Esta Eñe ha cumplido ya los cinco años y, si no he contado mal, hoy llegamos a las trescientas. Trescientos granitos de arena que no hacen playa, ni duna, ni siquiera un pequeño castillito de arena en la orilla, pero que, al menos, han conseguido que, gracias a Diario Libre, algunos martes se hable de ortografía, de gramática, de libros, en definitiva, de palabras.

En esta farragosa actualidad nuestra nunca viene mal hacer una pausa para analizar la importancia del lenguaje que usamos para expresarnos. Casi todo lo que llega a nuestra cabeza y casi todo lo que sale de ella está mediatizado por las palabras. Menos palabras, menos entrada; menos palabras, menos salida. Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, le entregó en estos días al papa Francisco un ejemplar del «Quijote» y una edición  facsimilar del «Diccionario de Autoridades». Una audiencia privada en la que se habló en español. Francisco fue profesor de literatura en bachillerato antes que papa y expresó su preocupación por la escasez de vocabulario en los jóvenes. Y no va desencaminado. Para muestra, un botón. Se dice que Cervantes usó en el «Quijote» casi 23 000 palabras distintas mientras que la mayoría de nuestros bachilleres no llega a las quinientas.

Frente a esta realidad, permítanme pecar de falta de humildad cuando oigo que algunos profesores comparten con sus alumnos la Eñe de los martes; cuando la veo a veces recortada y colgada en un tablón de anuncios de alguna empresa; cuando genera conversaciones y debates en las redes sociales; cuando los lectores reclaman algún que otro martes que no sale. En homenaje a mi venerado Sancho, aunque un grano no hace granero, poco a poco hila la vieja el copo.

© 2016, María José Rincón.