Marinera de tierra firme

Una de las características más hermosas, a mi modo de ver, del español que hablamos en la República Dominicana es la presencia de marinerismos. Son palabras propias del vocabulario de las gentes de mar que nosotros usamos frecuentemente para contextos que nada tienen que ver con su empleo original. De ahí procede su maravillosa capacidad de evocación.

La larga e inevitable travesía marítima a la que se veían obligados todos los que quisieran llegar a las islas del Caribe desde España obligaba a un contacto prolongado con la marinería. Era inevitable que esos términos se hicieran comunes entre los viajeros y que, una vez en tierra, los siguieran usando en su vida cotidiana. Cuando un dominicano pasa una «crujía» evoca el origen de la expresión que nació del castigo que se le imponía a los reos en las embarcaciones haciéndolos pasar, a lo largo del barco, entre dos filas de marineros que lo golpeaban. Sin duda que, en ocasiones, la aplicación del término a nuestra realidad resulta de lo más apropiado. En ella late la vivacidad de nuestra lengua coloquial que no es, ni mucho menos, fruto de la improvisación sino de una larga historia, interesante y muchas veces desconocida.

Nuestras palabras hablan de nosotros, de nuestra vida. No las hagamos callar tachándolas de vulgares. Aprendamos a usarlas correctamente y en las situaciones apropiadas y nuestra lengua y nuestra cultura nos lo agradecerán.

Envíe sus comentarios o preguntas a la Academia Dominicana de la Lengua en esta dirección: consultas@academia.org.do

© 2010 María José Rincón
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