He de reconocer que no soy muy de campo. Sin embargo, soy amante del silencio, aunque nuestras ciudades estén cada día más reñidas con él. La naturaleza es también “ruidosa”, aunque en un sentido completamente diferente. Hay un campo semántico que siempre me ha parecido divertido, por su variedad y sonoridad: el que agrupa a los verbos que designan los sonidos que emiten los animales.

Caballos y burros se distinguen por muchas cosas, entre ellas porque los primeros relinchan y los segundos rebuznan o roznan. En los días en los que el sol aprieta nos envuelve un sonido que llega casi a formar parte del paisaje: las chicharras y las cigarras chirrían o chicharrean; aunque los cuentos nos hablen del canto de la cigarra, estas sonoras palabras se acercan más a su voz real.  También algunas aves como las golondrinas y los vencejos chirrían o trisan.

Si queremos referirnos al sonido que emiten los patos diremos que graznan o que parpan. Eso de que hacen cua cua se lo dejamos a los niños. Todas las ranas croan, no solo las que se convierten en príncipes. Los elefantes barritan. Para ser sincera, nunca he tenido la oportunidad de escucharlos de cerca.  Preciosa palabra para designar un sonido que, si las cosan siguen como van, cada vez escucharemos menos.

A veces los humanos llegamos a parecernos a los animales, con perdón de los animales, y emitimos sonidos para los que nos prestan el nombre. Los bebés gorjean, como los pajarillos, pero también berrean como los becerritos. Los toros y los caballos bufan, incluso los de los muñequitos, cuando resoplan con furia. Díganme si no han visto a más de uno bufar en estos días. Y lo de rebuznar creo que no necesita explicación. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

© 2016, María José Rincón.