La poética de Daniel Beltré

Por Rafael Peralta Romero

Hablar de la poética de Daniel Beltré López no es hablar de la poética de  Jorge Luis Borges ni es  hablar de la poética de Domingo Moreno Jimenes, no  es hablar de la poética de Walt Whitman,  de Franklin Mieses Burgos, Paul Valéry  ni tampoco  de Vicente Huidobro. Cuando se habla de la poética de Daniel Beltré hemos de referir las peculiaridades de un creador capaz de transformar en canción las experiencias vividas por más elementales que fuesen,   y lo hace con afinado sentido estético y atinada llaneza en la expresión. Mucho puede decirse de la obra de este autor y resulta justo y propio hablar de la poética de Daniel Beltré, aunque él se haya enterado recientemente, con cierto dejo de extrañeza,   de que  existe esa temática en nuestra literatura.

Nació en Santo Domingo cuatro años antes del ajusticiamiento  del tirano y fue declarado  como poeta  en enero  de 2019, cuando se presentó al público el poemario “No es un soplo la vida”, con 187 páginas en formato  8 por 11, volumen en el que hasta el colofón incluye poesía: “Este amor / se terminó de  imprimir /poco antes de la agonía del invierno”.

“Este amor” ha escrito el poeta a contrapelo  de la fórmula tradicional y lógica “Este libro se terminó de imprimir”, porque  los 111 poemas  integrados a este conjunto tienen el amor como principal componente activo, y con la particularidad de que se trata de  un amor múltiple.  En este libro –o este amor- resuena la voz vigorosa del hombre que palpa y condena las desigualdades sociales, pero también  se  aprecia que dispensa con delicadeza de rocío, la terneza del amor erótico  como del amor familiar en poemas a los hijos, a la maestra, a gente común que no sabe escribir una carta.

La poética tiene como  objeto de estudio  la creación, ya sea de un autor, de un movimiento o de una tendencia. De ahí he partido para   basar mi   modesta visión sobre la creación del  poeta Beltré, su manera de abordar la realidad y su actitud ante los recursos formales. Beltré  encuentra en el poema de amor un motivo de reflexión social, de lucubraciones filosóficas,  de recorridos por reminiscencias infantiles y para exaltar la valoración del beso.  La infancia del poeta, en la séptima década del siglo XX, en el barrio capitaleño de Villa Duarte ha aportado sustanciales contribuciones a estas composiciones:

“Yo perdí cuando niño un espejito,/ soldaditos de juguete, un fusil de palo,/ y de palo perdí un bate un seis de enero / que ocultando la falta de los Reyes/  en mi casa me obsequiaron”.   (De lo perdido, p. 65)

Los elementos culturales del entorno resultan visibles en la poética  beltresiana, cual si de un brote espontáneo  del postumismo se tratara. No estoy diciendo que se trate de un poeta  postumista o neopostumista,  pero Beltré no le niega en su poesía lugar privilegiado a  lo nuestro,  nuestro ser,  nuestro hacer,  nuestro vivir, nuestra  forma de decir las cosas. Veamos la última estrofa del poema Haberes:

“No soy dueño de la parrilla colgada al norte de la hoguera / donde fraguó la tisanita temprana, / ni del jarrito que decorara el fuego/ con caritas que posaría para el olvido”. (p.117).

Lo cierto es que Beltré  compone sus versos con palabras tan comunes como: capuchino, chichigua, tirapiedras, besos, florecitas, jardincito, colibrí, madera, hombre, magia, burro, serpiente.  Pero muy cierto también que este autor puede  usar la lengua culta, lo que llamamos lenguaje de la poesía, aunque parezca que me contradigo, con voces de uso cotidiano, reflejo fiel de la vida, con nuestras carencias y nuestras riquezas, y desfila por ella  la gente común,  con sus afanes y estrecheces, y hasta logra  poesía parafraseando  usos idiomáticos del menor nivel. Es como si la poética de Beltré  se alimentar  de las sustancias de las que está hecha la vida: amor, dolor, nostalgias, sueños, ilusiones.

El dolor guarda relación indisoluble con el amor. El maltrato, la traición o el  desplante duelen en la medida en que se  ame  a quien lo ha ejercido sobre uno;  por igual la muerte, la ausencia o la enfermedad lastiman  según el amor que se guarde por la persona a quien ocurra una de estas situaciones.  Veamos los últimos versos del  poema  Lete:

“No se ha perdido tu nombre todavía, / pero está vacío, / desahuciado por los cantos del alma; /está hueco, es clamor de pesadilla,/ una mecha asfixiada. /Solo Dios podrá nombrarte sin que sigas de largo”.    (pág. 168).

En la mitología griega, Lete es el nombre de un río de la tenebrosa región del  Hades y significa olvido. Si bien el poema no refiere la muerte física de una persona, sí  alude a la muerte del amor. Al leer este poema, estoy seguro,  no pocos  se centrarán  en el dolor por la pérdida de un ser humano.

De similar trascendencia espiritual es  la composición que lleva por título Lumen.  Trata del perdón, que es  una consecuencia del amor, antítesis del rencor. El rencor, me parece, es  la más lacerante llaga del espíritu  humano, mientras el  perdón es la  restauración de los afectos y de la avenencia. El  poema Lumen se yergue como inmenso monumento al perdón, que es también una fuerza sanadora. Aparece con una serie de textos titulados, cada uno,  con una sola  palabra,  en la parte final del libro,  y todos encierran profundas reflexiones de orden espiritual. Inicio de Lumen:

“El perdón llega en silencio perforando las atalayas del miedo. /Llega para testimoniar que no quiebra la esperanza, /que no cesa el desvelo cuando el amor no tiene frontera. /Llega para celebrar la lluvia que estrechó el espacio donde crecieron las alas”. (pág. 167)

¿Quién puede  crear poesía a partir de una frase manida dictada por alguien que no sabe  escribir una carta? Hablando con Iria, personaje quizá real, quizá  ficticio, Daniel Beltré ha compuesto  once poemas breves a partir del título “La presente de esta es para saludarte:

“Iria, aquí están las fórmulas inviolables del principio, / las que armaron tu angustia de iletrada enamorada: /La presente de esta es para saludarte y saber cómo te encuentras;/ pues yo bien a Dios gracias”.

La poética  de Beltré  derrocha lirismo, un lirismo consistente y franco, nunca forzado, no exprimido, sino fundamentado en emociones y  vivencias que  el autor ha madurado para  devolverlas  en  versos también maduros  que liberan  a su autor de la condición de poeta bisoño, no obstante  ser primerizo en la publicación  de libro.  Aunque curada y con la  elaboración exigida por el oficio, esta poesía   se rebela contra la expresión barroca, pues  Beltré  deja de lado los retruécanos y los oscuros recursos  que tornan la composición en un embrollo.

Nadie puede afirmar   que  se trate de un creador  encuadrado en un modelo o tendencia poética,  su poesía revela que ha abrevado en  muchas fuentes y emerge con estilo propio, no obstante   lo reciente  de su primer libro. Quizá  Beltré haya dado lugar a que alguien lo coloque como  discípulo postrero de Andrés Avelino  y Domingo Moreno Jimenes, y cite, por ejemplo, para avalarlo, el poema “El baile de la caraqueña”:   “¿Qué te ha ocurrido hoy, caracolito? / Acércate, que quiero recoger las florecillas con que nos premias al remenear tu falda”.  Otra persona alegará, tal vez,   que nuestro autor canta  al entorno local para hacerlo universal. ¿Poesía con el hombre universal?  Y marcará el poema “Whitman y Hathor en las calles de Manhattan”. Habla de Walt Whitman, ese cosmos, sinónimo de poeta y referencia universal de la poesía, y de la diosa egipcia Hathor:

 “No sé si Whitman habrá plantado alguna simiente en este bosque que fue suyo, / un olmo, por ejemplo…No sé si Whitman sospechó que su verbo infinito llenaría de cicatrices a Manhattan, /su casa de hielo trepidante, de ardillas encantadas, /de rieles sin memoria, / de amores circulando  por las viejas arterias de su acerada anatomía./ Sé  que el viejo aeda nos entrega su canto para celebrar la presencia de Hathor”. 

El hombre universal que interviene en la poética de Beltré puede proceder de cualquier parte del mundo: Grecia, Egipto, Francia y en los Estados Unidos de América, no sólo Whitman se involucra en esta poesía, sino un hombre simple,  Henry Gustav Molaison. El poema se titula  “Molaison” como el muchacho de Nueva Inglaterra que en 1953  perdió  la memoria por causa de un accidente, cuando Daniel Beltré  no había llegado al mundo todavía. La primera estrofa:

“La memoria es una flor que solemos desnudar a cada instante, / una escorrentía de recuerdos, / un mundo de huellas que nos habla de historias clandestinas, /de amores que murieron en la víspera, /de amores que se hicieron eternos. / La memoria toca a la puerta espantando el plácido sueño de la conciencia”. (p. 155).

De Molaison se ha dicho que murió solo y sin recuerdos. Daniel Beltré es, en definitiva, un poeta plural. Él es muchas voces poéticas  y es una sola: la suya. Quizá incurra yo en disparate al decir que su pluralidad me recuerda  la que proclamaba para sí el inmenso Walt Whitman, en su célebre Hojas de Hierbas: “Soy único y plural, total y breve”.

Esa pluralidad ha permitido que  el autor de “No es un soplo la vida” emprendiera  la senda espiritual y algunos de sus poemas  trasciendan planos metafísicos,  con  lo que se aproxima a la poética interiorista.

A partir de la página 121 aparece un grupo de poemas  con estas características. Con el título “La nada hecha ser”, ocho  poemas  numerados, confirman este aserto. El primero:

“Nadie conoce los caminos de la nada, /los caminos infinitos de la nada; /nadie deja en ellos sus huellas ni su sombra. /Los hemos recorrido en ausencia de testigos oculares, / montados sobre la más desconocida de las soledades,/ sin envolturas, sin legua, sin cordón umbilical ni sobresaltos”. (p. 121).

En el  final del poema Agápe asoma también el realismo trascendente:

 Somos  templos que se mueven /convencidos de que lo mejor de la vida lo llevamos dentro” (p.147).

Creo que este autor ha encontrado la respuesta  a la sesuda pregunta que se plantea León David, poeta y ensayista, sobre el arte poética:

¿A qué secreta alquimia se encomienda el aedo para lograr que el plomo ingrato de la trivial palabra cotidiana se trasmute en el oro perenne y puro del vocablo glorioso?  (El lenguaje de la poesía, pág. 18).

Beltré responde:

“En mi pecho encontrarás un enjambre de palabras que sobrevivió a la hoguera, / Una vieja declaración de amor que jamás pudo borrar el tiempo, / Que jamás erosionaron las partidas”. (Credo, pág. 154).

Daniel Beltré ofrece poemas de amor construidos con el lenguaje  de las cosas, naturaleza, pantano, fieras, peligros y gracias al amor el hombre es rescatado de la tristeza, del abandono, de la sombra:

 “Solo me quedaba  la sombra, /el celaje del último juicio. / Pero llegaste tú/  envuelta en tus afanes  de hada primitiva, golpeando el instinto muerto”.   (P. 144).

El tono narrativo que  asume en sus composiciones no desdice de su poesía, sino que la acerca al lector, porque transmite la sensación de que  el autor  confiesa sus sueños amorosos, sus ansias eróticas, sus necesidades del beso. El beso   es una  de las obsesiones del poeta. Puede afirmarse que este libro narra la  génesis del amor  y la prehistoria del beso, y  sus páginas  son “alabastros rebosados de besos”.

Con lo hasta aquí dicho creo haber esgrimido razones suficientes para mostrarles las características esenciales de la poética de Daniel Beltré. Si a partir de esta aproximación penetrara al ánimo de ustedes el interés de conocer a fondo la obra de este creador, quedaré colmado de satisfacción. Como quiero asegurarme de si lo por mí expresado  en torno al  poemario “No es un soplo la vida” se corresponde plenamente con la verdad, les pido comprobarlo intentando disfrutar este libro que me parece constituye un notable acontecimiento en la poesía dominicana y que permite hablar con propiedad de la poética de Daniel Beltré López.

Enhorabuena.

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