Ojos que sí ven

Llega marzo y con él las conmemoraciones del Día de la Mujer. Estos días con nombre propio solo sirven para recordarnos compromisos que debemos mantener todos los días. La defensa de la igualdad de las mujeres no es cosa de un día. La discriminación por razón del sexo sigue tan asentada entre nosotros que cambiar esquemas es cosa de cada día, de cada postura, de cada actitud.

Esta postura personal puede plasmarse de muchas formas, porque nos queda mucha tarea por delante en todos los ámbitos. Hay quien opina que el sexismo se manifiesta en los géneros gramaticales; quizás porque no han entendido del todo cómo funciona la lengua.

Yo elijo otra postura. Tal vez menos evidente pero, sin duda, tan militante y tan comprometida como la que otros enarbolan. Yo elijo la defensa del acceso en igualdad de condiciones a una educación de calidad para las mujeres. La educación de calidad, cuando lo es, lleva aparejado el uso correcto y prestigioso de la lengua. Y, con el dominio de la lengua, la capacidad de expresar, de compartir, de crear, de reclamar, de exigir. Y, casi tan importante, la libertad de servirnos de esa educación, según nuestra capacidad, en todas las facetas: personal, laboral, académica, creativa, investigadora, directiva, política, ciudadana. Y que a igual desempeño, recibamos igual compensación e igual reconocimiento y respeto. Solo así seremos visibles las mujeres. Y cuando las mujeres seamos visibles, la lengua, que siempre ha sido materna, lo será más que nunca y como debe serlo: en los contenidos. Ojos que sí ven, corazón que sí siente.

© 2016, María José Rincón.

 

Palabras de familia

Mi querida profesora de tejido, a quien como a todas las profesoras, le gustan las cosas bien hechas, me mostró hace unos días un titular que rezaba como sigue: «El estereotipo de los problemas del nuero y la suegra al cine». Su lectura me recordó aquello de la familia de palabras. Para este caso hablamos también de palabras de familia.

No sé si se han dado cuenta de que cada uno de nosotros, como miembros de una familia, puede ser llamado de muy distinta manera según la relación a la que nos queramos referir. Yo, por ejemplo, soy al mismo tiempo hija, nieta, hermana, esposa, madre, cuñada, tía, sobrina, prima y nuera (y está en veremos si llegaré a ser suegra, consuegra, abuela o, incluso, bisabuela). Nuera, que no *yerna. Y si fuera un hombre sería yerno, que no *nuero. Yerno y nuera son los sustantivos que en nuestra lengua nos sirven para referirnos a las parejas o a los cónyuges (que no *cónyugues) de los hijos. Yerno es lo que en lingüística conocemos como el heterónimo de nuera; dos palabras distintas, con orígenes distintos, que se oponen solo por el género (como en los casos, y sin ánimo de comparar, de yegua/caballo o vaca/toro).

En algunas zonas de España y de Hispanoamérica (y de que nuestro país está incluido entre ellas da fe el anterior titular) echamos mano a veces de aquello de  nuero y yerna. Son una muestra de expresión coloquial que debemos desterrar de la expresión cuidada, sobre todo si se trata de un titular de prensa.

Nuestra industria cinematográfica está tomando vuelo. Aunque para el cine la imagen es primordial, las palabras no deben quedarse atrás. Que no sean ellas las que lastren su ascenso.

© 2016, María José Rincón.

 

Metan las narices en la lengua

Ya saben eso de la economía de la lengua. El máximo significado con el mínimo esfuerzo. A veces esa economía nos pone en jaque. Acérquense, si no, a la pareja de homófonos (puesto que se pronuncian igual) injerir/ingerir. Una sola letra de diferencia, dos palabras distintas. Como en todas las parejas, sus componentes comparten algunas cosas y difieren en otras. Sirvámonos del Diccionario académico para deshacer el entuerto.

Injerir, del latín inserere, significa ‘meter una cosa en otra’. Ingerir, del latín ingerere, significa ‘introducir por la boca la comida, bebida o medicamentos’. Ambos son verbos irregulares. Para conjugarlos correctamente podemos servirnos del modelo de conjugación del verbo sentir.

Todas las formas del verbo injerir se escriben con jota: Injieren un nuevo apartado en el informe. También, y con la misma ortografía, lo podemos usar como intransitivo pronominal para expresar que alguien se entromete o se inmiscuye en algo; para esto se construye con la preposición en: No es acertado injerirse en los problemas ajenos. Del verbo injerir, el sustantivo injerencia, la muy frecuente acción de entrometerse donde a uno no lo llaman: Siempre se critica la injerencia extranjera.

 Todas las formas del verbo ingerir se escriben con ge: Ingieren el mismo jarabe todas las mañanas. Del verbo ingerir, el sustantivo ingestión (ojo, no existe *ingerencia): La ingestión de ciertas setas puede provocar envenenamiento. Un cultismo latino, injerido hace tiempo en nuestra lengua desde el inglés, es también miembro de esta familia: ingesta. Originalmente ingesta se refería al conjunto de alimentos y bebidas que se ingieren: La ingesta de líquidos debe ser adecuada. A esta acepción ha añadido la de ‘acción de ingerir’, que lo convierte en sinónimo de ingestión: En las dietas hay que controlar la ingesta de azúcar. 

Injiéranse todo lo que quieran en la lengua; para eso es nuestra. El único requisito es hacerlo con respeto y conocimiento.

© 2016, María José Rincón.

 

¿Qué haríamos sin lectores?

¿Qué haríamos sin los lectores? Rosa, siempre atenta, consulta sobre la ortografía de rehusar/reusar.

Reusar, compuesto por el prefijo re- y el verbo usar, no debe llevar hache intercalada.  Lo mismo sucede con su sinónimo reutilizar. El hecho de que se reúnan dos vocales no exige una hache. Rehusar, ‘rechazar, no aceptar algo’, a pesar de su similitud, no tiene ningún parentesco con reusar. Procede del latín refusare, y de esa ahí su hache.

Por una vez la hache no es la mala de la película ortográfica. En el verbo rehusar la mayor dificultad está en la tilde. Algunas de sus formas llevan el acento en la raíz, es decir, en la parte del verbo que no cambia con la conjugación. Conjuguen: rehusé, rehúsan, rehusamos… Cuando el acento está en la raíz verbal (rehus-)  tenemos que recordar que /eu/ es un hiato, formado por una vocal abierta átona (e) y una vocal cerrada tónica (ú). En estos casos siempre debemos colocar la tilde sobre la vocal cerrada, aunque no lo exijan las reglas generales . La hache es más muda que nunca: no nos libera de la obligación de usar la tilde en el hiato.

Si vamos más allá de la ortografía el verbo rehusar tiene más cosas que enseñarnos gramaticalmente Es un verbo transitivo, que se construye con complemento directo sin preposición: Rehusó el premio. Es incorrecto usarlo con las preposiciones a o de: *Rehúsan a colaborar en la exposición. También es un error utilizarlo como pronominal: *Se rehúsan a participar en la carrera.

¿Quién nos iba a decir que una sola pregunta nos iba a dar tanto juego? Sorpresas te da la lengua (casi tantas como la vida). Gracias, Rosa, por tus dudas de buen hablante. Y recuerda: rehúsa estas incorrecciones.

© 2016, María José Rincón.

Recuerden las sílabas

¿Recuerdan aquello de la división de las palabras en sílabas? Aunque pueda parecerlo, no se trata simplemente de un ejercicio escolar. Las sílabas son esenciales para el uso correcto de la tilde o para la separación de una palabra a final de línea. La estructura de la lengua española exige que todas las sílabas contengan una vocal. La dificultad la plantean las consonantes, sobre todo cuando hay más de una.

Pongamos como ejemplo algunos grupos de consonantes que se consideran inseparables: pr, br, tr, gr, y también pl, bl, cl, entre otros. Por regla general forman sílaba con la vocal que los sigue (pla-to, co-bra, tra-go, a-pre-ciar).

Algunos casos de palabras compuestas o con prefijo se apartan de esta regla de división silábica. Prueben a dividir en sílabas las palabras sublime y sublingual. En la primera el resultado de la división es su-bli-me; la segunda, en cambio, separa las consonantes b y l puesto que está formada por el prefijo sub- y el adjetivo lingual: sub-lin-gual.

Existe el caso curioso que forman las consonantes -tl- cuando aparecen juntas. Su separación silábica puede ser distinta según el lugar de procedencia del hablante. El sustantivo atleta se separa como at-le-ta en muchas partes de España y América; en otras áreas españolas y americanas, sin embargo, la separan como a-tle-ta. Prueben, por ejemplo, con atlántico. La forma en que haga la división puede delatar su lugar de procedencia. No se apure; ambas posibilidades son correctas.

Tener el privilegio de ser hablante de una lengua tan extensa, tan antigua y, permítanme la licencia, tan intensa como la nuestra tiene estas cosas. Las variantes aportan riqueza, también dificultades, aunque no serán insalvables siempre que nos sigamos entendiendo.

© 2016, María José Rincón.

Una de murciélagos

Los hablantes, dueños de la lengua, convierten a menudo los diccionarios en blanco de sus críticas. El Diccionario de la lengua española, por su longevidad, debe ostentar el récord. La crítica es un ejercicio saludable, pero, para que sea productiva, es aconsejable que conozcamos bien lo que criticamos.

El DLE refleja los cambios en las palabras y en su valoración incluyendo varias versiones de la misma palabra. He oído a muchos rasgarse las vestiduras por la aparición de murciégalo en el Diccionario. ¿Están locos estos académicos? ¿Lo correcto no es murciélago? Aprendamos con este ejemplo algunos trucos útiles para aprovechar el diccionario.

En el DRAE digital la etimología aparece en color verde. La palabra española para nombrar a este pequeño mamífero procede del latín mus ‘ratón’ y caecŭlus, diminutivo de caecus ‘ciego’. Algo tan tierno como ratón cieguito. Si lo analizamos, el resultado correcto evolutivamente es murciégalo. Pero los hablantes, con el tiempo, le han ido perdiendo el gusto y han dejado de usarla; el Diccionario lo registra incluyendo la abreviatura desus. (desusada) y haciendo notar que se la considera vulgar (con la abreviatura vulg.).

La demostración de esta evolución la encuentran si consultan la palabra que finalmente se impuso: murciélago. Verán que procede de murciégalo. Los hablantes desechan una palabra “correcta” e imponen una “incorrecta”. No es tan raro. El diccionario no hace más que registrar el hecho.

Aunque parezca una incongruencia, los diccionarios nunca tienen la última palabra. Siempre podemos mejorarlos. Un apunte. En la definición académica de murciélago habría que matizar lo de insectívoro. Aunque los insectívoros son los más comunes, hay murciélagos (antes murciégalos) que se alimentan de flores, frutos e, incluso, de sangre.

© 2016, María José Rincón.

Errores que enseñan

La inmediatez y la brevedad definen Twitter. Si, en nuestros tiempos, estoy casi resignada a la inmediatez, todavía sigo agradeciendo en lo que vale, ya lo decía Gracián, la brevedad.

Por sano hábito de hablante rastreo malos usos lingüísticos; por deformación profesional no puedo evitar señalar los errores con los que me topo. La inmediatez de las redes es mi aliada: una cita del mensaje difundido con un pequeño comentario que ayuda a ver el error y, si quedan caracteres, una explicación de cómo corregirlo y evitar incurrir de nuevo en él.

Los que siguen a Letra Zeta en Twitter (@letra_zeta) saben de mis consejos y mis truquitos (que no tips) para mejorar la escritura o el vocabulario en las redes. ¿Quieren saber cuántas respuestas he recibido a todos estos mensajes? Solo dos.

La ausencia de la tilde diacrítica en la palabra aún, adverbio de tiempo, en un anuncio de Visa; mi retuit haciéndolo notar; la respuesta del equipo de comunicación de Visa, casi inmediata, agradeciendo el mensaje y asegurando que se tendría  en cuenta en el futuro.

La tilde incorrecta en el monosílabo dio en un titular de El Día; mi tuit, su respuesta inmediata agradeciendo la observación y el retiro del tuit con el error.

Todos aprendemos y todos mejoramos en nuestro desempeño. Demostramos además que nos interesa nuestra lengua, que valoramos el trabajo bien hecho y que respetamos a los que nos leen.

Lo que me preocupa, aunque lamentablemente no me sorprende, es la escasez de reacciones. Todos los demás han dado la callada por respuesta. Incluso han seguido enviando el mensaje con el error. Cuán difícil es aprender, que debe ser el objetivo, cuando no se reconocen los errores.

© 2016, María José Rincón.

Mi propia biblia

Aunque todavía esperamos la visita de los Reyes Magos de Oriente, y algunos incluso la de la Vieja Belén, es hora de que dejemos las festividades atrás y nos pongamos manos a la obra con nuestros propósitos para este 2016.

¿Que ninguno de ustedes incluyó entre sus objetivos para este año el mejorar su ortografía, su vocabulario o su expresión oral y escrita? Me lo imaginaba. No se preocupen, la lista de propósitos sigue abierto y, si no, para eso está “Eñe” aquí.

Arranquemos con las mayúsculas para solventar la duda de un lector. Los nombres con los que nos referimos a los libros considerados sagrados por algunas religiones deben escribirse con mayúscula inicial; así el Corán, el Talmud, la Biblia o cualquiera de sus libros, como el Génesis o el Levítico, incluso su denominación de Sagrada(s) Escritura(s).

La palabra biblia en su acepción de texto sagrado de los cristianos debe llevar mayúscula inicial, pero esa misma palabra se escribe en minúscula cuando la usamos con cualquiera de sus otras acepciones. Por ejemplo, si nos referimos a una obra que cierto grupo considera como imprescindible o modélica: Ese manual es la biblia de los contables; o, con inspiración popular, para referirnos a la sabiduría de alguien: Esa niña es una biblia.

Después de casi seis años creo que me van  conociendo; no les sorprendo si me confieso devota de Miguel de Cervantes o elijo el Quijote, este también en mayúsculas, como mi biblia personal. Eso no me impide, es más, me obliga, como miembro de la cofradía cervantina, a demostrar respeto por la ortografía.

© 2016, María José Rincon.

Que el futuro nos pille leyendo

Faltan unos días para despedir este 2015 teresiano y cervantino. Para la Academia Dominicana de la Lengua ha sido el año del reencuentro con los clásicos. Nos lo hemos tomado en serio: diez talleres con los que hemos recorrido desde el Cantar de Mío Cid, primera obra literaria conocida en español, hasta el extraordinario aliento poético de San Juan de la Cruz y su Cántico espiritual. Como todo lo bueno, la lectura da seguidilla, así que 2016 nos pillará leyendo.

Todos hemos aprendido; un clásico, como decía Italo Calvino, nunca termina de decir lo que tiene que decir. A través de estos talleres he reafirmado mi convicción de que debemos trabajar para el futuro. Los jóvenes que se están formando como lectores hoy serán los lectores y escritores de mañana.

Un asiduo lector de Diario Libre decidió regalarle el Lazarillo de Tormes a su hija Eleonora, que ha cumplido quince años recientemente. Un regalo que nos habla bien del padre y de la hija. Otra amiga lectora, Marian, quien acaba de cumplir nueve años, me contaba de su éxito escolar con un cuento de su autoría titulado “La gallareta que se equivocaba”.

Eleonora y Marian son el futuro. Con su afición por la lectura se están formando como mejores personas y sentando los cimientos que les servirán como impulso en todo lo que decidan emprender. Decía Dostoyevski: “Déjennos ustedes solos y sin libros y enseguida nos haremos un lío, nos extraviaremos”. Y así nos va desde que nos hemos apartado de los libros.

Estos jóvenes lectores serán los que lleven las riendas de nuestro mundo mañana; y el mañana (un día como hoy es aún más evidente) está a la vuelta de la esquina. No los dejemos sin libros. Felices nuevas lecturas para todos y que el futuro los pille leyendo.

© 2015, María José Rincón.

En Belén con los pastores

Navidad, tiempo de aguinaldos. Una palabra de origen incierto que, al parecer, procede de la frase latina hoc in anno, ‘en este año’, que aparecía desde antiguo en los cánticos populares con los que se celebraba la llegada de un año nuevo. El aguinaldo es el regalo navideño, pero también la fiesta que nos reúne en torno a estos días.  Que levante la mano quien no lleve ya más de uno en el cuerpo este diciembre. Y que no falten.

Costumbres y palabras que se enlazan para evocarnos la Navidad. Algunas, como aguinaldo, nacieron en los lejanos tiempos del latín y comparten esta lengua madre con la mayoría de las voces de nuestra lengua.

Hay una que nació cuando un pequeño pueblo de Palestina le prestó su nombre a una representación que emula sus calles y sus personajes.

Los belenes, nacimientos, portales o pesebres, como se les llama en lo largo del mundo que habla español, bullen poblados de pastores, molineras, labriegos, lavanderas, y todo un ecosistema de ovejas, vacas, bueyes y mulas que nos huelen a campo y a infancia.

Quizás este bullicio ayudó a que belén sumara a sus acepciones las de ‘confusión’ o ‘desorden’. Más difícil me resulta dar razón de por qué los que están en Babia están también en Belén con los pastores.

Los belenes forman parte de nuestra tradición, aunque cada día escaseen más, vencidos por el abeto iluminado. Sea junto al belén o al arbolito, que la Nochebuena los encuentre junto a sus seres queridos y les traiga, al menos, dos palabras hermosas: salud y paz.

© 2015, María José Rincón.