Por María José Rincón

Miembro de número de la ADL

   En la Academia Dominicana de la Lengua, fundada en Santo Domingo, República Dominicana,  el 12 de octubre de 1927, conmemoramos durante este año cervantino su octogésimo noveno aniversario, y continuaremos haciendo lo que sabemos hacer: fomentar el estudio y el buen uso de la lengua española.

Manuel Patín Maceo, miembro fundador de nuestra Academia, en la que ocupó hasta su muerte el sillón E, publicó uno de los primeros diccionarios dedicados al registro de nuestro vocabulario. Su hijo recuerda que «su más grata satisfacción como gramático era ver usar con pureza y propiedad el idioma». Mariano Lebrón Saviñón, director de la corporación académica durante dieciocho años y sucesor de Patín en el sillón E, dice de él que «dedicó toda su vida al cultivo del habla castellana».

No es otro el empeño de los académicos. Acercarnos a la vida de las palabras, nuestras palabras, con avidez y respeto. Las palabras en las que se expresa la República Dominicana, situada en una isla que, siguiendo al insigne Lebrón Saviñón, jugó el papel de ser «el campo de aclimatación donde el idioma se acomodó a sus nuevas necesidades».  Comienza en este proceso de criollización la aportación de los hablantes dominicanos al caudal inagotable y compartido del español general. El informe académico que avala la publicación de los Dominicanismos de Patín Maceo asegura que el estudio del léxico dominicano «dará a nuestra nación la parte que merece en el enriquecimiento del idioma, que ya ha dejado de ser primeramente castellano y después español, para ser, ahora y más tarde, hispanoamericano».

La conciencia de la internacionalidad de nuestra lengua se forjó desde que, en la cubierta de embarcaciones que hoy nos parecerían cáscaras de nuez, atravesó el Atlántico para alejarse de los valles castellanos que la vieron nacer y extenderse humana y territorialmente por la ancha y larga América, hasta convertirse en la lengua que hoy consideramos materna más de cuatrocientos setenta millones de hablantes y que estudian, como segunda lengua, más de veintiún millones.

La Academia Dominicana de la Lengua fomenta el cultivo del buen hablar que asegura, como ninguna otra cosa, la cohesión y la vitalidad del español. Un objetivo que ya reconoció el poeta y académico Dámaso Alonso en su «Unidad y defensa del idioma»: «… nuestra lucha tiene que ser para impedir la fragmentación de la lengua común». Nada más y nada menos. La investigación filológica y la divulgación lingüística y literaria son los aperos que nos asisten en la labor, en la que se hace imprescindible el esfuerzo y la colaboración de muchos.

Nuestra corporación no está sola. Desde 1951 se gestó lo que es hoy la Asociación de Academias de la Lengua Española, veintidós academias empeñadas en una política lingüística panhispánica construida a fuerza de colaboración, en un trabajo que, como expresó Víctor García de la Concha, está «al servicio de la unidad del español sin menoscabo de su rica y fecunda variedad».

Esta labor académica panhispánica ha rendido sus frutos, y qué frutos. Sus obras se han convertido en libros de cabecera de los buenos hablantes y aspiramos a que sirvan de inspiración y ayuda a los que quieren llegar a serlo. Si repasamos solo la producción de estos últimos años no dejaremos de enorgullecernos. Busquen en ellas las comisiones académicas que han participado activamente en su redacción: en todas encontrarán a los académicos dominicanos. Hemos logrado revertir aquella afirmación de nuestros académicos, por allá por 1940, reconociendo que el español dominicano estaba «poco o mal representado» en las obras dedicadas a la lengua española. Acompáñenme, si no, en este repaso por las tres obras fundamentales en el estudio de una lengua: ortografía, gramática y diccionario.

La Ortografía de la lengua española de 2010 nos recuerda que nuestra lengua es un producto cultural e histórico que va tomando forma a lo largo de siglos y con el uso continuado de cientos de millones de personas. Los hablantes somos los responsables de irle aportando su carácter, sin olvidar que no hemos sido nosotros los primeros que hablamos en español y que no vamos a ser los últimos. Todas las variantes fonéticas, incluidas las dominicanas, quedan recogidas por un conjunto de sistemas convencionales de representación gráfica, que es lo que en la actualidad entedemos por  disciplina ortográfica. Las pequeñas variantes ortográficas presentes en los hablantes dominicanos cultos se registran en esta obra académica gracias a los aportes de los académicos especializados en esta área del conocimiento lingüístico.

En 2010, resultado y culminación de un trabajo intenso y extenso por parte de muchos estudiosos y de muchas instituciones resumidas en las veintidós academias de la lengua española en el mundo, ve la luz la Nueva gramática de la lengua española. Su texto fue aprobado por todas y cada una de las academias, entre ellas la dominicana, en 2007. Sus páginas nos acercan al «maravilloso artificio de la lengua»  en su verdadera diversidad y en boca de hablantes de todas las zonas donde se habla español.  Busquen entre sus páginas; aprenderán mucho y, además, encontrarán citadas las palabras de muchos dominicanos que se destacan por su buen uso de nuestro idioma común.

El enfoque panhispánico ha logrado lo que muchos anhelábamos: el Diccionario de americanismos. Su punto de referencia lo constituye el léxico compartido por todos los que hablamos en español, y que representa más del ochenta por ciento de nuestro vocabulario. Lo que identifica y le da personalidad a este diccionario es que recoge el léxico propio del español de América, que supone la población y la extensión territorial mayoritaria de los hablantes de español como lengua materna, desde Tierra del Fuego en el sur del continente, pasando por nuestra isla caribeña, al gigante estadounidense, hoy por hoy el segundo país hispanohablante del mundo.

Las aportaciones lexicográficas de primera mano de la comisión académica dominicana sobre el uso y la difusión de cada vocablo entre los hablantes dominicanos acortó la brecha de conocimiento del caudal léxico de la variedad del español que hablamos en esta isla.

Un solo ejemplo más de colaboración interacadémica: el Diccionario de la lengua española, nuestro diccionario por antonomasia. Entre las faenas que se les encomiendan a las Academias está la de proponer la incorporación al DLE de una selección de palabras vigentes en los países hispanohablantes. Nuestra tarea consiste, por tanto, en certificar los usos dominicanos para que, en concurrencia con los de otros países hispanohablantes, puedan ser considerados como candidatos para su inclusión en el lemario del DLE. Cada Academia recibe como material de trabajo las listas de los americanismos (todos los lemas y sus acepciones) correspondientes a su país. Para avalar cada uso deben aportarse textos en los que se utilice la voz, textos claros, breves y sin errores ortográficos o gramaticales. A estas alturas ya habrán notado que uno de los rasgos fundamentales de los académicos, sobre todo de los lexicógrafos, es la de ser extremadamente quisquillosos; en dominicano diríamos periquitosos. Toda la documentación recopilada por nuestra Academia se envía al Instituto de Lexicografía Hispánica, encargado de analizar los resultados, cotejarlos con los obtenidos por otras academias sobre sus respectivas variedades dialectales y de incorporar al DLE los lemas y acepciones resultantes de este proceso de selección.

Esta tarea, junto con otras tantas, tan delicadas y tan trascendentes como esta, resultan en una nueva edición del diccionario, que debe adaptarse a la lengua que registra, una lengua que nunca para de cambiar. La labor que ha venido desarrollando la Academia Dominicana de la Lengua se aprecia si comparamos las cifras de dominicanismos registrados en las últimas ediciones del diccionario académico.

Nuestra labor de estudio del español dominicano no se limita a hacerlo presente en las obras panhispánicas. Fruto de nuestro interés por la investigación y la valoración de la variedad dominicana del español nos hemos dedicado al registro de nuestro léxico, desde aquel diccionario de Patín Maceo, avalado por nuestra Academia, hasta la apasionante tarea de publicar en 2013 el Diccionario del español dominicano, una obra que refleja en toda su vigencia y su riqueza nuestra realidad léxica.

El trabajo académico exige formación, dedicación y entusiasmo, además de una conciencia activa y un conocimiento profundo de la lengua propia. El contacto diario con el español de la calle, de los medios de comunicación, de las aulas, provoca a menudo la sensación de que nada de lo que podamos aportar logrará que las cosas mejoren. El Diccionario del español dominicano ha supuesto para los que hemos participado en él el antídoto perfecto. Su publicación ha despertado un interés y una expectación que nos siguen sirviendo de acicate.

Muchos son los defensores y muchos, y más ruidosos a veces, los críticos. Los académicos, inevitablemente, siempre vamos a la zaga de la vitalidad de la lengua. Cuando una obra de estudio se publica, cuando un diccionario se cierra, ya otro está dando sus primeros pasos. Solo nos queda invitar a los hablantes dominicanos a que usen la Academia de la Lengua Dominicana, la Academia de su lengua, su Academia. Si tienen alguna duda sobre el uso correcto del español, acudan a nuestro servicio de consultas a través de la página electrónica www.academia.org.do; si quieren asistir a nuestros talleres gratuitos, suscríbanse a nuestra lista de participantes; si no encuentran una palabra o una acepción entre las páginas del Diccionario del español dominicano, o si quieren proponer la inclusión de algún uso dominicano en el Diccionario de la lengua española o en el Diccionario de americanismos, remítannos sus propuestas para las próximas ediciones. Será la demostración más palpable de que los hablantes dominicanos se saben dueños de una manera peculiar y personal de hablar español, y el apoyo más productivo a la labor que día a día realizamos en la Academia Dominicana de la Lengua.

Escrito por Ruth Ruiz