Fijas y expresivas

Dice Javier Marías, novelista por el que siento predilección y académico de la Real Academia Española, que “la manera de hablar de cada persona es tan úni­ca como nuestras huellas dactilares”. Cuántos nos olvidamos de esta verdad y hablamos y hablamos sin darnos cuenta de todo lo que decimos de nosotros mismos con cada palabra.

El cuidado en la expresión empieza por los detalles. La lengua hereda o crea con el tiempo y el uso unas expresiones fijas que adquieren un significado propio y a las que llamamos locuciones.

Las locuciones tienen dos características que las definen y que tenemos que conocer para utilizarlas correctamente. Las palabras que las forman tienen cada una su propio significado y en cierta manera lo abandonan para expresar algo nuevo. Guindar los tenis no significa ‘colgar unas zapatillas deportivas’ ni abanicar la brisa tiene nada que ver con un bateador que se echa fresco. No solo estamos cocinando cuando se nos hace tarde para ablandar habichuelas ni los policías acostados se levantan de su siesta.

Lo más característico de las locuciones es que son fijas; tienen una estructura propia que no debemos cambiar. Nuestra preocupación por las eses finales, que nos comemos a menudo, hace que estas eses aparezcan hasta donde no van. Sucede con frecuencia en las locuciones a pie y a mano. Su forma correcta exige el sustantivo en singular. Y, aunque caminemos con dos pies y usemos ambas manos, vamos a los sitios a pie (aunque cada vez menos en este territorio comanche en el que se han convertido nuestras calles) y tejemos o escribimos una carta a mano (esto suena ya casi a ficción).

Las locuciones son muy expresivas y, ortográficamente, son fijas. Respetémoslas para que puedan seguir ayudándonos a decir lo que queremos decir.

© 2014 María José Rincón

Letra zeta

Cuando me eligieron miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, la emoción nos hizo olvidar, a don Bruno Rosario y a mí, un detalle importante. Acababa de cerrar y ya estaba llamando de nuevo para preguntar cuál era mi letra. La zeta, me contestó nuestro director. A cada académico le corresponde simbólicamente una letra del abecedario.

Mi primera reacción fue el asombro. Había dedicado mi discurso de ingreso como miembro correspondiente al primer diccionario monolingüe del español, el Tesoro de Covarrubias, que ejemplifiqué con palabras de la letra ene. Fernando Casanova, excelente columnista, me llama con cariño “letra eñe” desde que publico esta columna en Diario Libre. Pero ni la ene ni la eñe. Me correspondió el sillón zeta, vigesimonovena y última letra del abecedario español.

Busqué de inmediato quién había ocupado ese sillón antes que yo y resultó que yo era la primera letra zeta de la Academia Dominicana. Irónicamente le correspondía a una sevillana aplatanada: ni los sevillanos ni los dominicanos pronunciamos la zeta como la describen los manuales (sonido interdental fricativo sordo). Nuestro seseo (junto al del sur de la Península Ibérica, Canarias y toda Hispanoamérica) la asocia al sonido predorsal fricativo sordo.

Los lazos que me unen a esta letra han ido tomando cuerpo desde entonces. Los zumbadores aparecen por doquier, mi hija prefiere las batidas de zapote, he tenido que zanquear dominicanismos por cielo y tierra y todavía dura el zaperoco del DED. Solo espero que hoy no se les zafe un tornillo y que esta “Eñe” no vaya al zafacón.

© 2014 María José Rincón

Varias posibilidades

Hay secuencias de palabras que, a pesar de ser distintas en forma y significado, suenan igual en la lengua hablada y, cuando nos vemos ante la necesidad de ponerlas por escrito, su parecido nos confunde. Leer más

Ternura y grandeza

Nuestra lengua nunca nos defrauda cuando nos acercamos a ella con curiosidad. Su riqueza y su variedad lucen a poco que profundicemos,

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especialmente en el vocabulario. Por razones históricas son muchas las lenguas que han aportado palabras al español. Estos hallazgos nos sorprenden hasta en las voces más cotidianas. ¿Han pensado en la ternura que nos provoca una palabra que consideramos tan nuestra como chichí? Leer más

La cultura del fútbol

Estamos metidos de lleno en el Mundial de fútbol (o futbol, que ambas grafías pueden usarse como adaptación del inglés football). Existe también la voz balompié, calco del inglés, y que forma parte del nombre del equipo de mis amores (o dolores), el Real Betis Balompié. ¿Habían escuchado alguna el sonoro adjetivo balompédico?

El origen inglés de este deporte contribuye a que su terminología sea abundante en préstamos (más o menos adaptados). Algo similar sucede en nuestra pelota. El gol (del inglés goal) ya no podría llamarse de otra manera; de la misma forma que el jonrón (de home run) ha adquirido carta de naturaleza en nuestra lengua. Es evidente que la adaptación de ambas palabras ha sido completa y respeta las normas del español. Es lo menos que podemos pedirles a los extranjerismos.

El peligroso saque (o tiro) de esquina es nuestra versión del corner; si optamos por castellanizarlo, no debemos olvidar la tilde. Si nos pitan una falta dentro del área, echemos mano del americanismo penal, mucho más sonoro que penalti, anglicismo adaptado habitual en España y, ni que decir tiene, que el puro y duro penalty. A veces un empate final obliga a que suframos, o gocemos, una emocionante tanda de penaltis. La  emoción o la decepción (según sea el resultado) no nos puede hacer olvidar la ortografía.

Toda competencia (o competición) deportiva supone dos rivales y aquí empieza el peligro de que aparezca el anglicismo versus: en español de toda la vida decimos contra o frente a.

Debemos hablar, y escribir, de fútbol con corrección. El deporte es cultura y esta condición tiene que notarse en todo lo que se relacione con él. Tenemos todo un mes por delante para disfrutar del fútbol en español.

© 2014 María José Rincón.

Nunca mejor dicho

Los que nos dedicamos a la divulgación del buen uso del idioma solemos dar prioridad a la corrección de la lengua escrita y dedicamos menos atención a lo que puede mejorarse en nuestra forma de expresarnos oralmente. Leer más

Un buen consejo

Las palabras no pueden calificarse como mejores o peores, como más o menos elegantes. Lo que convierte en buena una palabra es que sea adecuada a lo que queremos comunicar con ella. Si acertamos en la elección de un término para expresarnos con precisión, sin duda este término puede calificarse como bueno. Si nuestras palabras se adaptan a nuestros interlocutores y a la situación en la que las estamos usando, podemos calificarlas además como elegantes. Leer más

Metidos en harina

Comparto con muchos amigos mi pasión por las palabras. Y como en las buenas conversaciones, una palabra lleva a otra, y vamos hilvanando curiosidades y dudas que, más tarde, ya con los libros en las manos, nos toca resolver. Me decía Catana Pérez que en el Cibao suelen llamar harinita a la lluvia menuda y, puntualizaba, que la pronuncian como  “jarinita”. El comentario me trasladó, por gracia del poder evocador de las palabras, a mi Andalucía natal, donde se usa este sustantivo con el mismo sentido y también con aspiración inicial. Leer más

Un valor añadido

La generalización de las nuevas tecnologías no debe despistarnos. Las destrezas tradicionales, como el buen manejo de la lengua, son cada día más valoradas en el mundo laboral. Un exitoso empresario británico de comercio electrónico, Charles Duncombe, asegura que un portal electrónico con faltas de ortografía puede reducir las ventas y minar peligrosamente la confianza del cliente. Aconseja a los empresarios que se responsabilicen del contenido y la expresión de lo publicado en sus páginas electrónicas para asegurarse de que sus negocios están bien representados, en la red y fuera de ella. Leer más

Una noche lluviosa

En una lluviosa noche sevillana, hace muchos años, coincidí con el maestro Gabriel García Márquez. Nada más caer la tarde mi tía me llamó y me dijo: “Coge lo que tengas de García Márquez a mano y no faltes”. No quiso decirme nada más.

Cuando llegamos a casa de mis tíos, en medio de un aguacero primaveral, nos encontramos con el gran Gabo (siento cierto pudor al llamarlo así) y un grupo de amigos. Hablamos de lo divino y de lo humano; más de lo humano que de lo divino, de libros, de música, de comida y de toros. Entre los invitados, Chano Lobato y Juan Peña “Lebrijano”, dos extraordinarios cantaores flamencos.

Un cocido empezó a templar la madrugada y todos nos congregamos de pie alrededor de una gran mesa, como las que mi tía Lola sabe preparar. Las conversaciones se apagaron cuando Chano entonó un espléndido tango por bulerías; se silenciaron cuando Lebrijano arrancó a improvisar con un libro del colombiano entre las manos. García Márquez, el único que estaba sentado, se puso en pie y parecía querer secundarlo. Casi acabada la velada me senté junto a él y me firmó uno de sus libros. Yo no podía dejar de mirar la pluma en sus manos.

Habíamos llegado a Sevilla desde lejos movidos por una afición compartida: los toros. Al día siguiente el diestro colombiano César Rincón toreaba en la Maestranza. Desde mi asiento en el balconcillo maestrante divisé al Gabo que se sentaba en barrera. La llovizna sevillana, que no había cesado, se había convertido en un pertinaz aguacero macondiano que obligó a suspender la corrida. A lo lejos vi a García Márquez abandonar la plaza protegido por un paraguas grisáceo.

Cuando por fin asumí la muerte del colombiano universal esa imagen fue la primera que me vino a la mente. Y recordé que, como entonces, aunque el genio se alejara, siempre nos quedaría el universo literario que palabra a palabra supo construir para nosotros.

Escribe María José Rincón.