Los signos de exclamación

Los signos de exclamación, antes llamados signos de admiración, son dos: el de apertura (¡), o principio de exclamación, y el de cierre (!) o fin de exclamación. Se desconoce a ciencia cierta el origen de estos dos signos, pero se cree que derivan de las dos letras de la palabra latina Io, que significa ‘alegría’: los humanistas italianos del siglo XIV las colocaron una encima de la otra, alternativamente. Con el tiempo la I y la o se fueron estilizando hasta convertirse en los signos actuales: ¡ y !. En 1630 el ortógrafo español González Correa, autor de la Ortografía kastellana nueva i pefeta, describió el signo de esta manera:

...[E]s una línea derecha sobre un punto, komo una i buelta para abajo: y sirve para señalar, kuando nos admiramos. Xesús, ke gran mal!

Gómez Correa fue un hombre muy avanzado para su época: lo delata su novedosa ortografía (komo, buelta) que aún hoy en día tiene sus seguidores. Su invitación al uso del signo de exclamación fue también novedosa y… prematura. Tuvo que esperarse casi un siglo para que la costumbre de la época —el doble empleo del signo de interrogación (?) tanto en preguntas como en exclamaciones— diera paso a la diferenciación del signo de interrogación y exclamación.

Respecto de la denominación del signo, las Academias de la Lengua usaron la expresión signos de admiración hasta el 1999, año en que la Ortografía de la lengua española adoptó el término actual de signos de exclamación. Se le reprochaba a la denominación anterior (signos de admiración) el indicar solo uno de todo un abanico de sentimientos posibles: alegría, júbilo, sorpresa, asombro, ruego, deseo, súplica, pena, compasión, dolor, orden, afirmación enfática, advertencia, insulto, reproche, indignación. El vocablo exclamación, en cambio, significa ‘grito o frase en que se refleja una emoción, sea de alegría, pena, indignación, cólera, asombro o cualquier otro afecto’, lo cual se ajusta perfectamente al uso que se le da a este signo de puntuación.

Para algunos lingüistas, los signos de exclamación no son propiamente signos de puntuación, sino signos de entonación, pues no sirven para marcar la estructura lógica del texto —como ocurre con la coma, el punto, el punto y coma, etc.—, sino, más bien, para indicar la modalidad del discurso cuando este difiere del mero enunciado. La norma académica, sin embargo, incluye expresamente entre las funciones de los signos de puntuación la de indicar la modalidad de los enunciados, y considera, por tanto, que los signos de exclamación son signos de puntuación.

El signo de apertura (¡)

El signo de apertura o principio de exclamación (¡) se emplea en el español desde el siglo XVIII. En 1754, la Real Academia Española recomendó su uso en la segunda edición de la Ortografía. El español tiene la peculiaridad de ser el único idioma que lo utiliza. Salvo en un caso particular que indicaremos más adelante, el uso del signo de apertura es hoy obligatorio en la escritura de oraciones o frases exclamativas en nuestro idioma.

Esta particularidad tiene su explicación: en español, a diferencia de otras lenguas, una misma frase u oración puede perfectamente variar de modalidad (entre enunciativa, interrogativa y exclamativa) solo por el cambio del tono o inflexión con la que se dice:

Fuiste ese día al Palacio de Justicia a defender al ladrón ese que apodaban Al Capone.
¡Fuiste ese día al Palacio de Justicia a defender al ladrón ese que llamaban Al Capone!
¿Fuiste ese día al Palacio de Justicia a defender al ladrón ese que llamaban Al Capone?

Ese fue el hombre que hace unos días vio saliendo de la casa con una pistola en la mano.
¡Ese fue el hombre que hace unos días vio saliendo de la casa con una pistola en la mano!
¿Ese fue el hombre que hace unos

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días vio saliendo de la casa con una pistola en la mano?

De manera que, de no colocarse el signo de apertura, sería imposible anticipar en la lectura la naturaleza enunciativa, interrogativa o exclamativa de la oración, lo cual causaría trastornos en la entonación (para el caso de la lectura en voz alta) o dificultades en la comprensión (para el caso de la lectura silente).

Por otro lado, el hecho de que los avances tecnológicos nacen, por lo general, fuera del mundo hispanohablante ha creado problemas prácticos en el uso del signo de apertura. Los teclados estándar de las computadoras, por ejemplo, no incluyen una tecla para el signo ¡, el cual, por demás, se encuentra ausente del sistema de caracteres ASCII (American Standard Code for Information Interchange) usado por casi todos los sistemas informáticos actuales. Por esa razón, en la República Dominicana se omite frecuentemente el signo de apertura en los escritos, especialmente en anuncios y textos informales, práctica que es incorrecta pese a su amplia difusión.

Usos de los signos de exclamación

Los signos de exclamación son de los que menos usados en el lenguaje jurídico. Es total su ausencia en las normas jurídicas y en las decisiones judiciales, en razón de la naturaleza de estos textos. Solo se nota su empleo en los escritos forenses de los abogados, a veces con cierto exceso.

La función de los signos de exclamación es enmarcar o delimitar las expresiones exclamativas, expresadas ya sea en oraciones (¡No vengas mañana!), frases (¡Dios mío!, ¡Qué belleza!) o palabras solas (¡Ja!, ¡Socorro!, ¡Asesino!). Como se ha indicado, el término exclamación tiene un amplísimo ámbito que comprende desde expresiones de júbilo o alegría hasta mues
tras de cólera e indignación.

El signo de apertura debe colocarse justamente donde comienza la exclamación, aunque no coincida con el comienzo de la oración: Si ganamos, ¡vamos a brindar con champán!

Cuando se dan varias exclamaciones seguidas, cada una puede considerarse como un enunciado independiente o, si son breves e íntimamente relacionadas, como parte de un mismo enunciado. En el primer caso, cada exclamación comenzará con mayúscula: ¡Que hay audiencia para hoy! ¡C…! ¡No me dijiste nada ayer!… ¡Busca la toga y vámosno! En el segundo, se escriben con minúsculas, salvo la primera, y se separan con coma o punto y coma: ¡Vaya!, ¡qué bien!

El signo de cierre se emplea por sí solo entre paréntesis (!) para expresar asombro, sorpresa o ironía: Dijo que necesitaba cinco minutos y habló por más de media hora (!).

Es común en textos informales o con gran carga expresiva el empleo de dos, tres y más signos de exclamación para dar mayor énfasis a la exclamación: ¡¡¡Ladronazo!!! La cantidad de signos puede utilizarse para modular el grado de expresividad de dos o más exclamaciones consecutivas: ¡¡Carajo!! ¡Pedazo de m…! ¡¡¡Lárgate ya!!!

Hay oraciones que son exclamativas e interrogativas a la vez. En ese caso, pueden combinarse de tres maneras distintas los signos de exclamación con los signos de interrogación (¿?) y así expresar el carácter dual de la oración:

a) Abriendo con el signo de exclamación y cerrando con el de interrogación: ¡Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia?

b) Abriendo con el signo de interrogación y cerrando con el de exclamación: ¿Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia!

c) Abriendo y cerrando con los dos signos a la vez: ¡¿Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia?!; ¿¡Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia!?

Estas últimas dos formas son las preferidas por la norma académica.

© 2015 Fabio J. Guzmán Ariza

Estar(algo/alguien) piedra – acercamiento – participar

ESTAR (ALGO / ALGUIEN) PIEDRA

En los diccionarios de habla dominicana que se han consultado no se ha encontrado rastro alguno de esta locución. Precisamente por eso se la trae a estos estudios.

Esta combinación se utiliza(ba) en República Dominicana, sobre todo en el ámbito estudiantil. La palabra piedra se la toma como sinónima de “duro, fuerte, difícil, complicado; exigente, inflexible, estricto”.

Algunos ejemplos con sus explicaciones ayudarán a quienes no conocen el uso de esta frase para entender las situaciones en las cuales el hablante del español dominicano se sirve de ella. “El examen está piedra”. Aquí se adopta la frase por difícil. “El profesor está piedra”. Con esto se indica que está exigente, que está inflexible.

El otro aspecto de la frase es cuando el hablante la utiliza para hablar de su habilidad, capacidad u otra cualidad. En hipótesis como estas la frase adquiere otro matiz. Un ejemplo servirá para que se la entienda mejor. “Estoy piedra en literatura”. Con ello resalta el hablante que está bien preparado, que conoce la materia.

No hay que extrañarse de que la locución emplee el vocablo piedra para tipificar lo que resulta duro, difícil, etc. La mayoría de las locuciones provienen de la masa popular de hablantes de las lenguas y es una constante que utilicen términos comunes y conocidos por todos los hablantes. Una palabra como piedra representa muy bien la idea que se transmite por medio de esta locución.

Si la frase no ha trascendido al habla general o no permanece en esta a través del tiempo, esto se debe a que las frases originadas entre los jóvenes se caracterizan por su corta vida. Los jóvenes son muy dados a crear con frecuencia frase nuevas que reemplazan las viejas.

 

ACERCAMIENTO 

“B. tiene un ACERCAMIENTO diferente en Mount Sinai. Luego del cuidado de la herida y de limpiarla, utiliza casi exclusivamente la cirugía de. . .”

Desde hace unos años hasta esta fecha, se ha notado en el español oral y escrito el uso del verbo acercar y su sustantivo correspondiente de un modo abusivo. Abusivo se ha escrito porque quienes lo utilizan lo hacen ensanchando el campo semántico de la palabra.

Este empleo se originó en el español de los Estados Unidos y de allí ha pasado a ser utilizado en otros países. Aparece con frecuencia en trabajos científicos y en artículos literarios. Como ocurre en casos similares al que se indica en esta sección, esta utilización ocasiona un arrinconamiento de otras palabras de solera del rancio español.

Se estudiará más abajo lo que “acercamiento” significa en español general. Se examinará lo que la voz semejante del inglés quiere decir y dice para, al final, concluir con soluciones.

En el español general el verbo acercar significa ‘aproximar, poner una cosa cerca en el tiempo o en el espacio’. Lo que los dominicanos de antaño para el espacio llamaban “arrimar”.

De esa noción señalada a la que se encuentra en la cita media gran distancia. En el español actual se acepta que el verbo tenga una acepción figurada.

En algunas circunstancias el verbo acercar equivale a “poner algo al alcance de alguien”. Puede en algunas ocasiones significar “poner de acuerdo”.

Cabe que uno se pregunte, ¿de dónde sale este acercamiento? No hay que devanarse las meninges. Es una mala interpretación de una voz del inglés que se parece a otra del español.

El infeliz desenlace obedece al parecido que existe entre el acercamiento del español y el approach del inglés. La voz del inglés tiene muchas traducciones afortunadas en español.

Entre las posibilidades de llevar al español la voz del inglés se promueve “enfoque” en un caso como el de la cita. Este enfoque equivale al “método” con que un profesional trata un problema. Esa conducta que el profesional de la medicina observa es el “criterio” con el cual un médico enfrenta un trastorno de salud. Ese modo de tratar la enfermedad es una “solución” que el médico encamina. En otras palabras, forma parte de las “propuestas” que el médico avanza en el tratamiento.

Por las soluciones propuestas al desliz de las traductoras, se deducirá que hay muchas posibilidades de describir el tratamiento que el médico adoptará.

 

PARTICIPAR

“Este mes varios opositores y activistas cubanos estuvieron en Polonia, PARTICIPANDO DE seminarios y reuniones con líderes de la transición. . .”

Antes de entrar en la esencia del asunto, vale la pena que se escriban algunas palabras acerca de las preposiciones para de esa manera crear mayor conciencia con respecto de estas. El propósito con ello es que se las considere con mayor respeto.

Las preposiciones tienen la gracia de ser un instrumento sutil que, a pesar de ser un elemento de relación entre términos, desempeñan funciones traslaticias, así como de posibilidades combinatorias. La preposición puede contribuir a determinar el significado fundamental al enlazar los elementos en un determinado contexto.

En la cita que ilustra el uso abusivo y deficiente de la preposición DE, el error cae en el plano del sentido. Esto es, con el verbo participar la elección de la preposición DE confiere un sentido que no es el que debe primar en un texto como el que se comenta.

Como se destacará por medio de este comentario, la función de la partícula DE no es solo de praepositio, porque de su elección depende que se confiera un sentido diferente a las demás palabras enlazadas gracias a su función. Sin entrar en lucubraciones teóricas puede afirmarse con Saussure que “el indoeuropeo no conocía preposiciones: las relaciones que indican las preposiciones se expresaban por medio de los casos, muy numerosos y dotados de gran fuerza significativa”.

Se traen estas palabras del maestro ginebrino para reforzar lo antes expuesto y para que se entienda la labor que han asumido las preposiciones en lenguas como el español. No se pretende aquí teorizar sobre las preposiciones. Solo se trata de destacar el respeto que merecen estas cortas palabras para que se las trate con mayor cuidado.

Participar EN es ‘ser de los hacen, disfrutan o padecen cierta cosa que se expresa’. Por aquello de ‘ser (alguien) uno de los que realizan (algo compl EN) que se hace entre varios’. Participar DE es ‘recibir una parte de algo que se reparte’.

En lo concerniente a la cita, se limita a estos casos, porque existen otros en los cuales pueden las dos preposiciones traer significaciones muy diferentes, pero sin relación alguna con el sentido de la frase copiada.

Cuando se utiliza el verbo participar ‘referido a una actividad es tener o tomar parte EN ella’. Cuando ese verbo es ‘referido a un todo, es, recibir una parte de él’. Diccionario de uso del español actual, de Clave (2012).

En resumidas cuentas, hay que ocuparse y emplear las preposiciones y las conjunciones con más grande respeto. A pesar de ser partículas pequeñas en la oración, la proporción de su tamaño no guarda relación con su labor en el mensaje.

© 2015 Roberto E. Guzmán

 

 

 

 

 

 

Caracoleado – versionar – pistolero

CARACOLEADO

Se ha investigado en todos los diccionarios al alcance de la mano y de la Internet para dar con documentación pertinente al adjetivo que consta en masculino en el título.

La búsqueda se inició no para dar con el sentido de la voz, sino con la intención de comprobar si se la conoce en otros países, además de la República Dominicana, con un sentido que escapa a su esencia.

En la formación de este adjetivo la primera parte la ofrece el sustantivo caracol. Ha de tenerse en cuenta que en español existe, además, el verbo caracolear. Este verbo intransitivo pertenece al primer grupo de conjugación y su campo de acción se limita a la equitación.

Caracoleado se ha formado sobre el infinitivo del verbo, eliminando la terminación verbal -ar y añadiéndole el sufijo -ado (-ada). Este sufijo es uno adjetival, entre otros, que convierten el verbo en adjetivo para significar, “parecido a, relacionado con, a, al igual que”; eso que a veces se expresa con la ayuda de “como”. Este sufijo, en algunos casos, da lugar a adjetivos que indican el resultado de una acción.

Con la terminación y las funciones del resultante en términos gramaticales hay que tener en cuenta algunas reservas que no se harán en esta sección.

Caracolear tiene que ver con la equitación, se escribió antes. Antes de eso se relacionó el verbo con el caracol, es decir, con la forma del caracol; más que otro asunto, con la forma de este molusco. De allí que el caracolear tenga que ver con las vueltas y tornos que el jinete hacer dar al caballo.

Ha de advertirse que alguien que no tenga experiencia en equitación, que no sea buen jinete o que no haya cabalgado, o por lo menos visto el caracoleo de un caballo, no puede imaginarse lo que esa acción es.

Luego de esa larga introducción es preciso volver al caracoleado dominicano. Ese calificativo se emplea en el español dominicano exclusivamente para referirse al cabello. Las características de este cabello se asemejan en gran medida al término “ondulado” del español general, lo que equivale a decir “que forma ondas pequeñas en su superficie”.

No se ha encontrado rastro de este uso en la literatura dominicana. Las lectoras que trabajaron de modo tan eficiente en los trabajos preparativos del Diccionario del español dominicano tampoco tuvieron encuentro alguno con este término.

No solo se recuerda la voz “caracoliao” en el español dominicano, sino que se tiene certeza de que se utiliza en la letra de un merengue muy famoso que estuvo de moda hace muchos años.

Se deja en suspenso el título del merengue, así como su intérprete para que alguien con mejor memoria o, mayores conocimientos, pueda documentar este uso.

 

VERSIONAR

Tanto Dylan, como otro de los que aparecen en este homenaje, Dion, quien VERSIONA la energética Drive my car, son los únicos cantantes y compositores estadounidenses. . .”

El verbo del título ha encontrado el camino del Diccionario de la lengua española. En la más reciente edición, la vigésima tercera, se le ha hecho un espacio.

La validez o el uso de este verbo venía anunciado ya por varios diccionarios, entre ellos, el Diccionario del español actual (2005), Diccionario de uso del español (2007); y, en el Diccionario de uso del español actual (2012).

De entre las acepciones que ofrecieron estos diccionarios, la que se parece más a la redacción final de la Academia es la del Diccionario del español actual, de Seco, Andrés y Ramos. Conforme con lo asentado en el diccionario oficial de la Real Academia Española, para el verbo versionar, que es transitivo, este es: ‘Hacer una versión nueva de una obra musical, generalmente ligera’. La parte que ninguno de los diccionarios mencionados asentaba era la final, en la que se lee, ‘generalmente ligera’.

Uno de los diccionarios entiende que este verbo puede aplicarse ‘a una obra artística’; de esta forma deja abierta la puerta para ‘obra de creación’, que es el modo en que lo entiende otro de los diccionarios citados.

Hasta ahora, según parece, lo aconsejable es limitarse a utilizar el verbo solo para obras musicales, de tipo ligero.

 

PISTOLERO

“Un PISTOLERO deshizo la calma de una biblioteca llena de gente en la Universidad. . .”

No hace falta elevar el grito al cielo para clamar contra este uso abusivo del vocablo destacado en la frase reproducida.

Como en tantas otras ocasiones examinadas por medio de estos escritos, las confusiones con respecto de los términos son precipitadas por interferencias entre voces de lenguas diferentes.

No se debe ir muy lejos para dejar establecido que el error en la selección de la palabra viene del inglés. Muchos se preguntarán, ¿cómo es eso de que la tipificación del pistolero en la cita pueda provenir del inglés? Esta relación se demostrará más abajo.

En español general un pistolero es la ‘persona que usa de ordinario la pistola. . .’ Así aparece escrito en el Gran diccionario de la Lengua Española de la editorial Larousse.

La parte más importante en esta acepción es la locución adverbial “de ordinario” que se lee en la acepción, porque esta suministra la clave para tipificar al pistolero. Ella significa “con frecuencia, de forma regular”.

De lo expuesto más arriba se desprende que no puede considerarse pistolero a la persona que una vez en su vida empuña un arma de fuego y comete una fechoría; a pesar de lo horrible que la última acción pueda ser.

La confusión llega al español de algunos reporteros a través del inglés. En inglés utilizan la voz gunman que se traduce por pistolero, pero cuya definición no se corresponde en todas sus partes con la del pistolero en español.

En inglés un gunman es un individuo armado con un arma de fuego. Más adelante el diccionario Merriam-Webster en esa lengua añade que es un asesino profesional, un hombre que se destaca por su rapidez y pericia en el manejo del arma de fuego.

Por tenues matices como este que se resalta aquí, resulta que no es posible dejar que las máquinas traduzcan sin revisar el resultado un humano; y claro, que esa persona tenga criterio lingüístico para hacer los ajustes de lugar.

© 2015 Roberto E. Guzmán

 

 

 

 

Sobrenombre merecido

Por motivos personales y culturales soy más futbolera que beisbolera (por cierto, un adjetivo este de nueva incorporación al Dicicionario de la lengua española más reciente. Sin embargo, reconozco que la estructura y la complejidad del beisbol han logrado seducirme.

Como en casi toda seducción, en la deportiva tiene que existir un seductor, una figura que nos llame la atención y nos despierte interés por algo que desconocemos. Mi seductor deportivo, en lo que a beisbol se refiere, es Pedro Martínez, de quien tanto hemos leído en estos días, y por tan buenas razones. Aunque nací en Sevilla llevo muchos años viviendo en Manoguayabo por lo que me gusta considerarme, con su permiso, su paisana de adopción.

Hemos visto ensalzado al deportista y al hombre con el sobrenombre de “el Grande”, con resonancias reales. Para que nuestra ortografía no desmerezca el objeto de nuestros escritos debemos respetar la inicial minúscula del artículo que antecede a los sobrenombres: Pedro el Grande, Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, David Ortiz, el Big Papi, el Greco. No se quejará Pedro de la compañía.

Nuestro extraordinario lanzador ha sido elegido para formar parte del Salón de la Fama. Cuidado, ha sido elegido, que no *electo. El único participio del verbo elegir es elegido y, por lo tanto, es la única forma que debe utilizarse para formar los tiempos compuestos. El adjetivo electo no debe usarse con esa función. Este adjetivo se aplica a quienes han sido elegidos para una dignidad y aún no han tomado posesión: la alcaldesa electa prepara su discurso.

Pedro Martínez está entre los mejores pícheres (pícheres, sí) del mundo; o, si lo prefieren con el término patrimonial, entre los mejores lanzadores del beisbol. Los manoguayaberos, y todos los dominicanos, podemos sentirnos orgullosos.

© 2015 María José Rincón González

 

 

 

Latinajos

Usar palabras raras no es signo de buen hablar o escribir, por mucho que algunos se empeñen. No se habla o se escribe mejor según la longitud de las voces o su supuesta extrañeza. La bondad de las palabras está en una elección apropiada. Decía Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua allá por 1535: “Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible”.

Del latín conservamos tal cual expresiones que han sido siempre parte de la lengua culta. Hay quien gusta de incrustarlas por doquier, como si le aportaran a lo que dicen un discutible regusto a cultura. Algunos latinismos se han popularizado en nuestra expresión diaria. Tanto a los parejeros como a los buenos hablantes siempre nos viene bien saber cómo se escriben correctamente y qué significan.

Puesto que se trata de expresiones de otra lengua deben escribirse en cursiva o entrecomilladas y sin tildes. Cuando escribimos debemos revisar su ortografía a priori (‘con anterioridad’) o a posteriori (‘con posterioridad’). No nos sirve citarlas grosso modo, ‘aproximadamente, a grandes rasgos’. La consulta de un buen diccionario es una condición sine qua non (‘imprescindible’) para aprender a conocerlas y debe hacerse motu proprio (‘por propia iniciativa’). Sin un uso apropiado, y comedido, de los latinismos nuestros textos serán considerados, como poco, sui generis (‘peculiares’) y tildados de incorrectos ipso facto (‘en el acto’).

A todos nos vendría de perlas un alter ego (‘persona de confianza que hace las veces de otra’) que nos señale algún que otro lapsus linguae (‘error de lengua’) o lapsus calami (‘error de escritura’). Los errores en las expresiones latinas no son peccata minuta (‘faltas pequeñas’). Más de uno de estos latinajos, como se los llama despectivamente, puede provocar que nuestras palabras o nuestros escritos sean recibidos con un vade retro.

© 2015 María José Rincón González

Taller de lectura de los clásicos

 

La Academia Dominicana de la Lengua les propone en 2015 un Taller de lectura de los clásicos de la lengua española. Decía Italo Calvino que «Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”».

Tengo la suerte de que mi primer contacto con las obras fundamentales escritas en nuestra lengua se diera en mi infancia. A fuerza de oír hablar de ellas como parte una tarea escolar empecé a leerlas con una leve sensación de aburrimiento. La escuela está obligada a acercarnos a los clásicos con la esperanza de que en alguna lectura salte la chispa del enamoramiento: «No se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor».

Con el tiempo la relectura de los clásicos empieza a parecernos imprescindible porque, citando a Calvino, «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir».

El español es una lengua de rica tradición literaria. Es mucha la tarea, pero la recompensa es incomparable. El taller de lectura de los clásicos de la Academia quiere proporcionar a los lectores herramientas prácticas que los ayuden a disfrutar su lectura. Hemos elegido una obra emblemática para cada taller, desde el Cantar de Mío Cid a las Coplas de Manrique, desde el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita a la picante Celestina.

Si ya los han leído, anímense y reencuéntrense con nuestra mejor literatura. Si es su primera vez, tengan presente el consejo de Italo Calvino: «Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos».

 

Fin de año

Cada año, cuando llegan estas fechas, acostumbramos a desear lo mejor a los que nos rodean. Los deseos son siempre los mismos. Quizás por esta razón encontramos demasiado trilladas las palabras para expresarlos.

Para hacerles llegar a mis lectores mis esperanzas para 2015 me he auxiliado de las palabras que una mujer extraordinaria eligió para la felicitación navideña de su hija Irene en 1928.

Nadie como un hijo resume lo más  querido, lo más cercano  y, a la par, lo más desconocido. En ellos se resumen nuestros miedos y nuestras aspiraciones. Este año he descubierto a Marie Curie, primera mujer que obtuvo el Premio Nobel y, además, por si fuera poco, en dos ocasiones. Esta mujer, con una voluntad y una mente incomparables, supo expresar con palabras precisas lo que yo les deseo para el año próximo:

«Os deseo un año de salud, de satisfacciones, de buen trabajo, un año durante el cual tengáis cada día el gusto de vivir, sin esperar que los días hayan tenido que pasar para encontrar su satisfacción y sin tener necesidad de poner esperanzas de felicidad en los días que hayan de venir».

Las grandes inteligencias saben expresar también la grandeza de lo cotidiano, de lo que nos depara cada día. Este año, como casi todos, tendrá trescientos sesenta y cinco días para aprovechar al máximo.  Solo de nosotros depende que logremos apurarles hasta la última gota de aprendizaje, de alegría, de amor.

© 2015 María José Rincón González

 

Vencer al tiempo

Supe en estos días que los japoneses llaman tsundoku a las personas que gustan de acumular libros que después no leen. Me maravilla que dispongan de una palabra para eso; señal de que deben tener muchos tsundokus. Confieso que padezco ese mal, aunque yo, al final, sí los leo. Cuando me encuentro con un libro no puedo evitar el deseo de hojearlo, que lleva aparejado el deseo de leerlo y, por supuesto, de tenerlo. Si me encuentro en el metro o en la sala de espera con alguien que lee, se me van los ojos detrás de la portada y no puedo reprimir la curiosidad. Dice Lope de Vega, como solo los clásicos saben decirlo: “Es cualquier libro discreto / (que si cansa de hablar deja) / un amigo que aconseja / y que reprende en secreto”.

Un libro siempre representa la promesa de una historia, el misterio de una conjunción de palabras que nos habla desde otro lugar o desde otro tiempo. ¿Qué hay mejor que una pila de libros por leer?

Si lo que leo me gusta, no puedo parar. Si lo que leo me gusta mucho, lo hago despacio y cierro las páginas cada poco para prolongar la experiencia. Si lo que leo me apasiona, leo despacio y después releo. Y releo muchas veces, generalmente en voz alta. Las palabras bien escritas y las historias bien contadas siempre me han servido de bálsamo: contra la inquietud, contra el aburrimiento, contra la desazón. Pero también me han servido de acicate: para la alegría,  para la esperanza, para la risa, para la memoria.

Qué grande es el misterio de unas letras que van sumándose para construir un mundo que antes no existía; un mundo que, nacido de las palabras, ya no dejará de existir y habrá vencido al tiempo.

Pregúntense ahora quién como padre, como educador, como amigo, podrá dejar de inculcar el placer de la lectura a los que lo rodean. Compartan los libros. No hay enseñanza ni regalo mejor.

© 2015 María José Rincón González

Elogios del pasado – hincapié – omisión – petropopulista

ELOGIOS DEL PASADO

Hubo una época en la historia dominicana, 31 años en el siglo XX, en los cuales muchas personas en ejercicio de sus dotes intelectuales se dedicaron a enaltecer a una figura de la política del momento para ganar el favor de esta en el seno de esa dictadura.

Mucho de lo que se destiló durante esa Era fue producto de conveniencia de ambas partes. En esta sección no se analizará el tema de dónde se origina, sino de examinar las palabras y combinaciones usadas para sacar provecho de la debilidad del dictador.

Esta sección se escribe sobre todo para que los jóvenes dominicanos tengan noticias de lo que ocurrió en tiempos pasados en la historia de la República Dominicana.

Una de las características de las alabanzas es que iban encadenadas en un sinfín de títulos que ruborizarían a cualquier humano en sus cabales. La creación e invención de nuevos títulos parecía no tener límites y, los acólitos del dictador pugnaban por allegarse nuevos términos.

Fue benemérito de su ciudad natal; perínclito varón. Se dirigían a él llamándole insigne, líder indiscutible, egregio, gran caudillo, adalid, patricio, generalísimo y doctor.

Fue llamado primer magistrado, primer maestro, primer ciudadano. Se referían a su persona tildándole de: eminente, magnífico, insigne, digno.

Sus obras eran magníficas, los acontecimientos para enaltecer sus proezas eran magnos; los actos en bien de la patria eran merecedores de admiración. Era un digno representante de las aspiraciones de sus conciudadanos. Su labor era catalogada de ingente.

En el plano militar era pundonoroso, eximio, inmarcesible, magnífico, supremo guía, líder máximo; era un faro de orientación y sabiduría.

Este distinguido hombre de Estado ocupaba siempre un elevado sitial; fue el jefe, benefactor de la patria y padre de la patria nueva. Esta persona vivió en un período irrepetible de la historia dominicana que ha marcado el quehacer político de ese país.

Todas las palabras empleadas para enaltecer al ilustre forman parte de lo que se conoce en retórica con el nombre de hipérbole, que consiste en aumentar de forma exagerada lo que se expresa, que naturalmente en este caso eran galas de retórica en una competencia sin límites.

No huelga que se añada que estos “títulos” y calificativos estaban reservados para una sola persona en todo el país. Esa era una ley no escrita, respetada por todos.

 

HINCAPIÉ

“Tras ser elegida, C. dijo que en los próximos dos años trabajará con especial HINCAPIÉ en los que a su juicio, son los grandes problemas de la. . .”

La palabra hincapié se explica por sí misma, esto es, el verbo y el sustantivo que se encuentran incluidos en su formación explican el significado de esta.

Este vocablo casi ha perdido validez por sí mismo, olvidándose a veces los hablantes de que este sustantivo masculino significa ‘afianzamiento del pie en un punto para hacer un esfuerzo o para sostenerse’, que es la redacción que inserta el Gran diccionario de la lengua española de la editorial Larousse.

El término hincapié es más conocido por la locución verbal “hacer hincapié” que por sus significación propia. Como sucede con las locuciones verbales, hay algunas de entre ellas que son más rígidas que otras, que no admiten cambios, mientras que otras aceptan diferentes verbos o complementos, estos últimos cuando los hay.

La locución verbal “hacer hincapié” está consagrada por el uso en el español general. Los diccionarios solo consignan esta locución de este modo, sin consignar opciones en cuanto a otros verbos. No obstante eso, en el texto reproducido el empleo termina así: “trabajar con hincapié”.

Hacer hincapié es insistir en lo que se dice o pide. En los casos en que se utiliza la locución verbal, esta se hace seguir de algo, de alguna cosa, vale decir, insistir en ella, en algo. No está de más que se recuerde que la locución verbal estudiada admite que entre el verbo y el nombre se introduzca otro elemento para reforzar la construcción, lo que equivaldría en esta cita a escribir, “hará especial hincapié en”.

Lo que hizo la declarante, según el periodista, fue recalcar que dará prioridad durante su gestión de dos años a los grandes problemas. Hay que tener en cuenta que las locuciones verbales son combinaciones estables que se afirman por el uso constante, la repetición, y que no admiten desglose, son indivisibles, porque si se hace (la división) eso termina por desvirtuar el sentido. En terminología de especialistas estas locuciones constituyen unidades léxicas.

Al final, hay que respetar la combinación como tal y repetirla aun cuando parezca poco creativa y, a veces, se asemeje a los lugares comunes, que son las expresiones triviales y muy repetidas.

 

OMISIÓN

“Y el presidente en un pasmoso acto de OMISIÓN e incapacidad, se ocultó. . .”

El acento en esta sección se colocará sobre la posibilidad o imposibilidad de que se produzca un “acto de omisión”. No se trata de un oxímoron en esta frase, sino de una contradicción flagrante.

El oxímoron es una figura de la retórica que consiste en reunir dos palabras que son en apariencia contradictorias. En el caso de la cita se trata de una equivocación fruto de la falta de reflexión o de descuido. La balanza se inclina hacia el lado del descuido.

La omisión es la falta por haber dejado de hacer. Si es la falta de hacer no puede en ella haber acción alguna, sino la ausencia de esta acción. Alguna persona con deseos de investigación puede encontrar que en la definición de omisión esta se tipifica como la “acción y resultado”. No hay que tomar al pie de la letra el vocablo acción en esta acepción, porque de lo que se trata precisamente es de la “falta de acción”, es el “dejar de”.

Uno de los casos más comunes en que usa la palabra omisión es para referirse al pecado por omisión que consiste en no cumplir con lo mandado. Es la abstención de hacer o de decir algo. En el campo jurídico es el delito o falta consistente en la abstención de una actuación que constituye un deber legal.

 

PETROPOPULISTA

“La crisis, que economistas atribuyen al colapso del modelo PETROPOPULISTA instaurado por el chavismo, se ha visto agravado en las últimas semanas por la gradual caída en los precios. . .”

Las mayoría de las veces cuando los escribientes se aventuran a crear nuevos términos, estos no son muy afortunados. En otras ocasiones -las menos frecuentes- la combinación que nace de la inventiva léxica transmite bien la idea.

En el caso presente en esta sección la voz que resulta de juntar el componente de palabra petro- con el vocablo populista trae con facilidad la idea de utilizar los recursos del petróleo para conseguir apoyo del o de los pueblo(s).

No puede celebrarse a plenitud la creación de la nueva voz porque el prefijo petro- como tal no existe en funciones de prefijo. No es menos cierto también que en el español moderno son muchos los términos de reciente introducción que llevan este petro- como parte inicial.

Como un ejemplo de una palabra acreditada ya en el seno del español internacional, con este petro delante, puede citarse el “petrodólar” que aparece definido en todos los diccionarios modernos. Otra voz que hace largo tiempo que circula en el español corriente es petroquímica, especialmente para la industria que utiliza como materias primas el petróleo y el gas natural.

Ha de tenerse en cuenta que las definiciones del petrodólar en español y el petrodollar del inglés no coinciden en todos sus rasgos. El Diccionario de la Real Academia define el petrodólar desde una perspectiva más europea. El diccionario Merriam-Webster retiene una acepción más lata.

Como se percibe por medio de lo expuesto aquí, a veces no es suficiente en la lengua con el favor de los hablantes, pues si las autoridades que resguardan la unidad de esta no están de acuerdo, pueden desterrarla del diccionario oficial.

© 2015 Roberto E. Guzmán

 

 

 

 

 

 

Los signos de interrogación

Los signos de interrogación son dos: el de apertura (¿), también llamado principio de interrogación,  y el de cierre (?) o fin de interrogación. Se desconoce a ciencia cierta el origen de estos dos signos; se cree que derivan de la primera y última letra de la palabra latina Quaestio, que significa ‘pregunta’, colocadas una encima de la otra, alternativamente. Con el tiempo la Q y la o se fueron estilizando hasta convertirse en los signos actuales: ¿ y ?.

Para algunos lingüistas, los signos de interrogación no son propiamente signos de puntuación, sino  signos de entonación, pues no sirven para marcar la estructura lógica del texto —como ocurre con la coma, el punto, el punto y coma, etc.—; solo indican la modalidad del discurso cuando este difiere del mero enunciado.  La norma académica, sin embargo, incluye expresamente  entre las funciones de los signos de puntuación la de indicar la modalidad de los enunciados, y considera, por tanto, que los signos de interrogación son signos de puntuación.

El signo de apertura (¿)

El signo de apertura o principio de interrogación (¿) se emplea en el español desde el siglo XVIII. En 1754  la Real Academia Española recomendó su uso en la segunda edición de su Ortografía. El español tiene la peculiaridad de ser el único idioma que lo utiliza. Esta particularidad tiene su explicación: en español,  a diferencia de otros idiomas, una misma frase u oración puede perfectamente variar de modalidad (entre enunciativa, interrogativa y exclamativa) solo por el cambio del tono o inflexión con la que se dice:

Fuiste ese día al Palacio de Justicia a defender al ladrón ese que apodaban Al Capone.
¿Fuiste ese día al Palacio de Justicia a defender al ladrón ese que llamaban Al Capone?
¡Fuiste ese día al Palacio de Justicia a defender al ladrón ese que llamaban Al Capone!

Ese fue el hombre que hace unos días vio saliendo de la casa con una pistola en la mano.
¿Ese fue el hombre que hace unos días vio saliendo de la casa con una pistola en la mano?
¡Ese fue el hombre que hace unos días vio saliendo de la casa con una pistola en la mano!

De no colocarse el signo de apertura, sería imposible anticipar en la lectura la naturaleza enunciativa,  interrogativa o exclamativa de la oración, lo cual causaría trastornos en la entonación (para el caso de la lectura en voz alta) o dificultades en la comprensión (para el caso de la lectura silente).

Otros idiomas, como el inglés,  marcan mejor que el español el comienzo de una pregunta, mediante el uso obligatorio de verbos auxiliares o la inversión de verbo y pronombre:

You went on that day to the court house to defend the thief nicknamed Al Capone.
Did you go on that day to the court house to defend the thief nicknamed Al Capone?

That was the man who some days ago he saw leaving the house with a gun in his hands.
Was that the man who some days ago he saw leaving the house with a gun in his hands?

Es, pues, la flexibilidad sintáctica del español, que permite utilizar las mismas palabras tanto en la enunciación como en la interrogación, la que aconseja el uso obligatorio del signo de apertura.

Por otro lado, el hecho de que los avances tecnológicos nacen, por lo general, fuera del mundo hispanohablante ha creado problemas prácticos en el uso del signo de apertura. Los teclados estándar de las computadoras, por ejemplo,  no incluyen una tecla para el signo ¿, el cual, por demás, se encuentra ausente del sistema de caracteres ASCII (American Standard Code for Information Interchange) usado por casi todos los sistemas informáticos actuales. Por esa razón, en la República Dominicana se omite frecuentemente el signo de apertura en los escritos, especialmente en anuncios y textos informales, práctica que es incorrecta, pese a su amplia difusión.

Uso de los signos de interrogación

Como lo indica su nombre, los signos de interrogación tienen como función principal enmarcar o delimitar las preguntas directas, expresadas ya sea en oraciones (¿Fuiste a la audiencia laboral de ayer?), frases (¿Cuántos años?) o palabras solas (¿Y?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿quién?, ¿qué?).

En estos casos, como se ha dicho, es obligatorio tanto el uso del signo de apertura como del de cierre, que se escriben pegados a la primera y última palabra del texto que enmarcan.

Las preguntas indirectas (Dime si fuiste a la audiencia laboral de ayer) carecen de la entonación o inflexión de las preguntas directas y, por ello, no requieren signos de interrogación.

Cuando se dan varias preguntas seguidas, cada pregunta puede considerarse como un enunciado independiente o, si son breves e íntimamente relacionadas, como parte de un mismo enunciado. En el primer caso, cada pregunta comenzará con mayúscula: ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? En el segundo, se escriben con minúsculas, salvo la primera, y se separan con coma o punto y coma: ¿Quién eres?, ¿qué haces aquí?, ¿qué quieres?

El signo de apertura debe colocarse justamente donde comienza la pregunta, aunque no coincida con el comienzo de la oración: Si nos va a defender, ¿por qué no fuiste a la reunión de ayer? En casos como este, la secuencia interrogativa debe empezar con minúscula.

La ortografía académica señala varios elementos que no deben ser enmarcados por los signos de interrogación:

a)    Los vocativos en posición inicial Juan, ¿cuánto puedes pagar dentro de treinta días?; Magistrado, ¿me puede conceder un minuto?; Doctor, ¿a quién representa Ud.?; Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

En cambio, los vocativos en posición no inicial se incluyen dentro la secuencia interrogativa: ¿Cuánto puedes pagar dentro de treinta días, Juan?; ¿Me puede conceder un minuto,  magistrado?;¿A quién representa Ud., doctor?; ¿Por qué me has abandonado, Dios mío?

b)    Los enunciados aseverativos que preceden a los apéndices confirmativos: El total de la reclamación es un millón de pesos, ¿verdad?; Quince millones de pesos por una lesión permanente no está mal, ¿eh?; Le notificaste el avenir, ¿no?

c)    Las estructuras encabezadas por en cuanto a, en relación con, en lo referente a, etc.: En cuanto al procedimiento correcto, ¿es civil o comercial?

d)    Los adverbios,  locuciones y conectores como francamente, sinceramente, con todo respeto,  por lo demás, etc., que inciden sobre toda la oración: Con todo respeto, ¿no cree Ud., magistrado, que mi cliente merece que se le oiga exponer la historia completa de lo sucedido?

e)    Las oraciones subordinadas condicionales y concesivas, así como las causales y finales, en posición inicial: Si encuentro un hueco en la agenda, ¿te puedo llamar para coordinar la visita al director?; Aunque no me puedas representar en la litis, ¿me podrías dar una consulta escrita sobre el asunto? Ya que no deseas involucrarte en el caso, ¿qué le piensas decir al cliente?  Para que todo quede claro, ¿no crees mejor hablar con ellos?

En cambio, las oraciones subordinadas en posición final se incluyen dentro la secuencia interrogativa: ¿Te puedo llamar para coordinar la visita al director si encuentro un hueco en la agenda?; ¿Me podrías dar una consulta escrita sobre el asunto, aunque no me puedas representar en la litis?; ¿qué le piensas decir al cliente, ya que no deseas involucrarte en el caso?;  ¿No crees mejor hablar con ellos para que todo quede claro?

Hay oraciones que son interrogativas y exclamativas a la vez. En ese caso, pueden combinarse los signos de interrogación con los signos de exclamación (¡!) de tres maneras distintas para expresar el carácter dual de la oración:

a)    Abriendo con el signo de interrogación y cerrando con el de exclamación: ¿Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia!

b)    Abriendo con el signo de exclamación y cerrando con el de admiración: ¡Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia?

c)    Abriendo y cerrando con los dos signos a la vez: ¡¿Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia?!;  ¿¡Tumbó al abogado de un pescozón en plena audiencia!?  Estas formas son las preferidas por la norma académica.

Por último, hay dos casos de oraciones interrogativas directas en que es opcional el uso de los signos de interrogación:

a)    Cuando la oración interrogativa constituye el título de una obra, un capítulo o cualquier otra sección de un texto: Cómo funciona la sociedad de responsabilidad limitada. En este caso, se puede también escribir el título entre signos de interrogación: ¿Cómo funciona la sociedad de responsabilidad limitada?

b)    Cuando se trata de una pregunta retórica, es decir, cuando no se formula una verdadera pregunta, sino que se expresa indirectamente una aseveración: Quieres que lo cite personalmente. Bien, lo haré. Al igual que en el caso anterior, las preguntas retóricas también se pueden escribir con signos de interrogación: ¿Quieres que lo cite personalmente? Bien, lo haré.

Usos secundarios de los signos de interrogación

Los signos de interrogación se emplean, en menor medida, en los siguientes casos especiales:

a)    Para expresar incredulidad, duda, extrañeza, recelo  o ironía. En estos asuntos, se utiliza solo el signo de interrogación de cierre, colocado entre paréntesis: El imputado dijo que no sabía nada del robo y que ese día estaba con su madre en Samaná (?).

Cuando la incredulidad, duda, etc., se refiere a una cita directa, la interrogación de cierre se coloca entre corchetes: Según el artículo 61 de la Constitución, el Estado dominicano debe “procurar los medios para la prevención y tratamiento de todas [?] las enfermedades”.

b)    Para indicar fechas de carácter dudoso o desconocidas: Cristóbal Colón (¿1436?-1506).  En este caso, es frecuente el uso del signo de cierre solo: Cristóbal Colón (1436?-1506).  Cuando se desconoce una de las fechas,  suele consignarse en su lugar una interrogación de cierre: Guacanagarí (?-1494).

Concurrencia con otros signos

La interrogación de cierre es incompatible con el punto: el propio signo ya lo lleva en su parte inferior (?), de modo que sería una redundancia repetirlo: ¿Fuiste a la audiencia laboral de ayer? Espero que sí. Sin embargo, si la secuencia interrogativa termina en una abreviatura, se debe colocar la interrogación de cierre después del punto de la abreviatura: ¿Trajiste el cuaderno, los lápices, la grapadora, etc.?

La interrogación de cierre admite detrás de sí los demás signos de puntuación, según las siguientes reglas:

a)    La coma, el punto y coma y los dos puntos se posponen a los signos de interrogación, sin espacio de separación:  ¿Quién eres?, ¿qué haces aquí?, ¿qué quieres?; no me digas que vienes de parte del Padrino.

b)    Cuando se combinan con otros signos dobles (paréntesis, rayas, comillas, etc.), los signos de interrogación se colocan dentro o fuera de los signos dobles, dependiendo de la naturaleza de la secuencia escrita entre ellos: si es interrogativa, se colocan los signos de interrogación dentro (El juez  —¿te diste cuenta?— no le dirigió una mirada de buenos amigos); si, por el contrario,  la secuencia encerrada entre los signos dobles forma parte de una oración que interrogativa, los signos de interrogación se escriben fuera de estos otros signos (¿Tumbó el imputado al abogado —como me informaron— de un pescozón en plena audiencia?).

c)    Los puntos suspensivos se colocan antes o después de la interrogación, dependiendo de si el sentido de la pregunta queda incompleto o cerrado: ¿Te atreviste a estrechar la mano de un… asesino?; ¿Te atreviste a estrechar la mano de un asesino?…

© 2014 Fabio J. Guzmán Ariza