El mar de las palabras es inabarcable. Todas las gotas que lo forman tienen su historia y van tejiendo tupidas redes entre sí. Desentrañar estas redes no deja de sorprendernos.  Hoy van a hacer que tiemble la tierra bajo nuestros pies, o casi. ¿Han pensado alguna vez en las palabras de las que disponemos en español para referinos a una sacudida de la corteza terrestre?

El sustantivo terremoto procede del latín terraemotus, literalmente ‘movimiento de la tierra’. Con el mismo procedimiento se formó maremoto, para referirse a la agitación que provoca en las aguas del mar la sacudida del fondo marino. Un maremoto está provocado por un terremoto.

El sentido de ‘movimiento’ está tras el término conmoción, que podemos usar como sinónimo de terremoto. O podemos elegir la voz temblor, más familiar, que reservamos a los movimientos de tierra de escasa intensidad. Su origen está en el verbo temblar, emparentado con nuestro hermoso adjetivo trémulo, ‘tembloroso’.

Si seguimos navegando dejaremos atrás las aguas latinas para adentrarnos en las griegas. Arribaremos a dos sustantivos de este origen que también usamos para designar a los temblores de tierra: sismo y seísmo. ¿Y cómo es que tenemos dos sustantivos emparentados para referirnos a la misma realidad? Lo cierto es que estas dos palabras partieron del mismo puerto, pero han viajado hasta nosotros por distintos caminos. Sismo nos llega directamente del griego seismós. En cambio, seísmo llega a nuestra lengua a través del francés; de donde también procede el adjetivo sísmico.

Nuestra lengua hace además gala de su vertiente creativa y aprovecha su riqueza léxica para forjar usos figurados: terremoto le llamamos a un suceso que nos conmociona o a una persona excesivamente inquieta. Como ven la lengua no duda en acudir a las metáforas para ganar en expresividad.

© 2017, María José Rincón.

Escrito por Ruth Ruiz