Un buen consejero

En estos tiempos en que todo cuesta debemos aprender a valorar los conocimientos que se ponen a nuestra disposición gracias a la valiosa herramienta en que se ha convertido Internet. Seguro que muchos de ustedes han echado en falta en más de una ocasión alguien a quien consultar las dudas que surgen cuando hablamos o cuando escribimos. La ortografía o los matices de significado pueden muy bien resolverse con la consulta de un diccionario de lengua, pero ¿a quién acudir cuando las dudas tienen que ver con la propiedad de un uso gramatical o de vocabulario?

Marinera de tierra firme

Una de las características más hermosas, a mi modo de ver, del español que hablamos en la República Dominicana es la presencia de marinerismos. Son palabras propias del vocabulario de las gentes de mar que nosotros usamos frecuentemente para contextos que nada tienen que ver con su empleo original. De ahí procede su maravillosa capacidad de evocación.

¿Quién dijo miedo?

A veces pienso que las parientes pobres de los signos de puntuación, tan mal empleados habitualmente, son la interrogación y la exclamación. En estos días cayó en mis manos una novela en la que ambos signos se usaban incorrectamente a lo largo de toda la obra. ¿Nadie en todo el proceso de creación y publicación se dio cuenta de este error garrafal? ¡Parece increíble y, sin embargo, es cierto! Las encontramos mal utilizadas con mucha frecuencia en la publicidad, que nos invade en todos los ámbitos. Su uso es sencillo y, para usarlas correctamente, sólo necesitamos manejar unas reglas simples y hacer un pequeño esfuerzo.

Para toda la vida

Hace algunos años presenté una ponencia en el Congreso de Historia de la Lengua acerca de los nombres de pila utilizados en la República Dominicana. Le llamamos nombre de pila por ser el que se le imponía al niño en la pila bautismal. El hecho de que la legislación dominicana no limite la elección se traduce en una absoluta libertad a la hora de nombrar.

La lealtad a lo que somos

Los viajes, incluso cuan-do tienen como destino un lugar muy cercano, nos enseñan que no estamos solos y que no somos únicos. Nos acercan además a realidades personales que no hemos vivido como individuos. Un ejemplo es el de los hispanohablantes que viven en territorios con una lengua oficial distinta al español; nos toca muy de cerca el caso de los dominicanos que residen en los Estados Unidos.
Se convierte en una experiencia enorgullecedora el poder apreciar cómo la apabullante influencia externa de otra lengua los motiva a convertir su lengua materna en el territorio de la libertad, de la expresión o de la afirmación de su propia identidad cultural. Para los que disponen de la formación familiar y cultural necesaria, el español se convierte en un instrumento de identificación personal y social. Es lo que conocemos como lealtad lingüística.

He disfrutado de familias dominicanas, en comunidades angloparlantes, que hacen un esfuerzo consciente y gustoso por el mantenimiento de su anclaje cultural con lo que le es propio. No significa esto enclaustramiento o falta de comunicación con la realidad en la que viven día a día. Al contrario, afianzan la conciencia del valor de su propia cultura y de su propia lengua. Su aprecio por la lengua española les permite expresar orgullosamente lo que son y de dónde vienen. Esto los impulsa a llegar más alto sin dejar de tener los pies y el corazón muy bien anclados en sus raíces.

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© 2010 María José Rincón

Un fósil capitaleño

Las palabras que utilizamos para nombrar lugares, los topónimos, son como pequeños grandes fósiles que atesoran entre sus letras una historia de muchos siglos. En su origen los topónimos se utilizaban para denominar a las personas que procedían del lugar. Así se transformaba en un nombre de familia, un apellido, que se heredaba de padres a hijos. Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática de la lengua española, era natural del pueblo sevillano de Lebrija, en latín Nebrissa Veneria.
Un paso más en el camino de la lengua es el que realizó el topónimo que designa a nuestro Gascue: del nombre de un pequeño enclave en el Reino de Navarra, al norte de España, que cuenta hoy con unos veinticinco vecinos, al apellido del contador real Francisco Gascue y Olaiz, natural de este reino; de aquí a la denominación del ensanche capitaleño. La documentación histórica escrita, manejada por González Tirado en su interesante artículo sobre el tema, manifiesta una tendencia evidente al uso de Gascue. ¿Por qué entonces encontramos el tan abundante Gazcue?

Estos casos de vacilación ortográfica son frecuentes en los nombres de lugares y de personas. Todos podemos recordar apellidos con dobletes similares. Apunto como hipótesis que podríamos estar ante un caso de ultracorrección, que manifiesta una tendencia habitual entre los hablantes a tratar de corregir lo que creemos que decimos incorrectamente, incluso cuando no es así. Si queremos respetar la grafía tradicional, respeto del que tan necesitado está nuestra ciudad, en todos los sentidos, debemos optar por Gascue.

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Comprar en español

Nos hemos encontrado en estos días con un alentador anuncio de Pro Consumidor en el que se nos recuerda que el etiquetado de los productos debe leerse en español. De acuerdo con las disposiciones legales dominicanas, los textos y leyendas de las etiquetas de los productos, tanto los de producción nacional como, muy especialmente, los importados, deben estar redactados en español.

 

Es una iniciativa valiosa que ayudará a que los consumidores podamos elegir con conocimiento de causa y ejercer nuestros derechos cuando lo consideremos necesario. Es un paso importante para eliminar la experiencia surrealista de que, en un país en el que se habla español, debamos comprar en inglés. Demasiadas veces la habitual parejería alegará que el asunto no tiene importancia porque muchos saben leer en inglés, olvidando que muchos no somos todos y que la defensa de nuestra lengua materna es la defensa de nuestro derecho a tener y mantener una identidad propia.

No renunciemos a este derecho, que representa lo más personal e íntimo que tenemos, nuestra manera de expresarnos a nosotros mismos y de comunicarnos con los demás; también nuestra legítima oportunidad de tener información clara y precisa acerca de lo que vamos a comprar para poder reclamar si no se cumple lo que se nos ofrece. Un aplauso de ánimo para Pro Consumidor por recordarnos lo importante que es no renunciar a nuestros derechos.

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Nuestro Diccionario de americanismos

Esta semana presentamos en la Academia Dominicana de la Lengua el Diccionario de americanismos de la Asociación de academias americanas de la lengua. Es el primer diccionario académico íntegramente dedicado al léxico usual americano y nos enorgullece que sea además el más completo.
Vamos a tener en nuestras manos una obra esencial, al servicio del conocimiento del español en toda su riqueza y variedad. Es el fruto del trabajo minucioso e ilusionado de estudiosos del español a lo largo y ancho de toda su geografía, entre los que se encuentran los académicos dominicanos.

Apreciamos su envergadura cuando repasamos sus más de 70,000 palabras, frases o locuciones o las más de 120,000 acepciones de esas voces. Cada vocablo y cada acepción registra, además de su etimología, en qué ámbito geográfico se emplea, si es propia de un registro determinado o si su uso está teñido de determinada valoración social. Es un diccionario de uso, no un diccionario normativo. Las academias han optado por recoger el uso real de los vocablos, también de los más recientes o juveniles, tarea a la que han contribuido los alumnos de la Escuela de lexicografía hispánica.

Esta obra representa una oportunidad inmejorable para conocer mejor nuestra propia variedad y también lo que la distingue de otras variedades del español. El mejor logro es que nos permite ir descubriendo cómo, a pesar de las diferencias, hablamos la misma lengua.

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Un ingrediente más para el diccionario

Una de las lectoras de la columna se interesa por saber si se dice sancocho o salcocho. Ambas palabras existen, y son correctas, así como sus relacionadas salcochar y sancochar. Proceden de la misma raíz latina, combinada con dos prefijos distintos. La confusión entre ellas, que puede provocar dudas, es la cercanía de sus significados y el hecho de que estos varíen de un lugar a otro del amplio territorio hispanoparlante.
El sancocho es uno de los protagonistas de nuestra cultura gastronómica aunque su receta sea distinta de la que los canarios en España usan para cocinar el suyo. En el sur de España el sancocho es lo que se obtiene cuando se cuece hasta reducirlo el mosto del vino. Sancochar era originalmente ‘cocer poco y sin sazón cualquier alimento’; de aquí deriva posiblemente su uso despectivo en Cuba para significar ‘cocinar mal’. Para nosotros es ‘cocer en agua’. Cuánta razón tenía Ángel Rosemblat cuando escribía que el habla familiar “no puede ser incolora, inodora e insípida. Tiene que ser rica, emotiva, evocativa, familiar. Le cambian el sabor al sancocho si nos obligan a llamarlo salcocho”.

El recorrido por los recovecos de nuestros diccionarios es siempre enriquecedor. Pero los que trabajamos con ellos y en ellos siempre encontramos un detalle que mejorar. En esta ruta lexicográfica por el sancocho he encontrado que al Diccionario de la Real Academia Española le falta añadir los usos dominicanos de sancochar y de sancocho en su acepción de ‘conjunto de cosas sin orden’. Dos nuevos ingredientes para la próxima edición.

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© 2010 María José Rincón

Industria cultural con presente y futuro

Decía Octavio Paz: “Para todos los hombres y mujeres de nuestra lengua la experiencia de pertenecer a una comunidad lingüística está unida a otra: esa comunidad se extiende más allá de nuestras fronteras nacionales”.
El extendido uso internacional del español tiene la ventaja de tratarse fundamentalmen-te de un uso como lengua materna propia, y no de una presencia como lengua franca, como le ocurre en muchas ocasiones al inglés, con el riesgo de empobrecimiento y simplificación que esto conlleva. Nuestra lengua nos aporta la ventaja, no lo suficientemente valorada a veces, de podernos comunicar sin intérprete con uno de cada veinte habitantes de la tierra.

Su condición de lengua unitaria con una gran cohesión geográfica afianza su proyección internacional, puesto que nueve de cada diez hablantes de español viven en territorios contiguos, en estados americanos fronterizos. El área lingüística del español es una de las más extensas del mundo. Sólo España y Guinea Ecuatorial quedan fue-ra de este dominio territorial.

Esta destacada unidad, que no uniformidad, del español y su proximidad geográfica, se ha convertido en una de las grandes bazas económicas de Hispanoamérica. La cercanía de grandes países no hispanohablantes, como los Estados Unidos, Brasil o Canadá, nos brin-da la oportunidad de ofrecer la enseñanza del español como segunda lengua como una industria cultural con presente y futuro. Para lograrlo debemos mejorar la preparación lingüística de nuestro profesorado y la valoración que todos nosotros tenemos de nuestra propia lengua materna.

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© 2010 María José Rincón