Con los preparativos de la Nochebuena, entre calderos y fogones, recuerdo que queda poco para decir adiós a este año cervantino. Recordar a Cervantes me hace recordar a don Quijote y a Sancho.

En estos días de excesos me vienen como anillo al dedo las palabras que el ingenioso hidalgo le dirige a su escudero mientras recorren los campos manchegos: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago». No se conforma con recomendar mesura en el yantar; también la bebida se lleva su parte: «Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra». Cervantes en estado puro, y por eso Cervantes es quien es para nuestra lengua.

Don Quijote aconseja sobre modales: «Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie». Sancho desconoce la palabra erutar, y así se lo hace saber a su señor. Erutar, variante de eructar que se usaba en la época y que ya ha perdido vigencia, era una forma culta. Popularmente se usaba el verbo regoldar, del que don Quijote dice que es «uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo».

Al caballero andante no le preocupan las dudas de Sancho; sabe bien que es cuestión de tiempo: «cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso».

El genio cervantino nos deja boquiabiertos. Intemporal, universal; y tan divertido. Se acaba el año cervantino, pero la excepcional obra de Miguel de Cervantes seguro que nos tiene reservados muy buenos ratos. Es la magia de los libros.

© 2016, María José Rincón.

Escrito por Ruth Ruiz