Por Segisfredo Infante

            He leído a Jorge Luis Borges casi toda mi vida. Como he leído a Guillermo Hegel, José Cecilio del Valle, Rubén Darío, Aristóteles, José Ortega y Gasset, y Octavio Paz, para sólo enumerar algunos nombres. También he leído un poco a Rafael Cansinos-Asséns, habida cuenta que Borges pensaba, hace alrededor de cien años, que toda la literatura residía en la personalidad del escritor judeo-español Cansinos-Asséns, pensamiento que rectificó más tarde. Y es que de aquella relación amistosa entre los dos grandes escritores en potencia, devino el “ultraísmo”, un movimiento poético anti-dariano y anti-sencillista, del cual Borges se sirvió para escribir y publicar sus primeros poemas, en ciertas revistas españolas. Poemas que jamás fueron incluidos ni en los primeros poemarios, ni en las antologías ni mucho menos en ninguno de los tomos de su poesía completa. Es más, Borges abominó del “ultraísmo” y de su fé prematura en la revolución rusa del 24 de octubre de 1917, a la cual le dedicó los soterrados versos juveniles. También abominó de algunos ingredientes del “criollismo”, al grado que en cierto momento declaró que si por algo se merecía el infierno, era por haber militado en las huestes poéticas del tal “ultraísmo”.

Dicho lo anterior, paso a mi experiencia concreta específica con una parte de la obra de Jorge Luis Borges. Creo que mi primer contacto con la poesía del autor que nos ocupa en estos breves renglones, ocurrió en 1979, al caer sobre mis manos una antología en español y en inglés, titulada “Selected Poems, 1923-1967”, editada por Norman Thomas Di Giovanni. Y previamente el libro narrativo “Ficciones”, reeditado en mayo de 1976. Estas referencias se encuentran en mis viejos artículos borgeanos. En aquella “Selección de Poemas” se recogen muestras de “Fervor de Buenos Aires” (1923), “Luna de Enfrente” (1925) y “Cuaderno San Martín” (1929). Y otros poemarios más recientes en el tiempo. Es inevitable hacer constar que, desde mi punto de vista, en los tres primeros poemarios se registran algunas resacas propias de la época del “ultraísmo”, y luego del “criollismo” argentino, contaminado de lunfardo. Observamos muchos versos largos y algunos ligeramente flojos, desde el área específica de la melodía y del ritmo. Sin embargo, se percibe una temprana búsqueda del metro clásico en general, mediante la técnica del verso alejandrino francés, como en los casos de “El general Quiroga va en coche al muere”, del poemario “Luna de Enfrente”; en “Versos de catorce”, también de “Luna de Enfrente”; y en “Fundación mítica de Buenos Aires”, que aparece dentro del libro “Cuaderno San Martín”, de clara manufactura alejandrina, cuya técnica Borges nunca logró manejar completamente, tal como lo hacía con soltura Rubén Darío, sobre todo en su poemario “Prosas Profanas”.

Pero lo que deseo resaltar, en estas breves anotaciones, es el silencio de Borges entre la publicación de “Cuaderno San Martín”, en 1929, y su retorno a la poesía con la publicación de “El Hacedor”, en 1960. Hay un silencio poético de treinta y un años aproximados, largos e intensos, que obligarían a una detenida reflexión, la cual sería producto de un trabajo más extenso, que quizás realizaré y publicaré más tarde. La primera hipótesis es que Borges se  encontraba disgustado con sus primeros tres poemarios. Sobre todo con “Fervor de Buenos Aires”. Hay declaraciones públicas suyas al respecto. Razón por la cual se entregó a la tarea exitosa, en esos treinta y un años, de crear cuentos formidables, y de ofrecer conferencias eruditas, a veces juguetonas. La segunda hipótesis, y quizás la más consistente, es que al terminar de perder la vista entre 1955 y 1956, solamente le quedaba el recurso de la memoria y del verso clásico español, mediante la estructura auditiva, muy melódica por cierto, de los versos endecasílabos, es decir, de once sílabas métricas. De tal suerte que en sólo la entrada del poemario “El Hacedor”, nos encontramos con un formidable y maravilloso poema estructurado en cuartetas y en versos endecasílabos rimados que se titula “Poema de los dones”, según mi humilde juicio uno de los mejores de toda la producción borgeana. Aun cuando bien podemos añadir otros textos poéticos maduros, e insoslayables, de larga respiración como el “Poema conjetural”; “El reloj de arena”; “Límites”; “Arte poética”; “Góngora” y el “Otro poema de los dones”.

Sospecho y reafirmo, con una tercera hipótesis, que en el verso métrico es donde Jorge Luis Borges alcanza sus mayores logros poéticos, a pesar que las diversas vanguardias del siglo veinte habían renegado, mayoritariamente, del verso clásico en general, con sus metros, sus acentos, sus versos blancos y sus rimas. Incluyo en esta observación a las vanguardias anglosajonas, con las raras excepciones de cada caso. El británico-estadounidense T.S. Eliot por ejemplo, sabía combinar el verso libre con algunas estrofas rimadas. Pero volviendo al tema de nuestro Borges, en sus libros publicados a partir de la década del sesenta del siglo veinte, encontramos, además, una serie de sonetos que son deleitables al oído y de innegable valor filosófico, si se considera que varios autores coinciden en que Borges pertenece al grupo de los poetas de pensamiento. Quisiera mencionar algunos sonetos inolvidables: “Ajedrez”; “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges”; “Un poeta del siglo XIII”; “James Joyce”; “Spinoza”; “Rafael Cansinos-Asséns”; “Un ciego”; “A mi padre”; y “El remordimiento”, de 1976, dedicado a su señora madre, poco tiempo después de fallecer, cuyos dos últimos versos declaran: “No me abandona. Siempre está a mi lado// La sombra de haber sido un desdichado.”

Es perentorio expresar, en este punto, que apenas me he asomado a los dinteles de la poesía de Jorge Luis Borges, quien probablemente ensayó el soneto clásico castellano en su casi desconocida adolescencia, y lo retomó, por necesidad, en su ciega y estoica vejez, en tanto que sólo en la adolescencia es probable interiorizar la maestría del soneto, como muy bien lo sabría don Francisco de Quevedo y Villegas, el mejor sonetista en lengua castellana, o por lo menos el más fluido de todos, según mi propia perspectiva. Muchísimas gracias.

Tegucigalpa, MDC, 24 de octubre del año 2017.

NOTA: Breves palabras de Segisfredo Infante, en ocasión de presentarse el libro “Borges Esencial”, publicado por la RAE, y por otras instituciones académicas de América Latina y del mundo. El evento fue organizado por la Academia Hondureña de la Lengua, dirigida por don Juan Ramón Martínez, y realizado en el Paraninfo “Ramón Oquelí”, de la Universidad Pedagógica Nacional “Francisco Morazán”.

Nota Dos: El texto fue publicado en la Revista Histórico-Filosófica “Búho del Atardecer” de Tegucigalpa, número diecisiete, correspondiente al mes de noviembre de 2017, Pág. 6).