Llega marzo y con él las conmemoraciones del Día de la Mujer. Estos días con nombre propio solo sirven para recordarnos compromisos que debemos mantener todos los días. La defensa de la igualdad de las mujeres no es cosa de un día. La discriminación por razón del sexo sigue tan asentada entre nosotros que cambiar esquemas es cosa de cada día, de cada postura, de cada actitud.

Esta postura personal puede plasmarse de muchas formas, porque nos queda mucha tarea por delante en todos los ámbitos. Hay quien opina que el sexismo se manifiesta en los géneros gramaticales; quizás porque no han entendido del todo cómo funciona la lengua.

Yo elijo otra postura. Tal vez menos evidente pero, sin duda, tan militante y tan comprometida como la que otros enarbolan. Yo elijo la defensa del acceso en igualdad de condiciones a una educación de calidad para las mujeres. La educación de calidad, cuando lo es, lleva aparejado el uso correcto y prestigioso de la lengua. Y, con el dominio de la lengua, la capacidad de expresar, de compartir, de crear, de reclamar, de exigir. Y, casi tan importante, la libertad de servirnos de esa educación, según nuestra capacidad, en todas las facetas: personal, laboral, académica, creativa, investigadora, directiva, política, ciudadana. Y que a igual desempeño, recibamos igual compensación e igual reconocimiento y respeto. Solo así seremos visibles las mujeres. Y cuando las mujeres seamos visibles, la lengua, que siempre ha sido materna, lo será más que nunca y como debe serlo: en los contenidos. Ojos que sí ven, corazón que sí siente.

© 2016, María José Rincón.