Por Segisfredo Infante

En algunas de mis páginas amarillentas he sugerido mi condición de ciudadano universal, toda vez que se ha tratado de una abstracción filosófica, y quizás política, que deberá objetivarse, con una mediación dinámica de tríada hegeliana propia para un estudio aparte. Tal objetivación, bajo las actuales circunstancias de perplejidad mundial, debe encontrar un asidero espacio-temporal en algún lugar del Universo, propicio por ahora en la tierra en que habitamos o que debiéramos habitar. Es decir, en las naciones y países más pegados a nuestros corazones y al imaginario íntimo de nuestros cerebros. En mi caso individual se trata de una especie de obviedad, inferible de la mayor parte de mis escritos y manuscritos, en el sentido que mi primer asidero se localiza en Honduras, la tierra “magnífica y terrible” que me vio nacer, tal como lo sugeriría un buen poeta hondureño que tiende a ser olvidado. Tierra que seguidamente me ha visto crecer, sufrir, ser feliz, desencantarme, amar y padecer. El segundo asidero terrenal está significado naturalmente por España, la tierra natal de mi padre, don José G. Infante, quien por misteriosas razones y sinrazones vino a parar a Honduras, en su condición de probable exiliado en torno del año 1930. Llegó a la costa norte hondureña como un republicano masón, con sentimientos de “buena fe”, para decirlo en un sentido contrario al postulado filosófico de la “mala fe” de Jean-Paul Sartre, ya que por un tiempo mi padre se mantuvo al servicio de una “república imposible”, como vice-cónsul del gobierno republicano de España en San Pedro Sula, entre 1931 y 1936, aproximadamente; fechas decisivas en la historia contemporánea de la gran península ibérica. Subrayo la frase de republicano de “buena fe” en tanto en cuanto existieron otros que contaminaron los nobles propósitos de la República, mediante la utilización sistemática de los símbolos, tal vez inocuos, de la hoz y el martillo, pero que representaban trasfondos anti-republicanos, anti-liberales, anti-nacionales y antidemocráticos, cuyo fenómeno específico, en su doble dimensión, por ahora, en el plano personal, prefiero ignorar. En cierto evento televisivo declaré que frente a las posibles encrucijadas de la vida, la Embajada de España en Tegucigalpa es “mi embajada”, por derecho consanguíneo, por amor y por derecho propio. Ansío que queden estas palabras grabadas como si fueran hechas con relieves de plata y oro. Espero que también sea la embajada favorita de mis hijos e hijas, lo mismo que de mis nietos y nietas, y que sus funcionarios futuros lo faciliten.

Un tercer asidero, también por extraños y laberínticos misterios y destinos, colinda con los más cálidos y desolados desiertos de nuestro planeta sediento y hambriento. Se trata de una mínima porción geográfica y humana conflictiva, pero también productiva, del Cercano Oriente. Quizás se trata, más allá de las inmediateces mundanales o “munduales”, de un representativo y frondoso árbol de encino, cuatro veces milenario, bajo un ardiente sol; o de una ermita antiquísima imaginaria que levita como adherida a los grandes farallones semidesérticos; o de una simple cueva de profeta olvidado, en medio de zarzales, que me permiten revivir el recuerdo de unos rabinos sefarditas que se aproximaron al rey don Juan Carlos Primero de España, con el solo propósito de allegarle un obsequio y de entonarle, suavemente al oído hasta las nobles y tristes lágrimas, el prohibido “shofar” de sus lejanísimos ancestros. Tanto de los posibles ancestros del rey borbón como de los rabinos mismos, según se insinúa en el libro “El Origen Judío de las Monarquías Europeas” (año 2000) de Joaquín Javaloys.

Un “shofar” o un cuerno musical, tal vez desentonado pero melancólico, que si fuera posible quisiera aproximarle, en un acto puramente poético, en los alrededores del Palacio Real, en Madrid, o quizás en mi amada Tegucigalpa, a su Majestad el joven rey Don Felipe Sexto, como acto de gratitud infinita por su amistad comprobada con Honduras, y por el homenaje que el Estado y el gobierno de España le tributan, el día de hoy, a uno de los escritores y pensadores más humildes de la historia hondureña, y de América Central, quizás “inexistente”, por medio de las gestiones bienhechoras del joven embajador Don Miguel Albero Suárez, quien además de haberse convertido en un singular diplomático, amigo de los catrachos escondidos en las aldeas más ignotas del país, es uno de los mejores poetas y prosistas de la España actual. Esto lo reafirmo con conocimiento de causa, pues he leído, personalmente, su obra publicada, hasta donde me ha sido posible. Así que mi renovado y subrayado agradecimiento a la Corona que lidera a aquel Estado milenario, y al gobierno actual de la “España Total”, por esta valiosa condecoración, o “ENCOMIENDA DE LA ORDEN DEL MÉRITO CIVIL”, que es como un recordatorio florido sobre el hecho que esta honra sabré honrarla más allá de todo límite imaginable. Entre otros motivos porque soy consciente, y autoconsciente, que con un fuerte grado de probabilidad este es el mejor homenaje que he recibido y que recibiré en el curso de toda mi precaria existencia, sin excluir algunas posibles paradojas y antinomias, imponderables por cierto, en el devenir de las incertidumbres y perplejidades humanas.

Al hablar de España, o de “todas las Españas” como sugería aquel hombre sabio, colérico e intuitivo llamado Miguel de Unamuno, evitaré el uso y el abuso de los nombres de los escritores españoles múltiples, de diversas generaciones, que me han acompañado en el largo proceso de mi formación intelectual. Sin embargo, recurriré a ciertos nombres ineludibles que por imperativa honestidad debo mencionar y destacar en estos renglones. Son inevitables en mi vida los nombres de don Miguel de Cervantes Saavedra; don Pedro Calderón de la Barca; don Fray Luis de León; “Santa Teresa de Jesús”; don Francisco de Quevedo y Villegas (sobre todo por sus sonetos clásicos y conceptuales casi inigualables); don Luis de Góngora y Argote, por su innovador barroquismo; el ya mencionado pensador de la intra-historia don Miguel de Unamuno; el singular don José Ortega y Gasset; don Eugenio D’Ors; don Julián Marías; el poeta don Vicente Aleixandre; el poeta y filósofo de la poesía don Carlos Bousoño; la genuina pensadora doña María Zambrano; el difícil y aparentemente árido don Xavier Zubiri; el médico y filósofo don J. Rof Carballo; el académico don Fernando Lázaro Carreter; y el actualísimo don Eugenio Trías, versado en los temas ligados con el arte y el Espíritu. Pero de todos estos personajes cerebrales, en el proceso de formación espiritual aludido, son poderosamente significativos, en mi vida, cuatro de ellos: Miguel de Cervantes, Ortega y Gasset, Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño, por razones que es difícil despejar en un solo discurso de medio día. Naturalmente que el pensamiento de Julián Marías, un filósofo empeñado en indagar sobre las interioridades del “ser español”, me allanó el camino para indagar, parejamente, sobre el “ser mestizo” del hondureño promedio, como también han resultado indispensables, para adquirir y asumir una visión de la “España Total”, los trabajos histórico-literarios de don Marcelino Menéndez Pelayo; del ya olvidado hispanista británico Jaime Fitzmaurice-Kelly; las búsquedas incisivas de don Ramón Menéndez Pidal; las intuiciones científicas del recio medievalista don Claudio Sánchez Albornoz; las de don Jaime Vicens Vivens; y, sobre todo, en fechas más o menos recientes, el trabajo histórico total de don Ricardo de la Cierva, cuyas enseñanzas científicas me permiten extrapolarlas o disociarlas hacia la Honduras Total, que me cuesta mucho imaginarla separada del “Reyno” y República de Guatemala. No puedo ni debo olvidar tampoco, en este grave punto, a los historiadores económicos de la “Escuela Total Francesa”, que se han aproximado con rigor y amor a la historia económica española. Me refiero a los investigadores imparciales Fernand Braudel y Pierre Vilar. Aquí se torna indispensable agregar al famoso historiador británico de la Universidad de Oxford, el señor Paul Preston, autor, entre otros textos hispanistas, del libro imparcial “La Guerra Civil española”, a quien en 1986 le otorgaron la “Encomienda de la Orden del Mérito Civil”, la misma que hoy le están otorgando a este servidor de ustedes.

Comprendo que el homenaje que hoy recibo obedece, en parte, a mi triple condición actual de pensador, poeta y periodista de opinión, con los aditamentos televisivos; condición que está subsumida en el sedimento histórico filosófico de aquella tríada semi-hegeliana que los buenos lectores reconocen. A guisa de ejemplo mi extenso poema “De Jericó, el relámpago” (un poco en la línea técnica de T.S. Eliot y de Vicente Aleixandre), se encuentra elaborado siguiendo la metodología indirecta de Ortega y Gasset, con aquello de sugerir, en sus charlas de Filosofía, el acto de rodear gradualmente, concéntricamente, las murallas históricas y legendarias de Jericó, al son de trompetas dramáticas, para tomar por asalto sus rosas más íntimas. Es decir, las rosas históricas, poéticas y filosóficas. También las rosas del amor. De mi amor. Parejamente mis páginas más áridas, o abstrusas, de filosofía especulativa, cuajadas en el libro “Fotoevidencia del Sujeto Pensante” (año 2014), transpiran algo de Poesía, a pesar de ciertos giros pre-lógicos, lógicos y epistemológicos científicos nada poéticos. Otro tanto ocurre con los versos fluidos y prosaicos, alternativamente, de “Correo de Mr. Job”, poema extenso que fue aplaudido, inclusive antes de salir de la imprenta, por el poeta español actual don Juan Carlos Mestre, un excelente escritor multifacético, lírico especial, convertido en los años que corren en Premio Nacional de Poesía en España. También ha sido aplaudido por jóvenes escritores hondureños; algunos aquí presentes. En este “jalonazo” espiritual, muchas veces sinuoso, enzarzado, desértico y desencantador, he recibido el auxilio de mis libros; de mis mejores amigos y amigas; de mis hijos e hijas; de algunos excelentes profesores; y a veces de comentaristas desconocidos. Lo mismo que de otros escritores por ahora ausentes, como el filósofo y filólogo dominicano don Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua. O del traductor israelita don Ioram Melcer; de la académica ecuatoriana doña Susana Cordero; y del periodista, también israelita, don José Danor. Sería injusto ignorar en este evento el nombre de Atanasio Herranz, quien fue el coordinador del gran “Diccionario de Americanismos”. Por cierto, lo reitero, que algunos personajes aludidos, muy cercanos a mi vida de escritor,  se encuentran aquí presentes, pero cuyos nombres sería prolijo enumerar. Sin la presencia de estos cinco factores humanos vinculados y vinculantes, directa e indirectamente con la cultura impresa libresca, y sin la presencia misteriosa y misericordiosa del Dios Eterno, con incidencia histórica zubireana, mi vida sería completamente desolada, empantanada, quizás vacía, con un vacío absoluto conceptual anti-hegeliano, y nunca hubiese escrito y publicado un solo renglón de todos mis renglones. De repente hubiese fallecido el año pasado o el antepasado, silenciosamente, por dificultades extremas de salud, con siete intervenciones quirúrgicas y otras pocas pendientes, respecto de las cuales he sobrevivido por el auxilio de mi familia más cercana, de mis cirujanos y de mis amigos entrañables, correligionarios y colegas. Gracias, entonces, a los amigos presentes y ausentes, de adentro y de afuera de Honduras, que han inyectado un poco de ánimo a mi azarosa existencia, la que a veces, por momentos o por algunos días, bien pareciera homologarse con la vida de aquel “Caballero Inexistente” producido por el novelista y pensador medievalista y posmoderno, el europeo Ítalo Calvino. Gracias a todos Ustedes por contribuir a la pervivencia del recio Espíritu, en una época de graves incertidumbres nacionales y universales en que la sabiduría y el Espíritu del Sujeto Fotopensante, se encuentran como arrinconados y polvorientos en los anfiteatros desvencijados de la “Historia”, como si se tratara de una subespecie en proceso de extinción. Coexistimos en una época terrible que puede analogarse, forzando un poco los hechos históricos, con los tiempos del teólogo y filósofo don Agustín de Hipona, un pensador católico que a comienzos del sigo quinto de nuestra era, se encontraba íngrimo frente al derrumbe inminente del “Imperio Romano de Occidente”, esto es, de la “Roma Eterna”, entre los anuncios devastadores de la primera “Alta Edad Media”, hoy estudiada sin prejuicios iluministas. O post-iluministas. También podrían parangonarse con los tiempos harto difíciles o perplejos del talmudista, teólogo, filósofo y médico itinerante de la España medieval y de todo el “Mundo Mediterráneo”, don Moshé Maimónides.

Don Miguel Albero, mi querido embajador, poeta y prosista, sabe muy bien que soy partidario de una España unificada, cohesionada y fuerte, sin desdeñar para nada las respetables autonomías que nunca debieran ser secesionistas, por el simple hecho que nosotros compartimos aquel viejo ensueño alimentado desde los tiempos de la España del Cid Campeador, una época estudiada rigurosamente por don Ramón Menéndez Pidal, en un amplio contexto transitorio en que apenas dos mil sujetos parlaban, en algún remoto villorrio de Castilla, o en sus alrededores, la prometedora lengua española, hoy hablada por muchos millones de personas. Sufro los sufrimientos de España, como sufro los malestares de Honduras. Disfruto los triunfos de España, como disfruto los triunfos muy ocasionales de Honduras. Y es que en lo hondo de mi ser se conjugan, equilibradamente, las antiguas nostalgias visigóticas y romanas, con las nostalgias de la Jerusalem y del Jericó de todos los ensueños; sin olvidar las nostalgias mestizas y castizas derivadas del pensamiento del Inca Garcilaso de la Vega; del poeta peruano César Vallejo; del pensador guatemalano José Cecilio Díaz del Valle; del mexicano José Vasconcelos; y de nuestro poeta castizo Juan Ramón Molina, seguidor poemático del enorme nicaragüense Rubén Darío. Estoy hablando de la “España Total”, y en consecuencia de la Honduras Total, inmersa en el continente americano.

Soy un genuino y silencioso español “transterrado”, entre una patria y la otra patria, en la línea del formidable filósofo José Gaos González, y de la filósofa María Zambrano, sin ningún resentimiento provinciano contra nadie, razón por la cual me encuentro en condición de amar a España y a Honduras simultáneamente; de admirar la bahía hondureña imponente de Trujillo; el peñón de Gibraltar; el Cerro del Picacho en Tegucigalpa; las rocas de basalto de Amapala; las cumbres insignes de Celaque; y también la indescriptible bahía de Haifa, allá por el lejano “Mare Nostrum”. Si Julián Marías viviera (filósofo con el cual crucé alguna correspondencia), seguiría el pensamiento de Ortega y Gasset y expresaría, quizás, queSegisfredo Infante, además de un hombre, pareciera más bien una completa encrucijada, tal como había sido clasificado el periodista y novelista Pío Baroja, muy ortegueanamente.

Que conste que en el curso de los siglos hemos perdido a España por los menos tres veces, tal como lo registran los anales de la historia civilizada, y cuando menos tres veces la hemos recuperado, sin rencores actuales. También perdimos a Honduras durante la invasión militar poderosa, en el año 1907, por motivos expansionistas del principal dictador nicaragüense de aquel entonces, José Santos Zelaya. Pero igualmente recuperamos Honduras. Debemos, en consecuencia, dadas las circunstancias de los tiempos turbulentos que conducen al abismo, hacer acopio crítico, razonado, del “principio de esperanza”, asistidos por una porción de serenidad analítica, hasta alcanzar los propileos de la sabiduría, en medio de ese torbellino apenas esbozado de los tiempos actuales, cuyas ráfagas airadas soplan y nos asedian por doquier, y que de cuando en cuando nos hacen volar como si fuéramos hojas resecas de un otoño inesperado. Debemos, además, trabajar lentamente por alcanzar un mundo sin odios estériles: sin violencias clasistas, sin fundamentalismos religiosos extremos y sin racismos chocantes, aparentemente desfasados. Y sin negarles los genuinos derechos ancestrales y territoriales, cuatro veces milenarios, a “Otros”.

Finalmente, queridos amigos e invitados especiales: sean españoles,  hondureños o latinos, me encantaría puntualizar, frente a todos ustedes, que guardo en mis alforjas cuatro sueños modestos respecto de la “España Total”, la que he estudiado desde sus primeros albores civilizatorios pasando por Séneca, por sus clasicismos y sus barroquismos, hasta arribar a su difícil proceso democrático de mediados de los años setentas del siglo recién pasado, con los diversos ciclos presidenciales hasta el presente. Propongo, volviendo a mis anhelos, la posibilidad de conocer, en esta vida o en la otra, la ciudad amurallada de Toledo, aquel emporio propicio para que el rey Alfonso “El Sabio” reconcentrara, en los comienzos de la fulgurante “Baja Edad Media”, a un contingente de intelectuales cristianos, judíos y musulmanes, con el fin inmediato de realizar una de las obras de traducción más importantes que se haya realizado en toda la historia de la Civilización Occidental, y quizás del planeta entero, con un aporte espiritual de primera magnitud, que suele ser olvidado por algunos historiadores y políticos sesgados, tanto de Europa como fuera de Europa. Mi segundo deseo, más de orden personal, es viajar a la ciudad de Cádiz, mi ciudad nutricia originaria, con la lupa caballeresca británica de un “Sherlock Holmes”, para identificar a mi familia dispersa, de los apellidos Gonzáles Infante, la que dicho sea de paso es una familia ya lejana, quizás sobreviviente, por el lado de mi siempre recordado padre, quien nunca me falló en mi niñez y quien nunca pudo retornar a su amada España. Por añadidura me encantaría, si Dios y la salud me lo permitieren, visitar como de pasada el Archivo de Indias en Sevilla; y aproximarme nuevamente al Monasterio de “El Escorial”, cerca de Madrid, por significarse como la maciza “piedra lírica” de la gran Filosofía española, representada por Ortega y Gasset y sus discípulos y amigos.

Infinitas gracias al Estado de las Españas, a su jefe estatal actual el rey don Felipe Sexto, y al gobierno civil actual de España por esta finísima condecoración que contiene un significado simbólico de varios decenios. Infinitas gracias a Don Miguel Albero, a su señora esposa doña Elena Herrero, y también a doña Zoila Torres Acosta, por haber estado tan atentos en la materialización de los asuntos generales y de los pequeños detalles de este singular evento, que marcará todo el resto de mi vida. Infinitas gracias a todos Ustedes, a los presentes y a los muy queridos y especiales ausentes. Abrazos amorosos y fraternos por siempre, mis muy queridos amigos, parientes, compatricios y colegas.

Segisfredo Infante Tejeda.
Escritor y Pensador.
Residencia del Embajador de España en Tegucigalpa.

Tegucigalpa, MDC, lunes 28 de noviembre del año 2016.

Notas Anexas del Autor: 1) Aun cuando es imposible recordar todos los nombres del pequeño grupo de asistentes invitados, haremos un esfuerzo mental: Don Miguel Albero y su esposa doña Elena Herrero; Dr. Jorge Ramón Hernández Alcerro; Lic. Adán Elvir Flores; Abog. Oswaldo Ramos Soto; Lic. Rodrigo Wong Arévalo; Lic. Juan Ramón Martínez; Dr. Nery Alexis Gaitán; Poeta Rolando Kattan; Licda. Lorenza Durón; Abog. German Leitzelar; Lic. Samuel Villeda Arita; Lic. Wilder Guerrero; Poeta Salvador Madrid; Poeta Denise Vargas; Abogada Cossette López-Osorio; Lic. Ronald Barahona; Abog. Renán Sagastume; Abog. y cuentista Kalton Harold Bruhl; Dr. Josué Danilo Molina; Lic. Tito Castellón; Dr. Dagoberto Espinoza Murra; Licda. Juanira Ramos Soto; Lic. Julio Sierra; Lic. Rodney Moncada Midence; Lic. Luis Martín Alemán; Doña Elsa Marina Torres; Dr. Abraham Pineda Corleone; Don Pedro Gómez; Licda. Ninfa Arias; Señor Embajador de Korea del Sur; Embajadora de México doña Dolores Jiménez; Señor Embajador de Brasil; Señora Embajadora de Panamá; Mis hijos y parientes cercanos: Reina, Ercilia, Víctor Osiris, Iris Sofía, Merit Salomé, y DavidInfante. 2) He recibido felicitaciones internacionales, por correo electrónico, como las del poeta español don Juan Carlos Mestre; el filósofo y filólogo dominicano don Bruno Rosario Candelier; el lingüista y lexicógrafo Atanasio Herranz; el ensayista y articulista, honduro-canadiense, don Martín R. Mejía; el traductor israelita don Ioram Melcer; el poeta español Ramón García Mateos; los amigos y compañeros gobernadores de la Fundación “Covelo” en Honduras; las amigas escritoras de primera fila: Delmis Emilia, de Jesús de Otoro, y Águeda Chávez, de Danlí; mi pariente poeta doña Yazmín López; el experto en epístolas intelectuales, el Dr. Henry David Trejo; el ensayista, en San Pedro Sula, don José D. López Lazo; la periodista Ney Edelmira Reyes; el director de “Plan Internacional en Honduras” para la Ciudad de Gracias, Lempira, el señor don Edgardo Cruz Nolasco; el embajador de Honduras en España don Norman García; varias personas cercanas a la “Alianza Francesa”; el poeta Livio Ramírez; doña Irma Soto (dueña de la “Librería Soto”) que lastimosamente acaba de fallecer; doña Rosario Navarro (de la “Librería Navarro”); empleados y funcionarios de la Cancillería de Honduras; mi hijo César Adonis, a quien le fue imposible estar en el evento; y otras nobles individualidades cuyos nombres me es difícil recordar en este momento, como los colegas de los medios de comunicación masiva. 3) Conviene subrayar las decenas y centenas de personas conocidas y desconocidas, que espontáneamente me han saludado y felicitado, efusivamente, en las calles. En algún momento recordaré sus nombres, tanto de los del correo electrónico, como los espontáneos. 4) En mi discurso oficial pronunciado en la casa del Embajador español, por motivos de tiempo y espacio, tuve que evitar, involuntariamente, los nombres de varios escritores españoles de peso, como José Martínez Ruiz Azorín (de la generación del “noventa y ocho”), y varios poetas de las generaciones del “veintisiete”, y de los años cincuentas. 5) Sería interesante rescatar el discurso verbal del embajador, poeta y prosista don Miguel Albero, quien expresó, entre otras cosas, que SegisfredoInfante era un intelectual completo que escribía “desde el conocimiento”, y no desde la simple información. (Madrugada del 08 de diciembre del año 2016).

Nota: Texto Publicado en la Revista Histórico-Filosófica “Búho del Atardecer” Número Once, Págs. 1-2-3, correspondiente al mes de diciembre del año 2016.