Por Sérvido Candelaria

  En toda organización colegiada, para evitar el atascamiento en las actividades diarias, funciona una “Comisión Ejecutiva” o Junta Directiva designada por el pleno de sus componentes, que tiene a su cargo tomar decisiones mientras no se reúne la membresía total. Así también se elige un Director para seguir simplificando la toma de decisiones. Basado en esta estructura, puede producirse, en algún momento, una decisión que no sea compartida por la mayoría del conglomerado institucional. Pero no por ello deja de ser  legal y vinculante, dicha decisión. A las personas que lo conforman, les ha sido asignada esa función y, sea que votemos, no votemos o que votemos en contra de su elección, lo que ellos aprueben, nos somete a todos mientras aceptamos vivir bajo los reglamentos que nos conforman como país.

No sé cuándo vamos a aprender a vivir en comunidad, bajo la diversidad de criterios. Nos jactamos de ser abiertos, pluralistas y democráticos, pero cuando nos toca dejar que los demás se expresen y actúen basados en sus principios o criterios, nos volvemos censores de actos y de juicios, con la misma o mayor vehemencia que a quienes criticamos por indolentes y dictadores. Eso va muy de acuerdo con el peor mal que nos aqueja, denunciado por mí en otras ocasiones: el de la relativización de nuestros males; la desgraciada doble moral que nos acompaña en nuestros juicios y valores, con las excepcionales excepciones de rigor. Vivimos diariamente desgañitándonos por la corrupción que nos acogota, pero no perdemos oportunidad para, cuando llegamos a un lugar donde hay que hacer fila, agenciarnos con algún amigo, compadre, tío, sobrino o con el soborno de rigor, el pase inmediato a la ventanilla o cubículo. Vivimos criticando el dispendio de los recursos del Estado, pero cuando nos toca imprimir un trabajo para provecho personal, utilizamos sin miramientos el papel, la tinta y el impresor de la institución donde laboramos, sin la autorización correspondiente. Vivimos criticando la irresponsabilidad e indolencia de los funcionarios, pero cuando tenemos que asistir a un acto donde somos la figura principal, nos regodeamos al decir “no importa, que me esperen, no se puede empezar el acto sin mí”. Vivimos señalándoles a los demás sus falencias pasadas y presentes, pero no nos damos cuenta de que en nuestra vida nos hemos revolcado en estercoleros (de acuerdo a la opinión de quienes no comparten nuestro criterio) y vivimos rodeados de personas que por contestatarios y rebeldes no dejan de hacer cosas al margen de la ley. Y, a propósito, vivimos criticando “esas malditas leyes” cuando difieren de nuestros valores, pero no perdemos la oportunidad de invocarlas y hacer lo inhumano para que se cumplan estrictamente, cuando de beneficiarnos se trata.

Entiendo que todo el mundo tiene derecho a expresar su desacuerdo con cualquier acto, si no se identifica con su esencia y resultado. Ahora, eso no debe facultar a nadie para la descalificación automática de la persona que lo ejecuta. Sobre todo, para la descalificación personal por medio de epítetos denigrantes. Por eso veo muy mal los ataques a nivel personal que se han hecho al Dr. Bruno Rosario Candelier por diferentes personas que, sin conocer cómo funciona la Academia Dominicana de la Lengua, se pronuncian contra él en forma abyecta, sin tener en cuenta la extraordinaria labor que desarrolla en la promoción de la lengua y las letras dominicanas y de la literatura en sentido general como formadora de un mejor ser humano.

Yo estoy en desacuerdo con el juicio que valora a don Marino Vinicio Castillo como figura procera; pero soy el primero en reconocer que no existe ninguna labor de proyección y formación humanística, en el ámbito de este país, que se pueda acercar siquiera, a lo que ha estado haciendo el Dr. Bruno Rosario Candelier en los últimos 25 años. Y atestiguo también que su labor no es para formar acólitos incondicionales, como muchos se empeñan en mal-decir, al señalar su magisterio como “la escuelita”. No, eso es una burda calumnia elaborada quizás por la incapacidad de seres frustrados al no poder presentar a la sociedad ninguna obra de provecho que se le asemeje. Pero más aún. La labor realizada por el académico mocano puede que supere (pasiones aparte) a la del maestro pues, bajo su tutela, la Academia Dominicana de la Lengua, además de haber cobrado vida institucional, ha servido de canal para que el pueblo liso y llano se ponga en contacto con las personas que sirven de intermediarios entre la normativa y la práctica de la lengua, amén de haber procurado un sutil equilibrio entre los nuevos miembros que ingresan a la institución. Ahí están los boletines de la Academia que, en los últimos trece años, superan varias veces la capacidad informativa de todo lo que se había publicado en los 75 años que le antecedieron. Agréguese a esto las actividades permanentes realizadas por miembros de número y miembros correspondientes de la institución en los que se les da participación abierta y sin censura a quienes tienen algo que aportar dentro de la promoción lingüística y literaria, acorde con sus objetivos.

Por eso duele que personas sin elementos suficientes para hacerse un juicio objetivo sobre la Academia actual, se pronuncien en forma tan virulenta contra uno de sus actos y, sobre todo, contra su director. Pero duele más todavía que a esas personas se agregue el distinguido Dr. Odalís Pérez, quien está supuesto a conocer sus interioridades y debe, en gran medida, su aceptación como miembro de número de esa corporación, precisamente, a la apertura demostrada por Bruno Rosario Candelier, quien tuvo que emplearse a fondo para conseguir la aprobación de dicho miembro, ante la objeción de otros connotados e influyentes académicos, por motivos personales. ¡Qué forma de reciprocar ese noble gesto!

 

Escrito por Ruth Ruiz