Llega abril y con él, este 2016, la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, Príncipe de los ingenios. Por esos azares de la historia que parecen redactados por el mejor novelista, también en abril de 2016 conmemoraremos el cuarto centenario de la muerte del Inca Garcilaso de la Vega, mestizo y capitán de su Majestad. Alcalá de Henares, en tierras españolas, y Cuzco, en tierras peruanas, los vieron nacer. Los dos convirtieron la lengua española en su patria. Con ella nos hicieron pasar muy buenos ratos y nos enseñaron a conocernos mejor. Ambos contribuyeron con su pluma a que nuestra lengua haya llegado al lugar que ocupa hoy: una lengua de cultura, internacional, hermosa, con una historia muy interesante a sus espaldas y con un futuro que apunta prometedor.

Arturo Úslar Pietri, uno de los grandes escritores venezolanos, nos llamó el Reino de Cervantes. Gregorio Salvador, mi admirado académico, toma prestada la denominación para su Noticias del Reino de Cervantes, en el que recopila artículos periodísticos dedicados al español. Don Gregorio le dedica el libro a Manuel Seco, a quien, con mi anuencia y respeto, nombra notario mayor de este reino. Manuel Seco, mi lexicógrafo de cabecera, dijo una vez que «una lengua es patrimonio de una comunidad, y quien la hace y la deshace es la masa, la mayoría».

Y aquí empieza nuestra responsabilidad, la de los hablantes, la de los simples mortales, si nos comparamos con los que llevo mencionados. Somos nosotros los que tenemos la palabra para transmitir esta lengua que nos han legado innumerables generaciones. Piensen, si no, en aquello que escribió Javier Marías, uno de mis novelistas preferidos: «La lengua es lo único que poseemos todos, incluso en las peo­res circunstancias. La tienen por igual los pobres y los ricos, los sabios y los ignorantes, los sanos y los enfermos, los de izquierdas y los de derechas». Seguro que nos reconocemos en alguno.

© 2016, María José Rincón.