Herencia léxica taína en el español dominicano

Por María José Rincón

Miembro de número de la ADL

 Presentador: Gracias por responder a esta invitación que hemos hecho a esta visita temática o diálogo en la sala sobre un tema que es sumamente importante para nosotros, por los aportes de la cultura taína al castellano actual, a ese que hablamos todos los días. A sugerencia de la facilitadora que voy a presentar a continuación, llamamos a esta actividad “Tesoros de la lengua taína”, es decir, los aportes que enriquecen el castellano que hablamos hoy en día. Para eso convocamos a María José Rincón, esta joven que está aquí a mi lado, que es una sevillana, una andaluza que se licenció de filología hispánica en la Universidad de Sevilla con especialidad en español de América. Obtuvo una maestría en elaboración de diccionarios y control de calidad del léxico español y realiza actualmente un doctorado de filología. María José Rincón reside en República Dominicana desde el año 1992. Es miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Coordinó el equipo lexicográfico de la segunda edición del Diccionario didáctico avanzado, de la editorial SM en Madrid; coordinó tareas lexicográficas de la Academia Dominicana de la Lengua y ha colaborado en la revisión de materiales lexicográficos del Diccionario de americanismos y en la nueva edición del Diccionario de la lengua española. María José ha dedicado buena parte de su vida productiva a desarrollar y a aportar conocimientos con relación a nuestra lengua, y ustedes saben que la lengua es un componente importante en la identidad cultural y nacional de un pueblo. Así que para hablar de los tesoros de la lengua taína, los dejo con María José Rincón.

   María José Rincón: Muchas gracias. Creo que ha quedado demostrado con las palabras de Luis Felipe, que una de mis grandes pasiones son los diccionarios. A eso he llegado a través de muchos años, más de lo que ustedes se imaginan, de intensa labor con las palabras, que han sido desde siempre una de mis grandes vocaciones. Antes de empezar quiero decir que es siempre un honor estar en el Centro León y es siempre un placer venir a Santiago. Soy miembro de la Academia Dominicana de la Lengua, con nosotros hay otro académico, cibaeño, que nos acompaña, don Fabio Guzmán Ariza, quien ha trabajado conmigo en esa labor de traer los diccionarios, sobre todo la niña de nuestros ojos que es el Diccionario del español dominicano. Y aquí estamos de nuevo para hablar de eso que yo propuse que se llamara “Tesoros de la lengua taína”.

Para empezar a acercarnos a esos tesoros me gustaría que nos propongamos una metáfora. Hemos visto piezas arqueológicas bellísimas que nos acompañan hoy aquí y quiero usar una de esas piezas como metáfora. Imaginemos una de esas piezas que llevan siglos en la cocina de nuestra casa, que se hizo hace cientos de miles de años, alguien la diseñó para usarla, para que contuviera algo y esa pieza se sigue manteniendo en la cocina y millones de personas después de esa primera que ideó esa pieza la siguen usando durante cientos de años. A veces se aburre de ella y la deja apartada, ya no le sirve y una generación posterior, a veces a miles de kilómetros de distancia de esa cocina, recupera esa vasija y la vuelve a usar para otra cosa. Todas esas manos por las que va pasando la vasija le van dejando una pátina extraordinaria que a veces hace que no la podamos reconocer. Ya no se parecía a aquella primera vasija que ideó alguien, pero cuando la lavamos y le quitamos esa pátina que le dejan el uso y los años, nos damos cuenta de que sigue siendo la misma.

Pues bien, la magia de esa vasija es la magia de las palabras. Esas palabras que hace cientos de años alguien moldeó, no sabemos quién, para nombrar una realidad, van cambiando con el uso de cientos de millones de personas a lo largo de miles de kilómetros para que luego sigan sirviéndonos a nosotros para mencionar la misma realidad si se mantiene u otras realidades nuevas. Esa es la gran magia de las palabras y por eso, las palabras taínas que conservamos en la lengua española, que es la única manera que podemos acercarnos a la lengua taína, son tesoros para nuestra lengua, porque se siguen manteniendo a través de los siglos y nos siguen siendo útiles, no solo a nosotros que vivimos cerca de donde nacieron, sino a más de quinientos millones de personas en más de 21 países a lo largo de todo un Continente y en países de otros Continentes. Todas esas palabras que nacieron aquí perviven entre nosotros, y a través de la lengua de los hablantes españoles se han extendido a la lengua española general y también a otras lenguas del mundo. Una vez que nos hemos centrado en esa metáfora aprendemos a valorar el tesoro que ha acumulado la palabra.

Les voy a hacer un recorrido breve de cómo las palabras se registraron en español y cómo conocemos que esas palabras proceden de la lengua taína; no todas, porque la riqueza lingüística del Caribe es inimaginable y muchas veces incomparable con otras realidades a lo largo del mundo. La realidad lingüística prehispánica en América es algo inimaginable y muchas veces no comparable con otros temas a lo largo del mundo. En América, los estudiosos calculan más de 170 familias de lengua. Imagínense que las lenguas romances, de las que provienen del latín, es una sola familia y se extiende a lo largo de toda Europa y parte de América. De esas 170 familias se derivaron dialectos y subdialectos, la mayoría de ellos ininteligibles entre sí, es decir, la riqueza era extraordinaria, muchas de ellas sobreviven como lenguas, incluso oficiales en su país, y muchas de ellas se han perdido o están en proceso de extinción. Las grandes familias de lenguas que influyeron en la lengua española son: arahuaco, caribe, náhuatl, maya, quechua, aimara, chicha, araucano y tupic guaraní. Estas grandes nueve familias lingüísticas fueron las que dejaron huellas en la lengua. Evidentemente la arahuaco y la caribe fueron las de primer contacto, y, por tanto, las que mayor huella han dejado. Ahí tienen las lenguas que se hablaban en el entorno de las Antillas.

¿Por qué muchas veces no sabemos decir por qué una palabra es arahuaca, taína, caribe, y a veces los lingüistas solo la denominamos como una palabra antillana? Porque las lenguas que se hablaban en las Antillas tenían un tronco en común que era el tronco arahuaco, y ese caribe y ese taíno que convivían en La Española tenían un tronco original común. La intercomunicación entre estas lenguas hace que no se sepa a través de los textos si la palabra es taína, arahuaca o caribe. Por eso, cuando vayan a buscar la palabra en su etimología se dirá que es de origen antillano porque los orígenes lingüísticos no están claros. Por tanto, esa expresión que leemos muchas veces en las crónicas de Indias, la lengua de los indios se puede poner como interrogación porque realmente la lengua de los indios como única lengua no existe, no es una realidad, ya que existían varias lenguas.

Para un extranjero que llega y se enfrenta a ellas parece una misma lengua, poco a poco con el contacto y la convivencia se van dando cuenta de que algunas de esas expresiones lingüísticas son ininteligibles entre sí, y eso fue lo que pasó en gran parte del Caribe. La primera familia que encontramos, la arahuaca, se extendía en todas las Antillas y en parte del Continente americano. Los préstamos arahuacos son de los más numerosos del español. Ha pasado al español de América, al español general e incluso a otras lenguas que no son el español, prestada a través de la lengua española.

La otra gran familia es la taina, que es de procedencia arahuaca. Es la otra lengua que se hablaba en las Antillas, sobre todo, en las Antillas Menores. Los datos precolombinos aseguran que en La Española se hablaban hasta tres lenguas, de las cuales fehacientemente solo tenemos un rastro de la lengua taína, por ser la más prestigiosa, porque era de los cacicazgos de mayor poderío. Esta a su vez tenía subdialectos que eran ininteligibles entre ellos. Lamentablemente, la lengua taína se extinguió y los únicos vestigios que tenemos de ella son esas palabras que quedan incrustadas en los textos y las que se han mantenido a lo largo de los siglos en el uso de las gentes de la República Dominicana, pero también de otras zonas.

El uso de los tainismos va a depender del nivel de cultura de sus hablantes. Eso sí es importante el nivel de conocimiento que tiene el hablante de su lengua. Vamos a ver que muchas de esas palabras son palabras para nombrar cosas del mundo natural. Como esas vasijas cuando dejan de sernos útil las dejamos arrumbadas. Ese es el gran reto de nosotros los que estudiamos el léxico: es procurar que no se pierdan esas palabras, no solo por cuestión lingüística sino por cultura, por identidad lingüística y cultural. Decía Bartolomé de Las Casas sobre la lengua taína: “Es la más ordenada y compuesta, y la más elegante y la más copiosa en el vocablo y la más dulce en sonido”.

El léxico patrimonial, es decir, las palabras de mi propia lengua para aplicarlas a mi nueva realidad, que permite enriquecer la lengua. Si no encuentro la palabra para nombrar esa nueva realidad, hago un préstamo a otra lengua, un extranjerismo. Entre las palabras de Las Casas cito de nuevo: “Imagínense que un hablante de español, que conoce el fruto de la piña, que es el fruto del pino que da los piñones y se encuentra con otro fruto que tiene cierta similitud a ese fruto del pino y que no tenemos una palabra para nombrarlo, toman la similitud, hacen una comparación poética y se le coloca el nombre”. Eso es crear una nueva acepción de un término que ya se tenía.

Gonzalo Fernández de Oviedo escribió: “El nombre de piña le dieron los cristianos porque lo parece en alguna manera puesto que estas son más hermosas y no tienen la robusticidad de las piñas de piñones de Castilla”. Esa es una manera de nombrar la realidad. Otra manera es hacer un derivado. Imagínese la vid que da uvas, eso es en Europa, llegamos aquí con la realidad que se parece y la denominamos uva de playa, que se parece en cierto modo y a lo que da las uvas le llamamos uvero y ahí creamos una palabra a partir de una que ya existe. Hasta ahí estamos usando los medios de la lengua española para nombrar esa nueva realidad. En la descripción de Fernández de Oviedo leemos: “Son unos racimos de unas uvas ralas, desviadas unas de otras, e de color rosado o morado e buenas de comer”. La locución también es una forma de crear palabras nuevas, por eso surge palo de aceite, uva de playa, puerco de monte….

Vamos a ver como son esos préstamos. Los cronistas, las fuentes de los cronistas, que son las fuentes de primera mano, son de ellos que más palabras nos llegan, palabras taínas que se registran históricamente, se convirtieron en filólogos improvisados porque ellos trataron de explicar por qué usaban esas palabras taínas en sus textos. Este vocablo es de Fernández de Oviedo y estuvo en un tratado de lingüística, y es un tratado de amor  a la lengua española, pero al mismo tiempo es un tratado de cómo usar la lengua como una herramienta para expresar mejor la realidad. Mientras va leyendo las palabras del español, va comentando lo que quiso decir para ayudar a los presentes a comprender la situación en la que se produce el escrito: “Si algunos vocablos extraños e bárbaros aquí se hallare, la causa es la novedad de que se tratan y no se pongan a cuenta de mi romance que en Madrid nací y en la Casa Real me crie, y con gente noble he conversado y algo he leído para que se sospeche que habré entendido bien el castellano, la cual de las vulgares se tiene por la mejor de todas y lo que hubiere en este volumen que con ella no consuene serán nombres por mi voluntad puestas para dar a entender las cosas que por ellas quieren los indios significar”.

 

María José Rincón

Centro Cultural E. León Jimenes

Santiago de los Caballeros, 12 de enero de 2018.

Un país en el mundo

Por María José Rincón

Tres de junio. Se daña mi servicio de televisión por cable. Acude el técnico y resuelve el problema. Prendo el aparato y compruebo. Primera imagen: «*Esfemérides del día de hoy». Apago de nuevo el televisor y me pregunto si es justo que, precisamente en el día en el que conmemoramos el nacimiento de don Pedro Mir, no nos merezcamos que nuestros medios de comunicación sean, al menos, respetuosos con la ortografía.

Les insisto a los que me preguntan cómo mejorar su ortografía en que leer ayuda a construir nuestra memoria visual y a que esta se convierta en un gran aliado ortográfico. No sé si, en el punto al que hemos llegado, sigue siendo un consejo acertado. Cuando hablamos de leer pensamos casi siempre en leer libros; pero leemos periódicos, leemos subtítulos, leemos anuncios publicitarios, leemos páginas electrónicas, ni siquiera algunos libros que circulan por ahí se libran… El mal uso ortográfico está tan generalizado que se tambalea el valor de la memoria visual.

No deja de ser un síntoma evidente de que algo estamos haciendo mal con la enseñanza de la lengua, especialmente de la lengua. El dominio del lenguaje es la llave para cualquier conocimiento. Sin embargo, hace tiempo que los maestros y los padres, al menos la mayoría, renunciaron a fomentar el buen uso de la lengua española, con  ejemplo, con disciplina, con pasión. Quizás porque muchos de ellos no fueron formados correctamente.  Y, cuando renunciamos a formar a nuestros niños, renunciamos al futuro. ¿Hay un país en el mundo que pueda permitirse renunciar al futuro?

© 2017, María José Rincón.

Diccionario verde

Por María José Rincón

Cuando consultamos un diccionario suele pasarnos desapercibida la belleza de algunas de sus definiciones. Confieso que, con un diccionario en las manos, puedo perder la noción del tiempo. Mis lecturas y relecturas me proporcionan placeres como los de encontrar esta definición en el Diccionario de la lengua española de la RAE para el humilde adjetivo verde: ‘Dicho de un color: Semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda’: El color verde tiñe las banderas.

Si hablamos de una zona o área verde, nos referimos a que en ella no puede edificarse porque alberga, o está destinada a albergar, un parque o jardín. Si, en cambio, decimos verde de un árbol o de una planta, nos referiremos a que ‘aún conserva alguna savia, en contraposición al seco’: Podemos salvar esa palma; todavía está verde. Cuando, en lugar de a una planta, los usamos para referimos a un fruto, destacamos que este aún no ha madurado: plátano verde. Y aquí no me resisto a mencionar la sabiduría popular dominicana cuando sentencia que «plátano maduro no vuelve a verde».

Incluso podemos extender  figuradamente su significado y aplicarlo a una persona a la que consideramos inexperta o inmadura:  Seguimos muy verdes en ortografía. En otros países de habla española son verdes los chistes con contenido erótico, esos a los que nosotros llamamos colorados. Cuestión de colores.

Y así el diccionario va registrando las distintas acepciones de un mismo adjetivo según a quién o a qué se le aplique. Quiero pensar que, para nosotros, el movimiento verde se apoya en la relación que nuestra cultura establece entre el verde y la esperanza. Y no me malinterpreten, no con aquella esperanza que se comió un burro, sino con la esperanza del verdor que presagia buenos frutos.

© 2017, María José Rincón.

Aportes valiosos

Por María José Rincón

No soy una fiel oyente de radio. Solo recurro a ella en los inevitables tapones. Algo de música alivia la desazón de la ruta; si la música está acompañada de un resumen de noticias y algunos comentarios atinados, mucho mejor. Y aquí es que empiezan los inconvenientes. ¿Han olvidado los que hablan en la radio el respeto por la lengua española, su herramienta esencial de trabajo? Pocos son los buenos hablantes ante los micrófonos radiofónicos.

Y uno de ellos es, sin duda, Ramón Colombo. Más de una vez lo he oído corregir los anglicismos innecesarios que brotan a cada paso. Y casi siempre se queda solo. Hace unos días tuvo la ocurrencia de preguntar a unos anunciantes cómo se decía en español el nombre y el lema en inglés del producto que anunciaban. El resultado fue un balbuceo de duda. La excusa para justificarse no fue otra que, como casi siempre, escudarse en que el inglés es la lengua que manejan los jóvenes. Me pregunto qué clase de formación les estamos brindando a nuestros jóvenes cuando lo «prestigioso» es expresarse incorrectamente en la lengua materna; cuando nuestro «estatus» aumenta cuando la salpicamos de extranjerismos innecesarios. El resultado: ni hablamos bien en inglés ni hablamos bien en español.

Las lagunas profundas en el aprendizaje de nuestra lengua materna y en el respeto por su buen uso son evidentes. Es hora de que cada uno en su entorno ponga su granito de arena, y el granito de arena de los comunicadores, como el Ramón Colombo, tiene un valor añadido. Lo que lamentamos es que, a veces, se quede tan solo.

© 2017, María José Rincón.

 

 

Presente y ausente

Más de una vez hemos usado las palabras acento y tilde indistintamente. Y, aunque comparten alguna acepción, no siempre son sinónimas. En las palabras formadas por más de una sílaba (y en algunas monosílabas) una de ellas se pronuncia con una cierta intensidad que hace que la distingamos de las restantes sílabas de la misma palabra. Esta intensidad en la  pronunciación es lo que conocemos como acento. El signo ortográfico que usamos para señalarlo es la tilde. Cada palabra tiene un solo acento, que recae en la que llamamos sílaba acentuada o sílaba tónica: en la palabra término la silaba tónica es tér-; en termino es –mi-; en terminó es –.

Si desconocemos una palabra, no podemos saber de antemano cuál es su sílaba tónica. En la lengua oral la distinguimos cuando oímos pronunciar la palabra correctamente; para poder leer o escribir una palabra necesitamos que entre a trabajar la tilde, un signo ortográfico imprescindible en español para distinguir la sílaba tónica de las palabras. Tiene tanta fuerza la tilde, asistida de las reglas que rigen su uso, que significa tanto cuando está presente como cuando está ausente. La misma significación tiene la tilde que vemos en las sílabas tér- (término) y -nó (terminó) que su ausencia en -mi- (termino). Lo que la hace significar es la norma que la regula. Y ahí es que necesita de nosotros: si desconocemos sus reglas de uso, la hacemos perder su significado. La tilde y su ausencia nos asisten para que podamos leer correctamente, entender lo que leemos y escribir exactamente lo que queremos que los demás lean.

© 2017, María José Rincón.

Tiemblan las palabras

El mar de las palabras es inabarcable. Todas las gotas que lo forman tienen su historia y van tejiendo tupidas redes entre sí. Desentrañar estas redes no deja de sorprendernos.  Hoy van a hacer que tiemble la tierra bajo nuestros pies, o casi. ¿Han pensado alguna vez en las palabras de las que disponemos en español para referinos a una sacudida de la corteza terrestre?

El sustantivo terremoto procede del latín terraemotus, literalmente ‘movimiento de la tierra’. Con el mismo procedimiento se formó maremoto, para referirse a la agitación que provoca en las aguas del mar la sacudida del fondo marino. Un maremoto está provocado por un terremoto.

El sentido de ‘movimiento’ está tras el término conmoción, que podemos usar como sinónimo de terremoto. O podemos elegir la voz temblor, más familiar, que reservamos a los movimientos de tierra de escasa intensidad. Su origen está en el verbo temblar, emparentado con nuestro hermoso adjetivo trémulo, ‘tembloroso’.

Si seguimos navegando dejaremos atrás las aguas latinas para adentrarnos en las griegas. Arribaremos a dos sustantivos de este origen que también usamos para designar a los temblores de tierra: sismo y seísmo. ¿Y cómo es que tenemos dos sustantivos emparentados para referirnos a la misma realidad? Lo cierto es que estas dos palabras partieron del mismo puerto, pero han viajado hasta nosotros por distintos caminos. Sismo nos llega directamente del griego seismós. En cambio, seísmo llega a nuestra lengua a través del francés; de donde también procede el adjetivo sísmico.

Nuestra lengua hace además gala de su vertiente creativa y aprovecha su riqueza léxica para forjar usos figurados: terremoto le llamamos a un suceso que nos conmociona o a una persona excesivamente inquieta. Como ven la lengua no duda en acudir a las metáforas para ganar en expresividad.

© 2017, María José Rincón.

Magia

Con los preparativos de la Nochebuena, entre calderos y fogones, recuerdo que queda poco para decir adiós a este año cervantino. Recordar a Cervantes me hace recordar a don Quijote y a Sancho.

En estos días de excesos me vienen como anillo al dedo las palabras que el ingenioso hidalgo le dirige a su escudero mientras recorren los campos manchegos: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago». No se conforma con recomendar mesura en el yantar; también la bebida se lleva su parte: «Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra». Cervantes en estado puro, y por eso Cervantes es quien es para nuestra lengua.

Don Quijote aconseja sobre modales: «Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie». Sancho desconoce la palabra erutar, y así se lo hace saber a su señor. Erutar, variante de eructar que se usaba en la época y que ya ha perdido vigencia, era una forma culta. Popularmente se usaba el verbo regoldar, del que don Quijote dice que es «uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo».

Al caballero andante no le preocupan las dudas de Sancho; sabe bien que es cuestión de tiempo: «cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso».

El genio cervantino nos deja boquiabiertos. Intemporal, universal; y tan divertido. Se acaba el año cervantino, pero la excepcional obra de Miguel de Cervantes seguro que nos tiene reservados muy buenos ratos. Es la magia de los libros.

© 2016, María José Rincón.

Tomemos nota

Y ya está aquí la media docena de errores que faltaban para completar la lista. A veces la excusa es el ahorro de caracteres; lo cierto es que, por más limites que nos impongan, nos las arreglamos para colar alguna que otra metida de pata.

5) Hablando de caracteres. Los signos de admiración y de interrogación son dos; uno de inicio y otro de cierre; nada de «*Quiénes se van para la Nueva Barquita y quiénes no?».

6) Con las letras y los números a la hora de escribir cifras («Hay más de *200 mil impedimentos de salida en RD») tenemos que decidirnos: o todos toros o todos vacas.

7) Olvidamos que la preposición a introduce el complemento directo cuando este se refiere a una persona: «Hombre se quita la vida luego de *herir su pareja».

8) Abusamos de las construcciones de infinitivo y escribimos «Jóvenes piden al candidato *optar por la presidencia». Tan fácil que habría sido escribir simplemente: «…piden que opte por la presidencia».

9) Nos resulta difícil mantener la concordancia de los tiempos verbales: «Desconocidos *matan vigilante y lo *despojaron de una pistola».  Es cierto que podemos utilizar el presente para referirnos al pasado, pero, si usamos esta opción, tenemos que mantenerla. La concordancia es esencial para un mensaje correcto.

10) No todo es gramática y ortografía. También debemos saber elegir el tono de nuestros mensajes. Y eso solo se consigue con la selección del vocabulario. No sé yo si  las expresiones muy coloquiales son lo más adecuado para una noticia: «Cantante *”le entró” a golpes». Mucho mejor en este contexto (y con menos caracteres) golpeó.

Una expresión escrita no está reñids con la concisión que nos impone Twitter; al contrario, la concisión exige un esfuerzo de selección y de propiedad que siempre aprovecha, sobre todo a los profesionales de los medios de comunicación. Tomemos nota.

© 2016, María José Rincón.

Trinos y errores

Hablamos y hablamos sobre lo mal que se escribe en las redes sociales. Yo, fiel usuaria de Twitter, trato de defenderme abandonando las cuentas que no respetan, aunque solo sea un poco, las normas ortográficas, gramaticales y léxicas. Respeto demuestra, a mi entender, respeto por sus seguidores.

No le aplico el mismo rasero a los medios informativos dominicanos. Los sigo porque me gusta estar informada.  Y aquí sí que no me libro de alguna que otra barrabasada. Ahora que están tan de moda las listas me he decidido a confeccionar una que recoge los errores que más me llaman la atención en sus tuits.

1) Todavía no hemos aprendido que el prefijo ex- debe escribirse unido a la base léxica: tenemos cientos de *ex jugadores y *ex esposos.

2) No distinguimos bien cuándo debemos usar porque, por qué o porqué: «Revela *porqué “le entró” a golpes».

3) Ay, las mayúsculas. Las usamos cuando no toca, por ejemplo, en las enfermedades («En RD no hay condiciones para enfrentar *Ébola»); o no las utilizamos cuando se necesitan, por ejemplo, en las instituciones («Banderas rueda el hallazgo de Altamira, “que enfrentó a *iglesia y ciencia”»).

4) Tenemos un problema serio con las mayúsculas y los signos de puntuación: «Esposo de Shakira reconoce que su nivel futbolístico ha bajado. ¿*por qué lo dijo?». Después de punto escribimos inicial mayúscula, aunque haya un signo de interrogación por medio. Después de una coma escribimos minúscula inicial, aunque haya un signo de admiración por medio: «¿Vas a almorzar? Entonces, ¡*Buen provecho!».

No están ordenados por frecuencia ni por importancia (todos son frecuentes e importantes), pero todos están ejemplificados con mensajes reales, sin mencionar el medio responsable, por aquello tan antiguo de que se dice el pecado, pero  no el pecador. Vayamos practicando con estos cuatro, que la media docenita que falta la dejamos para la próxima «Eñe».

© 2016, María José Rincón.

 

Una buena brújula

Una incursión reciente en una librería (en las que confieso que pierdo el rumbo más de lo que debería, sobre todo por el precio de los libros) me deparó un precioso tesoro: Lo que callan las palabras. Mil voces que enriquecerán tu español, de  Manuel Alvar. Ya saben que el español es para mí un patrimonio preciado, así que no pierdo oportunidad para enriquecerlo.

En sus páginas me topo con la palabra gringo, para la que he escuchado las etimologías más descabelladas. He oído hablar de un batallón norteamericano, uniformado de verde, al que su comandante ordenaba Green, go!  durante la Guerra entre México y los Estados Unidos a mediados del XIX. Hay muchas propuestas más. En esto de las etimologías la inventiva no tiene límites.

Sin embargo, las investigaciones sobre el origen de las palabras nos obligan a rastrear siglos atrás en la historia de la lengua. No es un asunto baladí; al contrario, en las mayoría de los casos es peliagudo navegar el mar de las palabras sin perder el rumbo. Busco orientación en don Manuel, y no me falla.

La palabra gringo se registra por  primera vez en el diccionario de Esteban de Terreros en 1787 (casi un siglo antes que la dichosa guerra, por cierto): «gringos llaman en Málaga a los extranjeros, que tienen cierta especie de acento, que los priva de una locución fácil, y natural castellana». La palabra gringo no es más que una deformación fonética de griego, que coloquialmente se ha usado en español para llamar a una lengua considerada incomprensible y, de ahí, a las extranjeros con dificultades a la hora de hablar nuestra lengua.

Les animo a interesarse por la raíz de las palabras y por su historia; pero háganlo siempre con una buena brújula. El mar de las palabras es ancho y oculta muchas sorpresas.

© 2016, María José Rincón.