Vanamente se dice

Hay pocos placeres comparables con la lectura de los clásicos. En estos días he tenido entre manos la Tragicomedia de Calisto y Melibea, escrita en 1499 por Fernando de Rojas. Los amores de Calisto y Melibea ceden su protagonismo a Celestina, una genial alcahueta que enlaza los amores de los tortolitos usando todas sus artes de correveidile.

Rojas tiñe su prosa con el gracejo de muchas frases proverbiales y con ellas atesora su condensada sabiduría popular. Nos sorprende encontrar refranes que hoy, cinco siglos después, todavía viven en nuestra lengua diaria: “Pagan justos por pecadores”; “No por mucho madrugar amanece más temprano”; “Quien mucho abarca, poco suele apretar”; “Con su pan se lo coma”; “Cada cual habla de la feria según le va en ella”.

Otros se han modificado un tanto con los avatares históricos de lengua pero aún podemos reconocerlos: “Pan y vino anda camino, que no mozo garrido”; “Ser como perro de hortelano, que ni come las berzas ni las deja comer”.

Algunos han perdido vigencia pero todavía nos reservan mucha enseñanza acrisolada por el tiempo: “La mocedad ociosa acarrea la vejez arrepentida y trabajosa”; “Si la locura fuese dolores, en cada casa habría voces”; “Haz tú lo que bien digo, y no lo que mal hago”.

Una lección en cada párrafo, pulida por el tiempo y el uso de infinidad de hablantes que ya, en tiempos de La Celestina, los habían heredado de sus mayores; una lección que no voy a dejar pasar y, aplicándola, pongo el punto final a esta “Eñe” pues vanamente se dice por muchas palabras lo que por pocas se puede entender.

© 2015 María José Rincón

 

Dulce pasión

Hay pocos placeres comparables con la lectura de los clásicos. En estos días he tenido entre manos la Tragicomedia de Calisto y Melibea, escrita en 1499 por Fernando de Rojas. Los amores de Calisto y Melibea ceden su protagonismo a Celestina, una genial alcahueta que enlaza los amores de los tortolitos usando todas sus artes de correveidile.

Rojas tiñe su prosa con el gracejo de muchas frases proverbiales y con ellas atesora su condensada sabiduría popular. Nos sorprende encontrar refranes que hoy, cinco siglos después, todavía viven en nuestra lengua diaria: “Pagan justos por pecadores”; “No por mucho madrugar amanece más temprano”; “Quien mucho abarca, poco suele apretar”; “Con su pan se lo coma”; “Cada cual habla de la feria según le va en ella”.

Otros se han modificado un tanto con los avatares históricos de lengua pero aún podemos reconocerlos: “Pan y vino anda camino, que no mozo garrido”; “Ser como perro de hortelano, que ni come las berzas ni las deja comer”.

Algunos han perdido vigencia pero todavía nos reservan mucha enseñanza acrisolada por el tiempo: “La mocedad ociosa acarrea la vejez arrepentida y trabajosa”; “Si la locura fuese dolores, en cada casa habría voces”; “Haz tú lo que bien digo, y no lo que mal hago”.

Una lección en cada párrafo, pulida por el tiempo y el uso de infinidad de hablantes que ya, en tiempos de La Celestina, los habían heredado de sus mayores; una lección que no voy a dejar pasar y, aplicándola, pongo el punto final a esta “Eñe” pues vanamente se dice por muchas palabras lo que por pocas se puede entender.

© 2015 María José Rincón González

 

Humilde apariencia

La coma, tan simple y sencilla como parece, provoca innumerables errores ortográficos. Sí, un error en el uso de la coma es una falta de ortografía. No es la primera “Eñe” que protagoniza la coma, y no será la última. La extensión de estos artículos es incapaz de contener la diversidad de reglas que establecen el uso correcto de este humilde, solo en apariencia, signo de puntuación. Vayamos, pues, paso a paso.

Hoy nos vamos a detener en las oraciones condicionales. Las distinguimos porque expresan una condición. Lo más frecuente es que vayan introducidas por la conjunción “si” (sin tilde por tratarse de un monosílabo átono).

En este tipo de oraciones el uso de la coma depende del lugar que ocupen en la frase. Si la condicional está colocada antes del verbo principal, debemos usar la coma. Si se fijan, esta oración y la anterior les pueden servir de ejemplo. Las oraciones condicionales, introducidas por “si”, se separan con una coma de las respectivas oraciones principales porque están antepuestas.

Sin embargo, cuando la construcción condicional va pospuesta al verbo principal, la coma no aparece. Comparen estos dos ejemplos: “Si nos decidimos a leer, mejoraremos nuestra ortografía”/”Mejoraremos nuestra ortografía si nos decidimos a leer”. En el primer ejemplo la condicional está antepuesta; en el segundo, pospuesta. El primero lleva coma; el segundo no.

La vida está plagada de condiciones, así que las oraciones condicionales son muy frecuentes. Si aprendemos a usar la coma en este contexto, evitaremos muchos errores. Presten atención al lugar de la frase respecto al verbo principal si quieren usar la coma con maestría.

© 2015 María José Rincón González

 

Otras quinientas

Me encanta la letra q, una aliada esencial para los aficionados a los crucigramas. Tiene personalidad propia: no puede aparecer de forma aislada. En nuestra ortografía siempre forma parte del dígrafo qu que, seguido de las vocales e, i, representa el fonema /k/. ¿Quién no disfruta de un buen queso, de un dulce quesillo o de un apasionado querer?

Los extranjerismos que tienen en su grafía original una q aislada suelen acarrear problemas de adaptación gráfica. Debemos tener en cuenta que estas palabras, una vez adoptadas, deben sustituir su q etimológica para adaptarse a nuestras normas ortográficas. Así se hizo siempre y así debemos seguir haciéndolo.

Vayamos a los ejemplos, que no son muchos pero, no por eso, debemos descuidar su ortografía.

El anglicismo cuásar (del inglés quasar) designa a un pequeño astro de gran luminosidad. El sustantivo cuórum (del latín quorum) designa al ‘número de individuos necesario para que un cuerpo deliberante tome ciertos acuerdos’; el también latinismo execuátur (del latín exequatur) se refiere al ‘reconocimiento en un país de las sentencias dictadas por tribunales de otro Estado’.

Si nos decantamos por mantener las grafías originales debemos considerar estas palabras como extranjerismos y escribirlas, por tanto, sin tilde y en cursiva o, si esto no es posible, entrecomilladas.

También tenemos ejemplos entre los topónimos. Aunque los menores suelen mantener su grafía originaria, la ortografía académica recomienda que, en el caso de los topónimos mayores, se aplique también esta castellanización: escribamos, pues, Irak y Catar cuando nos refiramos a estos dos países que tantas veces protagonizan las noticias, casi siempre para mal. Pero eso son otras quinientas.

© 2015 María José Rincón González

 

Buena pesca

Cuando una palabra no aparece en un diccionario no significa inevitablemente que no sea correcta o que no exista. Algunas veces sencillamente no la estamos buscando bien o no la estamos buscando en el diccionario correcto.

¿La acepción ‘ensuciar’ del verbo curtir no existe porque no está registrada en el Diccionario de la Real Academia Española? ¿Es incorrecto usar el adjetivo curtido con el sentido de ‘sucio’ porque no lo encontramos en el DRAE?

El diccionario académico registra para curtir la acepción ‘tratar la piel de un animal muerto para su uso’. También el aire y el sol y la vida curten, literal y figuradamente. No aparece ninguna acepción relacionada con la suciedad.

El panorama cambia si las buscamos en el Diccionario del español dominicano; atesoran entre nosotros algunas acepciones adicionales a las del español general, entre las que está también el uso despectivo para referirse a una persona de aspecto pobre y desaseado.

Las compartimos, según leemos en el Diccionario de americanismos de las Academias de la Lengua Española, con Honduras, El Salvador, Nicaragua, Puerto Rico, Colombia y Venezuela.

Existe además el verbo percudir, que significa, según el DRAE, ‘penetrar la suciedad’ y ‘maltratar o ajar la tez o el lustre de las cosas”. De él procede el adjetivo percudido.

¡Ojo pelado! No la confundan con percutir. La economía del lenguaje logra que con una sola letra distinta nos refiramos con este verbo a la acción de ‘golpear algo, generalmente de forma repetida’.

Tres verbos y tres adjetivos que tejen sus redes para ayudarnos a decir lo que queremos decir, siempre que sepamos usarlos apropiadamente. Los diccionarios pueden evitar que quedemos atrapados en la red y ayudar a que la pesca sea fructífera.

© 2015 María José Rincón González

 

Dulce pasión

Alguna vez nos hemos preguntado por qué las cosas se llaman como se llaman. La magia de la lengua convoca las razones más dispares. Piensen en las frutas, tan a la mano y quizás no nos hemos parado a pensar en el porqué de sus denominaciones.

La piña tropical debe su nombre al parecido que los conquistadores, que tantas cosas nuevas para sus ojos tuvieron que nombrar, observaron entre su aspecto y el de la piña europea cuando aún guarda los preciados piñones en su interior.

Solo los dominicanos llamamos “chinola” a la chinola. Seguro que han oído llamarla la fruta de la pasión, a veces con una sonrisa pícara en los labios. No es a esa pasión a la que se refiere el nombre. La mata de chinola produce una hermosa flor que fue considerada por el papa Pablo V la representación de la pasión de Cristo: sus filamentos recuerdan la corona de espinas, los cinco estambres representan las cinco llagas, los tres estilos, los clavos de la cruz y los pétalos, los doce apóstoles.

Nada tan alegórico y poético encontramos en el origen más cotidiano y prosaico de lechosas y mamones. La pulpa blanda y suave del mamón podría ser consumida hasta por los que no tienen dientes, como los bebés que maman. La mata de lechosa produce una savia de consistencia y aspecto similares a los de la leche que da origen a su denominación. Es por eso que debemos escribirla con ese y no con zeta.

Las frutas endulzan nuestro día a día y nos regalan un puñado de curiosidades lingüísticas que recuerda la riqueza de conocimientos que una lengua va atesorando en cada una de sus palabras.

© 2015 María José Rincón González

A nuestro lado

En la lengua encontramos con frecuencia que un mismo elemento funciona en distintas construcciones para lograr expresar distintos contenidos. Con la preposición de sucede algo así. Los diferentes papeles que juega nos confunden a veces, sobre todo en la lengua coloquial.

La usamos para enlazar dos sustantivos entre los que se establece una relación de pertenencia: El libro de la profesora. Para sustituir este complemento de posesión (de la profesora) podemos acudir al posesivo y decir su libro o el libro suyo, como diríamos por el Caribe. Comparen la estructura anterior con esta: Delante de la profesora. En este caso no expresamos posesión sino lugar; no relacionamos dos sustantivos sino un adverbio (delante) y un sustantivo (profesora).

Sin embargo reconozcan que todos hemos dicho alguna vez en la lengua coloquial delante suya. Entono un mea culpa porque en la conversación ligera suelo cometer con frecuencia este error. Olvido, en el calor de la charla, que los posesivos solo pueden modificar a los sustantivos y no a los adverbios.

No crean que se libran hoy del cocorícamo. ¿Y si decimos que alguien está al lado nuestro? ¿Es correcto o no? El truco para distinguirlo es buscar la palabra que funciona como núcleo. Si el núcleo es un sustantivo (en el ejemplo se trata del sustantivo lado), el uso del posesivo es correcto: A nuestro lado. Si el núcleo es un adverbio (*Está cerca mío), el uso del posesivo es incorrecto: *Está en mi cerca.

En la lengua casi todo gira alrededor de la estructura de las palabras. Casi todo gira alrededor suyo.

© 2015 María José Rincón González

 

Gentes de buen hablar

Celebrábamos los sesenta y ocho de un buen amigo. Alrededor de la mesa, a los postres, no sé cómo ni por qué, acabamos por hablar de ortografía. Probablemente unas copas de jerez ayudaron a que, cuando llegamos a la duda sobre la forma correcta de escribir membrecía/membresía, tuviera que aplazar la aclaración ortográfica para un momento más oportuno.

Se usa este sustantivo en América para referirse tanto a la condición de miembro de un colectivo como al conjunto de miembros que lo forman. En español se utiliza el sufijo -cía para construir este tipo de derivados: de abogado, abogacía; de clero, clerecía; de prelado, prelacía; de miembro, membrecía.

El seseo generalizado en el español americano ha extendido la forma membresía, a pesar de que el sufijo -sía se emplea para los derivados de nombres y adjetivos terminados en -s: de burgués, burguesía; de feligrés, feligresía.

Una vez más el uso entre las personas cultas se impone sobre la norma. Si buscan esta palabra en el DRAE encontrarán membresía, no membrecía, a pesar de que en el Diccionario panhispánico de dudas se abogue por el uso de esta última. Una cosa es la recomendación y otra muy distinta el uso de los hablantes.

Como en estas lides ortográficas conviene disponer de sinónimos para momentos de apuro, si ven que no se deciden, opten por membría, aunque solo los sacará del apuro si tienen que referirse a la condición de miembro de una entidad, única acepción de este sustantivo.

Con estas líneas doy por saldada la deuda que contraje en esa sobremesa con gentes de buen yantar y mejor hablar.

© 2015 María José Rincón González

Cómo y para qué

No hace tanto aprendíamos en la escuela a conjugar verbos. Eso lo sabe muy bien una maestra de las buenas como mi amiga Paquita. Este aprendizaje nos permitía saber, a la vista de cualquier forma verbal, en qué tiempo o en qué modo estaba conjugado, si era singular o plural, primera, segunda o tercera persona. Sé que muchos consideran una liberación el abandono de esta práctica porque siempre la entendieron como un ejercicio memorístico carente de sentido.

El problema no radica en el ejercicio de memoria, que nunca viene mal, sino en que dejaron de explicarnos por qué era necesario conocer los verbos. No se hacen una idea de lo difícil que resulta corregir algunos errores gramaticales a quien carece de estos conocimientos. Probemos a hablar del imperativo.

Usamos el imperativo para expresar las órdenes. En el español que se habla en España se produce con frecuencia el error de usar el infinitivo (*Sentaros y escuchar) en lugar del imperativo (Sentaos y escuchad). Si no sabemos distinguir el infinitivo del imperativo, ¿cómo vamos a entender cómo usarlo?

En el Caribe no vamos a tener problemas en este caso porque el vosotros ha perdido su terreno frente al ustedes como pronombre de segunda persona del plural. Sin embargo, no nos escapamos. También para entender nuestra forma de expresión tenemos que acercarnos a la estructura de los verbos, porque en nuestra variedad de español la segunda persona del plural cede su puesto a la tercera del plural (Siéntense y escuchen).

El reto está en que nuestros profesores sepan enseñarnos cómo conjugar y para qué, que es casi tan importante.

© 2015 María José Rincón

 

 

Nunca digas nunca jamás

Los idiomas tienen su propio carácter. Y el nuestro no iba a ser menos. Por influencia de construcciones gramaticales de otras lenguas oímos decir a menudo que una doble negación equivale a una afirmación.

Nada más lejos de la realidad. En nuestra lengua existe una estructura particular para expresar la negación que conjuga el adverbio no con otras palabras que tienen también sentido negativo. Su presencia en la misma frase no les quita ni un ápice de su significado.

Comparen estas dos oraciones: Nunca escribas con faltas ortográficas/ No escribas nunca con faltas ortográficas. Las dos frases expresan una negación; también el segundo ejemplo, aunque contenga dos adverbios de matiz negativo (no y nunca).

¿Dónde está la diferencia? En algo tan sencillo, y tan complejo, como el orden de las palabras en la oración. En la primera el adverbio nunca está antepuesto al verbo; en la segunda su posposición al verbo exige que aparezca el adverbio no antes del verbo.

Ocurre esto también con palabras como nada, jamás o tampoco. Nada de lo que lee le aprovecha/No le aprovecha nada de lo que lee.

En nuestra lengua oral usamos estas estructuras sin plantearnos su corrección. Pero nuestro aprendizaje de otros idiomas nos hace dudar a veces de nuestros conocimientos, no siempre tan firmes, sobre nuestra lengua materna.

La lengua jamás deja de enseñarnos cosas nuevas. No paramos de aprender jamás. Que concurran en la misma frase estas dos negaciones no neutraliza su sentido negativo. Como para muchas cosas en la vida, también para la corrección gramatical hay que aprender a decir que no.

© 2015 María José Rincón