Anthonela

Una historia de amor que podría ser la tuya

Antonio Francisco Rojas Collado

Por Luis Quezada Pérez

 

Breves comentarios sobre la novela

Hace 50 años (1968), un servidor comenzó a dar clases en el Colegio “Santo Domingo Savio”, que presidía la Srta. Ana Virginia Ferreiras Guzmán.

Cincuenta años después (2018), un ex – alumno de la Srta. Virginia y de un servidor, el dinámico, creativo e inquieto joven Antonio Francisco Rojas Collado, produce su primera cosecha literaria: “ANTHONELA”.

Antonio Francisco es hijo de una pareja muy querida por quien suscribe, ya que Guigue Rojas fue uno de los primeros alumnos de la Srta. Virginia, que tengo entendido, si mal no recuerdo, que ella lo alfabetizó, a petición de doña Cheíta, una mujer muy dulce y encantadora. La madre de Antonio Francisco es Melenny Collado, que fue mi profesora de español en Bachillerato, y quien descubrió mis condiciones personales ante la Srta. Virginia. Ella es hermana de Fabio Collado, a quien siempre he estimado como un hermano.

Me ha sorprendido Antonio Francisco por dos razones: en primer lugar, por atreverse a incursionar en la narrativa literaria, a través de una novela muy insinuante, evocadora y provocadora. En segundo lugar, me ha prestigiado queriendo dedicarme en parte su trabajo a una persona que tuvo la dicha de ser su profesor en la etapa primaria de su vida. Agradezco tal distinción.

A través de una amiga común, la Lic. Keila González, que es la prologuista de la obra, supe de este proyecto hermoso de Antonio Francisco. Creo que su abuelo, don Antonio Rojas Badía, debe sentirse orgulloso de que en su prole familiar, uno de sus nietos incursione en el quehacer literario.

Me llenó de mucha satisfacción que Antonio Francisco dedique su novela de un modo especial a Ligia Minaya Belliard, que ya vive en la casa de los bienaventurados. Desde allá, Ligia, escritora de fuste, te seguirá inspirando, incentivando y alentando, pues supo ver sus condiciones “cuando Anthonela recién nacía”.

El prólogo de Keila recoge hermosamente el latir de la novela: “Anthonela es la historia que todos hemos vivido alguna vez, ese amor de secundaria que casi todos hemos tenido, salvo aquellos que no se atrevieron a rebelarse contra los típicos mandatos de la mayoría de progenitores. También -continúa diciendo Keila González – es la historia de amor prohibido que muchos conocemos, cargada con el ingrediente chispeante de los celos y con la rabia inevitable que se siente por no poder gritar a los cuatro vientos que se ama visceralmente a alguien”.

Es de mucha carga emotiva el testimonio que recoge el autor de Juan Santos, quien se considera “testigo del nacimiento de Anthonela, cuando aún rondaba entre la cien y el corazón del artista”.

Después de una brevísima introducción del autor, estilo poco común en la narrativa pero no descartable, nos introduce en lo que será la dinámica afectiva de la novela en cuestión. Nos presenta los SUJETOS de la novela (Frank–Anthonela); el LUGAR donde se da la trama narrativa (El Colegio); el OBJETO de la misma (encontrar el amor verdadero).El índice nos presenta el marco estructural de la novela, diseñada en 18 ligeros capítulos o apartados. El número 18 deja entrever inconscientemente que estamos ante una construcción “mayor de edad”.

La novela culmina con un corto epílogo de tres párrafos, que traduce en nostalgia espacial y temporal una ilusión que todavía pervive en los fueros internos del corazón de ambos, pero que alberga la esperanza de que “el destino…nos haría reencontrarnos de la forma menos esperada, para darnos una nueva oportunidad de ser felices”. El autor define para cerrar el drama de Frank y Anthonela como algo “que solo puede existir entre dos almas gemelas”.

Quiero, pues, reaccionar ante esta obra, que me parece una bella ilusión literaria de alguien que balbucea en las lides de la narrativa.Lo primero que quiero resaltar es que su autor no es un escritor consumado y dedicado. Es un joven brillante en su quehacer profesional, moviéndose “en altos puestos gerenciales”, presidiendo varias organizaciones, donde ha sido exitoso su trabajo como gerente ejecutivo; él mismo se considera un promotor de alianzas y sobre todo, un mecenas educativo. Se percibe como un hombre de alta vocación de servicio social.

Incluso este primer libro que nos entrega, él lo percibe como “una responsabilidad social”. Esta novela intenta ser un reto para “despertar todos los sentidos” e incluso, el autor desea que su puesta en circulación sea algo poco común, no por puro esoterismo, sino que sea capaz de simultáneamente armonizar la sensibilidad humana y la responsabilidad social. Me parece un gesto y un proyecto de su parte poco común en jóvenes tan tiernos como él.

Yo sé de dónde le viene esa sensibilidad humana, acompañada de tan acrisolada responsabilidad social. En primer lugar, de sus padres, de la familia Rojas-Collado; ambas familias han tenido un norte claro en este sentido, con respecto a los ascendientes de Antonio Francisco; en segundo lugar, por el Colegio “Santo Domingo Savio”, donde se echó la zapata educativa de su personalidad. El mismo me ha confesado que lo marcó para siempre cuando lo escogieron para dar clases en la escuela nocturna que tenía el Colegio. Fue un año que sembró valores que no se borran con los años; al contrario, se van acrecentando, a medida que uno asume compromisos personales y profesionales con la sociedad donde le ha tocado vivir.

Pienso que en gran parte, Anthonela es una experiencia autobiográfica del autor, en los tiempos que se fue a hacer el bachillerato en el Colegio “Las Américas” de Santiago.Creo que una presentación formal de esta novela implicaría muchas cosas para sintonizar con ella: música, baile, una pareja expresando rítmicamente su corporalidad; en una palabra, debe ser una verdadera fiesta de los sentidos, un derroche de sensibilidad humana y responsabilidad social.

No me atrevo a usar el bisturí de la crítica literaria que generalmente utilizo en el quehacer literario del Ateneo, al cual pertenezco, como miembro del Movimiento Interiorista, creado por ese gran maestro de la lengua, el insigne mocano Dr. Bruno Rosario Candelier, quien fue exaltado hace pocos años como inmortal del Templo de la Fama de la Provincia Espaillat.No. Me limitaré a degustar el tejido textual que fue hilando Antonio Francisco en su construcción narrativa. Si se me permite, quiero hacer de mi auscultación literaria, una noveleta dentro de la novela de Antonio Francisco.

En su primer apartado narrativo, que por la brevedad no se si llamarlo capítulo, todo transcurre como un “PRIMER DÍA”, comenzando con el “bus escolar” y culminando con “esa silla al lado de Anthonela”. La construcción de este primer apartado es ligera y ubicante. Aparecen los dos protagonistas (Frank–Anthonela); aparecen sus acompañantes (Ernesto, que protege a su hermana Anthonela; y Augusto, hermano de Frank, que presenta a su hermano con Ernesto). Y también aparece Laura, amiga y confidente de Anthonela. “Primer día” llena su cometido: el encuentro.

El segundo apartado lleva un nombre muy feliz: “MI RELIGIÓN”. Al iniciarlo, cualquiera se imagina que ambos protagonistas se van a conocer en sus niveles confesionales. Nada de eso. Se trata solamente de la religión de Frank. Se llama: “Anthonela”. Dice el autor: “Conocerla cada vez más se volvió una necesidad para mí, de manera que observar y reconocer su mirada, su dulzura y su belleza era mi trabajo de cada día, el cual hacía con una devoción casi religiosa”. La descripción que hace de los tres grandes grupos en que estaba dividido su curso, es muy gráfica y chispeante. Su Anthonela pertenece al segundo grupo, a cuyos miembros le llamaban “jevitos o plásticos” y parecían ser “hijos de papi y mami”.

Su tercer apartado “EL PRETEXTO”, es extremadamente corto, pero preciso en su objetivo: tener una excusa perfecta para acercarse a Anthonela. La “paletera de Alex” le facilitó “el encuentro casual diario y amistoso con Anthonela”. El pretexto era sencillamente “darle una menta”. Del pretexto pasamos a “LA SORPRESA”, nombre del cuarto apartado, donde suceden “las primeras ráfagas de celos” y su “primer sufrimiento por amor”. Si en el apartado anterior, el sentimiento “era como el aire, no importa la cantidad que inhales, siempre necesitas más para vivir”; en el apartado siguiente, Frank exclama: “¿Por qué siento que me falta el aire?” No se si el autor lo hizo conscientemente, pero con ambas frases juega hermosamente a expresar explosiones afectivas opuestas que bullen en su interior. Su antagonista -que él no llama por su nombre- y que se llevó a su Anthonela en una “Ford 350”, le hizo pensar si no se “había enamorado de la persona equivocada” o que se trataba de “un amor imposible”. El autor, a través de su personaje protagónico, lo expresa así: “Mientras yo le regalo mentas, este joven la recoge en su camioneta del año y puede ofrecerle cosas que obviamente yo no puedo”.

‘RENDICIÓN”, su quinta entrega, es el autoconvencimiento de que él (Frank) había perdido el control de su propia vida y cayó en la cuenta de que ella (Anthonela) tenía el control de su vida “y la capacidad de convertir mis días en dolor o felicidad”. Creo que desde el punto de vista psicológico, este apartado es uno de los mejor trabajados por el autor, a pesar de su excesiva cortedad.

“LA OPORTUNIDAD” es la antípoda de las dos entregas anteriores. Un nombre simboliza la nueva oportunidad que se le presenta a Frank en su vida: se llama Griselda, una maestra que le daría clases particulares, para rellenar sus lagunas académicas, ocasionadas por sus delirios afectivos. Pero, ¿por qué la maestra Griselda se convierte en “la oportunidad”? Porque también Anthonela había decidido tomar clases con ella “y que ella al enterarse de que yo iría allí, promovió que fuera con la misma maestra”. Ahora tendría la oportunidad de verse no solamente en el colegio sino en la casa de la maestra-refuerzo. Sin querer, Griselda se convirtió de un refuerzo académico en un refuerzo afectivo. Desde el punto de vista de la trama literaria, este apartado está bien logrado.

 “CONTRAGOLPE” es la antítesis del apartado anterior. Después que Rodríguez, su amigo, lo lleva a la casa de la maestra, un vehículo de lujo se adelanta a ellos y los llena de polvo. Es su contrincante, que trae en su hermoso carro a su hermosa Anthonela. El nombre de su opositor no puede ser más certero: Adonis. El se interponía de nuevo entre Frank y Anthonela. El autor cierra este contragolpe de esta manera: “Así fue como empezó esa tarde, en la cual nació un nuevo sentimiento, ya no solo eran celos, dolor, desilusión y rabia; ahora sentía impotencia y sobre todo, cansancio de luchar”. Definitivamente, la caracterización psicológica de los personajes que hace el autor, nos hace pensar si el que escribe es un novelista o un psicólogo, pues juega magistralmente con los sentimientos que afloran en aquel drama afectivo.

En “LA DECISIÓN”, “un Volkswagen del 1977” en malas condiciones que pertenecía a la maestra Griselda, fue el detonante que le hizo entrar a Frank dentro de sí mismo y comenzar a valorar su identidad, que hasta el momento, estaba alienada por el fetichismo afectivo en que lo envolvió Anthonela. Fue la frase de la maestra al responderle cuando le preguntó “por qué permitió que se deteriora tanto” aquel “cepillo” amarillo que ella utilizaba para trasladarse años atrás al colegio donde ellos recibían docencia, lo que le hizo despertar: “Aquello que no valoras, ni le das mantenimiento, llegará el día en que se convertirá en un estorbo, su reparación costará tanto que no valdrá la pena”. Intuyo que aquí se da el paso de la exterioridad afectiva a la interioridad que nos identifica como un ser único e irrepetible. De nuevo, un gran logro literario y hasta filosófico del autor.

“LA ESCALERA” da nombre al lugar en una discoteca donde Frank ve descender sola a su Anthonela. “Hoy o nunca” fue su consigna interior, “es mi oportunidad de poder bailar con ella”. Frank “dio la bienvenida a esta bella mujer que se había llevado consigo mi aliento”. Note el lector que el autor no habla en tercera persona y cuando se refiere a Frank está hablando de sí mismo. Por eso, la condición autobiográfica de esta narrativa salta a la vista.

Continuando en el ambiente de la discoteca, “EL BAILE” nos lleva a la experiencia más erótica hasta ahora narrada en la novela. Todo se inició al ritmo de la canción de Fernando Villalona, “Me muero por ti”. El autor dice: “Estábamos haciendo el amor bailando”. Lo que sucedió en los bailes continuos de aquella discoteca, trazó la línea de Pizarro afectiva. Ni el arrebato de Adonis, su contrincante, “quien de manera poco gentil me arrancó a Anthonela de los brazos y la sacó de la pista alejándola de mí, sin entender que el destino había hablado, que ya no existía fuerza humana que alejara estas dos almas y que era solo cuestión de tiempo para que se consumara el noviazgo”. Estamos en el corazón de la novela, en su epicentro literario.

A partir de la experiencia de “el baile”, comenzó una prolongada y profunda “COMPLICIDAD” afectiva entre Frank y Anthonela.  “Romance anónimo, de Narciso Yepes” henchía de vibrante amor las entrañas de Frank. El protagonista era consciente de que “me había llegado el momento”. Sigue el autor hablando en primera persona, refiriéndose a Frank.

Debajo de un árbol se vivió míticamente la experiencia parejal de Adán y Eva. Debajo de un árbol, Anthonela le expresa “la decisión de terminar su relación con Adonis”. Surgen en Frank “mis primeras lágrimas de amor” ante aquella confesión esperanzadora. Todo se vuelve canciones, cartas, poesías, mirarse al espejo. Está viviendo la magia del amor. Ya el contrincante está fuera del camino y no se interpone entre ellos. La felicidad adquiere una connotación eufórica, “por fin mis sueños se hacían realidad”.

Con el apartado titulado “EL BESO”, dice Frank (y el autor) “así empezó mi noche, la noche que no olvidaré jamás”. La canción de Juan Luis Guerra “25 horas” “que plantea que ese tiempo no es suficiente para amarse”, se convirtió en su himno de amor. Los cuatro párrafos finales de este apartado son una hermosa descripción del beso que experimentaron Frank y Anthonela. Como una nueva Eva, ella fue la de la iniciativa: “Bésame”. El entresijo de labios, lenguas y fluidos es tan intenso y tan real, que todo parecía “un sueño del que no se quiere despertar”.

Después del éxtasis del beso, viene casi por inercia “EL RITUAL”. Lo empezó Frank con su madre, tomados de la mano, girando y saltando. Luego continuó donde Oliva, su querida amiga. Allí esperaría a su Anthonela. Allí se juntaron Oliva y Rodríguez, “las dos personas más importantes en mi lucha por este amor” y allí “tendría la oportunidad de darles la noticia”. Allí se repitió de nuevo el éxtasis labial “y la besé como si no hubiera mañana”. En un momento, ella le dijo “las palabras mágicas que hasta ahora no había escuchado de sus labios. Te amo”. El apartado termina con un párrafo cargado de extrañezas: “Llegué a la casa y la llamé enseguida, le confesé que era muy feliz y que también la amaba. En medio de esa conversación apareció una solicitud de mi amada, y una promesa hecha por mí que cambiaría esta historia para siempre, y que he cumplido por más de veinticinco años? Si esto no es un nudo literario, ignoro lo que es el segundo criterio de toda novela, que inicia con una presentación, pasa por el nudo y termina en un desenlace.

Por eso, considero muy acertado que el apartado siguiente lo titule “EL SECRETO”. Una larga llamada telefónica, interrumpida por una breve pausa, destapó una solicitud por parte de ella que él no comprendía en aquel momento: “me pidió mantener en secreto nuestro noviazgo hasta que fuera el momento oportuno para hablar sobre ello con otros”. Aquel amor “que había puesto mi vida de cabeza, y que para colmo, ahora que finalmente lo había logrado, no podía compartirlo con nadie”. Sin dudas, aquí está el gran acertijo de toda la novela.

El secreto comienza a develarse lentamente al llegar a “EL PALACIO”, aquella tarde que ella me invitó ir a su casa. Anthonela le sugirió a Frank que pasara a buscar a Rodríguez “para que no llegara solo”. Primer velo que se cae del misterio. Cuando se comunicó para decirle que salía para su casa, “ella me informó que tendría que dejar el carro fuera y lejos para que si alguien llegara, no se percatara de mi presencia”. Segundo velo que se cae. Cuando entró, pensó que no llegaba a la casa de su amada, sino “al palacio de una reina”. Tercer velo que se cae. Cuando ella salió a recibirlos, “nos susurró que habían llegado unos amigos de su hermana y nos pidió que entráramos por la parte trasera para no ser vistos por ellos”. Cuarto velo que se cae. ¿En qué terminará todo esto? Hasta aquí, el autor deja embriagado al lector de una espera desesperante, de una intriga contagiosa y de una incertidumbre misteriosa. Esa es pues, una buena cualidad del bien narrar, lo cual le apunta en su haber un tanto al autor.

Algo grande se interpone entre Frank y Anthonela. Y no es Adonis. Es algo más grande, al parecer. Por eso, el apartado siguiente lo titula magistralmente “ELLA, EL MAR Y YO”. ¿Acaso existe algo más grande e inmenso que el mar en nuestro planeta? Tengo que confesar que todo lector avieso como yo, se adelanta a la narrativa, para imaginar su desenlace. He quedado frustrado en mis pretensiones. Supuse que este apartado abriría la brecha inconmensurable entre Frank y Anthonela. Fracasé en mi pretensión, porque no era la intención del autor. Me sentí despistado. Lo que yo imaginé como el fracaso de un amor, el autor lo llama “el bautizo de nuestro amor”. Me sentí más perdido que “el hijo de Lindbergh”. A pesar de que Adonis en cierta manera les persigue, allí no reside ya el problema. Tengo que confesar que al leerlo pensé que era un capítulo brillante desperdiciado. Me hice muchas elucubraciones, pensando que la metáfora del mar era la dimensión adecuada de aquel nudo. Pero en este capítulo, el mar no era una metáfora, sino que estaban en la casa de verano de la familia de Anthonela, donde se vislumbra el mar por todas partes. Confieso que este capítulo me rompió el esquema preconcebido que todo lector se va haciendo cuando está llegando al final de una novela. Me dije: “carajo, aquí no pasó nada; que desperdicio de oportunidad literaria”. Sin embargo, las entregas siguientes disiparán totalmente mi sabor amargo.

De entrada, me confunde más el título del apartado: “LADRÓN DE AMOR”. Pienso automáticamente: alguien le arrebata a Frank el amor de Anthonela. Y me equivoco medio a medio. Su lógica literaria sigue divorciada de la mía. En este apartado encontramos una Anthonela decidida a todo. Se fue a dormir a casa de Gina, “para que nada ni nadie pudiera empañar esa noche tan esperada”. Dice Frank: “Me parecía increíble y me daba muchas fuerzas ver cómo Anthonela estaba dispuesta a fugarse”. Y añade: “Por primera vez me sentí como un verdadero ladrón de amor”. Frank pudo aquilatar la firme decisión de Anthonela: “Dejó de temblar y me pidió que le prometiera que pasara lo que pasara, nunca dejaría de cuidarla, de luchar por ella y de protegerla”. En aquel momento “nos besamos y tomados de la mano decidimos iniciar la noche dispuestos a dejarnos llevar por el destino”. Llegan a “un lugar hecho para los enamorados” y “cuando menos lo esperábamos y más nos divertíamos, vimos que hacían su entrada Ernesto y Adonis, como dos personas más que buscaban entretenerse”. Lograron esconderse y escabullirse de aquella no grata presencia y llegando a un lugar paradisíaco, “Anthonela se lanzó a mis brazos repitiéndome varias veces: Nunca dejes de luchar por mí”. El párrafo final es elocuente: “En ese momento tomé su rostro entre mis dos manos, acerqué su boca a la mía y allí mismo bajo aquella luna rodeada de mil estrellas, se produjo aquel beso cargado más que todo de un deseo inmenso por hacerla mía, y como si ella hubiese sentido lo mismo, me miró fijamente y me invitó a un lugar secreto, diciéndome con la mirada que estaba preparada y decidida a todo”.

Así llegamos al apartado final, titulado “LA REVELACIÓN”, donde tampoco nuestros adelantos imaginativos acerca del desenlace fueron acertados. Esto cualifica más la calidad del trabajo narrativo del autor. Dicen que la luna es cómplice de nuestros sentimientos y afectos más hermosos. Por eso, este apartado final comienza con ella, en un rincón secreto de la playa. Como muy bien señala el autor, hablan más los cuerpos que las palabras. Hemos llegado al clímax de una verdadera “historia de amor”. Anthonela hace una advertencia premonitora: “Si algún día la distancia nos separa Frank, solo tendremos que mirar la luna en cualquier parte que estemos y nuestros corazones se unirán en aquel mismo instante”.

El lenguaje de las miradas es el más elocuente: “Mírame a los ojos, no quiero olvidar este momento jamás”, suplicó Anthonela. El amor intenso hace que el tiempo se detenga. Los griegos tenían dos palabras para hablar del tiempo: Cronos y Kairós. El primero es el tiempo cuantitativo, el del reloj; el segundo es el tiempo cualitativo, donde suceden las grandes cosas de la vida. Es el tiempo oportuno. En aquel lugar de la playa, bajo la luz de la luna, Frank y Anthonela viven plenamente su Kairós: “La miré y sentí cómo se paralizó el tiempo”, dice Frank. Insiste en que el tiempo no pase; Anthonela enfatiza que no cierre los ojos: “Mírame, no los cierres. Yo nunca los cerraré al besarte, pues adivino en el brillo de tu mirada lo grande y fuerte que es tu amor por mí”. El autor se vale de un augurio para cifrar el destino que espera a estas almas gemelas: “se levantaron desde el horizonte cuatro aves blancas de gran tamaño, agitando sus alas a gran velocidad y dirigiéndose hacia nosotros…llegamos jadeantes al lobby del hotel, sin percatarnos de que esto había sido una señal de que nuestro amor estaría sometido al mayor reto que pudieran enfrentarse dos almas gemelas, el tiempo y la distancia. Cada ave significaría tres años de distancia sin vernos y sin saber uno del otro, pero eso lo sabríamos algún tiempo después”. Y sorpresivamente, el autor no nos da explicaciones del desenlace que obligó a separarse a dos personas que nacieron para amarse.

El “EPILOGO” es abrupto en su cierre: el tiempo y la distancia separaron aquella pareja: “doce años sin verla y una distancia de 170 kilómetros de separación; mundos totalmente construidos, sin haber tenido la oportunidad de vernos, ni saber de cada uno durante todo ese tiempo”. La narrativa termina con un sabor esperanzador, que no describe, sino que juega con “la loca de la casa”, la imaginación, aquella que es mayor que la inteligencia y sobre todo más adecuada tenerla a nuestro lado en momentos difíciles. Como dijo una vez el genio de Einstein: “En tiempos de crisis, la imaginación es más importante que la inteligencia”. Un hálito lleno de una brisa suave cargada de esperanza sale al final de la pluma del autor en su penúltima frase: “Pero una vez más, el destino jugaría una ficha impensable y nos haría reencontrarnos de la forma menos esperada, para darnos una nueva oportunidad de ser felices”. Y la frase final nos transforma los sentidos, dejando los ojos luminosos, la piel erizada, el olfato perfumado el oído aguzado y el tacto ansioso: “Porque a pesar de todo lo que habíamos construido, siempre existió un vacío y una búsqueda inconsciente que solo puede existir entre dos almas gemelas”.

Concluyo mis ponderaciones sobre esta hermosa narrativa de Antonio Francisco Rojas Collado, catalogando esta novela como un velero suave, frágil, ágil, de ameno discurrir, intrigante, evocadora de sentimientos encontrados, provocadora de vivencias íntimas, de un candor exquisito, facilitada por una pluma que parece volar más que escribir, sentir más que razonar, imaginar más que pensar. Y lo más importante: es contagiosa. Nada mejor se puede decir de ANTHONELA que es “una historia de amor que podría ser la tuya”.

 

Luis Quezada Pérez

Anthonela, de Antonio Rojas Collado

Moca, Teatro Don Bosco, 7 de julio de 2019.

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