Rafael Rodríguez-Ponga: «El nacimiento de un nuevo vocabulario, consecuencias lingüísticas de la pandemia»

Por Miguelina Medina 

 

En el marco de la obra Pandemia y Resiliencia: Aportaciones académicas en tiempo de crisis, el doctor Rafael Rodríguez-Ponga ha desarrollado el estudio “El nacimiento de un nuevo vocabulario: consecuencias lingüísticas de la pandemia”. Explica que “la nueva realidad ha llegado de golpe con numerosos países afectados por la expansión de un virus”. Dice que “es impresionante comprobar que las distintas lenguas han cambiado su vocabulario en tan solo unos meses”: “Recordemos que las palabras viral, virulento virulencia proceden de virus” –explica. “Parece redundante, pero estamos ante una dramática situación creada por la aparición de un virus de virulencia inesperada y difundido de forma viral” (p. 198).    

“Fenómenos lingüísticos”

Rodríguez-Ponga, intelectual español, lingüista y promotor cultural, explica que “los emisores de los mensajes han tenido que dar respuesta lingüística a las urgentes necesidades sociales”: “vemos que han procedido a incorporar neologismos prestados del inglés (covid), a popularizar palabras que estaban limitadas al lenguaje científico (coronavirus) o jurídico (confinamiento), a dar nuevos contenidos a palabras ya existentes (test, aforo), a generalizar siglas como nombres comunes (epi, erte) y a acuñar otros neologismos que utilizan los procedimientos habituales de derivación por sufijación (covídico, coronavírico), composición (coronacrisis) e incluso composición y sufijación a la vez (sologripista)”.

Dice que “este conjunto de fenómenos lingüísticos se ha producido en cuestión de semanas, de días”. Consigna que “el nuevo lenguaje covídico (NLC) ha recorrido el mundo entero” y que “la urgencia sanitaria se ha convertido en urgencia lingüística”.   “Los contagios patológicos se han unido a los contagios lingüísticos. La velocidad del virus ha estado unida a la velocidad de difusión de los conceptos y las palabras”, añade.

“Los cambios en el lenguaje”

“Distingamos entre lenguaje y lengua –explica–: lenguaje es la capacidad humana innata de comunicarnos, de hablar, oír y entender, mediante la palabra (el lenguaje humano); así como cada una de las formas especializadas de utilizar esa capacidad (v.g. lenguaje técnico, lenguaje científico…). Lengua o idioma es cada uno de los sistemas o conjuntos de signos lingüísticos, que desarrolla del lenguaje y que es propio de una comunidad”.   Señala que “los cambios en el lenguaje suceden –entre otras razones– como reflejo de la evolución de la sociedad” (p. 199).

Expresa que “en sociolingüística es aplicable la Teoría de catástrofes, que «concibe la realidad (en este caso lingüística) como algo estable, pero sujeto a cambios imprevistos y a discontinuidades» (Moreno Fernández, 2005, p. 118)”, y que “en estos momentos la innovación lingüística ha sido tan rápida y profunda que está afectando a hablantes de todo tipo”: “Los cambios producidos en nuestra realidad física y social, de forma tan abrupta (aparición del virus, pandemia, mortandad, confinamiento…) han hecho que tengamos que adaptarnos a la nueva realidad mediante nuevas formas lingüísticas”. Agrega que “la palabra y la realidad se unen y se incorporan a nuestra vida cotidiana, con distintas intensidades” (Rodríguez-Ponga, 1998).

 

Leamos los siguientes conceptos que en este sentido expone el autor:

  1. “Las palabras son signos lingüísticos compuestos de dos elementos: significante y significado: el significante es la forma acústica del signo, lo que decimos mediante la articulación de los órganos sonoros (boca, nariz, garganta), que puede trasladarse a la escritura. El significado es el contenido, el concepto, la idea que contiene ese signo, lo que quiere decir la palabra”. “Por tanto –explica– si una palabra adquiere un significado nuevo, estamos realmente ante un nuevo signo lingüístico”.
  2. “Los medios de comunicación social y las redes sociales han difundido con una rapidez asombrosa las creaciones léxicas y los nuevos contenidos, sin importar fronteras (Demoulin 2020, Pérez-Peña 2020)”.
  3. “Algunos de los nuevos signos han llegado a todo el ámbito lingüístico hispánico, pero otros han tenido una difusión reducida”.
  4. “En todo caso, como ha dicho Darío Villanueva, exdirector de la Real Academia Española, es «fundamental» adaptar el diccionario a la nueva realidad” (p. 200).

 

En España: “Los contenidos semánticos: de la calma a la guerra”

Rodríguez-Ponga expone que “en los dos primeros meses de 2020, tras la aparición de la nueva enfermedad, las autoridades españolas transmitían mensajes de tranquilidad y llamamientos a la calma”. Dice que “en la comparecencia de prensa, tras el Consejo Europeo extraordinario (Bruselas, 21 de febrero de 2020), el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez dijo (p. 201):

«Afortunadamente tenemos un sistema de salud pública en España extraordinario que está haciendo una labor básica, que es la de controlar, desde un punto de vista científico esta enfermedad, y también desde un punto de vista de comunicación trasladando garantías, certezas y tranquilidad a la opinión pública española».

Igualmente dice: “El 9 de marzo, dijo el Presidente del Gobierno: «Quiero lanzar un mensaje de unidad, de serenidad y de estabilidad». Al día siguiente, repetía las mismas palabras, tras el Consejo Europeo extraordinario sobre el coronavirus (La Moncloa, 10 de marzo de 2020):  «Quiero en consecuencia enviar por ello un mensaje de confianza a todos los españoles, al conjunto de la ciudadanía, un mensaje de unidad, de serenidad y de estabilidad […] Nos encontramos ante una emergencia sanitaria global que afecta ya a más de ciento un países y que requiere por tanto de una respuesta coordinada y multilateral»” (p. 202).

Luego de analizar todos los textos citados en las páginas 201 y 202, Rodríguez-Ponga explica: “Nótese que serenidad aparece ya en un contexto de emergencia. Días después, en la declaración institucional del Presidente del Gobierno anunciando el estado de alarma (La Moncloa, viernes 13 de marzo de 2020), el vocabulario había cambiado: «[…] Estamos solo en la primera fase de un combate contra el virus que libran todos los países del mundo y en particular nuestro continente, Europa»”:  “De calma y serenidad –dice más adelante–, pasamos en solo unos días, a extraordinario, excepcional, alarma, muy duras, dificultad. Y ya introducía un elemento nuevo: el lenguaje bélico (combate)”.

Explica que “tranquilidad y alarma, en lugar de ser palabras contradictorias, pasaron a ser palabras cercanas y complementarias” y consigna que esto “contribuyó a generar desconfianza en los mensajes y a aumentar el desconcierto de la población, lo que se transformó, con sentido del humor, en un sinfín de chistes”: “Los mismos que hablaban de calma, hablaban de alarma, en la primera quincena de marzo”.

 

“Las palabras se endurecieron”

“La pandemia avanzaba y las palabras se endurecieron. Un mes después, el lenguaje era abiertamente bélico –dice–, en una escalada inesperada” (p. 203).

Cabe destacar que esta pena que se percibe en las palabras del autor, por el amor a la pureza de su lengua y a la humanidad misma, ya la había expresado en el texto que transcribo de su sensible testimonio (pie de la página 200): “Escribo en Barcelona, durante el estado de alarma, en mayo de 2020. Gracias al teléfono móvil y al ordenador portátil, mantengo la conexión a Internet, Facebook, WhatsApp… para hablar con muchas personas, estar informado y observar cómo está evolucionando el lenguaje”. Y en palabras previas a estas acotaciones expresó: “Quiero hacer este breve análisis de cómo se ha desarrollado este cambio lingüístico y cómo ha cambiado nuestra vida, en un torbellino en el que todavía estamos inmersos cuando escribo estas líneas”. “Hay personas que se han dedicado ex profeso a crear neologismos, con juegos de palabras y nuevos significados”, expresó.

Rodríguez-Ponga señala que “el Domingo de Pascua de Resurrección, 12 de abril de 2020, a las 3 de la tarde, en una hora de máxima audiencia, las televisiones transmitieron en directo las palabras de Pedro Sánchez, tras haberse reunido por videoconferencia con los presidentes autonómicos”. Dice que “su actitud mostraba un formato entre mensaje a la nación, conferencia de prensa y declaración de guerra. Estas fueron sus palabras”:  «Desde los tiempos de II Guerra Mundial, nunca la Humanidad se había enfrentado a un enemigo tan letal para la salud y tan pernicioso para nuestra vida económica y social. […] Cuatro semanas que están a punto de cambiar el curso de esta guerra. […] Todavía estamos lejos de esa victoria, del momento en el que recuperaremos esa nueva normalidad en nuestras vidas. […]. Nada nos va a detener hasta vencer en esta guerra. […] Estamos inmersos en una guerra total que nos incumbe a todos. Y la respuesta en consecuencia debe ser común, unida. Tanto en el plano nacional como en el europeo y también global. […] Del primero al último, nuestros compatriotas están librando una guerraForman en primera línea los sanitarios que llevan semanas batiéndose contra el virus esa línea de combate, muchas veces con armas y recursos insuficientes. […] Hoy, los españoles, como el resto de la Humanidad hacemos frente a un enemigo formidable. Un enemigo mortal que ha invadido nuestras ciudades y nuestros pueblos, poniendo en peligro nuestras vidas, nuestra salud, nuestra economía, en definitiva, nuestra manera de vivir. Los campos de batalla, allí donde se vive con crudeza toda la crueldad de nuestro enemigo, están principalmente en los hospitales y en las residencias de mayores. Para ayudar en esa batalla, para liberar la presión que ejerce el virus sobre nuestro sistema sanitario todos los españoles nos hemos confinado. […] Dentro de unas semanas concluirá el confinamiento y entraremos de lleno en la fase de la Reconstrucción».

“Leer este texto sobrecoge”, expresa Rodríguez-Ponga. Es inevitable hacerse preguntas. ¿Estamos en guerra? ¿Ha habido declaración de guerra? ¿Nuestro «enemigo formidable» es solamente un virus? ¿El Presidente está usando un lenguaje retórico? ¿O nos está diciendo, realmente, que aquí hay una «guerra total»?  ¿Nos está avisando de algo aún más grave sin que la audiencia se esté dando cuenta?”.

“A veces es difícil saber el significado de las palabras”, expresa. “¿Qué significa guerra? –dice–, hablan de guerra y no vemos bombas ni disparos. La realidad y las palabras no siempre van juntas, al mismo tiempo hablan de «evolución positiva», mientras nos llegan noticias de muertos y enfermos. La claridad del mensaje se trastoca por la mezcla de significados. Y las palabras siempre tienen un impacto en la audiencia”. Expone que “lo sorprendente es que las palabras de Pedro Sánchez respondían a un planteamiento internacional. No eran un mero recurso estilístico personal. El presidente de la República Francesa, Enmanuel Macron, había pronunciado un discurso a la nación el 16 de marzo: «Nous sommes en guerre […]»  (‘Estamos en guerra[…]’)” (p. 205).

En este contexto el autor cita al “exgobernador del Banco Central Europeo, Mario Draghi”: «We face a war against coronavirus and must mobilise accordingly» (‘Nos enfrentamos a una guerra contra el coronavirus y debemos movilizarnos en consecuencia’)”. Y de igual forma cita “noticias de Estados Unidos: ‘El presidente Donald Trump ha descrito la pandemia de coronavirus como el peor ataque contra Estados Unidos, señalando a China […]. Esto es peor que Pearl Harbor, es peor que el World Trade Center. Nunca ha habido un ataque como este’)”.

 

“Los alarmistas y los sologripistas

Rodríguez-Ponga señala que “en ese contexto en España había surgido la distinción informal y burlesca entre alarmistas y los sologripistas”. Explica que “los primeros eran acusados de crear alarma social y de agrandar la gravedad de la epidemia; los segundos, de minusvalorar el riesgo al considerar que solamente era una gripe especial (solo + gripe + –ista)”. “El sologripista es percibido como insensato: «Como provocador nato, Bret es sologripista y cree que esto de la cuarentena es una chorrada»” (p. 206).

“A partir de ahí –señala– Pulido (2020) distingue tres corrientes de opinión y, además, considera que hay «sologripismo de primera oleada» y «sologripismo de segunda oleada»”. Dice que denomina esas “tres corrientes de opinión que han facilitado la propagación del coronavirus de la siguiente manera: 1) «Sologripismo» (el coronavirus tiene baja tasa de letalidad y/o ya se ha propagado mucho, 2) el «soloeconomismo» (se priman los resultados económicos sobre la salud pública y 3) «solouvismo» (la recuperación económica será rápida y en V)” (p. 207).

“La causa: el nuevo virus, su nombre y sus derivados” 

Rafael Rodríguez-Ponga recorre la problemática de la cual diserta en este estudio y expone que “el origen de esta alarma está en la aparición de enfermos con síntomas desconcertantes en la ciudad de Wuhán, en China, en los últimos meses de 2019. Descubrieron que la causa era un nuevo virus”.

Dice que “al surgir en China, lo más sencillo era llamarlo virus chinovirus de China o, por su lugar de origen virus de Wuhán, como se hizo durante enero de 2020” (p. 207). Dice que “en El País, Oriol Güell, decía el 31 de enero: «Normalmente se bautizan con el nombre del lugar donde fueron descubiertos, así que probablemente será el virus de Wuhán»”. Señala el autor que “en efecto es un procedimiento habitual”: “La Organización Mundial de la Salud acuñó virus del Ébola… por el río Ebola, (el Congo) […]; y virus de Zika… por el bosque de Zika (Uganda) […]. En 1918 gripe española”… en España”. Dice “hoy, la OMS (2015) tiene unos criterios para evitar nombres que puedan usarse de forma ofensiva, como podría ser la alusión a China”. Destaca que “la OMS buscaba un nombre y dejó de hacer referencia al lugar de origen”.

 

“Batalla política internacional con las palabras”

Explica Rodríguez-Ponga que “las fórmulas virus chino, virus de China y virus de Wuhán se cargaron de connotaciones y empezaron a percibirse como fórmulas internacionales para hacer una velada acusación a las autoridades chinas”. Añade que “los políticos de varios países, empezando por Trump, las usaban para subrayar la responsabilidad de China en el inicio y la difusión de la pandemia”.

 

Chinofobia o sinofobia”.  Estos son “neologismos popularizados en los primeros meses de 2020”.  “Quien hablara del lugar de origen de la pandemia pasaba a ser acusado de chinofobia o sinofobia” (p. 208). Dice que esos neologismos “no están en el Diccionario de la Lengua Española (DLE)”, que “es la obra principal de la Real Academia Española (RAE) y está hecho junto con las demás academias de la lengua española de todos los países hispanohablantes”. Señala que “la Fundéu prefiere la forma Chinofobia: […] «es preferible el término chinofobia frente a sinofobia, pues el elemento compositivo sino- se emplea para aludir al estudio de la lengua y a la cultura de la China»” (p. 208).

Rodríguez-Ponga consigna que “el 11 de febrero fue un día clave”: “Ese día nació un neologismo. El nuevo virus fue clasificado por el International Committee on Taxonomy of Viruses (ICTV), que depende de la International Union of Microbiological Societies (IUMS) con la siguiente conclusión (p. 210): ‘El nombre del virus es “coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo severo [o grave], SRAS-CoV-2)’”.  Explica el autor que “el nombre de “coronavirus de tipo 2” causante del síndrome respiratorio agudo severo (SRAS-CoV-2) fue elegido «porque el virus está genéticamente relacionado con el coronavirus responsable del brote de SRAS de 2003, aunque se trata de dos virus diferentes» (OMS, 2020)”. Agrega que “inmediatamente, la OMS acuñó el nombre de la enfermedad, COVID-19”.

Dice, entonces, que “desde el 11 de febrero de 2020 tenemos que distinguir tres nombres: 1) una familia de virus: coronavirus; 2) el nuevo virus: SRAS-CoV-2; y 3) la nueva enfermedad: COVID-19. Las tres denominaciones internacionales”.

Corona y virus son dos palabras latinas”

Rodríguez-Ponga explica que “coronavirus es una palabra compuesta por corona y virus y alude a que tiene forma de corona” y “resulta fácil de comprender y de pronunciar en español, porque ambas son palabras de uso habitual”. “Corona y virus son dos palabras latinas” y “como latinismo científico, coronavirus existe en muchos idiomas”. Explica que “con pequeñas modificaciones ortográficas tenemos:

*Coronavirus (español, catalán, gallego, francés, italiano, rumano etc.).

*Coronavirus (plural Coronanivures), en inglés.

*Coronavírus en portugués.

*Coronavirus (plural Coronaviren) en alemán.

*koronabirus en vasco

*koronawirus en polaco

*Coronavirus (plural Coronavirussen) en neerlandés

*koronavirüs en turco

*koronavirus en malayo e indonesio, etc.

 

Informe de la RAE

Por otro lado, el autor consigna que la “Real Academia Española ha informado que «el término coronavirus no se encuentra en la más reciente actualización del DLE, pero ya ha sido propuesto para su estudio y posterior incorporación» y da normas sobre su uso: se escribe unida, coronavirus, la forma en plural es invariable, es decir, es igual que en singular (los coronavirus). Y especifica su etimología: «El nombre se debe al parecido de la parte exterior del virus con la corona solar»”.

 

“Hiperonimia y metonimia”

Coronavirus ha pasado a tener tres significados (una familia de virus, un virus y una enfermedad), porque se han producido dos fenómenos lingüísticos: la hiperonimia y la metonimia”.

Explica: 1. “Es un hiperónimo, es decir, una palabra de significado amplio que abarca el significado de otras palabras con significados concretos reducidos; por ejemplo, pájaro, es hiperónimo de jilguero y de gorrión; y por el contrario jilguero y gorrión son hipónimos de pájaro”. Señala que “la denominación SARS-CoV-2 queda reservada para el lenguaje médico-biológico y no está en el lenguaje habitual”. 2. “El hecho de que llamemos coronavirus a la enfermedad se debe a una metonimia, es decir, el fenómeno lingüístico y retórico que consiste en tomar la causa (coronavirus) por el efecto (covid) y viceversa, como las canas por la vejez” (p. 212).

“Estos fenómenos de hiperonimia y de metonimia no han surgido en el habla cotidiana porque estemos confundidos por falta de conocimiento”. Aclara que “la realidad es que la confusión empezó en la propia OMS y sus comunicados y, a partir de ahí, en los medios informativos”.

 

“Cadena de novedades” 

El autor expone que “una vez que la palabra coronavirus ha quedado fijada en el español, se ha producido una cadena de novedades”:  “el corona, coronial, coronabeso, coronabrazo, coronabonos, coronabulo…”.

“Algunos hablantes recurren al acortamiento –dice–: el corona. Explica que “el acortamiento es la «palabra resultante de la reducción de la parte final o inicial de otra palabra; p. ej., cine, bici, bus, fago por cinematógrafo, bicicleta, autobús, bacteriófago, respectivamente (DLE). Y destaca que “hace unos meses decir el corona habría sido chocante. La palabra corona, de género femenino también tiene género masculino, con este significado” (p. 213). “De corona ha surgido el derivado coronial para la generación de niños pequeños que han nacido o que se están criando en tiempo de coronavirus, que se supone tendrán unos comportamientos especiales: generación coronial (Monzó 2020). Es palabra procedente del inglés”. “También –sigue explicando– se han creado palabras compuestas, formales o informales, con corona– con el contenido semántico de ‘en tiempo de la pandemia provocada por el coronavirus’: coronabeso y coronabrazo. “Son expresiones informales, entre amigos y parientes, para el ‘beso o el abrazo enviado en la distancia en tiempos de la enfermedad del coronavirus’: «te mando coronabesos», «recibe un coronabrazo». “Coronabonos son los ‘bonos de deuda que se pretende sean emitidos por el Banco Central Europeo para financiar a los países europeos de la zona euro que atraviesan dificultades económicas como consecuencia de la pandemia creada por el coronavirus’”. “Coronabulo es el ‘bulo la noticia falsa, o por lo menos no contrastada, difundida, generalmente, por las redes sociales, para deformar la información gubernamental sobre el coronavirus y sus consecuencias, sobre su origen, sobre las medidas de protección o sobre la situación general durante la pandemia’; también se han llamado coronafakes palabra compuesta a partir del inglés fake news ‘noticias falsas’”. El autor añade que “los coronabulos han funcionado tanto para minimizar lo sucedido (“es poco más que una gripe normal”) como para magnificarlo (“estamos en una guerra química mundial”)”. Otros estudiados por el autor son “coronachiste, coronacoma, coronacompra, coronacrisis, coronacuento. coronaverso, coronajuegos”, (pp. 214, 215).

“Por otra parte –explica Rodríguez-Ponga– han aparecido derivados con sufijos: “coronavírico, -a ‘perteneciente o relativo al coronavirus’ y coronaviroso, -a ‘persona que ha contraído la enfermedad provocada por el coronavirus’”. Otros son “coronavirología (inglés coronavirology, francés Corovanirologie, alemán Corona-Virologie)”. “He visto en televisión a una investigadora española que se definía como coronaviróloga, de manera que coronavirólogo, -a (inglés coronavirologist) es ‘especialista en coronavirología’”. Y completa expresando que “es posible que estas voces ya existieran entre el reducidísimo grupo de especialistas, pero hasta ahora no habían salido a la luz”.  Expone que “mediante el prefijo anti– han aparecido anticoronavirus, que se escribe unido, sin guion: “vacuna anticoronavirus”; anticoronavírico, -a que puede tomarse en sentido médico (“Un nuevo anticoronavírico alcanza buenos resultados”) o en referencia a todo aquello que ayude a aliviar la situación de dificultades provocadas por la pandemia”.

 

Entremos ahora al complemento del detallado estudio 

Ya se ha expuesto en la primera parte de esta reseña, “La causa: el nuevo virus su nombre y derivados” (ver página 5 de esta reseña o página 207 del libro referenciado en la última página).  Leamos ahora, más brevemente, “El efecto: la nueva enfermedad su nombre y sus derivados” (Recomiendo leer completo el estudio original, para disfrutar más ampliamente su esplendor).

“COVID-19”.  El autor ha señalado que “el mismo 11 de febrero en que nació el nombre del virus SARS-CoV-2, nació también el nombre de la enfermedad”. “El Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, anunció: «En primer lugar, la enfermedad ya tiene nombre: COVID-19. Se lo voy a deletrear: C-O-V-I-D, guion, diecinueve. Lo dijo en inglés: I’ll spell it: C-O-V-I-D hyphen one nine – COVID-19»”.

Expone Rodríguez Ponga que “el comunicado de la OMS explicaba la formación del nombre: «WHO has named the disease COVID-19, short for “coronavirus disease 2019”». Se trata de un acrónimo compuesto por co de corona, vi de virus, d de disease ‘enfermedad’ y 19 en referencia al año 2019, en que apareció”.

Explica que “el neologismo nació «de acuerdo con las directrices elaboradas previamente en colaboración con la Organización Mundial de la Sanidad Animal (OIE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La OMS y el ICTV mantuvieron consultas en relación con el nombre del virus y de la enfermedad»”: “Estas directrices se fijaron «‘con el fin de minimizar el impacto negativo innecesario de los nombres de enfermedades en el comercio, los viajes, el turismo o el bienestar animal, y para evitar causar ofensas a cualquier grupo cultural, social, nacional, regional, profesional o étnico’» (OMS 2015)” (puede leerse el original en inglés en las páginas 217 y 218).  Rodríguez-Ponga expresa que “esto explica por qué la OMS buscó un nombre que evitara las alusiones a China”: “Desaparecieron las denominaciones provisionales de neumonía china, neumonía de Wuhán, gripe china y similares que habían aparecido en los medios informativos”. Dice que “hay que destacar que tiene un número en referencia al año […]. Su presencia sugiere la posibilidad de una secuencia COVID-20, COVID-21… en los próximos años, sin necesidad de crear nuevos nombres, como fueron en su día MERS y SRAS (SARS)”. Y añade que “aunque la OMS, creadora de la palabra, optó desde el principio por escribir la COVID-19, los medios informativos dudan y escriben COVID-19Covid-19covid-19 o simplemente covid. Y en las radios y televisiones oímos [kobíd] y [kóbid]”.  “La palabra es tan nueva –apunta– que hay dudas sobre su escritura, su género gramatical y su pronunciación”.

Lo que “dice la Real Academia Española” (p. 219):  «El acrónimo COVID-19 que nombra la enfermedad causada por la SARS-CoV-2 se usa normalmente en masculino (el COVID-19) por el influjo del género de coronavirus y de otras enfermedades víricas (el zikael ébola), que toman por metonimia el nombre del virus que las causa. Aunque el uso en femenino (la COVID-19) está justificado por ser enfermedad (disease en inglés) el núcleo del acrónimo (COronaVIrus Disease), el uso mayoritario en masculino, por las razones expuestas, se considera plenamente válido.

¿Se escribe COVID-19 o covid-19? Al ser un acrónimo de reciente creación, aún no lexicalizado, lo indicado es su escritura en mayúsculas en todas sus letras. Solo si con el tiempo llegara a convertirse enteramente en el nombre común de la enfermedad, la escritura indicada sería en minúsculas, covid-19. ¿Cómo se pronuncia COVID? No hay una norma que determine cómo se acentúan prosódicamente los acrónimos en mayúsculas; por lo general, suele aplicarse el patrón acentual mayoritario para palabras con estructura similar. Así, lo normal es pronunciar [kobíd]».

 

“Unos han optado por el masculino y otros por el femenino”

“La OMS prefiere la forma en femenino, la COVID-19. Su filial americana, la Organización Panamericana de Salud (OPS), ha llegado a usar ambos géneros en el mismo documento […]. El titular de la portada de El periódico de Catalunya, el 10 de mayo de 2020, era «El covid empuja a las ciudades a reinventarse», en la versión en español; y «La Covid empeny les ciutats a reinventarse», en su edición en catalán”.

“Nótese –dice el autor– que consideran la palabra ya incorporada, en minúsculas y sin el número 19; que en castellano es masculino y va con minúscula inicial; mientras que en catalán es femenino y con mayúscula inicial”.

En cuanto al génerocovid (y ya lo escribo como nombre común, dice el autor) es una palabra ambigua: admite la concordancia en masculino o femenino sin que cambie el significado o el designatum. Sucede lo mismo con otra enfermedad muy conocida y antigua, que admite dos pronunciaciones: reuma y reúma; y dos géneros gramaticales: el reúma o la reúma”.  Añade que “en cuanto a la pronunciación, en español hay otras palabras terminadas en –id, con [í] tónica: adalid, ardid, David, Madrid, vivid (y sus derivados sobrevivid, convivid…), servid, hervid, o el sintagma la vid. Por tanto, covid se incorpora con normalidad al español, sin tener que forzar nada, a pesar de las vacilaciones”. Sin embargo, dice, “es cada vez más frecuente oír [kóbid], incluso [kóbi] con pérdida de la [–d]”. “Además, observa, que “han aparecido derivados por sufijación […] y por prefijación […] con sus formas en femenino” (pp. 220, 221).

 

“El efecto por la causa, el enfermo por la enfermedad”

Expone el autor que “por metonimia (el efecto por la causa, el enfermo por la enfermedad), se empieza a usar covid para referirse a una persona: «ese señor es covid», «cuidado, que soy covid (o cóvid)»”. “Así se hace en ámbitos hospitalarios”, dice. “Covid se utiliza como oposición, con sentido adjetivo, por ejemplo, al hablar de los servicios de un hospital: el equipo covid, la planta covid, los casos covid…”.

Veamos el siguiente análisis de la palabra covidiota: dice que “es la ‘persona que no se toma en serio las recomendaciones sanitarias frente a la pandemia de covid’”:  “Está formada por covid + idiota, con la eliminación de una sílaba id que resulta repetida, porque habría dado *covididiota. Es una haplología, tipo de abreviación consistente en la «eliminación de una sílaba semejante a otra contigua de la misma palabra» (DLE), como tenista (porque tenis + ista daría *tenisista)”.

Al covidiota también se le ha llamado coronaburro, que debe añadirse a la lista de derivados de corona (p. 221). Recoge también covidcionario, que “es la recopilación del léxico covídico”. 

El autor, profesor y lingüista, expresa que “queda pues ratificada la idea de que la creatividad lingüística se ha multiplicado en esta etapa de nuestras vidas, pero «estas nuevas palabras en torno al coronavirus son una ganancia muy cruel para la lengua» (Pons 2020)” (p. 222).

Rodríguez-Ponga trata otros temas relacionados con su estudio e incluye las palabras generadas. Ellos son: “Las consecuencias sanitarias: la pandemia”, incluye las palabras “epidemia, pandemia mundial, pandemia global…”. Dice que “la pandemia ha renovado la palabra epicentro”. También “mortandad, mortalidad y letalidad, tres palabras de significados cercanos que han pasado del lenguaje técnico al lenguaje diario. No son neologismos y no han cambiado su significado, pero esta situación ha servido para fijarlos, más allá del DLE”. “Para no confundirnos –dice–, digamos que mortandad es la «gran cantidad de muertes causadas por epidemia, cataclismo, peste o guerra» (DLE); mortalidad es la ‘tasa de muertes producidas en una población durante un tiempo dado, en general, o por una causa determinada’ y se fija, por tanto, señalando el número de muertos en relación con el número de habitantes; y letalidad es la ‘tasa de muertes producidas entre quienes han contraído una enfermedad’ y se fija señalando el número de muertos en relación con el número de enfermos de esa enfermedad (OPS 2020)”. Otro tema es “La reacción: las medidas de protección”: “La mascarilla ha sido el más famoso elemento de protección: ‘máscara que cubre la boca y la nariz para proteger al que respira, o a quien está en su proximidad, de posibles agentes patógenos o tóxicos’ (DLE)”. Pero también el autor cita “gestos de barrera, es una expresión que se emplea en el ámbito de la sociología y la psicología, como parte de la comunicación no verbal, para referirse a los gestos físicos que se hacen con el cuerpo para establecer distancia con los demás, como cruzar los brazos o las piernas”. Otros temas son: “Los espacios: hospitales, residencias y domicilios”“Las víctimas: las personas”“Las consecuencias sociales: de la cuarentena al confinamiento” y “La adaptación social: la transición a la nueva normalidad”.

Leamos, para terminar, un poco de este último tema: “La adaptación social: la transición a la nueva normalidad”: Rafael Rodríguez-Ponga expresa que “la pandemia y el confinamiento obligaron a pensar cómo actuar. Apareció, lógicamente, el prefijo pos–, post, para hablar de la nueva situación: la pospandemia, la poscuarentena, el posconfinamiento”. Dice que “se ha producido un cambio sintáctico, de forma que se prefiere la aposición –dos sustantivos juntos– en lugar del complemento con preposición de o en. Así, normalmente decimos «la cultura de la posguerra» o «la vida en la posguerra», pero ahora se dice «la vida pospandemia», «la vida poscuarentena» o «la docencia post-covid-19»” (p. 238). “Esta nueva etapa ha recibido el nombre de nueva normalidad”.

“La expresión nueva normalidad o Nueva Normalidad, con mayúscula, resulta también ser propia del NLC internacional, en varios países, en varios idiomas: New normal, nouvelle normalité, nuova normalitá, neue normalität, etc.”. Añade que “en España es la denominación oficial de esta etapa” (p. 239).

Nueva normalidad cruzó el atlántico y los gobiernos, de México a Chile, empezaron a usarla”. Señala que “en Chile, atribuyeron su formulación al canciller austríaco (pp. 239, 240)”: «[…] La nomenclatura, que en su idioma original es “neue normalität”, comenzó a usarla el canciller austríaco Sebastián Kurz el 14 de abril, cuando ese país llevaba cuatro semanas de confinamiento. “Podemos aplicar el primer paso hacia una nueva normalidad”, dijo aquella vez»”. “Sin embargo –apunta Rodríguez-ponga–, nueva normalidad ya fue usada, como queda dicho por Pedro Sánchez, con anterioridad”. Dice, además, que “en República Dominicana, han acuñado covidianidad, un neologismo lingüísticamente válido, por estar creado conforme a las reglas de nuestra lengua”.

Por mi parte agradezco, al autor, el esplendoroso estudio, y añado que la Fundéu Guzmán Ariza, aquí en República Dominicana, aclaró sobre el origen del uso de este neologismo, covidianidad, usado en nuestros medios de comunicación. Cito de su página de Internet, la recomendación del  18 de mayo de 2020:  «La realidad que ha creado la pandemia en prácticamente todos los países del mundo nos impone, en la frase de un conocido publicista, una “nueva covidianidad” […]. El término covidianidad es un neologismo correctamente formado por acronimia de los términos COVID-19 y cotidianidad, que se ha venido empleando con frecuencia desde hace unos días en la República Dominicana para aludir a la transformación que han de experimentar la mayoría de las actividades diarias como consecuencia de las medidas para prevenir el avance del coronavirus. Ha cobrado mayor relevancia por haberlo utilizado el presidente Danilo Medina en su discurso al país, en el cual anunció la reapertura gradual de la economía dominicana a partir de este miércoles 20”.

En vista de que covidianidad alude a un fenómeno nuevo en que sustituye la cotidianidad como la conocemos, sería más apropiado hablar de nueva cotidianidad o covidianidad, y no de nueva covidianidad. Asimismo, se recomienda escribirlo en minúscula por tratarse de un sustantivo común, así como sin comillas, puesto que no se está empleando con un segundo sentido ni se quiere señalar que la voz es impropia, vulgar o foránea  (https://fundeu.do/covidianidad-neologismo-valido/).


PANDEMIA Y RESICIENCIA: APORTACIONES ACADÉMICAS EN TIEMPOS DE CRISIS
, EUNSA, España, 2020: Rafael Rodríguez-Ponga, “El nacimiento de un nuevo vocabulario: consecuencias lingüísticas de la pandemia”.

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