Evocación de René y Norberto

Norberto James, Bruno Rosario Candelier y Andrés L. Mateo,
en Madrid, en 1972.

 

Por Andrés L. Mateo

   En el 2013, el Ayuntamiento de San Pedro de Macorís y la Universidad Central del Este rindieron un merecido homenaje al poeta petromacorisano Norberto James, el ya célebre autor del poema “Los inmigrantes”, que representa la epopeya de ese conglomerado humano que la historiografía cultural dominicana llama “Cocolos”, y que llegaron de las islas del caribe con su propia cultura, y se adaptaron a la nuestra, y aportaron sus dioses y creencias, su forma particular de socialización, su visión del mundo y sus valores.

 

Norberto James nació de padres provenientes de esa inmigración, como Juan Sánchez Lamouth o Antonio Lockward Artiles, y yo recorrí con él un largo periplo de mi vida espiritual.

Después de la muerte de mi madre, y el exilio económico de la suya en los Estados Unidos, nos fuimos a vivir a la pen

sión de “doña prima”, en la calle Padre Billini esquina Santomé. Dos tipos con libros, que hablaban de poesía y creían en el mito de que la redención social era posible.

Por eso, mientras lo condecoraban yo comencé a pensar en René del Risco, con quien nos juntábamos a compartir entonces las mismas inquietudes. Era macorisano también, y tanto Norberto como yo lo queríamos mucho.

La mañana de un sábado de octubre de 1972 nos despedimos de René. En el viejo carrito “cepillo” de Tony Raful. Habíamos ido a su casa con Norberto James. Llovía y era sábado, las ciudades se entristecen entonces.

Norberto y yo nos íbamos del país, e inventariábamos los afectos para apertrecharnos contra el desarraigo.

René era ya famoso. Tenía una cierta posición económica, y estaba claro que nos envidiaba porque éramos nosotros los que partíamos. Teníamos urgencia de cuestionar el futuro (Norberto siempre decía: “Hay que irse, no se puede sonar como un tambor, vacío por dentro, tenemos que irnos a estudiar”); él estaba cansado, eran demasiados combates, demasiada soledad.

La conciencia se amolda a la molicie del presente, pero René era un insurrecto. La cara limpia, los cabellos mentolados, la mirada furiosa y escrutadora, el pecho un poco hundido hacia la pequeña jiba que se le hacía en la espalda.

Nos abrazamos y nos dijo de todo corazón: “Cuídense, muchachos”. Antes de irnos, nos pidió la dirección porque pensaba mandarnos algún dinero, y desplegó aquella sonrisa de niño sabichoso que siempre lo acompañaba.

Jamás lo volveríamos a ver. Nos enteramos de su muerte en el frío invierno europeo de 1972, camino a Cuba, que era nuestro destino. La realidad impone al ensueño su decorado, y puede que René se haya quedado tendido sin remedio ante la muerte, pero para mí que se fue con nosotros.

Quizás esto sea impensable (Jorge Luis Borges dice que la muerte es sólo un dato estadístico), pero tal vez no pudo soportar esa fuerza que de repente se le oponía, y a lo mejor todavía anda perdido por París.

La temporalidad es a propósito ambigua, Norberto y yo podríamos estar esperando todavía esa carta con algún dinero que nunca llegó. Y yo ahora lo miraba a él, el Cocolo James, siendo reconocido por el pueblo en que nació; y me llegaba la imagen de René, aquél sábado 8 de octubre de 1972, abrazándonos y diciendo, como en el viejo tango: “Adiós muchachos”.

Soy casi viejo y tengo derecho al inventario. Norberto acaba de morir.  La vida es siempre un viaje a las antípodas, un deseo incesante de perfección que nos obliga a hundirnos en ese terror que ni el insulto ni la pasión misma pueden evitar, contando con que la ignominia y la justicia, Dios y el horror, estarán eternamente fundidos.

Por eso, cuando la asfixia moral de una sociedad cercada por sus propios espantos me atosiga, regreso a esa estación de la vida en la que me están esperando tantos sueños perdidos.

¡Hay una audacia permitida que lo valida todo en el mundo de hoy! Pero en mi alma es sábado y está lloviendo. René del Risco Bermúdez sonríe, sin embargo es un hombre que debe morir.

¿No es inútil ese aire frío que lo ronda, esa altivez en que se admira, como Narciso mirándose en el fondo del agua?  ¡Oh, Dios! Tal vez sólo habíamos vivido en el seno de un lenguaje puramente poético, y deberíamos todos avergonzarnos de nuestros viejos combates. Pero en mi alma es sábado y está lloviendo…

Ahora es Norberto quien acaba de morir. Lo veo tremolar en su poesía lenta, morosa, parecida al transcurrir de la vida en los bateyes, Porque su escritura no tenía ningún otro lugar en los géneros literarios que no sea la lírica La lírica no tiene relación espacio temporal, no tiene sujeto.

Quien lee un poema echa a andar una historia que ocurre en el acto de la lectura. Por eso la poesía de Norberto es una lírica con personajes.

Cuando no son los “Cocolos” telón de fondo de su infancia y referentes épicos de sus angustias, son los exilios y los autoexilios. También el desarraigo y la nostalgia que en sus textos yacen tendidos a sus pies como un perro flaco. Norberto no podía ser otra cosa que poeta, y por suerte lo fue.

Es así como lo recuerdo, poetizándolo todo, abstraído, sumido en la incertidumbre de seleccionar la palabra precisa para esculpir la difluencia del instante. Certero, como un alfarero.

(https://hoy.com.do/recordando-a-rene-y-mirando-a-norberto-2/)

16 de enero de 2021

 

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