Temas idiomáticos

Por María José Rincón

 

SI TOCA OPONERSE

Conocer la forma de las palabras nos ayuda a dominar su escritura. La morfología, la parte de la gramática que estudia la forma de las palabras, analiza los mecanismos para crear nuevas palabras que nos permitan decir lo que queremos decir, que no es otra la razón de ser de la lengua.

Entre estos mecanismos, la lengua ha desarrollado el que permite formar nuevos adjetivos a partir de la suma de un prefijo y un sustantivo. Si queremos un adjetivo que nos ayude a describir aquello que se opone al lavado de dinero, nos basta con sumar el prefijo anti- al sustantivo lavadooperación antilavado, ley antilavado. Si queremos un adjetivo que describa el efecto de un producto sobre la caída del pelo, nos basta con sumar el prefijo anti- al sustantivo caídachampú anticaída. Si queremos describir aquello que se opone a la corrupción, nos basta sumarle al sustantivo el prefijo anti-movimiento anticorrupción. El adjetivo que resulta es invariable cuando lo usamos aplicado a un sustantivo en plural: operativos antilavado, leyes anticorrupción, lociones anticaída.

Cuando el adjetivo se forma sobre la base de un sustantivo que ya está en plural, la ese final se mantiene en el adjetivo resultante, ya sea este singular o plural. Si queremos calificar el «supuesto» efecto de un cosmético facial sobre nuestras arrugas, nos basta con sumar el prefijo anti- al sustantivo arrugas: crema antiarrugas, tratamientos antiarrugas. Desde luego, desde el punto de vista de la lengua, mucho mejor este antiarrugas que el engañoso antiedad, formado por el mismo procedimiento.

Casi sin quererlo el prefijo de origen griego anti- ha protagonizado todos nuestros ejemplos. Nos gusta ser positivos, pero hay ocasiones en la vida en las que nos toca oponernos, y la lengua tiene que servirnos también para ello.

 

NO HAY DE QUÉ

La riqueza de nuestra lengua nos sorprende a cada paso. ¿Quién nos iba a decir a nosotros que un simple qué iba a dar tanto de sí? Unas semanas atrás matizamos la diferencia entre el qué tónico y el que átono. Hoy le damos protagonismo nuevamente al que, aunque esta vez en un contexto nuevo. Si se fijan, el qué se cuela, como quien no quiere la cosa, en muchas expresiones fijas de uso cotidiano. En todas las que verán utilizadas en esta columna ese qué es tónico y, por tanto, debe llevar tilde diacrítica.

¿Qué tal? ¿Nos ponemos manos a la obra? Qué sé yo cuántas veces hemos tratado eso de la dichosa tilde diacrítica. Estoy segura de que más de uno se pregunta qué tan difícil puede resultar aprender a tildar los monosílabos. Y los más reticentes seguro que están reclamando: «¿A santo de qué tenemos que ponernos otra vez con lo mismo?». Siempre habrá quien prefiera desentenderse: «¿Y a mí eso de las tildes qué? Yo nunca he sabido escribir bien, ¿y qué?». Hay hablantes que tienen un desinterés que para qué… Tantos las usamos y tan cotidianas son que incluso el manido qué lo qué tiene dos qué tónicos.

Como los lectores de esta columna no se cuentan entre los reticentes ni entre los desinteresados, seguro que agradecen este repaso de las expresiones que en nuestra lengua tienen al qué como protagonista. ¿Qué hay? ¿Las han contado? Las usamos muy a menudo y se merecen que las sepamos escribir correctamente. Si a algún despistado se le ocurre darme las gracias, con gusto le responderé: «No hay de qué».

NUEVAS Y NO TAN NUEVAS

Cada año conocemos cuáles han sido las actualizaciones que se han hecho a nuestro diccionario académico. Las modificaciones más vistosas suelen ser las incorporaciones: palabras que han ganado aceptación por parte de los hablantes y cuyo uso se ha mantenido en el tiempo. Esperar a que estas condiciones se cumplan provoca que el diccionario se demore en incluirlas.

Las adiciones léxicas de la última edición del DLE hablan de cómo cambia lo que nos rodea y de cómo cambiamos nosotros. Se popularizan los audiolibros, ‘grabación sonora del texto de un libro’, y nos familiarizamos con el holter, ‘prueba diagnóstica en la que un dispositivo registra en un monitor durante varias horas la actividad del corazón de un paciente por medio de electrodos colocados en su torso’. También nos hablan de que comemos hummus, ‘pasta de garbanzos, típica de la cocina árabe, aderezada generalmente con aceite de oliva, zumo de limón, crema de sésamo y ajo’, o cantamos y bailamos vallenato, ‘música y canto originarios de la región caribeña de Colombia, normalmente con acompañamiento del acordeón’ y ‘baile que se ejecuta al ritmo del vallenato’. Nos hablan de cómo está cambiando nuestra percepción de la realidad y cómo la transmitimos; la posverdad ha llegado para quedarse, ‘distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales’.

Como todas las obras que tienen a la lengua como protagonista el diccionario debe esforzarse por seguirle el paso. No hay nada que cambie más y más rápido que las palabras y sus significados. Por eso el DLE también ha modificado algunas definiciones, ha añadido acepciones y ha suprimido palabras de su nomenclatura. Les prometo que las iremos conociendo.

 

EL UMBRAL Y LA PUERTA
Escribía Inés Aizpún la semana pasada que la lectura es la puerta. De que nuestros niños sepan abrirla depende su desarrollo, el nuestro y el de los que vendrán. De esa puerta depende nuestro futuro. Y nuestros niños no saben leer. Todos hemos puesto nuestro granote de arena para que el umbral de esa puerta se haya convertido en una barrera insalvable más que en un punto de partida.

Si nuestros niños no nos ven leer, no sentirán curiosidad por la lectura. Mírenlo con los ojos de un niño. Un adulto abre un objeto, un objeto que no necesita batería, ni está conectado, ni tiene teclas ni luces. Lo mira en silencio, fijamente, y, poco a poco, pasa sus hojas. Parece haberse trasladado a otro universo. Parece divertirse. ¿No les apetecería intentarlo?

A los niños les despierta el gusanillo de la lectura convivir con los libros, con gente que lee, con gente que valora las palabras. Pero eso no basta, es solo el primer paso. La alfabetización los pone en contacto con la palabra escrita. Los enseñamos a interpretar grafías que se van sumando para componer palabras. Un paso más. Tenemos que hacerles descubrir que las palabras escritas son algo más que una suma de letras; que las palabras escritas nos dicen lo mismo que las palabras habladas. Otro paso más. Tenemos que ayudarles a intuir que las palabras no deberían estar solas; cuantas más palabras podamos convocar, más podrán contarnos y más podremos contar nosotros. Otro paso. Tenemos que guiarlos a través de las relaciones que las palabras establecen entre sí, esas que nos ponen a pensar, a reír, a llorar, a soñar. Y solo entonces estarán leyendo.

Nadie dijo que fuera fácil. Alfabetización, vocabulario, gramática, ortografía. Todos imprescindibles para la lectura, pero no suficientes. Sin curiosidad, sin pasión, sin placer no hay lectura. Mezclen estos ingredientes como si de una pócima mágica se tratase y el umbral se convertirá en el comienzo de un extraordinario camino.

 

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