Reto léxico

Si la resaca farandulera ya se ha ido apagando, todavía padecemos la bajada de la marea electoral, de mayor enjundia. Están siendo días de contar y recontar; y los que vienen deberían ser días de reflexión y de acción para plantearnos lo que hemos hecho y replantearnos lo que tenemos que hacer. Como en todo en la vida las palabras también han tenido su protagonismo en esta marea. Hemos contado votos (los hemos computado considerándolos unidades, si seguimos la definición académica). También hemos recontado los votos. Contar y recontar son sinónimos en este sentido; pero recontar añade una acepción más, la de ‘volver a contar’.

De los verbos pasamos a los sustantivos. Una cuenta es la acción de contar. Son pocas las ocasiones en que elegimos este sustantivo para referirnos a los votos. Las más de las veces lo hacemos para referirnos a una cuenta regresiva o cuenta atrás: tres, dos, uno… De contar derivamos asimismo conteo. Y este sí que protagoniza las cuentas de las boletas electorales. El conteo de los votos es imprescindible; en él se basa la democracia. Los problemas empiezan cuando el conteo le resta protagonismo al resultado. Entre nosotros llamamos a la cuenta atrás conteo regresivo.

De recontar derivamos recuento, ‘acción y efecto de volver a contar algo’. Los votos son esenciales: los contamos y los recontamos. Y si de contar, conteo; de recontar, reconteo. Llevamos tantos días contando que nos ha dado tiempo a hacer surgir una nueva palabra. No está en el DRAE, no está en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua, no la he encontrado en los corpus recientes. Todavía debemos analizar si la creación es tal o si es necesaria, teniendo ya el clásico recuento a nuestra disposición. Un accidentado proceso electoral que nos ha dejado, entre otros retos, un reto léxico.

© 2016, María José Rincón.

Resuena el acordeón

Todavía sufrimos la resaca de los Soberanos. Un año más la alfombra roja se ha poblado de *las mejores vestidas y los nominados han hecho gala de los *looks más atrevidos, más convencionales e, incluso, más disparatosos. Un año más nuestros medios de comunicación se han llenado de errores gramaticales, de una pésima selección del vocabulario y de faltas ortográficas.

Un somero vistazo a las noticias de farándula basta para llevarse las manos a la cabeza. La alfombra roja se escribe con minúscula inicial, por muy roja que sea y por muchos *vip que la pisen. Una reina de belleza junto a otra no son dos *reinas de bellezas. Un boche, por grande que sea, no se convierte en un *Boche. En un titular destacado leí: *«La ceremonia abrió con un opening…». Sobran los comentarios; o tendremos que empezar a decir *no comments.

Los errores en la redacción transforman el texto en algo ilegible, superponiendo un error a otro hasta que es casi imposible desenredarlos. Una muestra: *«Por momentos los que miraban el premio desde ese lugar, en varias ocasiones la transmisión no tenía audio, incluso hasta sin video».

La única que se salva es nuestra singular Fefita la Grande. Se salva ella, porque su sobrenombre ha acumulado todas las posibilidades de errores que en él caben. Enhorabuena a Fefita, la preferida de mi hijo, por su soberano y por hacer resonar en sus letras a ritmo frenético lo más auténtico de nuestro español dominicano.

© 2016, María José Rincón.

Pocas palabras

He de reconocer que no soy muy de campo. Sin embargo, soy amante del silencio, aunque nuestras ciudades estén cada día más reñidas con él. La naturaleza es también “ruidosa”, aunque en un sentido completamente diferente. Hay un campo semántico que siempre me ha parecido divertido, por su variedad y sonoridad: el que agrupa a los verbos que designan los sonidos que emiten los animales.

Caballos y burros se distinguen por muchas cosas, entre ellas porque los primeros relinchan y los segundos rebuznan o roznan. En los días en los que el sol aprieta nos envuelve un sonido que llega casi a formar parte del paisaje: las chicharras y las cigarras chirrían o chicharrean; aunque los cuentos nos hablen del canto de la cigarra, estas sonoras palabras se acercan más a su voz real.  También algunas aves como las golondrinas y los vencejos chirrían o trisan.

Si queremos referirnos al sonido que emiten los patos diremos que graznan o que parpan. Eso de que hacen cua cua se lo dejamos a los niños. Todas las ranas croan, no solo las que se convierten en príncipes. Los elefantes barritan. Para ser sincera, nunca he tenido la oportunidad de escucharlos de cerca.  Preciosa palabra para designar un sonido que, si las cosan siguen como van, cada vez escucharemos menos.

A veces los humanos llegamos a parecernos a los animales, con perdón de los animales, y emitimos sonidos para los que nos prestan el nombre. Los bebés gorjean, como los pajarillos, pero también berrean como los becerritos. Los toros y los caballos bufan, incluso los de los muñequitos, cuando resoplan con furia. Díganme si no han visto a más de uno bufar en estos días. Y lo de rebuznar creo que no necesita explicación. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

© 2016, María José Rincón.

Poco amor propio

Cuando un hablante con poca formación escolar comete un error ortográfico, no deja de ser una falta, pero podemos llegar a justificarla; cuando el que comete el error es un profesional al que se le supone formación académica superior, la falta ortográfica no tiene justificación posible.

Como profesionales formados, hemos tenido la oportunidad de acceder a la educación, oportunidad que no se les pone por delante a todos; la educación nos ha abierto la puerta al uso de herramientas que nos ayudan a seguir formándonos, hoy más que nunca; las nuevas tecnologías nos ponen al alcance de la mano correctores, buscadores y aplicaciones que nos ofrecen con inmediatez respuesta a nuestras dudas; las Academias de la Lengua ofrecen en línea y de forma gratuita los manuales de referencia para el buen uso de nuestra lengua.

En estos días he visto dos campañas publicitarias, entre las muchas que empapelan nuestras calles, con un error ortográfico que delata mala formación y poco amor propio por el trabajo bien hecho. Un error sencillo, humilde, pero que, por esta misma razón, prueba lo que digo: Preocupados por *tú bienestar y Cuento con *tú voto. ¿No ha habido nadie que les recuerde a los creadores de estas campañas que el adjetivo posesivo tu no lleva tilde? La tilde no se usa para dar énfasis a una palabra. La tilde solo marca la posible tonicidad de un monosílabo; y los adjetivos posesivos monosílabos son siempre átonos.

Pueden estar seguros los titulares de estas campañas, y de otras muchas con nulo respeto por nuestra lengua, que no valoro en mucho su preocupación por mi bienestar y que, por razones similares, no contaron con mi voto.

© 2016, María José Rincón.

 

 

 

Por una vez

La lengua española es tan compleja y tiene una riqueza tal que nunca falta material de trabajo. Me precio de no haber repetido tema en estas trescientas Eñes que llevamos en las árganas, pero hoy voy a hacer una excepción. Desde la publicación allá por 2010 de la nueva Ortografía de la lengua española contamos con una novedad en nuestras reglas ortográficas relacionadas con la tilde. Las novedades ortográficas, precisamente por la concepción misma de la ortografía, son excepcionales. Y así debe ser. Pero cuando un cambio en las reglas ortográficas está justificado lingüísticamente y ha sido admitido por los hablantes de prestigio, como lo prueba el hecho de haber sido incluido en la ortografía académica panhispánica, los aspirantes a buenos hablantes, como lo somos nosotros, debemos asumirlo y practicarlo con conocimiento de causa.

Es el caso de supresión de la obligación de usar la tilde diacrítica en los pronombres demostrativos: este, ese, aquel, y sus femeninos y plurales. Antes de la modificación académica les poníamos tilde cuando funcionaban como pronombres para evitar posibles ambigüedades (Este verano se presenta lluvioso/Éste se presenta lluvioso). Los estudios académicos demostraron que los casos de confusión entre adjetivos y pronombres eran tan escasos que no justificaban el uso de la tilde diacrítica. Nuestra nueva ortografía ha eliminado, por tanto, su recomendación de distinguirlos con la tilde.

Los aspirantes a un uso correcto de la lengua escrita debemos conocer y aplicar las reglas. Y por una vez, y sin que sirva de precedente, aplicar la regla es fácil: fuera las tildes de los demostrativos, sean adjetivos o pronombres.

© 2016, María José Rincón.

 

Poco a poco

Esta Eñe ha cumplido ya los cinco años y, si no he contado mal, hoy llegamos a las trescientas. Trescientos granitos de arena que no hacen playa, ni duna, ni siquiera un pequeño castillito de arena en la orilla, pero que, al menos, han conseguido que, gracias a Diario Libre, algunos martes se hable de ortografía, de gramática, de libros, en definitiva, de palabras.

En esta farragosa actualidad nuestra nunca viene mal hacer una pausa para analizar la importancia del lenguaje que usamos para expresarnos. Casi todo lo que llega a nuestra cabeza y casi todo lo que sale de ella está mediatizado por las palabras. Menos palabras, menos entrada; menos palabras, menos salida. Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, le entregó en estos días al papa Francisco un ejemplar del «Quijote» y una edición  facsimilar del «Diccionario de Autoridades». Una audiencia privada en la que se habló en español. Francisco fue profesor de literatura en bachillerato antes que papa y expresó su preocupación por la escasez de vocabulario en los jóvenes. Y no va desencaminado. Para muestra, un botón. Se dice que Cervantes usó en el «Quijote» casi 23 000 palabras distintas mientras que la mayoría de nuestros bachilleres no llega a las quinientas.

Frente a esta realidad, permítanme pecar de falta de humildad cuando oigo que algunos profesores comparten con sus alumnos la Eñe de los martes; cuando la veo a veces recortada y colgada en un tablón de anuncios de alguna empresa; cuando genera conversaciones y debates en las redes sociales; cuando los lectores reclaman algún que otro martes que no sale. En homenaje a mi venerado Sancho, aunque un grano no hace granero, poco a poco hila la vieja el copo.

© 2016, María José Rincón.

 

 

Un apoyo innecesario

Cuántas veces cuando hablamos nos faltan las palabras. Aunque en ocasiones la emoción es la responsable, casi siempre se trata de algo mucho más prosaico: no sabemos qué decir, no tenemos seguridad al expresarnos o nos falla nuestro vocabulario, ¿verdad? En esos momentos necesitamos un apoyo para continuar con lo que estamos diciendo. Bueno, cuando nos fallan las piernas echamos mano de las muletas que nos sirven de punto de apoyo. Dice el Diccionario académico que nos sirven «para el cuerpo, evitando o aliviando el empleo de una o ambas piernas a quien tiene dificultad para caminar».

Y de muleta, muletilla, un pequeño apoyo del que echamos mano con frecuencia y que, a fuerza de repetirlo, se convierte en un hábito muy difícil desterrar de nuestra habla después de adquirido. ¿Me explico? Y tanto se afianza el hábito que se convierte en un automatismo, ¿ok? Un automatismo que se extiende y que se populariza hasta hacerse moda, ¿entienden? Una moda que puede cambiar según de qué país hablemos, ¿vale? Cuando en nuestro discurso repetimos periódicamente la misma muletilla, la llamamos timo. O sea, ya saben que las palabras tienen acepciones y, o sea, esta es una nueva y poco conocida del clásico timo, ¿ya?

Si repasamos las muletillas que he ido intercalando en esta Eñe a modo de ejemplo, podemos sacar una conclusión: todas son innecesarias. Y resultan aburridas, exasperantes a veces, para nuestro interlocutor. Como aspirantes a buenos hablantes debemos eliminarlas por completo de nuestros escritos. En la oralidad debemos intentar reducirlas porque delatan pobreza léxica e inseguridad en nuestra expresión. ¿Por qué no empezamos hoy?

© 2016, María José Rincón.

 

 

 

 

 

 

Erre que erre

¿A que no habían imaginado que esto de la erre podía llegar tan lejos? Tradicionalmente se la denominaba como ere, si se trataba del sonido simple, y erre si se trataba del sonido múltiple. La nueva Ortografía académica aclara muy bien que el nombre de la letra no tiene que ver con los distintos sonidos que representa; nos recomienda que desechemos esta distinción de nombres y determina, por coherencia con lo que ocurre con otras letras, que su nombre es único: erre. Así tendremos que deletrear res como erre-e-ese y aro como a-erre-o. Prueben a hacerlo correctamente también cuando mencionen algunas siglas muy habituales: una ARS es una a-erre-ese; una ARL es una a-erre-ele.

No crean que esto se queda aquí. Cuando formamos una palabra compuesta valiéndonos de un prefijo y una palabra simple que empieza por erre pueden producirse dos casos curiosos ortográficamente.

Si en la palabra compuesta resultante el sonido vibrante múltiple queda en posición intervocálica debe representarse, según la regla, con el dígrafo rr: contrarreforma, virreina. La posición en la que queda el sonido después de la composición manda. No importa que la palabra base se escriba con una sola erre inicial: reforma/contrarreforma, reina/virreina. Esta erre doble, que así se llama, no puede separarse cuando escribimos; si nos coincide con el final de una línea debemos mantenerla en la misma sílaba: co-/rro, ta-/rro. Solo nos resta tener siempre presente que sí separan las dos erres en dos sílabas distintas si el prefjo termina en -r: hiperrealista se separaría hiper-/realista; superracional, super-/racional.

Ya les dije la semana pasada que el protagonismo de la erre estaba asegurado. Quién nos iba a decir que una sola letra iba a dar tanto de sí. En un sistema tan complejo como la lengua española hasta los más pequeños detalles son significantes.

© 2016, María José Rincón.

 

 

 

 

 

Pequeño gran protagonista

El protagonismo en el nombre de las letras se lo llevan siempre la be, la uve o la ye. No son las únicas de cuyas denominaciones podemos aprender. La humilde letra erre tiene su propia historia: una historia que está lejos de ser simple.

La letra erre representa en nuestra lengua dos sonidos: un sonido apicoalveolar vibrante simple y un sonido apicoalveolar vibrante múltiple. Es la diferencia que oyen entre la erre de caro y la de carro. No se asusten con lo de apicoalveolar; con esta palabra nos referimos a que, para articular la erre, acercamos la punta de la lengua a los alvéolos, que son los huecos en los que se insertan los dientes.

¿De qué depende que el sonido de la erre sea vibrante simple o múltiple? De la posición que ocupe en la palabra. Si la encontramos entre vocales o precedida de una consonante que no sea n, l o s representa el sonido vibrante simple: loro, gruta. También representa una vibrante simple cuando la encontramos en final de sílaba o de palabra: tarta, cantar.

En cambio, si ocupa una posición inicial en la palabra o tras las consonantes n, l o s, representa el sonido vibrante múltiple: república, honradez, israelí, alrededores. Cuando de lo que se trata es de representar este sonido vibrante múltiple entre dos vocales debemos recurrir al dígrafo (dos letras que representan un sonido) rr: gorro, marrón.

Lo del nombre de esta letra también ha traído cola. Como en otras cuestiones que tradicionalmente nos provocaban dudas, la nueva Ortografía académica nos ayuda a dejar las cosas claras. Pero eso será ya cuestión de la semana que viene.

© 2016, María José Rincón.

 

El ejemplo

Hemos oído hablar una y otra vez de la genialidad literaria de Miguel de Cervantes. Logró relatarse a sí mismo y a su tiempo y, al mismo tiempo, trascenderse y trascenderlo tan magistralmente que, en su obra, nos ha relatado a todos; y, cuando decimos a todos, nos referimos a todos. En esto consiste la excepcional universalidad de Cervantes. Cuando lo leemos, y es el mejor homenaje que puede hacérsele a un escritor, nos reconocemos a cada paso. En más ocasiones de las que nos gusta admitir, nos vemos reflejados para mal y tenemos que asumir lo poco que hemos cambiado en estos cuatrocientos años que han pasado ya desde que el manco inmortal nos dejó.

Hoy, como tributo personal, quiero compartir con ustedes un fragmento de una de sus Novelas ejemplares. Si la magnitud del Quijote los abruma, no duden en abrir boca con ellas. No se arrepentirán. La ironía de Cervantes salta a cada línea. Lean, si no, las palabras de Preciosa, la protagonista de La gitanilla:

«Coheche, vuesa merced, señor teniente; coheche y tendrá dineros, y no haga usos nuevos, que morirá de hambre. Por ahí he oído decir (…) que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las condenaciones de las residencias y para pretender otros cargos.

-Así lo dicen y lo hacen los desalmados -replicó el teniente-, pero el juez que da buena residencia no tendrá que pagar condenación alguna, y el haber usado bien su oficio será el valedor para que le den otro.

-Habla vuesa merced muy a lo santo, señor teniente -respondió Preciosa-; ándese a eso y cortarémosle de los harapos para reliquias».

Tenía razón Cervantes cuando en el prólogo afirmaba que les había dado el nombre de ejemplares porque «si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». Unos sacan el ejemplo de la experiencia de Preciosa y otros, los menos, siguen al teniente.

© 2016, María José Rincón.