Presentación del libro El genio de la lengua

Por Rafael Peralta Romero

 De las diez acepciones que acopia el Diccionario de la lengua española para  el sustantivo genio, Bruno Rosario Candelier ha escogido la número seis para centrar  la temática de su más reciente libro, titulado El genio de la lengua.  La definición a la que aludo dice: “Índole o condición peculiar de algunas cosas. El genio de la lengua”.

La séptima  acepción presenta el vocablo  genio como sinónimo de carácter (fuerza de ánimo). De modo que de la forma más elemental  podremos  afirmar que este libro trata de la “condición peculiar” de nuestro idioma, que incluye  las señas que lo identifican y lo hacen diferente de otras lenguas, aun de las que proceden del latín, lengua madre del español.

El genio de la lengua toca todas las características que  a ésta le son propias. Algunos hablantes, sin emplear  estas palabras,  parecen considerar que el español tiene mal genio. Por ejemplo, mientras el inglés y las lenguas neolatinas emplean los signos de interrogación y de entonación solo al final de la oración, el genio del español exige que se coloque al principio y al final de la expresión. No obstante, muchos  hay  que prescinden,  de este requisito, por negligencia o falsa rebeldía.

Cuando un usuario de la lengua española, sobre todo si es escritor o docente,  se ahorra estos signos al principio de la oración, incurre en una lamentable erosión al carácter de nuestro idioma, lo cual no puede permitirse nadie que  haya asumido conciencia de la lengua.

Otro ejemplo visible, muy gráfico, del genio de nuestra lengua es el signo eñe. En otras lenguas existe el sonido eñe, pero con diferente grafía a la que se emplea en español, consistente en una ene tocada por una virgulilla.

Si de la cocina italiana hemos aprehendido  el gustoso  alimento hecho con capas de pasta que se rellena de carne, vegetales o mariscos,  justo era también que tomáramos prestada, sin intención devolutiva,  la palabra que lo denomina. Lasaña se llama el plato, pero el genio de nuestro idioma estaba ahí para advertirnos: olvídate del grupo “gn” (lasagna)  y cámbialo por eñe.

Algo parecido ocurrió  con dos bebidas alcohólicas procedentes de Francia: champaña y coñac. Los vocablos que las denominan en lengua francesa se escriben con el dígrafo “gn”, que para ellos sueña eñe, pero para ajustarse al carácter del español  ese par de letras  desaparece para darle vigencia  al signo eñe. Así se porta el genio de nuestro idioma.

El genio del idioma, estudiado desde sus  diferentes manifestaciones léxicas, gramaticales y estéticas es lo que aparece en este libro desde el principio hasta el final.  Este volumen de 453 páginas, que lleva por subtítulo “El Logos en la horma de la palabra”, comprende cinco divisiones: I Reflexión teorética, II Textos literarios, III Entrevistas y consultas sobre temas lingüísticos y literarios, IV Entrevistas y reportajes, V Cartas, mensajes y correos electrónicos.

La característica más notoria del libro que se presenta hoy consiste en que  la idea central no aparece concentrada en un texto, sino que se trata de una serie de ensayos y conferencias  en los que se explica la inevitable presencia del genio del idioma, tanto en la teoría lingüística  como en la creación literaria  y la normativa gramatical.

Todos los puntos de vista del autor  confluyen hacia “la veneración sagrada por las palabras”, lo cual conecta con la filología. La filología es una especialidad de los estudios lingüísticos, pero a partir de la etimología de esa palabra (filo, amor; logos, estudio) Bruno Rosario Candelier monta un entramado perfecto  que sirve de soporte a un cuerpo doctrinal orientado a infundir amor e interés por nuestra lengua.

La filología viene de Grecia, y será muy difícil, por no decir imposible, que Rosario Candelier hable o escriba de literatura o de lingüística sin remontarse a la antigüedad griega. Los filósofos presocráticos asoman  en diferentes momentos, pero uno de ellos aparece desde la primera página con su teoría acerca de la esencia de la lengua. Me refiero a Heráclito de Éfeso, de quien escribe Bruno Rosario  lo siguiente:

“Desde aquellos lejanos días pensó que, al ejecutar el acto del habla, los humanos tenemos algo que decir, y esa frase, “algo que decir”, ha cifrado la reflexión de pensadores, teóricos, escritores, lingüistas, filólogos, críticos literarios y estetas, ya que DECIR entraña una forma y un sentido, una expresión y un contenido o una imagen y un concepto.

El pensador de Éfeso intuyó que la esencia del decir se cifraba en la sustancia de un influjo espiritual que denominó Logos. Esa intuición de Heráclito, sustentada en el Logos como sustancia del pensamiento y base de la expresión, encierra la esencia de la lengua, porque el Logos no solo se refiere al lenguaje como instrumento, sino como pensamiento y expresión, contenido y forma, lo que encierra el concepto de idea, sustancia, expresión, imagen, forma y contenido de la palabra”. (pág. 7)

El concepto Logos  creado por Heráclito representa para la filosofía rosariana una  columna  insustituible que soporta un pensamiento de orientación metafísica, aplicable sobre todo a la creación literaria y que ha permitido al pensador mocano elaborar los fundamentos de la Poética del Interiorismo,  que sirve de filosofía creadora a un movimiento literario que lleva más de un cuarto de siglo de existencia e influjo en República Dominicana y otros países de habla hispana.

Todo lo relacionado con el pensamiento, el discurso, las imágenes sensoriales y la intuición de formas verbales, para Rosario Candelier  parten del Logos. De ahí que se permita afirmar lo siguiente: “En tal virtud, el genio de la lengua se manifiesta en un patrón estructural, cuyo formato orgánico y onda espiritual pautan el talante de una cultura, el cauce de una visión del mundo y un modo de percibir y expresar la realidad de lo viviente”. (pág. 9).

La normativa gramatical se presta muy bien para explicar  en forma  elemental qué es el genio de la lengua. Para ello, a  mí me resulta cómodo  emplear como ejemplo del nombre del noveno mes, que es septiembre. Algunos no encuentran la razón de ser de la letra pe  en la sílaba “sep”.

La historia de la cultura  enseña que hubo un tiempo en que septiembre fue el séptimo mes y que razones políticas y sociales lo llevaron al puesto noveno. En tanto que el genio de la lengua española advierte que la raíz  “sept”  deriva  de “septem”, como se denomina el número siete en latín. Hay un pequeño grupo de palabras  procedentes de la familia “septem” a todas las cuales se le respeta la “p”.

Veamos: septeno (consta de siete partes), septenario (compuesto de siete unidades o guarismos), septenio (siete años), septeto (conjunto de siete personas), septillizo (nacido en parto séptuple), séptimo (que sigue al sexto), septisílabo (de siete sílabas), septuagenario (persona que  está entre 70 y 79 años), septuagésimo (una de las 70 partes de un todo), séptuple (que contiene una cantidad siete veces), septuplicación (acción de septuplicar), septuplicar (multiplicar por siete)  y séptuplo (siete veces mayor).

Desde este punto de vista resulta fácil apreciar  el carácter de la lengua. Pero hay una estructura profunda que requiere  dedicación por parte de aquel que aspire  a un conocimiento cabal de nuestra lengua y hacer uso de ella para fines profesionales o creativos.

A propósito de la normativa, apunta nuestro autor que la importancia que entraña la ortografía la advertimos desde que la conciencia de la lengua asoma en nuestra mente.  Y remacha de este modo: “Con ese propósito, hay que fijar y pautar la normativa de la lengua y exigir su aplicación sin concesiones”. (pág. 66).

A Bruno Rosario Candelier le indigna la despreocupación por el estudio del idioma y lamenta que en nuestro país cualquiera publica un libro sin  tener el conocimiento idiomático indispensable. Y más adelante lo expresa con mayor ahínco:

“Una de las condiciones que se les exigía a los estudiantes de filología era justamente tener el conocimiento del lenguaje. Esa exigencia ahora nos parece inconcebible, y lo digo porque, por ejemplo, en nuestro país el Ministerio de Educación les entrega el título de bachiller en filosofía y letras a individuos iletrados y, en las universidades se gradúan estudiantes de licenciados y hasta de maestrías sin tener el fundamento de la cultura, que lo es el dominio de la lengua. Era inconcebible en la antigua Grecia la existencia de un filósofo, un poeta o un maestro ignorante de su lengua. Entonces, la primera exigencia era tener un conocimiento del lenguaje, la primera disciplina que tenían que estudiar. No por casualidad surgieron en la antigua Grecia poetas de la categoría de Píndaro, Tirteo y Safo”. (pág. 26).

Quienes se dedicaron a la interpretación del sentido de la palabra y del alcance del lenguaje, en la antigua Grecia fueron llamados filólogos y su saber, filología. La filología aborda el estudio de la palabra a la luz de los textos literarios. Rosario agrega a esto que para los helenos ser filólogo implicaba   el conocimiento de cuatro disciplinas afines: la lingüística, para tener un conocimiento gramatical, lexicográfico y semántico; la filosofía, para conocer la esencia y la naturaleza de las cosas; la estética, para la valoración de las expresiones sensibles, como la belleza y el sentido, y la mística como estudio de lo divino y la espiritualidad, desde la visión de iluminados y contemplativos” (pág. 21).

Estos conocimientos permitirán al filólogo interpretar las creaciones literarias, ya que de acuerdo con Bruno, los filólogos, al igual que los poetas, participan del don de la intuición metafísica y estética, por lo cual saben interpretar las  sabias palabras de los creadores de poesía y ficción.

Bruno Rosario Candelier  es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, pero su ejercicio  escritural y su  vehemente pasión por el quehacer literario  han probado que sin ese título también  hubiera demostrado  “la veneración sagrada por el valor de la palabra”.

En las aulas, en los medios de comunicación, en los libros publicados y en su gestión como director de la Academia Dominicana de la Lengua, Rosario Candelier se ha propuesto activar el genio del idioma. Ha repetido que la lengua amerita estudiarse en sus diferentes niveles (lexicológico, gramatical y ortográfico) para conseguir el uso adecuado y correcto.

Del libro que hoy presentamos  procede  la siguiente sentencia:

“En tal virtud, un creador de literatura necesariamente tiene que ser un hablante que conozca su idioma, que haga un uso creativo de su lengua, porque la obra literaria es el producto de un ejercicio intelectual de un autor que cultiva la palabra para testimoniar su visión del mundo y de la vida, para recrear su percepción de las cosas en forma estética; sobre todo, para transmitir una cosmovisión con un planteamiento filosófico, con una orientación conceptual mediante una posición que asume como escritor”. (pág. 41).

Aunque sus planteamientos concurren hacia un mismo objetivo,  que es la preservación y fortalecimiento del idioma español,  el libro El genio de la lengua  incluye un amplio espectro temático de vinculación específica con la lengua y la literatura. Y su autor tanto se ocupa de asuntos de alta complejidad y abstracción cual los emanados de la filosofía griega tan citada, como incurre en ilustraciones elementales acerca de nuestro idioma, tal ocurre en el hecho  de explicar que cuando en el diccionario una palabra tiene significados diferentes, cada uno de esos significados es una acepción. (pág. 130).

Por igual  detalla que las palabras  que son exclusivas del español dominicano se llaman dominicanismos, y que entre éstos  unos son semánticos  y otros son léxicos. (pág. 131). Esto pasa, sobre todo, porque Bruno Rosario Candelier contesta consultas que le llegan por diferentes vías  y es innegable que  las respuestas  resultan proporcionales al contenido de las preguntas. Obviamente, plantear que la lengua tiene dos vertientes: la expresión oral y la expresión  escrita dista mucho en complejidad que abordar  lo relativo al impacto que la lengua  ejerce en nuestra conciencia. Para ello   Rosario inicia con una cita de Pedro Salinas, poeta y ensayista español: “Está el hombre junto a su lengua como en la margen del agua de un estanque que tiene en el fondo joyas y pedrerías, misterioso  tesoro celado. La mirada no suele pasar de haz del agua donde se reflejan las apariencias de la vida con belleza suficiente; pero el que hunda la mano más allá, más adentro, nunca la sacará sin premio”.

Ahora les transmito la apreciación de Rosario Candelier. Dice el intelectual mocano:

“Esa estimación del poeta y ensayista español en su libro La responsabilidad del escritor, es una manera de invitarnos a que comprendamos el impacto que la lengua ejerce en nuestra conciencia espiritual, la huella que la lengua genera en nuestra sensibilidad y el influjo que imprime en nuestro intelecto y, sobre todo, el poder que adquirimos mediante la palabra. Nosotros somos una poderosa energía, y las palabras como correlato de la energía interior de la conciencia, que otorga el Logos, por lo cual tenemos que enamorarnos de los vocablos, posesionarnos del sentido de las palabras para establecer  ese vínculo entrañable con su forma y su sentido, de manera que podamos acoplar nuestra sensibilidad al caudal de voces y expresiones que esta grandiosa obra recoge para nuestra fortuna. Esa es la gran significación que tienen las palabras…” (pág. 89).

Bruno termina ese  tema con un poema de Vicente Aleixandre, que inicia con estos versos:

La palabra responde, por el mundo.
Hay mañanas en que oímos el mar,
la tierra en ella.

 Solo diré  otro ejemplo para resaltar en el nuevo libro de Bruno, la unidad en la pluralidad. Informa el maestro del Interiorismo que la Real Academia Española cuenta en su base de datos con unas seiscientas mil formas de expresión, cuyo dominio es cuestión de expertos.  Por igual  apunta que  el Diccionario oficial de nuestra lengua registra más de cien mil palabras.

El hablante ordinario puede llegar a dominar cinco mil palabras, mientras  el hablante sin formación escolar podría disponer de dos mil quinientas. Agrega Bruno que un  dominicano culto puede  dominar veinte o veinticinco mil palabras de las cien mil que recoge el Diccionario.

La adquisición del vocabulario se inicia con la infancia, el hogar aporta las palabras clave para la supervivencia y para denotar el vínculo con el entorno: mamá, papá, tía, cama, leche, pipí, agua, pan, perro, carro, colmado, celular…La actitud que asuma el adolescente frente a la lectura determinará en poco  tiempo  el nivel de su caudal lexicográfico.

Rosario Candelier precisa al respecto:

“El conocimiento de la palabra abre el horizonte intelectual, ensancha nuestro horizonte cultural. En la medida en que conocemos nuevas palabras se amplía el horizonte mental y cultural y esa es la ventaja del conocimiento de la lengua. Si se despierta en nosotros la conciencia de la lengua, se va a desarrollar una curiosidad natural  por el conocimiento de la palabra y por el uso ejemplar de la lengua, al momento de aplicar y conseguir lo que se llama el buen decir, que ha sido una aspiración de todos los buenos hablantes del español”. (pág. 44).

Conclusión

El español tiene un perfil que se ha conformado paulatinamente, durante siglos. El Diccionario, la Gramática y la Ortografía rigen para todos los hablantes. Pero la lengua de Cervantes es también la de  Pedro Henríquez Ureña, Rubén Darío,  Jorge Luis Borges, Pablo Neruda,  Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. En cada país donde es hablado, el español muestra su genio, el que rige para todos, pero también asume peculiaridades, a través del vocabulario y frases que le otorgan tonalidades particulares.

Las variantes operan –señala Bruno- en función de la realidad geográfica, histórica, social y cultural de la región de que se trate. (pág. 337).

El genio de la lengua guarda elementos que parecen tocados por el misterio, pero todos  tienen su explicación.  He hablado al principio del  grupo de palabras que, como  séptimo y  septiembre, proceden del latín,  sin embargo  hay  en nuestra lengua otra familia  de palabras  que lleva la  raíz “sept” que no guarda relación alguna con las derivadas del número siete.

Hablo de séptico, septicemia, septicémico, y otras que   proceden de la raíz griega “septos”, que significa “podredumbre”.  Veamos  las definiciones.

Septicemia. f. Med. Afección generalizada producida por la presencia en la sangre de microorganismos patógenos o de sus toxinas.

Septicémico, ca. (Adjetivo). Perteneciente o relativo a la septicemia.

Séptico, ca. 1. adj. Med. Que produce putrefacción o es causado por ella.2. adj. Med. Que contiene gérmenes patógenos.

Lo contrario de lo séptico es lo aséptico. Pero  antes  hay que hablar de la voz “asepsia”,  palabra que pese a  su raíz griega, nos llegó del francés  “asepsie”. El DLE la define del modo siguiente: f. Med. Ausencia de materia séptica, estado libre de infección.

Con estos ejemplos he querido explicitar  lo que se ha denominado “genio de la lengua”. El concepto genio guarda íntima relación con “idiosincrasia”, palabra que vino del griego con la acepción de “temperamento particular”.  Por no conocer el genio del idioma algunas personas  se extrañan de qué idiosincrasia se escriba con “s” mientras una regla del español manda escribir con “c” las palabras terminadas en “cracia” como democracia, aristocracia, plutocracia, en todas las cuales la terminación “cracia” significa gobierno.  Es claro –indica el genio- que  idiosincrasia no pertenece al grupo de democracia.

Estas reflexiones vienen a cuento a propósito  del  nuevo regalo emanado del  persistente trabajo de Bruno Rosario Candelier en pro de la lengua y la literatura. El genio de la lengua es un  conjunto de textos sobre creatividad, teoría lingüística, consejos en torno al uso del idioma y filosofía de la composición que representan efluvios de sabiduría de un hombre que ha puesto el máximo empeño en transmitir su “veneración sagrada por las palabras”.

Estamos, queridos amigos, en presencia de un libro fundamentalmente motivador,  un libro bien documentado y edificante,  un libro, en fin, capaz de llenar las carencias que padecemos  muchos respecto de la índole de nuestro idioma y de los pasos  necesarios para adquirir la plena conciencia de la lengua y del arte de escribir. Se trata de un libro para ser aprovechado.

©Rafael Peralta Romero