«El secreto del monje», de Arnaldo Espaillat Cabral

UNA NOVELA HISTÓRICA CON UNA LECCIÓN EJEMPLAR

 Por Bruno Rosario Candelier

    El secreto del monje, de Arnaldo Espaillat Cabral, es una novela histórica, lo que supone que el autor tuvo que explorar obras de historia para documentar el contenido. El autor dio muestra de una profunda capacidad para curcutear el trasfondo de hechos del pasado, y con eso demostró tener la condición de historiador y novelista al mismo tiempo, porque se trata de combinar dos modalidades diferentes y, sobre todo, enlazar una historia a la ficción, que tiene una finalidad diferente de la historiografía. El historiador da cuenta de hechos del pasado, ya que no trabaja como trabajan los novelistas, y los novelistas, cuando escriben una obra de ficción, tienen la virtualidad de inventar; de hecho, una novela, como obra de ficción, es una obra de invención. Toda ficción implica una invención de mundos imaginarios. Pero si se trata de una novela histórica, el novelista no puede inventarlo todo, sino que tiene que fundamentarse en el pasado, acudir a hechos reales del pasado, pues tiene que documentar lo que dice y eso implica muchas horas de estudios y de lectura.

Me imagino las tantas horas de estudio que Arnaldo Espaillat dedicó a la investigación para darle fundamento a lo que cuenta y fabula; porque como creador de una ficción tiene que darle fundamento a los datos históricos de tal manera que el lector los asuma como creíbles y confiables, de manera que al leer la novela nos sintamos orientados por una investigación con fundamento. Evidentemente, el autor tiene una madurez que se la da la edad, pero también una madurez que se la dan los estudios y las lecturas, así como la experiencia de vida. En esta novela se nota una riqueza documental, una riqueza expresiva y una riqueza literaria en su formalización, y ese solo hecho le acredita a su autor un lugar de importancia en la galería de los novelistas dominicanos.

Los que hemos trabajado en el estudio de la novelística y en la escritura de una novela nos damos cuenta del rigor con que hay que asumir la palabra, el rigor con que hay que abordar un dato histórico y, desde luego, del rigor en la plasmación de una historia con la caracterización de los personajes y la descripción de los ambientes con la elegancia, el nivel intelectual y la profesionalidad que implica la creación literaria en este tiempo, y digo en este tiempo porque la historia de la literatura tiene un rico caudal de obras ejemplares, y hay una tradición riquísima que debemos conocer quienes nos embarcamos en la realización de una narrativa en el ámbito de la ficción. Entonces, ese primer aspecto, el del historiador que asume la palabra con un propósito ficticio es ejemplar en esta segunda novela del doctor Arnaldo Espaillat Cabral.

Otro aspecto que a mí me llamó la atención de esta obra es el nivel del lenguaje que usa el escritor. Esta novela está escrita con un lenguaje exquisito. Es admirable el uso ejemplar de la palabra que el autor emplea para confeccionar esta novela. En nuestra condición de hablantes tenemos la posibilidad de hacer uso de variados niveles del lenguaje, y en ese aspecto hay un nivel culto, un estilo esmerado, que es el que emplea el autor con la particularidad de que cuando él hace uso de ese nivel culto de la expresión, no busca  palabras obtusas ni difíciles, sino que busca las palabras de la lengua española correspondientes al alto nivel de la expresión idiomática, y eso le otorga una riqueza expresiva a esta obra, justamente por la calidad de la expresión, la belleza del lenguaje, la armonía de la escritura y la propiedad con que nuestro prestante autor hace uso de la palabra, y es oportuno reconocer este hecho porque ustedes no van a encontrar una palabra mal empleada, ni siquiera expresiones redundantes o malsonantes, sino que hay un uso adecuado, ponderado, elegante y culto, como se puede apreciar en los pasajes narrativos con hermosas descripciones.

El hecho de describir con elegancia y primor una casa o un paisaje supone un talento por parte del escritor, y la forma correcta y elegante como lo hace el narrador de esta novela, independientemente de la historia que cuenta, el contenido que narra y la trama que articula para convertir los hechos y conflictos en una novela, llama la atención la belleza del lenguaje para hacernos sentir el encanto del pasaje o lo peculiar del ambiente que presenta con propiedad y corrección a la luz de la ortografía y la gramática de la lengua española.

Hay también en esta novela de Arnaldo Espaillat Cabral un tercer aspecto que merece destacarse en la valoración de esta obra. ¿Cuál es ese aspecto? Es un aspecto sutilmente desarrollado por el narrador, como es la dimensión de la espiritualidad. En esta novela fluye un nivel de espiritualidad que se manifiesta en las actitudes de los personajes y en la reacción que el narrador canaliza en sus parlamentos cuando caracteriza personajes y situaciones, y se puede percibir ese nivel de espiritualidad, indicador del desarrollo intelectual, estético y espiritual del autor por la madurez que tiene, por esa capacidad de observación de la realidad, por esa singular potencia de su sensibilidad y su conciencia para sintonizar con el mundo, para lograr una empatía física y metafísica con fenómeno y cosas, y para identificarse de una manera entrañable con sus personajes. Los buenos narradores , y Arnaldo Espaillat ha demostrado que lo es, viven lo que narran, se compenetran emocional y espiritualmente con cada una de las situaciones que enfocan, y lo hacen de una manera tan vital, tan consciente, tan entrañable (no hay otra palabra más adecuada para expresar esa afinidad), que se da desde su sensibilidad y su conciencia con la historia que narra, con los personajes que describe y con las situaciones que le sirven de marco referencial para situar la sustancia de una narrativa, que repito,  nuestro narrador lo hace de una manera ejemplar.

Lo que quiero plantear de esta novela, que se manifiesta en la trama de la narrativa, en la técnica de la narración, en el estilo del lenguaje, en la capacidad de la sintonía del autor con lo que narra, es la motivación profunda que él plantea en la sustancia de esta obra. Los narradores viven la historia que asumen para contarla, y cuando la viven de una manera emocional, intelectual y espiritual, se nota en lo que escriben, se percibe la intención en lo que cuentan y el trasfondo en lo que narran.

Ustedes van a sentirse identificados con esta historia justamente por esa identificación emocional y espiritual que el narrador expresa cuando asume la palabra y cuando narra la historia en la formalización de esta narrativa. Los tres aspectos señalados son suficientes para afirmar que el autor de esta obra ha logrado una grandiosa novela, y fíjense que se trata de un autor que no procede del mundo literario, sino de un autor que procede del ámbito médico, y que en la etapa madura de su vida, con tiempo para investigar, con tiempo para meditar, con la experiencia para darnos una lección de vida, da testimonio de lo que él percibe de la realidad y de la historia, de lo que él percibe del mundo circundante y de su interior profundo, y, sobre todo, da el testimonio de toda una dimensión espiritual, intelectual y estética que lo motiva a él a escribir y dar a conocer sus intuiciones y vivencias. Él es un ejemplo para toda persona que quiera asumir su propia historia, que quiera asumir su propia palabra, que quiera asumir su cosmovisión y plasmarla en una historia narrativa para convertirla en novela. Es hermoso ese testimonio ha dado Arnaldo Espaillat Cabral al escribir El secreto del monje. Sobre todo, su creación sirve de mucho aliento para las personas que, en su adultez de la vida, tienen sustancia y motivo para testimoniar su propia experiencia a favor del desarrollo intelectual, estético y espiritual.

Hay obras que vienen pautadas por una fuerza ancestral o un mandato del destino. En esa onda se inscribe El secreto del monje, de Arnaldo Espaillat Cabral. A los datos históricos y socio-culturales, se suma la intuición del autor cuando aborda el interregno biográfico del tercer almirante de las Indias, Luis Colón, en la órbita del gran dramaturgo español fray Gabriel Téllez, mediante una fusión de historia, biografía, ensayo y ficción con loa que enfoca una faceta desconocida en la bibliografía hispánica.

Al apreciar la identificación del narrador con sus personajes -empatía narrativa que otorga vigor y calidad a la sustancia de la narración- el autor de esta historia novelada ausculta la huella de una conducta carente de principios morales, fraguada por unos relevantes personajes de nuestra historia colonial, acierto que otorga a esta obra un contenido edificador y un halo de belleza a la luz de los ideales, cosmovisión y cultura del distinguido profesional dominicano.

En el entramado narrativo de la obra se expone una tesis sobre el origen de don Juan Tenorio, protagonista de El burlador de Sevilla que, al concitar la atención del lector, constituirá un reto para el intelecto acucioso a medida que vaya desentrañando el secreto del monje. El narrador ausculta el alma de los personajes, índice y motor de una historia intrigante. Sugiere el narrador la hipótesis de que la imaginación de fray Gabriel Téllez, el monje español que vivió en nuestro país y que se dio a conocer como Tirso de Molina, se inspiró en la vida de Luis Colón, que alimentó lo que hiciera Juan Tenorio, prototipo del personaje universal conocido por la degradación moral del amor y las costumbres. El hombre que inspira la narración de esta historia fue un personaje funesto que dio rienda suelta a sus actuaciones indecorosas y fementidas con un manejo nefasto de sus inclinaciones morbosas, índice y cauce de una personalidad aberrada.

Con la lectura de esta novela, el lector podrá disfrutar el sentido estético cifrado en la descripción de los frescos espacio-temporales de la sociedad colonial dominicana, y también vivir la fruición espiritual de una sabia lección cifrada con hondura conceptual y trascendente.  Imaginación y objetividad, historia y ficción, belleza y reflexión jalonan esta narración de un fascinante período de la historia colonial dominicana en la que Arnaldo Espaillat Cabral devela algunos de sus misterios con la maestría del diestro narrador y la experiencia de vida del agraciado autor de El secreto del monje.

Una corriente subterránea de espiritualidad fluye en esta novela, que muestra este pasaje:

-A mi concepto, es factible formular dos versiones: Una podría proyectar que el personaje que representa a don Juan Tenorio está basado en el comportamiento biográfico de una persona real, que residía en Sevilla, de la cual fray Gabriel Téllez tuvo conocimiento. Y la otra, por el contrario, plasmaría la idea de que don Juan es la creación primaria, original, de un arquetipo.

Se inclina un poco y enfatiza:

-Una ficción concebida por el autor. El prototipo de un personaje universal, degradado en el aspecto moral y sociológico del amor, cuyo principal objetivo y afán es ultrajar el honor de la mujer, para su burla y escarnio. Sin experimentar escrúpulo ni cargo de conciencia, al dar por sentado que un acto de contrición al final de su vida lo salvará de las llamas del infierno.

Aspira profundo y advierte:

-Por eso, cada vez que su criado Catalinón le reprocha su mala conducta, él responde: “¿Y tan largo me lo fiais?”. Queriendo decir: No te preocupes, soy joven, tengo muchos años por delante, ya podré arrepentirme. Olvidando que la misericordia Divina perdona, pero no exonera del castigo por el daño provocado (Arnaldo Espaillat Cabral, El secreto del monje, Santo Domingo, Editora Búho, 2019, p. 26).

El aliento primigenio del léxico patrimonial del castellano pervive en la narración y la descripción de esta obra, conforme se puede apreciar en el siguiente ejemplo:

“El grupo se dispersa, examinan el más mínimo detalle, abren la puerta del lavabo, revisan unos libros que se encuentran apilados sobre una mesita y, sin pronunciar una palabra, se vuelven hacia el profesor que, distraído, explaya la vista a través de la ventana que se abre hacia el este.

En esa época, cuando el casco urbano contaba con muy pocas edificaciones –expresa-, desde esta ventana fray Gabriel Téllez podía ver el Alcázar, la catedral, la Real Audiencia y la Torre del Homenaje.

Hace una pausa y continúa:

-Imagino que fray Gabriel Téllez, al aspirar las brisas que se levantan del Ozama, ensimismado, sin poner atención al vuelo de las gaviotas ni a las velas de los balandros que a diario surcan el estuario, al construir sus metáforas, remedaba la figura de don Juan mientras urdía el entramado de El burlador de Sevilla (Arnaldo Espaillat Cabral, El secreto del monje,  p. 107).

Un trasfondo conceptual y estético alienta la energía sutil que concita el talento creador del autor, según se manifiesta en la siguiente ilustración:

“La ciudad duerme, las horas pasan, y en lo alto del farallón tañe la campana para anunciar el despertar de un nuevo día. Y, poco a poco, sobre el manto brumoso de las aguas aparece una tenue claridad que cambia el gris pizarra por un oro azafrán.

Abrigados con grueso capote, los tripulantes del barco montan guardia en cubierta. Bajo fuerte tensión, el capitán Arteaga está en el puente desde la madrugada. Los oficiales que le acompañan no saben a qué atribuir su extraña actitud.

De improviso, tropas armadas marchan por el empedrado de Las Damas hasta el Convento de Santa Clara y se estacionan a su entrada. Otras bajan por la cuesta que lo separa del antiguo Colegio de Gorjón. Se distribuyen por el antepuerto para cubrir la parte posterior del huerto y un grupo con faroles se coloca frente a la Cueva de las Golondrinas para prevenir cualquier intento de escape. (Arnaldo Espaillat Cabral, El secreto del monje, p. 279).

Hermosa obra narrativa con un contenido edificador y una adecuada formalización, esta novela de Arnaldo Espaillat Cabral enseña que la conducta indecorosa es una mancha que el paso del tiempo no limpia, ni el pasado entierra.

Bruno Rosario Candelier

Coloquio sobre El secreto del monje

Santo Domingo, PUCMM/ADL, 26/11/2019.

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