Palabras del escritor  Rafael Peralta Romero en la presentación del libro La dolencia divina: conciencia mística y espiritualidad, durante el encuentro interiorista efectuado en La Torre, La Vega, el 28 de enero de 2017.

“Cada día  vamos aprendiendo algo ya que el discurrir de la vida nos permite ir acumulando conocimientos, experiencias, intuiciones, y todo eso va fecundando la memoria, la inteligencia y la creatividad. Todo lo que conocemos, todo lo que hemos vivido o experimentado se va  almacenando en la memoria. La memoria tiene varios registros y todo lo que traspasa el umbral de la conciencia lo conserva; por esa razón es importante tener contacto con las diversas manifestaciones de la realidad y conocerlo todo, gozarlo todo, sufrirlo todo, vivirlo todo”. (Pág. 69).

Parece que estoy iniciando por el final, pues este párrafo  tan dotado de autoridad, tan pleno de sentido y  tan conclusivo, bien podría prestarse para el cierre de una disertación en torno al libro La dolencia divina, que lleva por subtítulo “Conciencia mística y espiritualidad”, la más reciente publicación del doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua y presidente del Ateneo Insular.

El volumen, de 398 páginas, sale con el sello del Ateneo Insular, con el respaldo de la Fundación Guzmán Ariza Pro Academia Dominicana de la Lengua,  y –lo más importante-  constituye un enjundioso tratado sobre la  mística, que con la metafísica y la mitopoética  representa  los tres pilares  sobre los que se sostiene el movimiento interiorista.

Había pensado señalar de inicio que el contenido de esta obra me descalifica para ser quien hable por  ella  ante ustedes para ponderar la riqueza de su temática, es decir su presentador. Efectivamente, en la página 59 Rosario Candelier afirma lo siguiente:

“La metafísica profundiza el sentido, ya que quien indaga el sentido está haciendo metafísica. Normalmente el drama vital de la realidad humana atrae a quien tiene sensibilidad social, pero a los que tienen sensibilidad metafísica les atrae el drama cósmico, que es el drama mayor de lo que acontece en el Universo, y así enfocan la vida, la muerte, el tiempo, la eternidad, el devenir, la Creación, el sentido de la trascendencia, que son los temas que preocupan a quien tiene sensibilidad metafísica”.

¿Ven ustedes? Quien les habla no va más allá de la sensibilidad social, la cual permite captar  el modo de vida de la gente, sus manifestaciones  con relación a la divinidad, al sexo, a las cosas materiales, así como sus actitudes frente a la vida, sus luchas por la supervivencia  y sus hábitos idiomáticos.

En tanto que la sensibilidad metafísica, explica el autor del libro, propicia en los favorecidos con esa facultad, la capacidad de ver más allá de las apariencias, penetrar en la dimensión profunda de las cosas, interesarse por la esencia y el sentido de lo real, y procurar una visión del mundo y de la vida, es decir una cosmovisión.

La cosmovisión implica la existencia de una metafísica,  y Bruno Rosario se adelanta  a contradecir a quienes piensan que  la metafísica es una evasión de la realidad, porque la  metafísica persigue una visión más profunda de la realidad, “no es una visión superficial, sino profunda, trascendente, porque la visión metafísica procura una inmersión en el sentido de la trascendencia, una inmersión en el misterio del hombre y de la vida…”  

Este libro está compuesto de cuatro partes: I-Reflexiones místicas. II-Diálogos y conversatorios. III-Estudios de textos místicos. IV- Correos literarios.

La primera parte se compone de catorce textos   cuya escritura   denota  la sobriedad y la hondura del escrito científico, no obstante tratarse de tópicos propensos a la especulación y la valoración personal, y que en consecuencia se  tornan  fértiles para la controversia.

En este apartado, Rosario Candelier  explica con suficiencia de información y ardiente sentir  temas relacionados con  la experiencia mística, la gestación de la conciencia mística, desarrollo de la conciencia mística  y la relación de estos asuntos con la estética, la contemplación, todo  aplicado a la creación literaria.

La segunda parte recoge  diálogos  y conversatorios   en los que intervienen Bruno Rosario Candelier  y poetas interioristas que han  alcanzado apreciable  desarrollo de  la conciencia mística o de la sensibilidad metafísica, tales como Yky Tejada, Ramón Antonio Jiménez, Tulio Cordero y  Fausto Leonardo Henríquez.

La tercera parte, titulada “Estudios de textos místicos”, no es de menor enjundia que las anteriores.  Aquí Rosario Candelier  parte de  concepciones de clásicos de la literatura mística, a propósito de la cual  describe el Ideario místico de Santa Teresa de Jesús y por igual enfoca “La dolencia divina en la teopoética de san Juan de la Cruz”.

Al mismo tiempo se extasía el filólogo mocano en la obra poética de tres creadores dominicanos que han sabido transitar “la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”, como preconizara fray Luis de León. Me refiero a los ensayos titulados “Paradigma de Tulio Cordero como creador de lírica teopoética”, “Claves de la intuición mística en la teopoética de Rocío Santos” y “La voz mística de Jit Manuel Castillo”.

La cuarta parte  viene formada por la  infaltable comunicación electrónica que suele sostener Bruno con académicos, poetas y personas interesadas en consultar  algún aspecto en torno a la lengua, la literatura o la creación literaria. Es la parte más general  y podría decirse  liviana, sin menospreciar el interés que ha movido esas comunicaciones.

Desde su inicio, este libro  entra dilucidando cuestiones fundamentales en torno a la conciencia. Una de esas cuestiones  toca lo concerniente  a la conciencia alterada o conciencia expandida, a partir de lo cual  siquiatras y neurólogos atribuyen a  personas  destacadas en las artes o en la  mística  religiosa padecimientos de algunas patologías distorsionadoras de la conducta, entre ellas la epilepsia. A ese respecto, Rosario Candelier apunta lo siguiente:

“Pero, ¿por qué todos los epilépticos no tienen las vivencias místicas que experimentan los iluminados y contemplativos? ¿Son acaso las experiencias místicas un fenómeno  de conciencia exclusivo de epilépticos y sujetos con algún trauma patológico de la conciencia? Obviamente que no. Es improcedente, en consecuencia, inferir que las vivencias místicas responden a un cerebro afectado por una dolencia patológica”. (pág. 9)

Para estar en consonancia con planteamientos  desarrollados en otro encuentro interiorista efectuado en este mismo recinto, nuestro autor admite que hay algo en común entre locos, místicos, contemplativos, poetas y epilépticos, ya que tienen experiencias que van desde clarividencias hasta delirios.  Reconoce el autor que algunos perturbados tuvieran revelaciones  trascendentes. “Pero –aclara- también es verdad que han existido contemplativos, místicos y santos, sin patología mental conocida, como los ejemplos de Thomas Merton, Jorge Luis Borges, Concha Urquiza, Karol Wojtyla, que recibieron el don de la contemplación mística, la gracia de la dolencia divina y el éxtasis de los elegidos”. (Pág. 11).

Más adelante, Bruno Rosario explica el sentido místico de la inspiración y dice que  consiste en una energía supraindividual que se impone a una persona y que le permite sentir lo no habitual, una peculiar manifestación trascendente o epifanía de lo sobrenatural.

“Hay dos  modos de vivencias místicas: las del paciente patológico que las teje en su cerebro (caso Francisco Matos Paoli, que padeció de locura) o las del sujeto contemplativo que las experimenta en su sana conciencia (caso de Luce López-Baralt)”. Esto afirma nuestro autor. Pero no solo eso,  sino que por otro lado nos hace ver que la mística entraña la búsqueda de lo divino, por cuanto  representa el estadio más alto de la conciencia espiritual “y aparece cuando la sensibilidad se abre a los efluvios del Universo”.

El libro que hoy presentamos, no solo constituye el más amplio soporte documental sobre los estudios místicos  que se haya elaborado en nuestro país, y en muchos otros, sino que también representa  un auténtico cuerpo doctrinal  sobre esa materia, reservada  a un número muy reducido de seres humanos.

Algo de muy particular importancia  se encuentra  en la preocupación de Bruno  Rosario Candelier por la falta de una escuela destinada a los estudios místicos, para lo cual es indispensable, en primer lugar, la existencia de poetas y narradores místicos. Y es  obvio que la labor del  intelectual mocano  a través del Movimiento Interiorista ha venido preparando las bases para establecer  esa escuela, ya que son miembros del  Interiorismo los dominicanos  que en los últimos veinticinco años  han transitado la senda de la mística en sus creaciones.

Vale recordar que el poeta interiorista,  dominicano,  Fausto Leonardo Henríquez, ganó en 2009, el XXIX Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, celebrado en Roma. Su libro  “Gemidos del ciervo herido”  fue escogido entre 207 obras procedentes de 20 países.

Hay temas  que en Bruno Rosario Candelier son  recurrentes.  Por ejemplo, su referencia  frecuente a los filósofos presocráticos nutre  su pensamiento respecto de cuestiones metafísicas y filosofía lingüística.

Precisamente, el  ensayo titulado “Visión intelectual, estética y mística en los pensadores presocráticos”, que aparece en la página 146 del volumen que hoy se da conocer, resulta una magnifica imbricación del ideal metafísico con la sensibilidad social.

“El tema del pensamiento místico a la luz de los antiguos pensadores presocráticos  –sostiene Rosario Candelier-  nos ofrece una interesante perspectiva de la sensibilidad espiritual y la vocación creadora. Los antiguos filósofos griegos fueron los primeros pensadores de la cultura de Occidente y fueron los intelectuales que con su pensamiento y creatividad dieron fundamento y cauce a la filosofía, la cosmología, la filología, la poesía y la creación artística bajo el aliento de la inspiración mística”.  (Pág. 137)

En este autor, la sensibilidad metafísica  se alía  con la social y brota como resultado que todos los puntos de vista confluyan hacia “la veneración sagrada por las palabras”, lo cual conecta con la filología.  La filología es una especialidad de la lingüística, cuya etimología (filo, amor; logos, estudio) sirve  a Bruno Rosario para promover  una doctrina orientada a infundir amor e interés por nuestra lengua, la literatura y el desarrollo del pensamiento.

En noviembre de 2016 fue presentado el libro “El genio de la lengua”, de Rosario Candelier, del cual he considerado consiste un magnífico curso de filología. Les ruego la paciencia de permitirme transcribir un párrafo de lo que, en calidad de presentador,  escribí entonces:

“Quienes se dedicaron a la interpretación del sentido de la palabra y del alcance del lenguaje, en la antigua Grecia fueron llamados filólogos y su saber, filología. La filología aborda el estudio de la palabra a la luz de los textos literarios. Rosario agrega a esto que para los helenos ser filólogo implicaba   el conocimiento de cuatro disciplinas afines: “la lingüística, para tener un conocimiento gramatical, lexicográfico y semántico; la filosofía, para conocer la esencia y la naturaleza de las cosas; la estética, para la valoración de las expresiones sensibles, como la belleza y el sentido, y la mística como estudio de lo divino y la espiritualidad, desde la visión de iluminados y contemplativos” (El Genio de la lengua, 2016, pág. 21).

Justamente en este reclamo es que el nuevo libro, “La dolencia divina”, empalma con el anterior. Después de explicar  los métodos y doctrinas de los filósofos griegos que vivieron y enseñaron  previo a la aparición de Sócrates, quien murió 399 años antes del nacimiento de Jesucristo, Rosario retoma la preocupación por el amor al saber, partiendo de que la filología ensancha  el horizonte mental de las personas porque  estudia la lengua y la literatura y recalca al respecto  que  “…los antiguos pensadores estaban conscientes de que el conocimiento era clave para el crecimiento de la conciencia”.

En páginas anteriores ya había explicado que la conciencia es el órgano del conocimiento. “Cada actividad que el hombre realiza da lugar a una operación de la conciencia”. (Pág. 119).

Al principio de esta exposición se ha hablado de conciencia inflamada, conciencia alterada, circunstancia que podría afectar por igual a místicos  y poetas como a personas  atacadas por desórdenes emocionales.  La dolencia divina ha sido explicada en este libro  como una fuerza que descubre y revela el sentido de la vida. “Se trata de la vivencia del amor en su punto culminante, el éxtasis de amor con el alma embriagada y los sentidos suspendidos en la llama que incendia el corazón bajo el ardiente aliento de la dolencia divina”. (Pág. 263).

Confieso que no tengo una conclusión propia para este trabajo. En tal virtud, he preferido  recomendar a quienes  aspiren desarrollar la gracia de la poesía mística, tal como san Juan de la Cruz, nuestro modelo de la lengua española,  adoptar la filosofía contenida  en La dolencia divina, un libro que por su riqueza conceptual, elevará la formación intelectual  de sus lectores y acrecentará el prestigio de las letras dominicanas.

La mínima expresión de ese estupendo cuerpo teórico sobre conciencia mística y espiritualidad, el maestro Bruno Rosario Candelier la ha expresado en el  “Decálogo para el desarrollo de la conciencia creadora”, el cual aparece en la  página 104 de La dolencia divina, publicación del Ateneo Insular. He aquí el decálogo.

1-Descubrir los dones peculiares (como la capacidad creadora o interpretativa) por la cual tenemos un poder que nos fue dado para canalizar con nuestro talento y nuestra palabra el sentido de fenómenos y cosas.

2-Apreciar la  coparticipación conceptual, estética, erótica y espiritual en cuya virtud fusionamos carne y alma para sentir en la sensibilidad y el espíritu la llama de la Creación.

3-Generar en la inteligencia y en la sensibilidad el poder de la creatividad que canaliza el aporte de nuestras intuiciones para vivir con sentido de iluminación lo que la vida nos brinda.

4-Inspirar un ideal edificante de vida para darle sentido y trascendencia a nuestra existencia con gozo y entusiasmo.

5-Asumir la energía  interior de la conciencia con la convicción de que tenemos un poder para recrear el sentido de la vida con la alentadora edificación.

6-Canalizar, desde la esfera de la imaginación, la conciencia y la sensibilidad, la conexión con la energía espiritual del Cosmos.

7-Distinguir y formalizar la más significativa  apelación de la interioridad en armonía con nuestra sensibilidad y nuestro talante.

8-Saber que somos cultores no solo del Logos de la conciencia sino del Numen de la sabiduría cósmica en cuyas virtudes, mediante el cordón umbilical espiritual, estamos en conexión con la potencia mayor de la Creación.

9-Entender que tenemos una misión creadora, no solo para testimoniar nuestra percepción de lo viviente, sino para encauzar y enriquecer, mediante la realidad estética y espiritual del arte de la palabra, el pensamiento que edifica la conciencia y la belleza que embriaga la sensibilidad.

10-Propiciar con nuestros pensamientos, actitudes y acciones, nuevas ideas y relaciones armoniosas, edificantes  y luminosas, de tal manera que, al tiempo  que creamos una buena obra, también podemos inspirar a otros o ser fuente de  inspiración de otra obra.

© 2017, Rafael Peralta Romero.