Por Bruno Rosario Candelier

   El adjetivo “prístina”, en la frase “prístina estancia”, no está usado con propiedad. La razón lingüística amerita una explicación que aborde la filosofía del lenguaje:

1. Tenemos una relación triangular con lo existente. En esa relación hay un diálogo (o triálogo) entre los tres componentes: la cosa, el hablante y la palabra. Imaginemos un triángulo con esta indicación: la COSAen el ángulo izquierdo; el HABLANTE en el ángulo superior; y la PALABRA en el ángulo derecho.

2. Las COSAS emiten señales que el HABLANTE capta y formaliza en las PALABRAS. El hablante identifica la cosa con un nombre. Cuando el hablante entra en contacto con la realidad material capta su naturaleza y la identifica con una palabra. Las cosas las nombramos con un vocablo, nombre o palabra, que tiene la categoría gramatical de sustantivo. El hablante, cualquier usuario de la lengua, todo hablante internaliza en la conciencia, no la cosa en sí, sino la idea que se forja de la cosa. Y al expresar esa idea lo hace con la denominación apropiada a su naturaleza mediante la palabra pertinente que la refleje.

3. Las cosas tienen una naturaleza distintiva que se manifiesta a través de sus rasgos sensoriales. Cada cosa tiene su nombre desde que el mundo existe o, al menos, desde que Adán comenzó a nombrarla en el Edén paradisíaco, idílico y bucólico.

4. Ante una cosa podemos apreciar dos aspectos: la naturaleza de la cosa y las manifestaciones sensoriales de esa cosa. La naturaleza de la cosa la definimos con un sustantivo (caballo, árbol, estancia); y sus cualidades las describimos con un adjetivo (blanco, frondoso, grande). Los adjetivos aluden a las cualidades que las cosas manifiestan. Los adjetivos no son la cosa en sí, sino las propiedades que las cosas reflejan o los atributos que las cosas contienen o proyectan. Es decir, los adjetivos son las palabras con las que identificamos las cualidades o los atributos de las cosas.

5. Cuando entramos en relación con las cosas recibimos las señales que sus cualidades emiten a través de sus datos sensoriales. Algunos adjetivos se aplican a la cosa; otros adjetivos aluden al hablante; y otros, a la relación que se establece entre el hablante y la cosa.

6. Cuando el hablante capta las sensaciones de las cosas experimenta una reacción, producto del efecto que la cosa ejerce en su sensibilidad. Conviene distinguir las cosas de las reacciones que experimentamos ante sus manifestaciones sensibles.

7. A la primera reacción que experimentamos al entrar en contacto con la cosa la denominamos prístina, que significa ‘primera’, ‘primordial’, ‘originaria’. Esa sensación originaria la experimenta la persona, o el sujeto hablante, con una reacción que no le sucede a la cosa, sino al observador de la cosa, pues el hablante expresa lo que siente ante la cosa. La palabra “prístina” alude a la primera sensación que se siente ante algo. Por tanto, “prístina” no se puede aplicar a cosa alguna, sino a la sensación originaria y primordial que el observador o contemplador experimenta cuando entra en contacto con la cosa. Por esa razón es inapropiado decir “prístina habitación” o “prístina estancia”, porque “prístina” no es una cualidad de la habitación o la estancia, sino la calificación de la primera sensación que nos produce.

8. “Prístina” alude al primer efecto que experimenta el observador y, como se trata de la sensación primordial, originaria o primera, la palabra adecuada a la sensación es “prístina”, que experimentamos cuando las cosas nos comunican sus cualidades. Una estancia puede ser nueva, hermosa, grande, pequeña, moderna, espaciosa, limpia, húmeda y otros adjetivos que aludan a sus condiciones materiales, pero nunca puede ser “prístina” porque la cualidad de prístina se aplica, no a la cosa en sí, sino a la sensación originaria que un cosa produce en la sensibilidad cuando nos relacionamos con algo.

9Los adjetivos existen para describir las cualidades de las cosas o para aludir a la percepción que tenemos de dichas cualidades. Las cosas son realidades, objetos, entidades, objetividades o datos materiales que se identifican con sustantivos, y las cualidades de las cosas son atributos que se describen con adjetivos o epítetos. La palabra “prístina” no es un adjetivo para aplicarse a cosas, sino para indicar los efectos que las cosas nos producen (que pueden ser diversas, variables y diferentes). Cuando percibimos por primera vez una cosa (un árbol, una tarde lluviosa, una noche estrellada, un amanecer rutilante, una estancia preciosa), esa cosa genera una sensación al percibirla, que llamamos “prístina” a la primera vez, es decir, a la sensación originaria y primeriza por su condición primordial. Es inapropiado, por tanto, decir una “estancia prístina” o “una prístina estancia”. “Prístina” es la condición originaria de la sensación que sentimos al contemplar algo. En otras palabras, “prístina” no es una cualidad de la cosa, sino una condición temporal de una sensación. Por esa lógica verbal, no es pertinente decir “prístina estancia”. “Prístina” puede ser una ocasión (“momento prístino”), un efecto (“sensación prístina”), una reacción (“la prístina huella”), pero jamás se puede aplicar a una cosa o a una realidad material, física y objetiva, sino a la manifestación metafísica de esa realidad en la sensibilidad del espectador.

Una estancia será siempre una estancia, no así la reacción o la sensación que esa estancia genere. Es decir, la estancia será siempre la misma, aunque varíe su percepción en el observador al contemplarla. Dicho de otra forma; una estancia puede generar diversas sensaciones y, de todas las sensaciones, la primera es la sensación “prístina”, pero nunca habrá una “estancia prístina”, sino una “prístina” sensación de dicha estancia. En fin, se puede decir “sensaciones prístinas”, pero no “montaña prístina”, “mujer prístina” o “estancia prístina”.

Quien abre su sensibilidad a la contemplación de lo viviente podrá experimentar siempre nuevas sensaciones prístinas porque el mundo es una realidad cambiante y, en tal virtud, genera un caudal de múltiples y diversas sensaciones ante el fluir incesante de fenómenos y cosas en virtud de la dotación originaria emanada de la Fuente primordial de todo lo viviente. La vocación poética abre la sensibilidad para captar las sensaciones de las cosas, y cuando el creador abre las compuertas de su sensibilidad para percibir lo que las cosas reflejan, puede sentir y expresar las sensaciones prístinas de la dimensión primordial de fenómenos y cosas, para alumbrar su belleza y captar su sentido.

Escrito por Ruth Ruiz