Por Ricardo Miniño Gómez

  Adán la contemplaba extasiado. Un rayo de luna barnizaba de plata el rostro oscuro de la estatua que Adán había construido con barro. Era medianoche y el ruiseñor cantaba.

Adán, arrodillado ante ella, le acariciaba  las manos de tierra todavía húmeda y las besaba.

Entonces bajó Dios, como un soplo invisible, y habló desde follaje de un árbol:

“Adán” –dijo– “veo que te sientes solo y has plasmado una estatua para pasar las noches venerándola y olvidarte del temor a la oscuridad y las fiebres. ¿Quieres que le dé vida?

Adán oyó la voz, la única voz que conocía, y respondió: “¿Quieres decir que le darás movimiento a sus dedos, y luz a su mirada y sonido a su boca?”

“Si, Adán” repuso Dios.

El corazón saltó en el pecho del hombre con bríos de corcel furioso. Le palpitó la sangre. Y volvió a preguntar: “¿Pero será bella, Señor?”

“Sí, Adán. Te olvidarás de la espuma del río, del verdor de la grama en la pradera, del brillo de los astros nocturnos. Ella será más bella que la luz y las aguas”.

“¡Ah, Señor, que feliz sería! Olvidaré la noche y el día contemplando sus ojos”.

Adán se apretaba las sienes con las manos, temeroso de que fueran a reventar de alegría.

“¿Pero me querrá, Señor? ¿Estará siempre conmigo?”.

Será tuya, Adán. Pero ignoro si querrá sujetársete pues le pondré agilidad en los pies, para que pueda huir como las gacelas, le daré corazón y mente, para que decida si te quiere”.

“¿Por qué, Señor?”

“Así es mejor, Adán. Lo dejó a tu albedrío: Si quieres, soplaré sobre ella y el barro de que la hiciste se convertirá en carne, suave como la carne de las frutas. Dame tu palabra”.

Adán miró hacia el firmamento y le pareció oscuro y triste, a pesar de que las estrellas brillaban. Buscó ayuda posando la mirada en la copa de los árboles, pero le pareció poca cosa el claror de la luna sobre el ramaje verde.  Hasta olvidó que el ruiseñor cantaba. Y volvió a acariciar las manos de la estatua y palpitó de emoción pensando en el momento en que cobraban vida y ella abriera los ojos con una sonrisa.

“Sí, Señor, dale vida. Yo sabré sujetarla y la convenceré de que me quiera como yo la quiero ya antes de que viva”.

Adán estaba sentado junto a ella. Dios calló y no se volvió a oír su voz. Una brisa agradable sopló sobre la frente de la estatua. Y Adán la sintió respirar y le acercó el oído al pecho, para comprobar si vivía.

Adán le dio un beso, muy leve, para no disturbarla. Y se quedó extasiado junto con a ella, mientras la claridad de la mañana inundaba triunfante el rostro de Eva, que dormía.

Santo Domingo, mayo de 1963.

Ricardo Miniño Gómez, La hermana Matilde, Santo Domingo, Librería Dominicana, 1964, pp. 5-6.

Escrito por Ruth Ruiz