El camino de Emaús, un relato que consolida la fe

Por Rafael Peralta Romero

  No solo sus discípulos, sino muchas otras personas pudieron ver a Jesús, como hombre de carne y huesos, después que éste superara la muerte e hiciera saber de su Resurrección. Después de esto, Jesús permaneció en el mundo unos cuarenta días, asegura el apóstol Pablo.

Los evangelios canónicos y el relato Hechos de los Apóstoles cuentan las apariciones de Jesús resucitado, y también las documentan otros textos históricos y los llamados evangelios apócrifos.

La vida de Jesús, desde su concepción en una mujer no tocada por varón, está compuesta de hechos excepcionales, revestidos de misterio. Esa cadena de misterios culmina en la Resurrección. Tantos hombres, ilustres unos, poderosos otros, antecedieron a Jesús en la Tierra y de ninguno se ha sabido que haya vuelto a la vida.

Entre los textos bíblicos que dan cuenta de la resurrección de Jesús, ninguno más convincente, para mí, que el relato contenido en el tercer Evangelio (Lucas 24, 13-35). Este pasaje refiere que dos hombres, seguidores de la prédica de Jesús, caminaban desde Jerusalén hasta una aldea llamada Emaús y conversaban sobre lo ocurrido con el nazareno.

Sorprendió a estos señores la aparición repentina de otro caminante, quien fingía no saber nada de lo que hablaban ellos. Era de noche, llegaron a Emaús e invitaron al desconocido a quedarse. Al cenar, ven como parte el pan y se les abren los ojos del entendimiento: era Jesús. Come, habla y se marcha. Los caminantes, uno de ellos llamado Cleofás, a pesar de la hora, regresaron a Jerusalén a comunicar a los once discípulos de Jesús el hecho del que habían sido testigos.

Este capítulo de Lucas narra un hecho histórico, con detalles reales, enmarcados en el tiempo y el espacio. Emaús aparece registrada en los mapas de la época, aunque haya más de una versión respecto de la distancia de Jerusalén.

El relato de Lucas acerca del diálogo por el camino de Emaús encierra profundo significado teológico, por cuanto aporta detalles que robustecen la convicción de la resurrección de Jesús, fenómeno que lo diferencia definitivamente de todos los hombres.

El sentido religioso puro plantea que la fe se basta por sí misma, que no requiere auxilio de la razón. Sin embargo, la resurrección de Jesús da sustento a la fe cristiana. Gente tan grande para el cristianismo como el apóstol Pablo lo ha dicho: “…si Cristo no resucitó vana es nuestra proclamación, es vana nuestra fe”. (I Corintios, 15,13-15).

Cleofás y la otra persona, lamentablemente no identificada, tuvieron la dicha de ser los primeros en contactar a Jesús después de la Resurrección. Antes de eso, se cuenta de la visita al sepulcro de tres mujeres del entorno de Jesús (María Magdalena, Juana y María de Santiago) las cuales encontraron corrida la piedra de la entrada a la cueva. Allí vieron dos seres vestidos de blanco brillante, quienes les dijeron que Jesús había resucitado. Salieron muy extrañadas y confundidas. Luego acudió allí Pedro: “Se asomó y solo vio las sábanas, así que volvió a la casa sorprendido por lo ocurrido”. (Lc. 24, 1-12).

Respecto de las mujeres que fueron a la tumba, apunta el evangelista Mateo que Jesús, en persona, se les apareció y les habló: “Alégrense. Avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, donde me verán”. (Mt, 28,9-10).

Galilea era el lugar de procedencia de Jesús, allí se desarrolló como hombre, allí escogió a los doce discípulos, allí pronunció el célebre Sermón de la Montaña. Había muerto en Jerusalén, centro del poder político, donde acudió a sabiendas de lo que le esperaba.

Tras el aviso de las mujeres, los once discípulos se trasladaron a Galilea. No solo se encontraron con el redivivo Maestro, sino que escucharon de Él este mandato:

“Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28,18-20).

El portentoso misterio de la Resurrección impactó a los propios discípulos. El evangelista Marcos (Mc 16) refiere la aparición de Jesús a María Magdalena y que esta se lo comunicó a los discípulos, pero ellos lo pusieron en dudas.

El cuarto Evangelio, escrito por Juan, abunda en detalles sobre las apariciones de Jesús. Los capítulos 20 y 21 son dedicados al tema. Juan cuenta su llegada junto a Simón Pedro al sepulcro y lo encuentran vacío (Jn 20, 1-8).

Agrega Juan que ese mismo día se presentó Jesús a una reunión de los once, donde permanecían a puerta cerrada, y los saludó diciendo: “La paz esté con ustedes”. Como el discípulo Tomás no estuvo en ese encuentro, y dijera que tenía que ver y tocar a Jesús para creer que estuviera vivo, sucedió ocho días después otra visita. (Jn 20,19-30).

Para Juan no basta un capítulo y extiende las acciones de Jesús resucitado al 21 y último de su Evangelio. Es ahí donde se narra la pesca milagrosa: “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Tantos fueron los peces capturados que no podían levantar la red.

Suficientes testimonios hay en torno a la Resurrección. Para mí, podría bastar con el emocionante relato de Lucas según el cual apareció a dos hombres que caminaban hacia la aldea de Emaús. La comprensión ayuda la fe. El hecho narrado en Lucas 24 consolida la fe en Jesucristo.

 

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