Por Segisfredo Infante

    La primera vez que leí la expresión “contaminación sónica”, salió de la pluma de doña Gloria Leticia de Lázarus (QEPD). Hace pocos meses la leí, nuevamente, en una de las columnas de este mismo periódico. Y entonces recordé de inmediato a “Doña Lety”, con quien tuve la oportunidad de conversar varias veces. Ella era una mujer de facciones y modales muy finos, que a veces se disparaba con frases cargadas de humor y luego con cierta incomodidad, sobre todo cuando unos estudiantes de secundaria, que pernoctaban frente a su edificio, evitaban que conciliara el sueño por los ruidos excesivos que producían los tambores de la banda estudiantil. Por cierto que doña Leticia de Lázarus me informó, en cierta ocasión, que nosotros dos éramos parientes. Pero nunca me explicó por qué lado de la génesis humana derivaba nuestro parentesco. Aunque ahora mismo sí lo comprendo.

El caso es que en nuestro tiempo la contaminación sónica es como el pan amargo de cada día, “obsequiado” por personas que no respetan, ni remotamente, el derecho a la tranquilidad relativa de los demás. Los ruidos ensordecedores comenzaron con el “rock-and-roll” pesado de finales de los años sesentas y comienzos de la década del setenta del siglo veinte. En nuestros días el asunto se conecta con el traído y llevado “reguetón”, el cual se escucha, a todo volumen, en los autobuses urbanos e interurbanos; en los taxis; en los almacenes; en los parques; en los mercados; en los vecindarios; e incluso en algunos restaurantes de hoteles de “alta categoría”, en donde se imponen los gustos supuestamente musicales de algunos empleados de tales establecimientos, en perjuicio de los clientes educados que pagan por los servicios a cambio de ser irrespetados al verse en la tremenda circunstancia de escuchar los monótonos y espantosos ritmos. Es evidente que existe y persiste un grave problema de desvalorización transitoria en los valores más íntimos de la humanidad entera; especialmente en los países atrasados como el nuestro.

Un ejemplo específico de lo afirmado, lo hemos venido observando desde hace un par de años en el “Parque Valle” de Tegucigalpa, un pequeño recodo de paz custodiado por una bella estatua, bien cincelada, del pensador y estadista centroamericano don José Cecilio Díaz del Valle. Lo del recodo de paz es una especie de metáfora contradictoria en tanto que unos estudiantes de secundaria se instalan casi todas las tardes (desde el mediodía) par sonar sus tambores y otros instrumentos mal sintonizados. No sabemos a qué colegio de segunda enseñanza pertenecen. Ni tampoco interesa averiguarlo. El problema es que tales estudiantes pareciera que nunca asisten a sus clases, ya que desde los meses de febrero y marzo de cada año pasan ahuyentando a los transeúntes con las estridencias de sus instrumentos hipotéticamente musicales. Inclusive terminan las fiestas patrias y ellos y ellas continúan durante el mes de noviembre y parte de diciembre con sus típicos escándalos tamborileros, produciendo toda clase de contaminación sónica.

Pero es que ocurre que las estridencias afectan a todo el vecindario. En primer lugar porque se instalan frente a la iglesia de “San Francisco” y frente al Museo de Historia Militar (en el viejo “Convento de San Diego”), haciendo imposible cualquier servicio religioso diurno y cualquier conversación histórica o académica. Seguidamente obstruyen la posibilidad de preguntar por el precio de un libro; o por la encuadernación del mismo; porque el ruido ensordecedor de tales “estudiantes” lo impide, ahuyentando a los clientes de varios establecimientos que pagan impuestos. No se puede visitar, además, la estatua del sabio Valle, en tanto que el guía y los posibles turistas estarían imposibilitados para intercambiar preguntas y respuestas. Las autoridades pertinentes debieran encontrarle una solución a este problema que afecta severamente la parte más antigua del casco histórico de Tegucigalpa, en donde los visitantes pasan huyendo de las estridencias ensordecedoras de estos muchachos, sin oficios ni beneficios estudiantiles. Una posibilidad es trasladarlos hacia algún rincón del “Estadio Nacional”. O hacia las laderas del “Birichiche”, donde los verdaderos estudiantes del Instituto Central hacíamos ejercicios físicos a comienzos de los años setentas. No estamos en contra de entrenar, profesionalmente, a las bandas marciales para las celebraciones de las fiestas patrias. De lo que estamos en contra (por quejas de todo el vecindario de la zona) es del uso y del abuso de tales bandas que atentan contra la tranquilidad de la persona humana. Y que van en perjuicio de los verdaderos valores musicales de todos los tiempos. Así que debiéramos neutralizar la tiranía del ruido!!

Tegucigalpa, MDC, 02 de julio del año 2017. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 09 de julio del 2017, Pág. Seis).