Mucho ojo con los correctores

¡Qué no hubieran dado nuestros abuelos por disponer de una computadora! Estoy muy lejos de sumarme a los que opinan que cualquier tiempo pasado fue mejor; disfruto y trato de aprovechar lo que las nuevas tecnologías me ofrecen y, como a muchos, se me ha olvidado cómo hacíamos unos años ha sin las omnipresentes computadoras.

Un procesador de textos puede salvarnos de muchas erratas, de muchos atentados contra las normas ortográficas y de algún que otro error gramatical. Repasen cómo se usa el corrector ortográfico y gramatical cuando estén escribiendo con uno de estos procesadores. Si sabemos sacarles partido nos serán muy útiles. Pero, ¡mucho ojo!, el corrector ortográfico también puede jugarnos malas pasadas.

Cada procesor incluye una lista de palabras determinada. El programa analiza la palabra que hemos escrito y la coteja con las que están a su disposición. Suelen ser “peligrosos” con formas que pueden presentar en español, con cambios en el significado, varias acentuaciones: tributo/tributó, mi/mí, si/sí, etc. Estos correctores son muy patosos especialmente con las tildes diacríticas.

Hay que prestar mucha atención cuando escribimos palabras poco usuales o dialectalismos; estos no suelen estar incluidos en los vocabularios de los procesadores y suele suceder con frecuencia que el “duende informático” del que siempre nos quejamos nos cambie sin advertirnos una palabra como macopor mano o allante por alante.

Añadan sus palabras favoritas al corrector ortográfico del procesador y vayan creando su vocabulario personal. Por supuesto, la revisión, siempre necesaria, puede sacarnos de muchos apuros, sobre todo, teniendo en cuenta que a nuestras fallas pueden añadirse las de nuestro querido/odiado corrector automático. No se amilanen: lean y relean lo que escriben. Los sacará de muchos apuros ortográficos.

María José Rincón

Mayúsculas y minúsculas (II)

La semana pasada nos emburujamos con las mayúsculas y los signos de puntuación. Repasar algunos contextos que nos plantean problemas a la hora de elegir entre mayúscula o minúscula inicial nos ayudará a manejarlas con maestría y a no abusar de ellas por desconocimiento.

Solo se usa la mayúscula inicial en la primera palabra del título que designa una obra de creación. Además, los títulos deben escribirse en cursiva, lo que no deja lugar a dudas sobre donde empiezan y donde acaban: El violín de la adúltera de Andrés L. Mateo o  A mí no me gustan los boleros de Jeannette Miller. Por supuesto, si algún nombre propio forma parte del título, la mayúscula es indispensable: La biografía difusa de Sombra Castañeda de Marcio Veloz Maggiolo.

La misma norma se aplica a las partes o secciones de una obra (capítulos, artículos o columnas). La columna “Eñe. Voces del español” se publica todos los martes en Diario Libre. En este mismo ejemplo podemos observar otra norma: los títulos de diarios y revistas llevan mayúscula en la primera palabra y en todos los términos léxicos que  los componen. La sección se entrecomilla si se menciona junto al título de la publicación completa, que se escribe en cursiva. La revista Mujer Única inluye el segmento “Vivir bien”.

Muy distinto es el caso de los títulos personales y las fórmulas de tratamiento. Siempre se usan en minúscula, hasta la del mismo don Quijote. Los doctores o licenciados no lo son más con mayúscula inicial. Usen las mayúsculas solo cuando los tratamientos estén abreviados: Ud. o Dra.

El uso de la mayúscula no es caprichoso, no es signo de respeto ni de importancia. La mayúscula está regida por normas ortográficas. Conocerlas y aplicarlas correctamente es nuestra tarea de buenos hablantes.

María José Rincón

 

Mayúsculas y minúsculas (I)

La utilización de las mayúsculas y las minúsculas está regida por normas ortográficas concretas. El hecho de que pongamos una palabra en mayúsculas no le añade relevancia ni distinción; ponerla en minúsculas no la desprestigia.

Las normas de puntuación son claras para regular la aparición de las mayúsculas.  La primera palabra de un texto siempre se escribe con mayúscula inicial; también todas las palabras que van después de punto.

Los puntos suspensivos (puntos al fin y al cabo) cuando se colocan como cierre de una frase exigen que la palabra que los sigue se escriba con mayúsculas. La ortografía siempre con sus reglas… Tenemos que familiarizarnos con ellas.

Si en nuestro escrito queremos introducir una cita, usamos los dos puntos y, tras ellos, la primera palabra citada debe llevar mayúscula inicial. La RAE afirma: “La norma, como el aire, se halla presente en todos los instantes de nuestra vida”.

Si escribimos una carta, debemos comenzarla con un saludo al que siguen los dos puntos. Pues bien, tras estos dos puntos debemos empezar con mayúscula. Siempre me ayuda recordar el merengue de Juan Luis Guerra (Querida mujer/ dos puntos/).

Cuando una oración completa es interrogativa o exclamativa y, por lo tanto, va enmarcada por los signos de interrogación (¿?) o exclamación (¡!) –siempre dobles en español-, la primera palabra de la frase que la sigue debe escribirse con inicial mayúscula. ¡Solo es cuestión de práctica! No lo olviden.

Los signos de puntuación exigen el uso de mayúsculas o minúsculas atendiendo a reglas concretas; las aprendemos con la lectura y el uso; si se les plantean dudas  cuando escriben (como nos pasa a todos) el Diccionario panhispánico de dudas, disponible gratuitamente en la red, puede echarles un cable. Úsenlo, que para eso está.

 

 

Una a una

Acrecentar nuestro vocabulario no es paja de coco. Como casi todas las tareas que parecen inabarcables conviene comenzar paso a paso. Propónganse aprender una nueva palabra cada día. Unas aparecerán muchas veces en su vida diaria y otras se convertirán en pequeños tesoros para llamar por su nombre algunos detalles que pueden parecer insignificantes pero que están diariamente ante nuestros ojos.

Nada es tan cercano como nuestras manos. De pequeños nos enseñaron los nombres de los dedos (meñique, anular, corazón o medio, índice y pulgar) pero ¿saben cómo se denomina la distancia que hay desde la extremidad del dedo pulgar a la del índice, separado el uno del otro todo lo posible? Esa medida es el jeme, del latín semis ‘mitad’. En la raíz de nuestras uñas hay una pequeña mancha blanquecina. Llámenla lúnula, del latín lunula, diminutivo de luna, por su forma semilunar (aquí tienen otra hermosa palabra) y su color blanco.

Prueben a mirarse la oreja en el espejo y fíjense en una pequeña prominencia que está justo delante del conducto auditivo. Se llama trago. La que está situada en la parte inferior, opuesta al trago, se denomina antitrago.

Si mientras se miraban al espejo y encontraban ese trago y antitrago que no sabían que tenían, esbozaron una sonrisa, puede que en ella apreciaran un espacio en la encía más o menos ancho que separa algunos dientes. Si tienen que referirse a él llámenlo diastema, del griego διάστημα, ‘intervalo, distancia’.

Empiecen por lo que tienen más cerca o por lo más lejano; por lo útil o por lo intrascendente; por  cosas concretas o por realidades inaprensibles. Hay palabras para nombrarlo casi todo y nos quedan muchas por aprender.

 

Hermosa cuenta corriente

El premio nobel Joseph Brodsky recomendaba: “Cuidad vuestro vocabulario como si se tratase de vuestra cuenta corriente. Dedicadle todo tipo de atenciones e intentad engrosarlo”. Pero ¿cómo?

La primera vertiente es la atención que le dedicamos al que ya poseemos. ¿Conocemos su verdadero significado? Nuestro auxilio fundamental en esta tarea es el diccionario. Con su consulta podemos acercarnos a los matices más sutiles de cada significado. Podemos conocer observaciones sobre uso gramatical o sobre la valoración social que impregna una palabra y que la hace apropiada o no para su utilización en determinado momento.

La segunda vertiente es la aspiración de aumentar nuestro caudal léxico. En cuestiones de amplitud léxica no se aplica la máxima “menos es más”. El tamaño sí importa. Más palabras (y mejor conocidas) suponen más capacidad de observación y de aprehensión del mundo que nos rodea y, por supuesto, más acierto para expresarlo y comunicarlo.

Hay muchas actividades que pueden ayudarnos a acrecentar nuestro vocabulario. La lectura es la primordial. Lean y, cuando lean, señalen las palabras que les planteen dudas. A veces no es necesario dejar el libro y consultarlas de inmediato. Traten de deducir el significado por el contexto de lo que leen y sigan con su lectura. En cuanto puedan, recurran al diccionario. Hasta aquí habremos incorporado el nuevo vocablo a nuestro vocabulario pasivo. El siguiente paso es hacer nuestra la palabra buscando la ocasión de utilizarla en nuestra vida diaria, aunque sea como un juego. Mi hija Natalia es especialista en esto. Todos notamos que ha aprendido una nueva palabra porque la usa hasta en la sopa.

La imagen de Brodsky acierta al considerar nuestro vocabulario como una riqueza. ¿Alguna vez lo habían visto así?

Diminutivos creativos

De unas palabras nacen otras. Con los sufijos creamos nuevas palabras por derivación; entre los más creativos están los diminutivos. A fuerza de usar una palabra en diminutivo aplicada a una realidad concreta los hablantes logramos que adquiera nuevos significados y pase a considerarse un nuevo término. Leer más

Claridad y sencillez

Atender el servicio de consultas de la Academia Dominicana de la Lengua conlleva la satisfacción de encontrarse con hablantes interesados por el buen uso del idioma. Es el caso de los lectores que muestran preocupación por el uso del verbo *aperturar (recordemos que el asterisco suele usarse cuando nos referimos a palabras o expresiones consideradas incorrectas). Leer más

Ojo con las nuevas palabras

Nuestra lengua no para de crear palabras. Con ellas se remoza y se adapta a los tiempos. Las creaciones las realizan los hablantes y el uso las difunde y las impone o las aparta y las hace desaparecer. Pero, como casi todo en la lengua, la creación de nuevas voces debe seguir unas normas.  Para formar nuevos términos disponemos de la derivación, con la que creamos mediante los afijos (ya sean prefijos o sufijos). En la página electrónica de la Academia Dominicana de la Lengua recibimos una consulta sobre la derivación correcta de los verbos desvelar y develar. Ambos son sinónimos y significan ‘quitar o descorrer el velo que cubre algo´. Leer más

De tumbarrocíos

Inés Aizpún me preguntó en una entrevista cuál era para mí la palabra más hermosa del español dominicano. Nunca me lo había planteado pero lo dudé ni un instante. Tumbarrocío, le respondí.

Se trata de un precioso sustantivo compuesto con el que se designa a un pequeño pajarito que vuela en nuestros campos y que, al posarse, hace caer las gotas de rocío de las hojas. Es una imagen poética creada váyase usted a saber cuándo por un hablante con la suficiente sensibilidad para detenerse a contemplar la naturaleza. Leer más

Una Academia con historia

Estas vacaciones invernales me han traído un regalo inesperado. Visité en Madrid la exposición “La lengua y la palabra”, organizada por la Real Academia Española con motivo del tercer centenario de su fundación.

En un mundo cada día más cambiante y en el que parece que nos cuesta ponernos de acuerdo para lograr una causa común, sorprende gratamente la historia que nos cuenta esta muestra. A través de objetos artísticos, históricos y científicos y a lo largo de siete capítulos, conocemos los avatares de esta corporación que nació con la misión de proteger y engradecer nuestra lengua común y que, por extraño que nos parezca, ha sido capaz de mantener este objetivo durante 300 años. Leer más