Por Segisfredo Infante

  En algún ensayo he expresado, en forma quizás atrevida, que mi reino es el reino de los libros impresos, en tanto que sus páginas condensan el espíritu universal, en las esferas abstractas y concretas. Esta idea más o menos virreinal se encuentra entrelineada en las antiguas escrituras bíblicas, y de algún modo en el pensamiento hegeliano; como entrelineadas se encuentran, en este brevísimo discurso, las concepciones filosóficas ratiovitalistas, hoy personalizadas. Por eso en el marco del libro concreto he comenzado a leer la obra impresa del doctor don Bruno Rosario Candelier; por lo menos aquellos de sus formidables textos que hasta este momento he tenido a mi alcance.

Creo que un primer libro suyo que llegó a mis manos, el 18 de septiembre del año 2016, desencadenó en mi espíritu una sutil emoción cargada de extraña alegría, al enterarme de que en alguna ínsula de América Latina se hablaba y escribía sobre Metafísica, como parte de la gran Filosofía, sin ningún prejuicio y sin ningún rubor. Me refiero al luminoso libro Metafísica de la conciencia: el Logos en la pantalla del Cosmos, escrito por don Bruno, y publicado por la editorial “Ateneo Insular”, que he compartido con algunos de mis amigos del Grupo de Estudio y Reflexión “Kurt Gödel”, en Tegucigalpa. A la par de este libro inusitado, o casi inmediatamente después, tuve entre mis manos El Logos en la conciencia: Lenguaje, conceptualización y creatividad (2010). Igualmente La Mística en América: Contemplación, poesía y espiritualidad (2010), uno de los mejores textos que he leído sobre mística poética; y otros volúmenes interioristas relacionados con la pluma de nuestro escritor abordado, y con las plumas de la pequeña constelación de sus buenos amigos y colegas identitarios.

He declarado en mis escritos, en varias oportunidades, que soy lento para leer, digerir y escribir Filosofía. Como quizás (pero sólo quizás) soy rápido para escribir, más o menos sobre la marcha, cuestiones periodísticas, de estructura y de coyuntura. Sin embargo, en una primerísima aproximación a la obra filológica y filosófica de los quehaceres meditativos de Don Bruno, puedo conjeturar que por dentro de su discurso subyace una especie de “razón poética” poderosa e inmarcesible, y emparentada, quizás directa o indirectamente, con la “razón poética” trabajada durante décadas por la filósofa española doña María Zambrano. Creo que es un nexo interesante que he encontrado en estas primeras y tímidas aproximaciones, aun cuando tal vez se trate de un nexo apenas entrevisto e inconsistente de parte mía, desde el punto de vista de la lógica del discurso respectivo de ambos escritores. Porque en primera instancia he encontrado un lenguaje hermoso y exuberante en la prosa de don Bruno Rosario Candelier, en su exquisito libro El Logos en la conciencia, que es difícil de parangonar con otros escritores en lengua castellana. Sobre todo por la carga lírico-filosófica de sus conceptos y nociones. Seguidamente hay sobriedad categorial, al margen del lirismo, en su libro aludido Metafísica de la conciencia (2016). A lo que habría que añadir que he comenzado a sumergirme en el mundo místico de la poética interiorista en sus diversos momentos: el prehispánico, el castellano, el dominicano y el americano en general, en varias lenguas, por mediación de un conjunto de poetas mayormente desconocidos en Honduras, habida cuenta que en mi terruño suelen circular (con muy raras excepciones) antologías poéticas nacionales y extranjeras, varias veces excluyentes, agrupadas con estándares sociológicos y políticos, dejando por fuera a poetas y narradores de gran profundidad interior, ligados tal vez al quehacer metafísico. Naturalmente que hay escritores hondureños importantes, de distintas tendencias y estilos, sobre los cuales me gustaría hablar, positivamente, en otro momento.

En este punto debo confesar que sin darme por enterado, había previamente compartido con don Bruno, la idea especial que en el ánimo del Hombre pensante coexisten condiciones físicas y metafísicas, ya sean producto de los “efluvios universales”, de la herencia biológica o de creaciones históricas del Hombre mismo, concebido como individuo y como colectividad. Al respecto pronuncié un brevísimo discurso, excesivamente breve,  en Santa Rosa de Copán (una ciudad del occidente de Honduras), el jueves 14 de julio del año 2016, titulado “Física y metafísica de la Luz”, al momento de presentar por primera vez mi libro Fotoevidencia del sujeto pensante (2014); un libro de filosofía especulativa, con algunos giros epistemológicos. El discursito aludido copaneco fue publicado en la Revista histórico-filosófica Búho del atardecer, número nueve, de agosto-septiembre de 2016, página tres, que he traído a Ustedes.

Dentro de una perspectiva abarcadora, desprejuiciada, es sugerible que un buen día, sea lejano o cercano, detengamos nuestras miradas de lectores impenitentes sobre algunos conceptos e ideas claves que se sustentan en la obra de don Bruno Rosario Candelier, tales como el concepto de “logos”, o como el concepto de “numen”, que se remontan a los orígenes de la filosofía y del pensamiento griegos. Así como también sobre sus nociones y frases conceptuales como “energía divina”, “conciencia”, “energía metafísica del universo”, “mística”, “creatividad”, “revelaciones”, “verdades metafísicas”, “energía erótica”, “interiorismo”, “creación teopoética”, “animicultura” y “energía lingüística”, que son como constantes de su pensamiento propio, filosófico-metafísico, por aquello de los neologismos y de las expresiones recargadas con nuevas afinidades semánticas. Y sin cuyas conceptualizaciones sería poco menos que imposible comprender el discurso candelariano. Como asimismo se traduciría en una especie de afán improductivo el hecho de leer e interpretar la poesía interiorista hispanoamericana (vieja, nueva y reciente), sin intentar comprender, previamente, ese hermoso lenguaje candelariano antes aludido.

Como si se tratara de un pie de página indispensable, tengo la impresión que don Bruno Rosario Candelier es uno de los más importantes pensadores de la América Latina actual, en los terrenos filológicos, filosóficos y poéticos. Por eso, forzando las analogías, podría arriesgar la hipótesis que la dimensión de don Bruno sólo es comparable, en este momento histórico, con la del filósofo y fenomenólogo colombiano don Germán Vargas Guillén, sin perder la óptica que ambos escritores son muy diferenciados entre sí, tanto por los senderos bifurcados semi-borgeanos que ambos transitan, como por los lenguajes respectivos que les caracterizan. Siempre en la noción del pie de página quiero agradecer a don Bruno por citar, en alguno de sus renglones, un artículo mío, y por mencionar el título de mi libro Fotoevidencia del sujeto pensante. Como igualmente agradezco, en grado sumo, a la venerable Academia Dominicana de la Lengua, por invitarme a Santo Domingo. También agradezco, humildemente, a mis correligionarios políticos de Honduras, por auxiliarme en forma indirecta en este viaje.

Este es el momento preciso para subrayar otro agradecimiento, infinito por cierto, que trata de mi incorporación como miembro correspondiente a la Academia Dominicana de la Lengua, hecho extraordinario que me honra, más allá de lo pensado, y me convierte en un ciudadano por adopción, de la República Dominicana, un país con el cual mi deuda moral e intelectual habrá de ser permanente. Mil gracias a todos ustedes, que son tan finos conmigo.

Por último he venido a ustedes, queridos amigos e intelectuales dominicanos: académicos, pensadores, poetas y narradores de ambos sexos, con un libro de filosofía especulativa: Fotoevidencia del Sujeto Pensante. Y con tres libros de poesía bajo mis alas. Me refiero a Paciente Inglés; reflexiones en el cineDe Jericó, el relámpago; y Correo de Mr. Job, para compartirlos brevemente, en la medida de lo que sea posible. Sospecho que en alguna fecha remota mis andanzas librescas, y espirituales, serán más detectables en los anaqueles de República Dominicana, en el Estado de Israel y en la Biblioteca del Congreso en Washington, que en los archivos fragmentarios de Honduras, mi dolorosa “tierruca amada”, tal como lo diría el escritor uruguayo-hondureño, ya fallecido, don Oscar Falchetti. ¡Bendita sea la tierra de don Pedro Henríquez Ureña, don Bruno Rosario Candelier y de todos ustedes!

Segisfredo Infante Tejeda
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, Ciudad Colonial, 23 de junio de 2017

Escrito por Ruth Ruiz