Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz

 

Silencio antes de nacer

silencio después de morir

vivir anhelante entre dos silencios.[1]

 

Con estos versos de Hirma Contreras apuntalo que mi empeño por vivir entre el silencio que antecedió a mi nacimiento y el que precederá a mi muerte, es un parto a destiempo que está preñado de voces, lo mismo que estas palabras mías, que llevan por título “Tras la gestación del poeta En la voz del silencio”, en las que irónicamente ―para mi sorpresa y la de muchos de ustedes ―, he tenido que hablar tanto para referirme al Silencio.

La madrugada del 15 de julio de 2016, fiesta de san Buenaventura de Bagnoregio, desperté con esta lapidaria sentencia resonado en mis adentros: “Lo que es posible decir en absoluto puede decirse con claridad: y de lo que no puede hablarse, sobre ello hay que guardar silencio”.[2] Al levantarme, recordé que son de Wittgenstein y que se han repetido hasta la saciedad en los círculos intelectuales más variados, como el germen de un velado agnosticismo. En mí, por el contrario, retumbaban cual imperativo categórico como la búsqueda de aquello que se esconde en las palabras. Así las evoca Franklin Mieses Burgos en su poema “Canción dialogada por voces en el viento”: “―Ya te he dicho mil veces / que no quiero palabras; / hay algo más en ellas… / ―¿Quieres decir canciones? / ¿Voces estremecidas? ―Yo pienso que son tales, / aún cuando ellas no tengan / ese temblor sublime / que es propio de las alas”.[3]

El poemario En la voz del silencio, que esta noche sale a la luz, es mi intento ―fracasado en su raíz, como se lamentaba san Agustín de Hipona― por balbucir en mi limitado lenguaje una experiencia que ha trascendido todas mis limitaciones. Puro don inmerecido al que, sin embargo, todos estamos llamados. Pues la fuente en la que he saciado todas mis ansias sigue ahí para quien en ella desee abrevar su más honda sed.

La voz que aquella madrugada retumbó en mi interior ―por calificarla de algún modo―, no era otra cosa que el gozoso preludio de un arduo trabajo que había llegado a su fin: la purificación de mi ser En la voz del silencio.[4] Lo cual me colocaba ante otro desafío: el de garabatear, ahora en prosa, esas otras realidades a las que también alude Wittgenstein en su Tractatus lógico-philosophicus, cuando nos conmina a desvelar lo indecible: “Hay, en todo caso, cosas inexpresables. Es algo que se muestra; es lo místico”,[5] y a hacerlo, por los senderos intransitados que él mismo denominó “los intersticios del lenguaje”, los laberintos que atravesamos para dejar atrás los lugares comunes, de modo que afloren en nuestro ser los inéditos versos de un genuino poetizar. Esto es, descubrir que lo que nos hace poetas, quizás no otra cosa que este esfuerzo persistente por expresar aquello sobre lo que deberíamos callarnos. Porque como formula Emilio Adolfo Westphalen: “Tal vez sea este empeño por obligar a las palabras a que digan lo que no estaban hechas para decir ―el único elemento común― el parentesco que se establece entre los miembros de la hermandad poética”.[6]

La vida me ha ido enseñando que esto es posible si entramos en un tipo de silencio en el que se incuba una palabra nueva, aquella que es nuestra razón de ser en el mundo, la que solo nosotros podemos proferir. Dado que únicamente luego de este acallamiento interior podemos gustar la verdad de cuanto somos y de cuanto es el otro, prerrequisitos para abrirnos a una auténtica relación con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Con razón, quienes conocieron de cerca a Julia de Burgos, nos cuentan que esta no establecía una amistad profunda con quien no fuese capaz de compartir con ella dos horas de silencio. Y es que el silencio del que hablamos no es el que nos lleva a huir del mundo, “sino a transfigurarlo, que es algo más que redimirlo: es resucitarlo”, como bien nos sugiere Raimon Panikkar.[7] Así entendido, este acallamiento es más que la ausencia de fonemas, es “una sensación positiva”, que nos permite sentir el palpitar de la vida en su centro, para expresarlo en los mismos términos que Simone Weil cuando afirma: “Entonces, la infinitud del espacio ordinario de la percepción es reemplazada por una infinitud a la segunda o tercera potencia. Al mismo tiempo, esa infinitud de infinitud se llena por entero de silencio, un silencio que no es ausencia de sonido, sino el objeto de una sensación positiva, más positiva que la de un sonido”.[8]

En mi práctica personal del silencio, he llegado a gustar con bastante claridad y lucidez, esa primera, segunda y tercera potencia de la que nos habla Simone Weil. La primera la he identificado como un silencio físico o material, la segunda como un silencio interior o sagrado y la tercera como un silencio absoluto o relacional.

El silencio físico o material que he experimentado, es el que nos aparta de los ruidos externos. Es aquello a lo que en el Zen llaman el Za-zen, la práctica del silencio sentado o en la quietud, que en mi caso no es otra cosa que la vivencia de cuanto la tradición judeocristiana nos aconseja en el siguiente salmo: “Comuníquense con su propio corazón sobre el lecho y guarden silencio” (Sal 4, 5).

El silencio interior o sagrado al que he accedido, consiste en acallar nuestras voces internas para serenar el alma. En el budismo lo denominan Samu-angya. Es el silencio que se ejercita en el movimiento y en el trabajo como aprendizaje de la escucha. Para mí, este ha sido un recogerme interiormente para aguardar en el Señor, como vislumbramos en el salmista que se dice a sí mismo: “Solo a Dios espera en silencio, alma mía, pues de Él proviene tu esperanza” (Sal 62, 6).

El silencio absoluto o relacional lo he intuido como manifestación de todo cuanto somos y hacemos, porque es comunión de nuestro corazón humano con el corazón de Dios y con el corazón del cosmos. A este silencio, los budistas lo nombran como el San-zen, es la vivencia del silencio en la vida, en el encuentro con los demás y en el diálogo con ellos.[9] En la experiencia de Elías, lo descubrimos como un silencio habitado; pues, luego de acallar sus furias externas y su ira interior, Elías consigue escuchar a Dios como el sonido del silencio: “Y después del fuego, Elías escuchó el sonido del silencio (qôl demamâ) y he aquí que la voz vino sobre él” (Re 19, 13).

En múltiples sentidos estos poemas que comparto En la voz del silencio fueron esculpidos en el crisol de estas tres estancias del silencio y son el eco de aquello que resuena en cada una de ellas. El primero y más obvio, es que estos versos son un regalo de Dios, que brota del silenciamiento a todo ruido exterior, durante meses de soledad en el Bosque del Pueblo, en Adjuntas, Puerto Rico, y en el Monte de oración, en Moca, República Dominicana. El segundo, un tanto más sutil, es que los fui puliendo en el mutismo de innumerables vigilias nocturnas, como quien cual Michelangelo Bonarroti, despoja al bloque que esculpe ―la propia vida― de todo cuanto le sobra para revelar la obra de arte que se esconde en sus entrañas. El tercero, que fácilmente nos podría pasar inadvertido, es que estos poemas nacieron del acallamiento que he cultivado en la oración y en la vida, como un ejercicio continuo de diálogo con Dios, con los demás y con la creación, en el que mi propio ser se ha ido transfigurando.

No es casualidad que en mi profesión solemne escogiese como primera lectura el texto en el que el profeta Isaías rememora el inicio de su vocación: “Entonces uno de los serafines voló hacia mí. En su mano llevaba un carbón encendido, lo había tomado del altar con unas tenazas. Con este carbón tocó mi boca, y dijo: «Con este carbón he tocado tus labios, para remover tu culpa y perdonar tu pecado»”. (Is 1, 6). Y es que, así como el serafín purificó los labios de Isaías con una braza en llamas, yo evoco el toque de Dios como un silencio incandescente ardiendo en mi corazón. Es que mi vocación ―que yo llamaría profético-poética― ha acontecido en parámetros muy similares a los apuntalados por Martin Heidegger, cuando nos recuerda que: “La llamada carece de toda expresión vocal. No se manifiesta de ningún modo en palabras ―y a pesar de ello no es en absoluto oscura ni indefinida―. La conciencia habla única y constantemente en la modalidad del silencio”.[10]

Esta llamada me ha permitido sentir en carne viva, aunque más allá de la carne ―como asegura san Pablo en su Segunda carta a los Corintios (12, 2)―, que Dios es el silencio absoluto. Lo que me ha llevado a cuestionarme, ¿si el silencio no es el auténtico nombre de la palabra de Dios experimentada por el místico? Porque como tan atinadamente nos advierte san Agustín de Hipona: “Tal vez el silencio fuera el único homenaje que el entendimiento podría dar a lo inefable; pues si algo puede expresarse con palabras, ya no es inefable. Y Dios es inefable”.[11] Esta es la misma experiencia que declara san Juan de la Cruz cuando celebra “la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora”;[12] la que balbuce Angelus Silesius cuando en su poema “Dios habla lo menos posible” nos confiesa que: “Sin tiempo y sin lugar, nadie habla menos que Dios: / Desde toda la eternidad, pronuncia una sola Palabra”.[13] De igual forma la intuyó José Saramago en su Cuadernos de Lanzarote I [1993-1995] al declarar: “Dios es el silencio del universo y el hombre es el grito que da sentido a ese silencio”.[14]

Ahora bien, quien percibe a Dios de este modo siente la urgencia de “convertir el habla en silencio”,[15] que según el rabino Israel Baal Shem Tov (1700-1760) es la finalidad última de toda auténtica plegaria; se debate con la intensidad angustiosa con la que nuestra amada Luce López-Baralt se lo pregunta al mismo Creador: “¿Cómo me las arreglo para gritar tu nombre en silencio?”[16] No obstante, lo mismo que ella, tenemos la plena certeza de que “aunque llorara diamantes no podría (mos) decirlo”.[17] Esta conciencia es la que nos obliga a transitar por los senderos de “los cantos sin palabras”, por los que tan libremente se desplaza el poeta Luis Palés Matos, tras atravesar la “Puerta al viento en tres voces” para encontrarse con su amada más allá y más acá de las palabras entre la música, la poesía y el canto:

Es el silencio tan cercano al grito / que recorre las noches estrelladas / y mas lo vemos que lo oímos / y casi le palpamos la sustancia… / ¿Qué lenguaje te encuentra con qué idioma / (ojo inmóvil, voz muda, mano laxa) / podré yo asirte, columbrar tu imagen, / la imagen de tu imagen reflejada, / muy allá de la música-poesía, / muy atrás de los cantos sin palabras?[18]

Para quienes así lo hemos experimentado, Dios es mucho más que un concepto, que una idea, que un personaje, Dios es un Tú con el que nos relacionamos. Nos sabemos uno con Él y con el cosmos. En el corazón de esta íntima relación, percibimos la gran necesidad que tienen los seres humanos y el mundo de este testimonio, para que ya no andemos tan extraviados, tan alejados de nuestro centro. Nos sentimos subyugados ante esa voz que nos ordena en el silencio que debemos decir cuánto estamos viviendo; conscientes de que el lenguaje nos es insuficiente para expresarlo y que permanecer callado también nos es imposible. Todo sucediendo simultáneamente en nuestro interior y en conexión con el Todo. Es participación en una vivencia que está más allá de los dualismos yo-tú, energía-materia, palabra-silencio, porque como nos advierte Óscar Pujols, experimentamos que: “El silencio y la palabra son, en cierta forma, las dos caras complementarias del absoluto”.[19] Porque ¿cómo existirían las palabras sin el silencio, o este sin las palabras?, ¿no es acaso el uno el interludio de las otras, y viceversa?

En esta hondura, que podemos llamar trans-consciente, coinciden la experiencia de la creación y la del lenguaje, la vivencia mística y el quehacer poético. En cuanto a la equivalencia entre creación y lenguaje, se nos revela aquello que concibe el alfabeto sánscrito y la cosmovisión que lo sustenta, según la cual existe un silencio primordial, que corresponde al vacío de la creación. Este emite una vibración que es la resonancia suprema, que se condensa en un punto sonoro, una gota de sonido fónico, pero que contiene en sí toda la potencialidad del lenguaje y de la creación.[20] Así mismo, en este plano también comulgan la vivencia mística y el quehacer poético. Porque como constata Jacques Maritain: “La experiencia poética y la experiencia mística nacen cerca una de otra, y cerca del centro del alma, en los vivientes manantiales de la vitalidad del espíritu, pre-conceptual o supra-conceptual”.[21]

A propósito de esto, los estudiosos del misticismo reconocen que este se enraíza en el silencio, como se desprende del hecho de que las diversas raíces de la palabra mística estén tan íntimamente ligadas al silencio. Por ejemplo, el término griego mystikós, alude a los misterios; su raíz myô, significa mantener el secreto; y el vocablo indoeuropeo mu, del que este se deriva, nos remite al “sonido” que se hace con los labios cerrados. Por lo que el místico (mystés) es aquel que ha sido iniciado en los misterios o se ha cultivado en la escuela del silencio. De ahí que, en términos lingüísticos, podamos sugerir la experiencia mística como un acto sintético de autorreflexión sin palabras, que se realiza en el espejo del propio ser. La cual, de acuerdo con Oscar Pujols, nos permite: “Percibir simultáneamente la cosa, la palabra, su significado, quién la habla y quién la escucha, el acto de comunicación y el silencio como fuerza bruta detrás del sonido de las palabras”.[22] Cuando esto nos ocurre, como sugiere Paul Fenton, “el habla transformada en silencio se (nos) convierte en luz, pensamiento, meditación y examen de conciencia”.[23]

Quien esto ha vivido, pasa de “la palabra hablada” a “la palabra hablante”, como planteaba Merleau Ponty. Esto es, se retrotrae al silencio primigenio, que es anterior al sonido de la palabra, para que de su interior brote una voz que es transformadora de su propio ser y de la palabra misma.[24] Este acontecimiento, despierta en nosotros a la vez al maestro y al poeta, porque nos permite liberar el lenguaje del propio lenguaje, posibilitando no solo que seamos creativos, sino que seamos creadores: anfibio que deambula entre el silencio del ser y el hablar de la nada; alquimia del acallamiento que nos torna en la Palabra, con mayúscula, por la que de hablantes pasamos a ser el habla misma, es decir, la realidad última que se expresa sin la intervención de nuestro ego.

Entonces asistimos a la gestación del poeta, a nuestro propio nacimiento, que nos torna en “el hijo amante”, del que hablara María Zambrano, que “une en un ilimitado amor, el amor filial, con el enamoramiento”,[25] porque como un hijo se preocupa por su origen, por lo que es y le ha sido dado; pero que como un amante, lo vive con la pasión y la locura de quien se ha dejado seducir por la poesía, a la que la misma María Zambrano reconoce como “un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo, un oír en el silencio y un ver en la oscuridad”.[26]

Quisiera ilustrar este proceso que se me ha regalado con una historia del budismo zen, que retrata lo que sucede en la tercera potencia del silencio a la que antes hice referencia. Es una metáfora de cuanto acontece en nuestro interior en este tránsito espiritual: Cuenta la leyenda que un monje acudió donde el maestro Hui-nen porque quería ser su discípulo. Luego de hacerle la pertinente reverencia, el maestro le preguntó: «¿Quién eres realmente tú, que así has venido hasta mí?» Ante semejante cuestión, el discípulo se retiró avergonzado. Habían pasado unos tres años cuando este pudo regresar ante el maestro con su propia respuesta: «Ya una sola palabra sobre el yo no acierta a alcanzar al verdadero yo».[27]

En mi ser, la respuesta ha emergido más lentamente que en el corazón de este discípulo. Quizás por ser más lerdo que él me he tardado unos veinte años para articularla. Ha cristalizado En la voz del silencio, que ahora es pan consagrado en mis manos para ser compartido. Es el fruto de la eucaristía cósmica de la que nos habla Teilhard de Chardin:[28] concelebrada con miríadas de personas y acontecimientos sobre el altar del mundo, con las migajas de miles de gestos de amor y esperanza, que anticipan un nuevo cielo y una tierra nueva en los que Dios es Todo en todos. Entiendo que estos versos ya no me pertenecen. En gratuidad los he recibido de Dios, de la vida y de tantas personas, y así mismo los restituyo a Dios, al universo y a todos aquellos que se animen a comulgarlo.

A propósito de ello, al finalizar esta presentación, entregaremos unos pétalos de rosas. Aparentemente no son un gran regalo, pero constituyen una significativa muestra de mi amor por ustedes, pues, así como “la rosa es sin porqué, / (y) florece porque florece”, esas corolas contienen algo del aroma y la belleza que a mí se me ha dado en la experiencia de Dios y en la gestación de estos poemas. Cada pétalo que hoy les entrego, igual que cada verso que hoy les comparto y que cada mendrugo de pan que he consagrado, es una ofrenda en la que salgo de mí mismo a su encuentro. Con ello, además de restituir cuanto he recibido, los conmino a cultivar el anhelo del Absoluto que late en su interior, para que nuestras vidas arriben a su más hondo sentido.

No puedo terminar estas palabras sin expresar mi más profundo agradecimiento a mis familiares, especialmente a mi hermana Soriana Nelly Castillo, que tanto se desvive por mí; a la Dra. Luce López-Baralt, sacerdotisa y comadrona que ha posibilitado la gestación de este poemario y la del poeta que lo rubrica; a Fernando Cabal, director de Ediciones Mandala, que tan positivamente ha valorado esta obra; a fray Gerardo Antonio Vargas Cruz, por su amistad y por disponer de un espacio en su tan apretada agenda para dirigirnos la invocación a la Santísima Trinidad en este evento; a la Lic. Camelia Michel Díaz, por la hondura y seriedad con la que se ha adentrado en mi poemario; a don Bruno Rosario Candelier, presidente de la Academia Dominicana de la Lengua que, además de un motivador incansable de estos versos, ha posibilitado que presentásemos este libro en este prestigioso lugar; a la Dra. Nina Bruni, que ha tenido a bien desplazarse de tan lejos para deleitarnos con una presentación tan sublime como exquisita; al escritor Rafael Peralta Romero que, como maestro de ceremonia, ha sabido honrar la discreción a la que apunta nuestro poemario; a cada uno de los miembros del Movimiento Interiorista; a los integrantes del Taller literario del Norte, en Puerto Rico; a los frailes franciscanos, en especial a  Eddie Caro Morales y Wilson Franco Encarnación; a los postulantes, que tanto han afanado en esta actividad; a los hermanos de los diversos espacios (pastorales, académicos y sociales) con quienes me he ido forjando; y a quienes con tanto empeño y dedicación han organizado esta tan hermosa presentación de mi poemario (Ramona Santos García, Argentina Montero, Carmen Pura de Jesús, Sheyla Maldonado, Felícita,; al fotógrafo Antonio García, siempre tan disponible para servir; a las periodistas Riamny María Méndez y Jacqueline Pimentel. Finalmente, deseo manifestar mi gratitud y devoción a los cuatro ángeles que, en su singular generosidad, me han honrado con su amor y compañía en este itinerario espiritual: a la Dra. María de los Ángeles Mejía Pujols, a fray Ángel Darío Carrero Morales, a la hermana Santa Ángela Cabrera y a la escritora Ángela Hernández Núñez.

 

Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz, OFM

Santo Domingo, 15 de septiembre de 2017

 

[1] Hirma Contreras, Entre dos silencios, Santuario, Santo Domingo, 2008, p. 9.

[2] Ludwig Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus,

[3] Franklin Mieses Burgos, “Canción dialoga por voces en el viento”, en Obras completas, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Santo Domingo, 2000, p. 90-91.

[4] Dado que, sin que yo lo supiera, en esa misma alborada Luce López-Baralt dio los toques finales al prólogo de mi poemario.

[5] Ludwig Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus, Op. Cit., p.

[6] Emilio Adolfo Westphalen, La Poesía, los poemas, los poetas, Universidad Iberoamericana, México 1995, p. 82.

[7] Raimon Panikkar, El mundanal silencio, Ediciones Martínez Roca, Barcelona 1999, p. 15.

[8] Simone Weil, A la espera de Dios, Trotta, Madrid 1993, p. 43.

[9] Cf. Shizuteru Ueda, “Silencio y habla en el budismo zen”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio: el lenguaje de la ausencia en las distintas tradiciones místicas, Trotta, Madrid 2006, p. 14.

[10] Martin Heidegger, Sein und Zeit 56.

[11] San Agustín de Hipona, Sermón 117.

[12] San Juan de la Cruz, Cantico Espiritual 14.

[13] Angelus Silesius, El peregrino querúbico IV, 129, en edición de Lluís Dush Álvarez, Siruela, Madrid 2005, p. 176.

[14] José Saramago, Cuadernos de Lanzarote I [1993-1995], Turolelo, 2015. Recuperado en http://assets.espapdf.com/b/Jose%20Saramago/Cuadernos%20de%20Lanzarote%20I%20(1993-1995%20(4160)/Cuadernos%20de%20Lanzarote%20I%20(1993-%20-%20Jose%20Saramago.pdf

[15] Paul Fenton, “El silencio como modo de espiritualidad en la mística judía”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio. Op. Cit., p. 46.

[16] Luce López-Baralt, Luz sobre luz, Trotta, Madrid, 2014, p. 95.

[17] Ibíd., p. 96.

[18] Luis Palés Matos, Puerta al tiempo en tres voces, 1998

[19] Óscar Pujols, “El simbolismo del alfabeto sánscrito”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio. Op. Cit., p. 67.

[20] Cf. Ibídem.

[21] Jacques Maritain, La intuición creadora en el arte y la poesía. Kamleshdutta Tripathi, “De lo sensible a lo suprasensible: estética india tradicional: conceptos clave de rasa, dhvani y bhâva-anukirtana”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio. Op. Cit., p. 90.

[22] Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 9.

[23] Paul Fenton, “El silencio como modo de espiritualidad en la mística judía”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit.,, p. 42. En paréntesis es nuestro para hacer más coherente la oración.

[24] Cf. Shizuteru Ueda, “Silencio y habla en el budismo zen”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 19-20.

[25] María Zambrano, Filosofía y poesía, Fondo de Cultura Económica, México 1996, p. 106.

[26] Ibíd., p. 110.

[27] Cf. Shizuteru Ueda, “Silencio y habla en el budismo zen”, en Oscar Pujols y Amador Vega (Eds), Las palabras del silencio…, Op. Cit., p. 35.

[28] Cf. Teilhard de Chardin, El medio divino. Ensayo de vida interior, Taurus, Madrid 1959.