Hemos oído hablar una y otra vez de la genialidad literaria de Miguel de Cervantes. Logró relatarse a sí mismo y a su tiempo y, al mismo tiempo, trascenderse y trascenderlo tan magistralmente que, en su obra, nos ha relatado a todos; y, cuando decimos a todos, nos referimos a todos. En esto consiste la excepcional universalidad de Cervantes. Cuando lo leemos, y es el mejor homenaje que puede hacérsele a un escritor, nos reconocemos a cada paso. En más ocasiones de las que nos gusta admitir, nos vemos reflejados para mal y tenemos que asumir lo poco que hemos cambiado en estos cuatrocientos años que han pasado ya desde que el manco inmortal nos dejó.

Hoy, como tributo personal, quiero compartir con ustedes un fragmento de una de sus Novelas ejemplares. Si la magnitud del Quijote los abruma, no duden en abrir boca con ellas. No se arrepentirán. La ironía de Cervantes salta a cada línea. Lean, si no, las palabras de Preciosa, la protagonista de La gitanilla:

«Coheche, vuesa merced, señor teniente; coheche y tendrá dineros, y no haga usos nuevos, que morirá de hambre. Por ahí he oído decir (…) que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las condenaciones de las residencias y para pretender otros cargos.

-Así lo dicen y lo hacen los desalmados -replicó el teniente-, pero el juez que da buena residencia no tendrá que pagar condenación alguna, y el haber usado bien su oficio será el valedor para que le den otro.

-Habla vuesa merced muy a lo santo, señor teniente -respondió Preciosa-; ándese a eso y cortarémosle de los harapos para reliquias».

Tenía razón Cervantes cuando en el prólogo afirmaba que les había dado el nombre de ejemplares porque «si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». Unos sacan el ejemplo de la experiencia de Preciosa y otros, los menos, siguen al teniente.

© 2016, María José Rincón.