Por Rafael Peralta Romero

   El Diccionario de símbolos, preparado por el prolífico filólogo Bruno Rosario Candelier, ha llegado como la visita que no tocó el timbre. Aparece  cuando  todavía pocos lo esperaban. Pero nada tiene que ver  este libro con la comedia de Joaquín Calvo Sotelo en la que se cuentan  las peripecias de dos hermanos solterones a quienes alguien les deja  subrepticiamente un bebé en la puerta de su casa.

La obra pudo ser requerida por una minúscula porción poblacional,  pero no era esperada, porque en República Dominicana, como en otros países de la región, no se tiene tradición en el estudio de los símbolos y menos para agruparlos en un volumen con la denominación de Diccionario.

En  el prólogo a la segunda edición de su Diccionario de símbolos, Juan Eduardo Cirlot se refiere a la ausencia de tradición simbólica, como uno de los escollos para la publicación de su obra, cuya primera edición apareció en Barcelona, en 1958: “En primer lugar, no es posible destruir el escepticismo, o la indiferencia, de quienes en países sin tradición de estudios simbólicos, siempre dudarán de la veracidad, casi diría de la licitud de la simbología” (Cirlot, pág. 11).

Confeccionar un diccionario, cual que sea su especialidad,  conlleva rigor. Y si es de símbolos demanda un conocimiento general del mundo, de la historia y la literatura, como de la lengua y las costumbres, que se sale de lo común y sobre todo de la superficialidad. La simbología arrastra lo que ha sido y lo que es el ser humano en su trajinar sobre la tierra, asumiendo peculiaridades que evidencian las épocas y los ámbitos en que se han producido las acciones, o se han suscitado las creencias o presunciones de las personas involucradas.  Es obvio que el ser humano de hoy se empeña en dedicar tiempo y energías a la ciencia y la tecnología, mientras el del pasado dedicó más tiempo a los asuntos envueltos en la simbología y fue abundoso en la creación del mito a fin de explicar cuestiones atinentes a la humanidad y su relación con otros seres, con el Cosmos o con la Divinidad.

La mitología, sobre todo la griega, ha marcado su impronta en todas las culturas, hasta el punto de que las ciencias se han valido de elementos mitológicos para explicar o nombrar, por ejemplo,  fenómenos astronómicos: Vía Láctea,  Venus (planeta), Constelación de Hércules, Constelación de Orión, Constelación de Pegaso o Galaxia de Andrómeda; lo que  ha ocurrido  también  con partes de la anatomía humana, como monte de Venus, talón de Aquiles, y el hueso ilíaco debe su nombre a la ciudad Ilión o Troya, escenario de la mítica guerra narrada por Homero en la Ilíada. Hermes y Afrodita, semidioses griegos, han aportado la denominación para los seres humanos que nazcan con caracteres masculinos y femeninos, a la vez: hermafrodita. También la sicología ha nutrido su léxico con hechos y personajes mitológicos: Complejo de Electra, Complejo de Edipo o la caja de Pandora.

Algunos objetos tienen valor simbólico en una determinada actividad laboral o para representar tendencias ideológicas, mientras para otros sectores ese mismo objeto no constituye más que un instrumento de trabajo.  El martillo, por ejemplo,  es una herramienta fundamental de la carpintería y para quienes no ejercemos ese oficio, el martillo se reduce a un utensilio con el que a lo más, introducimos un clavo para colgar un cuadro en la pared. Por igual una herramienta agrícola, la hoz, empleada para segar trigo, arroz y hierbas, no puede significar para el trabajador agrícola nada más que un recurso material que facilita su labor de recolectar  mieses y  eliminar malezas. Sin embargo, es ampliamente conocido que estos dos utensilios, juntos, ostentan la representación gráfica de la doctrina comunista. Pero la hoz y  el martillo no constituyen símbolos, en el sentido metafísico. Ocurre lo mismo con las luces del semáforo, sus colores significan “pare” (el rojo) y “pase” (el verde), pero fuera de ese contexto esos colores presentan otras simbologías: rojo, pasión; verde, esperanza.

Carl Gustav Jung (citado por J. E. Cirlot) dice que  “… toda la energía e interés que el hombre occidental invierte hoy en la ciencia y en la técnica, consagrábala el antiguo a su mitología” (pág. 18). De hecho, otros autores afirman que el simbolismo es anterior a la historia. El objeto físico necesita un traslado a lo metafísico para que pueda funcionar como símbolo, hemos inferido.

La simbología es una rama de la lingüística, ciencia que estudia el lenguaje, y que no se ocupa de objetos. De ahí que palabras como mitra (prenda con que se cubre la cabeza el obispo en las solemnidades) con todo y lo que significa en los rituales católicos no representa un símbolo para ser tratado en un diccionario de esta materia. A ese respecto conviene destacar una observación de Bruno Rosario Candelier, en el prólogo de su libro: “Cada saber tiene su propia simbología. Hay que agregar que  cada lengua tiene también la suya. En la literatura dominicana hay un caudal de símbolos que este diccionario selecciona, describe y ejemplifica. En ese sentido, la simbología se clasifica según el área de su competencia. La simbología religiosa, por ejemplo, estudia los símbolos que intervienen en una creencia o práctica ritual o confesional. De igual manera la simbología del folklore, de la culinaria o de otra vertiente de la idiosincrasia de un país se ocupa de los símbolos que representan dichos aspectos dentro de la vida social, histórica, lingüística, antropológica y cultural. La simbología de una cultura comprende el estudio de los símbolos que permiten reflejar su mentalidad cultural” (Rosario Candelier, pág. x).

Puedo ilustrar este asunto a partir de dos vocablos de amplio contenido simbólico y que a su vez representan visiones contradictorias. Me refiero a las voces sombra y luz, incluso desde la elementalidad semántica. Sombra es en el sentido denotativo falta de luz. Pero la sombra, hay que decirlo, simboliza la maldad y el misterio.  La obra de bien se realiza bajo la luz,  mientras la tiniebla es  ambiente propicio para perpetrar el crimen: “Pedro el Cruel anda  mayormente de noche. Parece que no soporta los fulgores del sol…” (Pedro el Cruel, pág.  14). En cambio, la luz es la fuerza física que permite ver los seres y las cosas. Antónimo de tiniebla. En términos metafóricos, luz es ciencia y saber: “Pedro Henríquez Ureña fue   hombre de muchas luces”.  La luz representa el camino correcto, íntimamente asociado con la verdad, por oposición  la oscuridad se vincula con la confusión, la cual a su vez se asocia con la perdición.

La dimensión metafísica de la luz la vincula con el sentido religioso, por eso a Cristo se le representa con la luz. El ritual católico del Domingo de Resurrección se fundamenta en la simbología del fuego, con el cual se espera encender en la feligresía el deseo de las cosas celestiales y así puedan llegar renovados a la “fiesta de la eterna claridad”. La luz de Cristo es  simbolizada en el cirio pascual  y cada feligrés lleva una vela encendida. “Ustedes son la luz del mundo”, había dicho Jesús a sus discípulos. La luz trasciende el misterio y despeja la confusión: “El personaje del que ha oído usted hablar, por boca del pueblo, es un ser de la tiniebla  y en ella  está condenado a permanecer. Nuestra prédica se fundamenta en la luz, porque Cristo es la Luz del mundo y a Él le viene del Padre, que es fuente infinita de luz. De luz está hecho el rostro de Dios, se trata de una luz como  ninguna, esta no quema ni enceguece como las luces creadas por el hombre. Se trata de algo superior y muy elevado y nada fortuito resulta   el hecho de que  en la creación del mundo, el Señor haya iniciado separando la luz de las tinieblas. Nuestra misión en la vida es difundir la luz, cuya presencia diluye el principal recurso de la oscuridad que es la ignorancia”. (R. Peralta Romero, Pedro el Cruel, pág. 65).

En la parte introductoria del Diccionario de símbolos, titulada “Voces y sentidos de un glosario de símbolos”, el doctor Bruno Rosario Candelier hace las siguientes precisiones: “El término simbología (del griego symbolon, “signo”, y logos, “estudio”) es una rama de la lingüística que estudia el caudal de símbolos, razón por la cual constituye una parte especializada de la semiología, ciencia que se ocupa del estudio de signos y símbolos de una comunidad, una disciplina o una cultura. Un símbolo es la representación sensorial de una idea que guarda un vínculo  convencional y arbitrario con su objeto de referencia. La noción de simbología sirve para identificar al sistema de símbolos que encarnan los diferentes elementos de su representación. En tal virtud, se puede hablar de la simbología de cualquier rama del saber, con los íconos o representaciones graficas que permiten reconocer cada elemento significativo”  (pág. ix).

Lo que acabamos de leer indica que el simbolismo se basa en ideas, creencias y expresiones espirituales. Ahora, no se pretende dejar en las mentes de ustedes que lo simbólico sea ajeno a la realidad, sino que el símbolo es una rama del pensamiento humano. Y vale recalcar que lo simbólico no excluye lo histórico,  aunque le es indispensable lo metafísico. Por esta razón es que resulta fácil colegir que los símbolos están asociados al sistema de creencias de los pueblos. Así, por ejemplo,  la palabra “melocotón” que para los dominicanos es solo una fruta exótica, en las culturas orientales tiene un valor simbólico muy arraigado. Me permito citar al respecto lo que plantea Hans Biedermann (Viena 1930-1990) en su libro también titulado Diccionario de símbolos: “En la antigua China, el melocotón (t’ao) se consideraba un símbolo de la inmortalidad o de la longevidad, y la flor de melocotonero era el símbolo de frescas muchachas, pero también de mujeres ligeras y de la ‘locura de la flor de melocotón’, eufemismo para designar la confusión de sentimientos que hay en la pubertad”. (pág. 301).

De niño he escuchado que la masonería se ha valido de los instrumentos de carpintería para integrar un sistema de signos que le permita comunicarse entre sus adeptos. Verbigracia, la paleta, llamada “plana” en el español dominicano,  es un objeto de gran importancia en la masonería  y es comparada a la “piedra ya labrada”, es decir a la persona que ha superado  el grado de aprendiz” (Bierdemann, pág. 342). ¿Y las personas? ¿Puede asegurarse, como ocurre frecuentemente en los medios de comunicación, que un ente humano constituya un símbolo? Los comentaristas de espectáculos suelen citar a la actriz estadounidense Marilyn Monroe como un símbolo sexual, pero también he escuchado recientemente, que  el veterano actor Salvador Pérez Martínez ha sido definido como un símbolo del teatro dominicano. Tal vez don Pera no sea un símbolo, pero  sí un ícono, de lo que no hay  dudas es de que el teatro  ha sido tratado como un símbolo. El teatro, como símbolo de la ficción del mundo y de la vida, lo encuentra Bruno Rosario Candelier en un texto de Domingo Moreno Jimenes, citado en la entrada TEATRO: “Ficción del mundo y de la vida: “¡Ya ven! Me absorbo en un monólogo teatral/cuando todos los sortilegios de mi sentir/están sacudidos por una armonía plena. /Saludo la inmensidad con monosílabos/ y tengo kilómetros de términos para rotular una amiba./ Soy un caos, pero un caos que todavía habla y siente…/Mi amada ayer, aquí se cernió entre crespones,/y hoy la niebla de su ausencia,/no me deja vislumbrarla, ni estando presente. / Yo mismo estoy ausente de todo lo que toco, anhelo o miro. / Apuro la verdad de mis ancianos que se decían sordos y ciegos, / ante la incredulidad de la gente que no se siente anciana, aunque estoy muchas veces más sordo que el sordo, / y con una ceguedad más abismal que la del mismo ciego” (Rosario C., p. 438).

Unos símbolos tienen alcance universal y otros se limitan a un ámbito determinado. Algunas palabras, como luz, crepúsculo, agua, fuego o rosa se prestan para aparecer en cualquier compilación de carácter simbólico sin importar la lengua  y la cultura  en las que se elabore. Los poetas de todo el mundo se han ocupado preferentemente del  crepúsculo vespertino para simbolizar la opacidad, la tristeza, la vejez  o el final de la vida. Los griegos y egipcios antiguos  vivieron convencidos de que el Occidente, el lado por donde se oculta el sol, es lugar de malos espíritus, que allí se sitúa Satanás.  La muerte del Sol equivale al reino del diablo, pensaban. En el poema “La hija reintegrada”, Moreno Jimenes, exhibe un impresionante despliegue de símbolos, en los que el crepúsculo  siempre se asocia a la muerte.  En la octava estrofa aparece la primera comparación de la muerte con la oscuridad: Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca;/verás envuelta el alba en la noche,/y las cosas de mayor transparencia/ tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo”.

“Largo crepúsculo”, dice el poeta. Es que para su dolor no bastaría un crepúsculo ordinario, sino uno prolongado y desconcertante. En el Diccionario de símbolos de Bruno Rosario Candelier el crepúsculo es definido como un símbolo de dolor, desesperación y muerte. El poema de Moreno Jimenes es un eje fundamental para la conceptualización de esta entrada, a propósito de la cual  quiero decir –aunque parezca vanidoso- que el maestro Rosario Candelier  ha citado en el  desarrollo de este artículo mi ensayo titulado “El crepúsculo y el poema de la Hija reintegrada”, publicadoen el diario El Nacional (pág. 113).

Para Bruno Rosario Candelier, “El símbolo es un valor agregado que otorga a la cosa asumida como representación otra dimensión, como sucede con fuego, puente o espada” (pág. xi). Desde ese punto de vista, símbolo no es un objeto material, como las insignias que indican los rangos militares, las banderas y logos que representan los partidos políticos o los colores que identifican equipos de béisbol. El símbolo, dice Rosario Candelier, “es una connotación metafísica y espiritual de la cosa simbolizada, ya  que la dimensión simbólica es intangible. No es visible como una cruz o una lanza, pero tiene un valor simbólico” (pág. xxii).

Lo simbólico se establece por la relación entre lo material y lo espiritual (idea, sentimiento). El símbolo es una categoría superior al signo y al icono. Conviene recordar el significado de estos dos vocablos. Signo: “Objeto, fenómeno o acción material que, por naturaleza o convención, representa o sustituye a otro”. Ícono: “Signo que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado; p. ej., las señales de cruce, badén o curva en las carreteras”.

La simbología ha estado presente entre nosotros, de algún modo inconscientemente, es a partir de ahora que contamos con un libro que se ha elaborado con el fin de destacar este renglón de la cultura dominicana. Hay que decir cultura, más que literatura porque el simbolismo abarca, además, lo filosófico, lo antropológico, lo sociológico, lo teológico, el arte y las costumbres.

Al citar símbolos de carácter universal  me asalta un  interrogante: ¿Es la rosa un símbolo universal? Biederman afirma que de la sangre de Adonis, amado de Afrodita, según la mitología griega, se formaron las primeras rosas rojas, símbolo del amor que va más allá de la muerte y renacer (Bierderman, pág.402). Cirlot, investigador de los símbolos, señala que “La rosa única es esencialmente, un símbolo de finalidad, de logro absoluto y de perfección. Por eso puede tener todas las identificaciones, que coinciden con dicho significado, como centro místico, corazón, jardín de Eros, paraíso de Dante, mujer amada y emblema de Venus” (Cirlot, pág. 392).

¿Qué dice al respecto el Diccionario de símbolos de Bruno Rosario Candelier? Considera que la rosa es un signo y un símbolo, que hablan por sí mismos. Nuestro autor dedica tres páginas al significado simbólico de la rosa. Cita a los poetas Franklin Mieses Burgos y Mikenia Vargas, como al neurólogo José Silié Ruiz y su propia obra El sueño era Cipango, como pruebas argumentales de su aserto. Rosario afirma que “La rosa es el más sublime símbolo de la belleza sensorial en representación de lo que anhela el corazón humano”.  Para este fino cultor de la palabra y el pensamiento, “La rosa es también fuente de reflexión metafísica, estética y simbólica de la realización plena y de la belleza ideal” (Rosario Candelier, pág. 386).

De alguna manera, quizá sin proponérnoslo, hemos venido tocando, a veces de soslayo, las diferencias metodológicas de Bruno Rosario Candelier con otros catalogadores de términos simbólicos. Cada artículo contenido en su Diccionario de símbolos ha sido desarrollado con sujeción al decálogo que transcribo a continuación:

1.- Definición del significado básico o valor literal de la palabra. 2.- Consignación del valor metafórico. 3.- Identificación del valor simbólico. 4.- Clasificación según el ámbito del saber (ling., med., relig., lit., folk., psic., fil., filolog., mit., metafísica, mist., teol., astr., agr., dep., mús., arq., der., fis., hist., antrop., soc., etc.). 5 Consignación gráfica con abreviaturas en negritas. 6.- Ejemplificación o ilustración textual (cita textual de una obra). 7.- El ejemplo de ilustración se entrecomilla y se cita la fuente. 8.- La palabra clave que aparece en la cita, se destaca en negritas. 9.- Si se pone más de un ejemplo, se subdividen a partir de su numeración. 10.- La enumeración de cada nivel se consigna en negritas (pág. xvii).

La obra inicia con la palabra abeja y termina con la dimensión simbólica del vocablo zafacón. ABEJA 1.- Insecto volador que vive en colonia con su congénere en cuya colmena produce miel. 2. Voz comparativa que pondera la disposición al trabajo. 3. Agr. Símbolo de laboriosidad, eficiencia y perseverancia: “Ante las preguntas sobre estos insectos, esta mujer no puede ocultar la pasión que siente por ellos, a los cuales cataloga como una “sociedad perfectamente organizada, donde cada quien hace lo que le corresponde y aunque sea muy poco lo que cada uno pone, se logra el objetivo”, comenta emocionada (pág.1). Del vocablo ZAFACÓN, un dominicanismo que por su etimología debería escribirse con ese y no con zeta, dice lo siguiente: 1. Recipiente de la basura. 2. Alusión metafórica a lo que ya no tiene sentido: “Lo tiraron al zafacón de la historia.3. Antrop. Símbolo de lo que no sirve ni merece reconocimiento o distinción”. (pág. 487).

Este libro, de cuyo lanzamiento tenemos hoy el privilegio de ser testigos, constituye una muestra fehaciente de que la investigación también es creación. Bruno Rosario Candelier ha erigido un monumento que no se avizoraba en el horizonte cultural dominicano,  ha  creado algo con lo que no contaban las letras dominicanas. Crear, dice el Diccionario de la lenguaespañola, es “producir algo de la nada”. Pero esa definición no me satisface, aplicada a la nueva publicación del filólogo mocano, pues este libro no surgió de la nada, no procede de un acto de magia, sino que es producto de búsquedas acuciosas  en todos los rincones del saber humano. Prefiero justificar mi consideración de que es una obra de creación amparada en la segunda acepción que ofrece el Diccionario de la lengua sobre el verbo crear: “Establecer, fundar, introducir por vez primera algo; hacerlo nacer o darle vida, en sentido figurado”. Todos estos verbos son plenamente aplicables en relación con la aparición del libro que hoy presentamos. El Diccionario de Símbolos no es obra común ni pasajera, no es publicación de ciclo corto, sino un texto llamado a perdurar y que  conlleva la misión de contribuir a que los dominicanos conozcamos más de nuestro perfil como pueblo, y al mismo tiempo apreciemos  la vinculación de nuestras creencias y formas de ser con las concepciones predominantes del universo.

Por lo que llevo dicho, encuentro razones para considerar que con elDiccionario del español dominicano y el Diccionario fraseológico, publicados respectivamente en los años 2013 y 2016, el Diccionario de  símbolos constituye una trilogía demostrativa de que la Academia Dominicana de la Lengua, con cuya iniciativa, y al amparo de la Fundación Guzmán Ariza,  han aparecido las tres obras,  vive su mejor momento de productividad intelectual y bibliográfica.

Si algo fuera a reprobar a Bruno Rosario Candelier por este trabajo, lo haría con voz atenuada, tan poco perceptible que no alcance a generar la menor roncha. Observo que la premura con la que asumió esta labor no es para ser elogiada, pues una obra de esa naturaleza demanda su tiempo. Lo otro lo proclamo en voz alta: con el Diccionario de símbolos Bruno Rosario Candelier dota a las letras dominicanas de una obra nunca soñada por los lectores, quizá tampoco por la comunidad intelectual y probablemente considerada una quimera por muchos escritores e investigadores. Aquí está el Diccionario de símbolos, una aleación perfecta de nuestra cultura literaria con el  imaginario popular y ejemplo de la más alta función de las palabras, en la que los creadores literarios interpretan el sentimiento del común de los hablantes.

Otros diccionarios, ocupados en el tema de los símbolos, enfatizan en signos, íconos y otras representaciones montadas en objetos materiales. El de Bruno Rosario Candelier, que -como he dicho- abarca desde ABEJA hasta ZAFACÓN, es constante en abordar las tres dimensiones de las palabras: denotativa, connotativa y simbólica. Nuestro autor prefiere “descifrar la voz de las cosas” con visión de filólogo y de metafísico, y este procedimiento le ha permitido estructurar un libro que no tiene precedente en República Dominicana y que era necesario, aunque no esperado, como la visita que no tocó el timbre, que aparece en la comedia de Calvo Sotelo.

Por los símbolos asomamos al misterio como a una casa cuyo interior captamos por una puerta entrejunta. El símbolo alcanza más que la metáfora. Juan Eduardo Cirlot, en el prólogo de la primera edición de su Diccionario de símbolos, justifica su inclinación por esta actividad con estas palabras: “Nuestro interés por los símbolos tiene un múltiple origen; en primer lugar, el enfrentamiento con la imagen poética, la intuición de  que detrás de la metáfora, hay algo más que una sustitución ornamental de la realidad…” (pág. 13).

Con el Diccionario de símbolos de Bruno Rosario Candelier, la República Dominicana ingresa al exclusivo círculo de las naciones que cuentan con semejante recurso intelectual. Y esto es bueno saberlo y hacerlo saber.  Con lo que llevo dicho, queridos amigos, me parece haber expresado buena parte de lo que sobre este libro me propuse expresar. Es común, todos lo hemos visto, en las presentaciones de libro cerrar la disertación con una felicitación al autor, la cual suele incluir, como colofón, la palabra enhorabuena. Pero no por esa razón congratulo al doctor Rosario Candelier, ni es por eso que con justificado alborozo proclamo: ¡Enhorabuena, Bruno!