de la sensibilidad trascendente para conectarse a lo divino. Y un camino muy elevado para testimoniar la más honda sensibilidad espiritual, como lo ha hecho esta agraciada poeta española.

¿Qué singularidad y qué encanto tienen los versos de Clara Janés, que cautivan el alma del lector con el hechizo de lo sutil? ¿Cuál es la magia poética de esta extraordinaria mujer que nos encanta con su lira? ¿Cómo explicar la armonía interior, la dulzura entrañable y la belleza sublime de una creación, como la de esta mística española?

El antiguo poeta persa Hallal Udin Rumi, en una de sus hermosas odas contemplativas, dice que anhelaba “una luna para la noche larga” (3), y Clara Janés, que admira al famoso sufí, recrea esa imagen visionaria desde su sensibilidad empática, reclamando “el claro de la luna sobre las aguas de la noche” para surcar la onda inmarcesible y sutil de luz. Como la Sulamita del Cantar bíblico, quiere internarse en la espesura de lo eterno, “sin ser notada”, integrándose entera y gozosa, mediante el amor que le inspira:

 

Quiero arrastrar el claro de luna

sobre las aguas de la noche,

ser en ellas remo de plata y surcarlas,

y confundirme luego con la estrella

que despierta el dormido camino de la luz.

Quiero entonces perderme

en un nimbo lejano y envolverme,

quedar fija amando en par de lo inasible,

sin ser notada,

y permanecer así

en el desolvido del día (4).

 

La persona lírica de estos emotivos versos sabe auscultar el fondo de la sensibilidad profunda y, en una expresión deíctica y simbólica, “el agua de las simas de la noche” alude al fondo inasible de la nada al que llegan los místicos en su arrebato extático mediante la disposición del kénosis. En griego [kénosis] significa ‘anonadamiento’, ‘anulación’, ‘rebajamiento’ y, en su éxtasis intenso, como una forma de sugerir el despojamiento y su nada imantados por el Misterio, se anula todo intento de conciencia, mientras el alma del contemplativo se siente absorta por una estela de luz y un halo mágico de una energía espiritual que asume el control de los sentidos. En su descripción del éxtasis místico advierte la voz lírica que quien “se pierde en pos del fondo, en la nada se pierde”:

 

Paisaje abrupto:

monte de roca pura y negro estanque

que encierra el agua

de las simas de la noche.

Quien en ella se pierde en pos del fondo,

en la nada se pierde

acaso definitivamente.

Permanecí en espera

y la voz que pronunció mi nombre

llegó del firmamento,

de un punto tan lejano

que resultó irreflejable en la negrura.

La superficie inmóvil,

replegada en sí misma,

me apartaba,

llenándome el espanto

de un agua sin reflejos.

Volví el rostro,

y en ascensión, por un hilo de luz

me entregué,

dejando todo lastre (5).

 

La creadora de estos versos luminosos siente una presencia invisible, la voz del Ser que la concita, y “como flor en el agua/ se despliega en mí el ser/ por la frescura de su voz” (p.12). Y esa voz profunda la apela callada y sutilmente y, en un canto con huella platónica, hebrea, cristiana y sufí, que la poeta armoniza en su lírica, expresa el sentimiento de integración cósmica que su talante asume recreando el estremecimiento de la naturaleza ante la furia de sus elementos. Con metáforas surrealistas, sorprende el desconcierto de fenómenos insumisos. El latido de lo viviente, como una fuerza irresistible, unifica criaturas y elementos bajo la subyugación de lo inmenso, mientras la voz lírica de estos versos sabe insertarse, con belleza y fruición, en el centro mismo de la epifanía del Ser:

 

Ha laminado el viento

hojas de lluvia

y la tormenta

con látigos de rayo

pone en vilo a las sombras.

El dulce felino se acerca

con ritmo obstinado

alumbra su tacto suave

la pura fusión.

Deshechos contornos se rinden

al vivo latido

que al Cosmos nos une.

Y envuelven el ser desvelado

galernas de noche

y perfumes (6).

 

En esa compenetración empática, emocional y espiritual, la poeta se siente tallo, rama y flor, y gime con los elementos experimentando un llanto cósmico. Ese “dolorido sentir” del que hablaba Garcilaso de la Vega revive poéticamente el aliento inmortal de la carne y el espíritu. Mediante una coparticipación con lo existente, la voz lírica se hace viento y onda, y vuela entre ramas y azahares; se vuelve estrella del ocaso, y fluye entre montes y estelas; y, en su visión panteísta, presiente la huella del Amado –claro influjo sanjuanista- en la ardorosa lira de la vivencia extática de esta agraciada teopoeta. En clave mística, al expresar lo que su sensibilidad presiente, llega hasta el fuero mismo del Paraíso bíblico, recreando recursos expresivos del Libro Sagrado con la sabiduría sagrada del Nous:

 

Estrella del ocaso entre los árboles,

viaje a los lejanos días de la infancia:

el lomo de los montes

era manto de sueños.

Cada tronco el cuerpo del Amado,

las aguas inmutables

dibujaban el éxtasis

y en la línea rojiza del crepúsculo

se cruzaban las ramas

prendiendo fuego al corazón.

Estrella del ocaso,

hacia paisajes más remotos, senda,

con los ojos te alcanzo

y antes de que la sombra me someta

me remonto en el ser

y llego hasta los días de Utnapistim

y contemplo las tierras

bañadas por el Éufrates (7).

 

En esa visión lírica y estética, simbólica y mística, las cosas reflejan la onda sublime de la Presencia divina que imanta su amorosa llama. Con ese talante perceptivo se acoplan en nuestra agraciada poeta sus potencias interiores al sentido inmanente de lo Eterno. Su intuición de lo profundo le permite distinguir el punto transfinito del que hablaba Jorge Luis Borges y desde el cual vislumbra lo Real, en cuyo centro se fusionan los contrarios, desde la concurrencia de lo simple y lo complejo hasta la integración de los opuestos, incluidos el ser y la nada, y se disipan las dudas y se afirma la existencia del que Es, como han sentido iluminados, místicos, santos, profetas y teopoetas. Es su modo sutil de comprender los signos sagrados del Cosmos expresa con emoción rotunda y entrañable:

Las cascadas de aroma

de los tilos en flor

apresan la blancura:

el negro tiraniza los espacios.

Envuelta en llamas,

una esfera violeta

vertiginosa cae.

El agua mansa

en prolongada ola se cobija.

Y el cráter de la noche

desvela el punto de la nada.

Es don de transparencia

reconocer los signos (8).

 

Clara Janés canta a la Divinidad con su hermosa lírica teopoética. La inmensa poeta experimenta lo que le acontece al amante cuando logra lo que su corazón anhela. La autora de esos versos sublimes no menciona a Dios; sin embargo, su poesía es un testimonio de amor y de alabanza a la Divinidad. La hace sentir como lo vive en su interior, que lo siente todo, lo disfruta todo, le duele todo, lo goza todo. Así como el testigo de la Teofanía revela lo oculto desde la Creación (Mt. 13, 35), o el salmista exalta la Creación del Cosmos (Sal. 102), Clara Janés capta su Presencia invisible en el fulgor de lo viviente, que su lira asume y recrea con el talante de su visión mística y el talento de su expresión estética para deleite de nuestros sentidos y fruición de nuestro espíritu, que logra con una insospechada expresión de hondura cósmica, de espiritualidad sagrada, de alto vuelo de la conciencia:

 

En las aguas del río,

estrella entre las ondas rumorosas

camino de la mar.

No estrangulan los bucles

esa luz que se adentra

en el cuerpo del agua

y fluye, toda amor, al desorigen,

pura ofrenda,

puro sumiso penetrar

que bañará de resplandor las simas

desalojando la nada para siempre (9).

 

El Universo tiene una sabiduría que captan los contemplativos, místicos, iluminados, santos y teopoetas. Esa inveterada sabiduría traspasa el subconsciente y conforma la fuente mística por excelencia. Clara Janés, con su inteligencia sutil, con su sensibilidad profunda, capta la voz secreta y arcana del Cosmos, expresada en la voz universal que le ha sido revelada como expresión de una memoria cósmica o manifestación de una revelación que la sabiduría del Nous pone en su mente como dación y gracia para santificarla con la gracia de la Palabra y bendecirla con la Llama del Altísimo. Al sentir la voz de las cosas, nuestra admirada poeta aprehende y revela la voz secreta impregnada de un mensaje de muy antiguas esencias trasvasado en sus luminosos versos:

 

Cuando dobla la sombra,

granates y amatistas levantan

una cúpula sin fin;

las perlas del rocío

coronan ya las yerbas más humildes

y un cántico suave

anuncia el cese de su espera.

A ras del sueño,

los gules de mi campo se retiran

y se eleva la luz atesorada

hacia la claridad,

y se trasmuda en ella

por el aura amorosa

que destella revelación (10).

 

La conciencia mística de lo divino conduce a una madurez espiritual que hace de la convivencia sagrada de la vida y del cultivo esmerado del espíritu el centro de una vividura trascendente. El hombre moderno y la muchedumbre de la gente están lejos de ese centro que normó la vida moral y espiritual de nuestros mayores bajo la inspiración de lo divino por la implantación de una tendencia desacralizada que los ha apartado de la inspiración religiosa, la contemplación y la oración, con la ausencia de los valores auténticos de una formación intelectual orientadora y una espiritualidad sagrada.

El ser humano tiene una manera de ser y de vincularse a lo viviente. La mística induce a ese vínculo entrañable en virtud de la esencia común que todo comparte con el Todo. La naturaleza es puente de ese vínculo, como lo es la conciencia de nuestro ser, que san Agustín identificara con interior íntimo meo, es decir, ‘lo más interior mío’, fuero, eco y cauce de lo divino. A través de la contemplación, las instancias del yo profundo y del Cosmos se viven entrañablemente. Por tradición los contemplativos experimentan esas vivencias, como se aprecia en Clara Janés, que vive el sentido de lo viviente hasta el gozo del éxtasis, arrobada por la belleza sutil y la Llama sagrado que percibe en su epifanía:

 

El alba me ofrece una flor blanca.

 Su perfume suspende mis sentidos.

Presa quedo en ese instante

 que apacigua el misterio,

oculto en su corola diminuta,

trasmudado en promesa” (11).

 

La mística española percibe la belleza del mundo como expresión de la Belleza sublime. Esa disposición espiritual y estética mueve la sensibilidad de nuestra poeta cuyo Eros interior, intenso y fecundo, explica la pasión con que asume la Presencia divina en el Cosmos y la fruición que expresa cantando el esplendor de lo viviente. Inspirada en la tradición contemplativa de varias tendencias místicas, lo mismo en la vivencia teopoética a la manera oriental de Hallal Udin Rumi, que al modo occidental de san Juan de la Cruz, Clara Janés ha abrevado en varias fuentes de la sabiduría mística y revela en sus poemas que vive el estado espiritual de la iluminación divina por la cual ha desarrollado la capacidad de sintonía de lo sagrado en tan alto grado y tan profunda hondura que intuye lo que las cosas revelan a la luz de la dimensión mística de lo viviente:

 

Al aire el mirlo atrapaba los granos

y el jardín vacío

se pobló de pronto con su vuelo.

En la copa del alba

la luz se le ofrecía,

y la mano oculta del silencio

celaba las enredaderas,

que son su ausencia:

teofanías de amor (12).

 

En ese poema, como en otros textos suyos, la autora usa apropiados recursos de composición, como imágenes clásicas o surrealistas, comparaciones y símbolos comunicativos en un lenguaje culto impregnado de pureza lírica, amor y sabiduría. La ternura mística brota, fluyente y rediviva, en los versos henchidos de la sabiduría divina de Clara Janés, que brinca de amor ante el encanto sensorial de lo viviente: “Una rosa se eleva/ en medio de mi pecho”, dice con emocionado acento en uno de sus poemas para aludir simbólicamente a la ternura de su mirada, a la piedad de su escrutinio y al don, maravilloso y cautivador, que le embriaga el alma liberándola de enojos y pesares. La naturaleza aflora sedienta y ansiosa de lo sagrado como una secreta apelación que encarnan criaturas, plantas y elementos. Solo el amor, en la visión estética y mística de Clara Janés, atrae la luz que la redime y, en su ánfora interior, centro de su rosa encendida y agraciada, se desatan los átomos ardientes de su sensibilidad estremecida con el carisma sagrado del Altísimo. En su creación poética, la naturaleza exalta a su Creador mediante salmos de fervor orante que la mirada de la agraciada poeta catalana ausculta en su rumor diciente. Solo una sensibilidad mística como la de Clara Janés puede captar, en obvias ondas sublimadas, el sentido orante de plantas y criaturas como lo presiente esta singular mujer de profundas intuiciones místicas: “Al anuncio lunar/ se recogen en vela/ las plantas y los árboles; / y en el halo que descubre nuestro centro/ queda en suspenso la mirada. / Blancos ramajes de armonía/ colman la hora nocturna. / El orbe silente/ dispone para el alba su corazón” (13).

Esta eminente poeta y traductora española responde a la más honda apelación contemplativa. Su escritura es un testimonio hermoso y fecundo de su vínculo entrañable con el Ser esencial de lo viviente. En su lírica encauza la clave de una sensibilidad amartelada con la sabiduría sagrada. Y su expresión de lo divino, que asume en su costado sensorial y trascendente, destila el júbilo de la mística con su entusiasmo lírico; sobresale el uso de referentes naturales como símbolos de la trascendencia; y rutila la Llama viva de Amor sagrado, desde el fuego de su rosa interior, en armonía lírica y estética con la realidad que la imanta a lo divino. Con la entonación jubilosa del canto místico se vale de lo natural para testimoniar, con la expresión simbólica de su ideal profundo, la fuerza que concita la ardorosa pasión de su vida y su cantar, que como el canto bíblico del Cantar de cantares, expresa con jubilosa ternura consentida:

 

Piedras en transparente espera,

yerbas sumisas, bestias

 hacia las cuales tienden los astros

sus escalas de luz,

de plata engalanadas,

la plenitud incorporan

de la primavera

y ascienden hacia el mudo clamor.

Recuerda el alma

por fuerza de ese acento,

y en vuelo vertical,

como la alondra, canta.

Un viento esparce

el oculto perfume

del ser inmarcesible (14).

 

Las virtudes estéticas y místicas de la creación poética de Clara Janés las sintetizo en los siguientes términos:

  1. Percibe la expresión de lo divino en la naturaleza de lo viviente, que asume, recrea y exalta como cauce de la Divinidad.
  2. Canaliza la emoción estética de la creación literaria a través de la cual crea recursos simbolistas, surrealistas e interioristas para revivir la Llama de la Creación.
  3. Se instala en el interior de la cosa, testimoniando la vivencia de la contemplación y el encanto del Contemplado en la manifestación de lo viviente con la convicción de intuir la esencia divina en cada cosa.
  4. Prevalida del lenguaje de la mística y el sentimiento de lo divino, expresa con belleza y emoción la frescura de lo prístino en clave mística bajo la pasión de la creación teopoética.
  5. Disfruta la fascinación de lo viviente con la pasión de lo sagrado y la energía sacrosanta del amor sutil, que canta y exalta el esplendor de la Creación para tributar al Creador un canto de amor y alabanza en una creación estética, simbólica y mística.

La suavidad, fascinación y dulzura de estos poemas de Clara Janés reflejan la onda de la sabiduría mística que impregna la sensibilidad de nuestra poeta, imantada ante la hermosura de lo viviente; la ternura de su corazón, impregnado de aliento místico, signo y cauce de su amor sagrado; la paz de su alma, agraciada entre las iluminadas, apacentada está en el Amor sagrado. Y la fruición de su entusiasmo místico destello es del gozo inmenso de quien anida en sus entrañas la Llama sutil de la Fuente rutilante de la Luz.

 

Bruno Rosario Candelier

Congreso de Academias de la Lengua Española

Medellín, República de Colombia,  21 de marzo de 2007.

Notas:

  1. Clara Janés nació en Barcelona y cursó la carrera de filosofía y letras en la Universidad de Pamplona, y la maestría en literatura por la Universidad de París. Cultora de poesía, novela, biografía, ensayo y traducción, en 1977 obtuvo el Premio Nacional de Traducción. Entre sus libros poéticos figuran En busca de Cordelia y Poemas rumanos (1975), Libro de alineaciones (1980), Vivir (1983), Kampa (1986), Lapidario (1988), Rosas de fuego (1996), La indetenible quietud (1998), Arcángel de sombra (1999) y Los secretos del bosque (2002). En prosa ha publicado Cirlot, el no mundo y la poesía imaginal (1996), La palabra y el secreto (1999), Jardín y laberinto (1990); en narrativa Espejos de agua (1997), Los caballos del sueño (1989), El hombre de Adén (1991), y en teatro Luz de oscura llama (2002), Roses of fire (2004). Diván del ópalo de fuego (2005), Orbes del sueño (2013), Kamasutra para dormir a un espejo (2019). Es miembro de número de la Real Academia Española.
  2. Clara Janés, Rubayat de Hallal Ud-Din Rumi, Sevilla, España, UNESCO, 2003, p. 17.
  3. Hallal Ud-Din Rumi, Rubaiyat, 194.
  4. Clara Janés, Roses of fire, Traducción de Anne Pasero. Varanasi, Aranyakas Indica, 2004, p.8.
  5. Ibídem, 10.
  6. Ibídem, 24.
  7. Ibídem, 26.
  8. Ibídem, 30.
  9. Ibídem, 36.
  10. Ibídem, p. 40.
  11. Ibídem, p. 44.
  12. Ibídem, p. 46.
  13. Ibídem, p. 68.
  14. Ibídem, p. 82.
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