Por Camelia Michel

Todo comenzó hace más de veinte años, cuando un hombre de estatura contemporánea y corazón de Jano, decidió lanzar una flecha de eternidad para herir los ojos de quienes pudieran abrirse a las luces de la belleza perenne, y espolear los pies de los buscadores que deben regresar por las veredas antiguas hacia el punto de partida en que nacieron los mundos alternos de la expresión literaria y la necesaria reflexión en torno a los fenómenos de la creación artística, que es otra forma de filosofar. En este punto, paradójicamente, se retorna, no al pasado en términos de caducidad de las formas, sino al origen del que todo parte en constante esfuerzo de renovación.

Bruno Rosario Candelier no sólo nos obsequia su labor de muchos años en la búsqueda del sentido y la esencia de eso que llamamos creación y arte a través de la palabra, sino que apuesta a que compartamos el núcleo de sus reflexiones y de todo lo que significa la búsqueda interior. Y he ahí el instante en que el regalo de este singular maestro deviene en reto, pues nada de lo que él ofrece nos lleva a la pasividad o al descanso -como podría entenderse cuando nos remite a los métodos de conocimiento y emancipación de los antiguos pensadores y poetas, cultores de la contemplación- sino a la búsqueda y a la interrogación constante, a la escalonada tarea de hacernos más sensibles al fenómeno estético, a representar lo mejor posible el reflejo de todo lo que es, y que sólo a través del arte nos es dado aprehender. Al igual que ustedes, me he sentido espoleada por su insistencia y certera voluntad de enseñanza hacia la búsqueda recurrente y expresa de mi yo consciente y creador por la vía interna, que muchos escritores siguen, pero que se hace explícita en el Movimiento Interiorista, no sólo como ideal, sino como método de trabajo. Así nos provoca a enfrentar los obstáculos que, como seres perfectibles en constante evolución, debemos encarar si queremos en verdad desarrollar una vocación literaria.

Debo reconocer que no pocas veces se me hace cuesta arriba involucrarme en el ensayo, y al parecer, nuestro querido don Bruno se ha percatado de este leve pecado mío, que yo creía muy bien guardado y oculto, y que él -como buen maestro- parece haber descubierto y -en consecuencia- haberse propuesto aguijonearme para hacerme romper mi zona de confort. Y no es que no me agrade este género literario, sino que mis necesidades de expresión discursiva suelo satisfacerlas habitualmente a través de los artículos y reportajes por los que quizás algunos de ustedes ya me conocen, y que son parte de mi trayectoria periodística, la cual en cierta forma deviene en mi persona como una segunda naturaleza.

Por otro lado, suelo encontrar en la poesía un camino de libertad expresiva y experimentación formal que en ciertas épocas de mi vida se transforma en un imperativo insoslayable e insustituible y que me hacen pensar que mi yo poético es mi verdadera y única naturaleza.

En esos momentos olvido el terreno de la prosa, ya artística, ya periodística, y siento que nada es más importante que esta forma de lenguaje. Por ende, una buena parte del tiempo, más que una necesidad profunda, el ensayo y la narrativa son para mí una suerte de divertimento y coqueteo con posibilidades literarias y discursivas diferentes, y, sobre todo, de complementaria búsqueda de lo otro.

Pero, independientemente de mis motivaciones vine, al igual que el emisario de aquel famoso relato moralizante, “Una carta a García”, decidida a cumplir mi cometido con la mayor dedicación posible; así que tuve que avituallarme con dos armas fundamentales para llevar a cabo la empresa que constituye este ensayo: el libro de Bruno Rosario Candelier,Metafísica de la conciencia: El Logos en la pantalla del Cosmos (2016), en el cual me baso para auscultar lo que implica la intuición metafísica para el Interiorismo.

La segunda arma es absolutamente inmaterial, pero opera como una brújula que ha de llevarme al meollo de este concepto del que vengo a hablarles. Se trata de una pregunta que trataré de responderme y de responder ante ustedes a lo largo de este texto: ¿Qué es la intuición metafísica de la conciencia, abordada desde la perspectiva interiorista, en la obra ya mencionada? Esta interrogante tiene una derivación que tampoco podemos pasar -y no pasaremos- por alto: ¿cómo se vincula la intuición metafísica con la creación literaria?

Debo decirles que para mí el ensayo es un viaje intelectual que implica una búsqueda, y esa búsqueda -como toda pesquisa- es también un desplazamiento que nos lleva  por mundos desconocidos o por caminos trillados. En ellos puede que nos deslumbre el hallazgo, o que nos absorba la reflexión, la revisión del dato y/o la perfección del concepto y su intelección. El buen término de esta travesía viene en función de qué tan eficaz búsqueda hayamos realizado y de nuestra capacidad para exponer sus resultados, obviamente.

Los fenómenos de la conciencia

El periplo realizado en este texto abarca la lectura de sus treinta y tres ensayos, con énfasis en los seis primeros, y, obviamente en los vinculados de manera directa con la intuición. Así podemos citar “El Logos en la pantalla del Cosmos”, que figura como subtítulo de esta obra; “Naturaleza y función de la conciencia”, “El Logos en la gestación de la conciencia”, “El Logos en el fluir de la conciencia”, “La intuición de la conciencia y el arte de la creación”, entre otros. En todos estos ensayos predomina la reflexión sobre diferentes aspectos y fenómenos inherentes a la conciencia, entendida como el fuero donde el yo se reconoce como centro y teatro donde opera el Logos.

En este ámbito en que se expresa y desarrolla la energía de la conciencia se articulan diferentes aspectos que dan precisión a la fenomenología metafísica y su objetivo fundamental de reflexión: el ser y su naturaleza esencial, su vinculación con el Cosmos y los diferentes aspectos de la realidad externa e interna y especialmente su vertiente de creación a través de la palabra.

Quiero precisar que, si bien la perspectiva que se enfoca en esta obra -una constante en los planteamientos interioristas fundamentales- parte de una cosmovisión emparentada con el idealismo clásico -que tiene su origen en los planteamientos de los filósofos presocráticos y que alcanza su plenitud en la época antigua, con Platón- y con algunos enfoques neoplatónicos medievales y de la mística occidental y oriental, no se queda en el plano de lo filosófico-conceptual -de la definición y el esfuerzo intelectivo tendente a fortalecer o crear un nuevo cuerpo teórico, ni a repetir categorías ya existentes-. Más bien se esfuerza en comprender y explicar desde una perspectiva holística los diferentes factores que inciden en la creación literaria, para llevar a los cultores de las artes vinculadas con la palabra a un entendimiento de ese fenómeno artístico, y valerse de una manera consciente de los recursos y posibilidades que nos ofrecen las facultades o potencias físicas, intelectuales y espirituales inherentes al ser humano, y que cada individuo puede desarrollar y usar en su función creadora. Por eso no es extraño que, a la citada perspectiva filosófica, el enfoque de Bruno Rosario Candelier del fenómeno de la creatividad artística y literaria, incluya los aportes investigativos de la psiquis humana relativos a la moderna psiquiatría y a las ciencias neuro-físicas: complejos aspectos de la conciencia y la mente humanas.

Son frecuentes sus alusiones a los paradigmáticos Sigmund Freud y Carl J. Jung, y cito: “El “inconsciente colectivo” de que hablaba Carl Gustav Jung aludía a la herencia espiritual de la humanidad, memoria colectiva o sabiduría cósmica que han ido acumulando los archivos del Universo, algunos de los cuales podemos percibir mediante sueños y revelaciones”. También hace referencias a las consideraciones de científicos y pensadores dominicanos, por lo que nos encontramos recientemente con sus observaciones a ensayos escritos por el neurólogo José Silié Ruiz, quien escribió un enjundioso texto acerca de los estados de conciencia y sus patologías. Además -y esto se hace más patente en obras anteriores- el autor de Metafísica de la conciencia: El Logos en la pantalla del Cosmos, nos remite a los avances de la física contemporánea, especialmente en el estudio de la energía y las micro-partículas que componen la materia. Tal es el caso de sus ensayos en torno a los principios del quantum de energía, aplicados a los fenómenos de conciencia y la relación del ser humano y el Universo. Dichos textos fueron compilados en la obra La intuición cuántica de la creación (2013). Dice Bruno Rosario Candelier: “La ciencia de la física cuántica ha demostrado que el Universo no es uno solo, sino que hay múltiples universos, y son múltiples las formas en que podemos compartir la realidad”.

Una interesante derivación de ese tema es su abordaje de este fenómeno reflejado en la poesía del gran poeta puertorriqueño y presidente de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, José Luis Vega, en su poemario Sínsoras, que dio lugar a otro libro: La experiencia cuántica en José Luis Vega (2014). Sin importar el aspecto que aborde Bruno Rosario Candelier, hay una marcada visión ontológica que se pone de manifiesto, especialmente cuando se refiere a la relación del ser humano con su conciencia, con la naturaleza y el mundo material en general (donde siempre reside el ser en sí conceptuado por los filósofos clásicos) y el Ser inmanente en el Cosmos multifacético. Ese Ser que subyace en la esfera de las ideas, visualizado por Platón, y que los neoplatónicos que incidieron en la escolástica equiparan al Dios de la tradición judeo cristiana.

Los ejemplos son muchos: “Esas funciones del intelecto explican que la conciencia es el nexo del hombre con sus congéneres, con las cosas y con la Divinidad”, dice Rosario Candelier. Y aquí entramos a un elemento fundamental como ámbito donde centra el ser humano su teatro de operaciones internas: la conciencia, concepto central en la gnoseología y que, junto al Logos, que es el elemento catalizador de la misma, juega un papel de primer orden en la perspectiva interiorista de la creación literaria.

En el ensayo “La conciencia como fuero de creación”, BRC afirma: “(…) podemos asumir la conciencia como fuente creativa. Con el conocimiento de la realidad logramos una valoración de las cosas y una idea de la propia conciencia, que piensa la realidad y se piensa a sí misma. Es una manera de entroncar la propia conciencia con la conciencia universal”.

En “El Logos en la pantalla del Cosmos”, Rosario Candelier puntualiza que “El concepto de conciencia y lo que esta facultad cognitiva implica para el ejercicio reflexivo y el acto de creación son determinantes para entender la categoría del ser humano, porque tener la capacidad para concebir ideas de los fenómenos y cosas en imágenes y conceptos, conocer y saber que conocemos, reflexionar, hablar y crear, implican la dotación de una energía interior y trascendente que hace posible la percepción y la valoración de la realidad mediante el concurso de la intuición y las vivencias del espíritu”.

En cuanto al Logos, expresa en el ensayo “Naturaleza y función de la conciencia: La lengua en el desarrollo de la personalidad”, que “Como impulso interior de la conciencia, el Logos es el aliento que nos empata a la Divinidad, el principio espiritual del pensamiento y germen generativo de la creatividad”. Explica que este concepto, heredado de los antiguos griegos, se vincula a la noción de “idea”, “palabra”, “verbo”, “imagen”, “porque entraña el principio espiritual que funda nuestro lenguaje, así como la energía interior de la conciencia”.

Indica en el ensayo “El Logos en la pantalla del Cosmos”, que “En las operaciones intelectuales, afectivas, imaginativas, estéticas y espirituales de la inteligencia y la sensibilidad coparticipan el Logos y la intuición de la mente al canalizar el impacto de las cosas en la sensibilidad y la conciencia”.

Pero, ¿qué es la intuición y qué papel tiene en los juegos de la conciencia? De acuerdo con los planteamientos anteriores, podemos colegir que la intuición es un elemento constitutivo de la inteligencia humana, inherente a la conciencia, copartícipe en los procesos cognitivos, aliada del Logos y canal de los diferentes niveles de la realidad en la conciencia. Sin embargo, hay que precisar mejor los contornos de esta potencia. Y aquí haremos un intento de entender la naturaleza y el alcance de la intuición, toda vez que ella facilita y mejora los procesos cognitivos, incidiendo en la conciencia y en todas las manifestaciones de la creatividad.

Comenzaremos por repasar algunos conceptos presentes en los principales exponentes de la filosofía clásica: para el Sócrates de los Diálogos, recogidos o urdidos por Platón, la inteligencia es el auriga del alma, el conductor del carruaje que puede llevar al ser humano a las esferas divinas, donde residen las ideas, o mundo de los arquetipos.

Siempre atado a un vehículo tirado por dos corceles de naturaleza opuesta, uno dócil, que lo sigue, y otro rebelde, que lo obstaculiza y retrasa en ese viaje, este guía es el que recuerda el mundo perfecto al que el alma debe volver, luego de su revolución por el mundo de las formas: “La esencia sin color, sin forma, impalpable, no puede ser contemplada más que por el guía del alma, la inteligencia; es el patrimonio del conocimiento verdadero”, dice Sócrates en el Diálogo a Fedro. “En efecto”, dice en otro pasaje de ese mismo diálogo, “el hombre debe esforzarse por lo que llama idea, elevándose de la multiplicidad de las sensaciones a una unidad cuya reunión es un acto de reflexión. Ahora bien, esta facultad no es sino el recuerdo de lo que nuestra alma vio cuando se asociaba a la marcha de un dios, cuando, dirigiendo una mirada de desdén sobre lo que llamamos seres, se elevaba hasta la contemplación del ser verdadero”.

Así, el esfuerzo realizado a través de la razón, no es más que un mero ejercicio nemónico, en el que el alma recuerda lo que le fue dado ver en el mundo de la idea. Y esta visión de la inteligencia se acerca bastante al concepto de intuición, dado que aquella es la única parte del alma capacitada para ver la realidad que subyace bajo el mundo de las formas, al igual que esta última, que en apreciación de místicos y metafísicos, es la forma más directa y espiritual del conocimiento, que emana directamente del alma humana. La única diferencia que existe entre ambas formas de entendimiento o intelección viene dada en función de su forma de alcanzar el objeto a conocer: la idea, pues, por un lado, la inteligencia racional trabaja a partir de la realidad fenoménica o material, y aplicando el método de razonamiento lógico puede aprehender los arquetipos, mientras que la intuición es un conocimiento directo, en el que se accede a estos sin pasar por los métodos racionales. Según Platón, dijo Sócrates en este diálogo, que “El hombre que sabe servirse de estas reminiscencias se inicia sin cesar en los misterios de la perfección infinita, y es el único que verdaderamente se perfecciona”. La intuición, además, ha sido considerada por el gran maestro de la India, Paramahansa Yogananda, como la forma más elevada de inteligencia, pues ella expresa la sabiduría del alma. Obviamente, el concepto de la intuición ha pasado por diferentes momentos interpretativos en la medida en que surgen las tendencias filosóficas en diversos períodos históricos; pero se trata de una noción permanente y de estudio frecuente en el campo de la epistemología, aunque, al igual que otros aspectos filosóficos, no sea de amplio dominio público.

Para Bruno Rosario Candelier, “Hay también una sabiduría registrada en las redes cósmicas, y algunas personas tienen la capacidad para ponerse en comunicación con esa sabiduría. Sostengo la teoría de que hay personas que tienen un cordón umbilical en su alma (“por eso he hablado del cordón umbilical espiritual”) para entrar en comunión con la sabiduría del Universo, como son las personas con alta sensibilidad metafísica, como se manifiesta en los creadores de poesía metafísica y poesía mística, en cuya virtud están dotados de las condiciones espirituales para establecer esa conexión cósmica. A esa capacidad no se llega porque se desee, sino cuando se desarrollan las condiciones espirituales de la sensibilidad profunda”.

Pues bien, ese cordón umbilical del espíritu se manifiesta a través de la intuición, y en poesía es el mejor aliado que puede tener un escritor. Las verdades inmensas, imposibles de verificar por los métodos intelectivos racionales, bullen sin cesar en las metáforas y símbolos de que hacen gala los poetas. En sentido general, la intuición es considerada una forma de intelección directa, que no se basa en los procesos atinentes a los esquemas lógicos racionales. Por la dificultad de encontrar una definición amplia en los diccionarios de la lengua, y por carecer de un diccionario filosófico que precisara mejor los bordes de la intuición, me remití a varias búsquedas virtuales, cuyos enlaces comparto con ustedes en este texto.

En principio, las definiciones que encontré en el siguiente enlace http://definicion.de/intuicion/ nos ponen en contacto con algunas de las más comunes acepciones o aplicaciones de este término.

La más elemental asegura que: “Intuición es la facultad de comprender las cosas al instante, sin necesidad de realizar complejos razonamientos. El término también se utiliza para hacer referencia al resultado de intuir: En realidad no sabía que ibas a estar allí; fue pura intuición”. Es preciso señalar que en el habla del vulgo se identifica la intuición con el presentimiento.

En la página citada se establece la dimensión que adquiere el término en el ámbito epistemológico-filosófico en el que la intuición “está relacionada al conocimiento inmediato, directo y autoevidente. No requiere, por lo tanto, de ningún tipo de deducción”.  En el campo de la psicología, la intuición es un conocimiento al que no se accede por vías racionales, “por lo tanto, no puede explicarse, y, a veces, ni verbalizarse” y que obedece a procesos mentales de los que no se tiene conciencia. Tampoco en el ámbito de la psicología se vincula la intuición con experiencias paranormales o mágicas.

Para completar el panorama, nos remitiremos ahora a la definición de intuición ofrecida por Wikipedia (https://es.wikipedia.org/wiki): “La intuición (del latín intueri, «mirar hacia dentro» o «contemplar») es un concepto de la teoría del conocimiento aplicado también en la epistemología que describe el conocimiento, que es directo e inmediato, sin intervención de la deducción o del razonamiento, siendo considerado como evidente. Se cree que la percepción sensible ofrece un conocimiento intuitivo de la realidad. De la misma forma, el entendimiento tenía una “intuición intelectual” capaz de conocer la esencia de las cosas y sus diversas formas mediante los conceptos. En la edad moderna ha sido estudiado por los racionalistas, los empiristas, Kant y el criticismo y la fenomenología. No obstante lo anterior, poco a poco el problema de la intuición ha ido derivando desde el campo de la especulación filosófica al campo de la ciencia positiva, siendo considerado más bien un tema de investigación psicológica y neurológica. Añade que: “Hoy día la intuición es considerada dentro del marco de investigación de las acciones cognitivas, lo que se conoce como cognitivismo. Es un problema de transversalidad en que intervienen multitud de ciencias tanto estrictamente positivas (neurofisiología, biología molecular, genética, psicología, etc.), como filosóficas (antropología, sociología, lingüística, cultura, etc.)”.

¿Por qué intuición metafísica? Hice referencia a nociones generales sobre la intuición, también a los orígenes de este término y a su evolución desde la epistemología y la filosofía clásica, hasta las ciencias positivas. Hice énfasis en su significado en el ámbito espiritual, pues para los santos y contemplativos, ella es la voz del alma. Pero ¿qué es la intuición para poetas y metafísicos, y cuál es el lugar exacto de la intuición para los interioristas, encabezados por Bruno Rosario Candelier? ¿Acaso es ella un don sólo para elegidos, o seres con sensibilidad especial, artística, o espiritual? Indiscutiblemente que no. La intuición opera por vías desconocidas y nos ilumina con la presteza e imprevisibilidad del rayo. Puede manifestarse indistintamente a cualquier humano, pero es indispensable, para que haga acto de presencia, que quien la reciba confíe en ella. La intuición suele llegar por caminos inesperados, pero en cierta forma, podemos condicionarla y atraerla.

El científico alemán Agostoo Kekulé (1829-1896), uno de los gestores de la Teoría de la Estructura Química y descubridor de las complejas estructuras moleculares del benceno, relató que había descubierto la forma del anillo de ese compuesto en un sueño, en el que seis serpientes se entrelazaban mordiéndose las colas, con lo que formaron una celdilla hexagonal. Dicho sueño llegó luego de años de intensos estudios y cavilaciones en torno a dicha sustancia.

Debo señalar que ya hemos conversado de las diferentes facetas y campos de acción de la intuición en otras ocasiones, y hemos estado contestes de que ella puede hacerse presente en la actividad científica, artística, y en la vida cotidiana. Aunque se le llame de manera diferente: intuición científica, filosófica, metafísica, lo cierto es que la intuición es una forma de conocimiento que responde a mecanismos similares en los seres humanos. Lo que difiere en cada uno de nosotros es su campo de acción, pues obviamente, ella está vinculada estrechamente a nuestros intereses vitales. Por ende, más que hablar de intuición matemática, o artística, o metafísica, prefiero decir, intuición en los campos metafísicos, artísticos, etc.

Bruno Rosario Candelier ha abundado bastante con reflexiones que se apuntalan en fuentes muy diversas, como el ya citado psiquiatra e investigador psicoanalista Carl J. Jung, quien señalaba que muchos estímulos diversos podían despertarla, como los sensoriales, y datos de diferente índole. Pero como señala Rosario Candelier, hay individuos poseedores de grados más altos de sensibilidad, con una capacidad intuitiva más desarrollada, y capaces, por tanto, de percibir por su concurso fenómenos de difícil captación para la generalidad de la gente. Las limitaciones de la conciencia material que prolifera en nuestra actual civilización pone hitos a nuestras posibilidades cognitivas y de visión; por eso, son raros los casos de quienes pueden tener un conocimiento de diversos aspectos de la realidad trascendente mediante el rayo intuitivo. Los elevados mundos supramateriales permanecen silenciosos para la generalidad de nosotros, pero de repente, si afinamos nuestra conciencia y liberamos nuestra receptividad, la intuición puede revelarnos verdades ocultas que llegarán a nosotros por diversas vías.

Algunas de estas se encuentran cifradas en los pasos de la vida contemplativa o de búsqueda espiritual, pero también pueden tocar a los artistas, poetas y pensadores. Igualmente a los devotos sinceros y a quienes hacen gala de un amor profundo por los demás y por las diversas manifestaciones de la vida universal.

Intuición y poesía

Los poetas son seres intuitivos por naturaleza y en la poesía se pone de manifiesto la intuición en todas sus variantes. Cuando leemos el poema de Rubén Darío a Roosevelt, nos sentimos sorprendidos de la capacidad predictiva de este texto publicado en 1904, sesenta y cinco años antes de que la misión norteamericana Apolo Once alunizara, hazaña que marcó el liderazgo de los Estados Unidos en la tecnología espacial. Este acierto de la intuición de Darío no se produce en el ámbito metafísico, ni espiritual o estético. No manifiesta ninguna verdad de vida individual, sino que se adhiere con singular certeza a lo histórico-futurista, al ámbito político. Comparto con ustedes esta estrofa: “Los Estados Unidos son potentes y grandes. /Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor/ Que pasa por las vértebras enormes delos Andes./ Si clamáis, se oye como el rugir del león./Ya Hugo a Grant le dijo: las estrellas son vuestras./(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol/Y la estrella chilena se levanta…) Sois ricos. Juntáis al culto de Hércules el culto de Manmón;/ Y alumbrando el camino de la fácil conquista,/ La Libertad levanta su antorcha en Nueva York”.

En el destacado poeta dominicano y miembro del movimiento de la Poesía Sorprendida, Antonio Fernández Spencer, encontramos un riquísimo acervo de imágenes y símbolos que nos acercan a verdades profundas y universales. Quiero compartir con ustedes unas breves estrofas, en las que se perfila un importante atisbo de intuición filosófica, en su importante, aunque poco conocido poema Misiva a Rosamunda: “Suena el teléfono, y no es tu voz, Rosamunda, que me dice : “te veré mañana”. /Creo en la lluvia y en las casas donde podremos vernos./ Hablaremos tercamente y sin sentido de las cosas;

/veremos mares de rostros, allá abajo, en la tierra,/y estaremos subidos a los astros del sueño./Comprobaremos esa apariencia deshumanizada de la masa y el número,/y oiremos hablar a la gente: el pordiosero decir de sus palabras./Si no tuvieran la palabra, ¿en qué se diferenciarían/de los peces de plata ni de los pájaros que cantan? /¿Pero qué dicen sus palabras? ¿Hacia qué mundo apuntan sus verbos?

/Todo lo que esos hombres se están diciendo unos a otros;/todo lo que leen y todo el hablar con el que llenan sus días/es el flujo planetario hacia el abismo de la nada”.

En los últimos siete versos de este poema, Fernández Spencer sugiere el sentido universal de la palabra, el vínculo del Logos con el ser humano y la naturaleza, y llega más lejos, pues advierte el poder vital de la palabra en el orbe planetario, su poder para crear y destruir la materia. En la cosmología religiosa de la India, la palabra es la madre de la creación, pues la vibración sonora del OM es la responsable de la condensación del mundo fenoménico material. El sonido es, realmente, el regazo de todo lo existente.

Un poema particularmente significativo es “La criatura terrestre”, de Manuel Rueda, en el que el poeta hace un hermoso recuento de las experiencias primordiales de su niñez y primera juventud, en el ámbito familiar, allá en su natal Montecristi. Es un texto sobrecogedor y bello en toda su extensión; sin embargo, las estrofas que me parecieron más reveladoras son las que se refieren al período prenatal, en las que se describe el estado de conciencia de la etapa previa a la vida. En ellas se sugiere que el alma, la conciencia, entra y sale del feto, y se asienta en la carne al momento del nacimiento. Siempre me he preguntado si esas estrofas surgieron de una fecunda imaginación, estimulada por teorías esotéricas, o más bien obedecen a la intuición de una memoria perdida. Esto nunca podré preguntárselo, pues hace mucho que Rueda no está entre nosotros.

En nuestro movimiento también tenemos sobradas muestras de poetas y poemas ricos en intuiciones, especialmente entre quienes se ocupan de la poesía mística y metafísica. Por sólo mencionar a algunos, citaré a Guillermo Pérez Castillo, Carmen Comprés, Carmen Pérez Valerio, Sally Rodríguez y a Tulio Cordero. En la pasada reunión me tocó hablar del poemario de Jit Manuel Castillo, el que leí con fruición, y sólo puedo decir que en la aparente oscuridad de sus frecuentes paradojas, hay un ritmo vital, unas imágenes que sugieren la presencia de poderosas intuiciones metafísicas y espirituales, surgidas de la grandiosa presencia del Innombrable.

A modo de cierre, debo decir que todos hemos reflexionado en el significado de la intuición y también hemos consultado diversas fuentes, pero pocas veces tenemos la oportunidad de plantearnos cómo desarrollarla y aplicarla de manera más cabal en nuestra búsqueda artística y literaria. Indiscutiblemente, este es uno de los afanes fundamentales del Dr. Bruno Rosario Candelier, quien se ha referido a la necesidad de cultivar la contemplación y los esfuerzos de interiorización, a la par que la lectura y la reflexión, especialmente en torno a nuestras experiencias de vida. Estas deben nutrir el acervo personal y literario de cada uno, para el enriquecimiento de nuestra producción poética.

Puedo enfatizar que el citado maestro Paramahansa Yogananda hacía énfasis en la importancia de la disciplina espiritual y la meditación para desarrollar la intuición, que para las escuelas filosóficas y espirituales de la India son fundamentales. Creo que para los poetas y escritores en sentido general no hay mejor ejercicio que dejar que corran nuestros impulsos, y escribir, escribir, escribir con la certeza de que nuestro entendimiento va corriendo sus velos. En el torrente de las imágenes y los símbolos, muchas verdades nos serán develadas.

Camelia Michel Díaz
Santo Domingo, 17 de diciembre de 2016.

Escrito por Ruth Ruiz