Cuerear, gangorra, vulnerar/vulnerabilizar, bajadero

CUEREAR

El verbo cuerear está acreditado por el ejercicio que de él hacen algunas personas. Como sucede casi siempre, las mujeres son quienes cargan con la peor parte. Ellas son las que son denominadas cueros, palabra que en el país de los dominicanos significa prostituta. Para los hombres que viven una vida licenciosa lo que hace el vulgo es que al individualizarlos los llama de “cuero-macho”.

Tanto el Diccionario de americanismos como el Diccionario del español dominicano están contestes en que cuerear es ejercer una mujer la prostitución. Con razón o sin ella quien estas notas redacta piensa que el verbo deriva del nombre, es decir, cuerear deriva de cuero.

El motivo por el cual se trae el verbo a estas apostillas es porque se sostiene que el verbo cuerear en tanto verbo intransitivo no solo significa ejercer la prostitución. Cuerear también sirve para llamar la acción de “salir a buscar cueros”, ir en pos de cueros para fornicar sin compromisos.

A veces el verbo no es tan específico en cuanto a la acción a que se llegará, y entonces, es solo indicativo de ir a visitar prostíbulos para ingerir bebidas alcohólicas en compañía femenina  remunerada.

En los dos diccionarios citados más arriba no se ha encontrado esta clase de definición acerca del verbo cuerear, a pesar de que se ha oído en el habla de los dominicanos. Hay que tomar nota acerca de esta significación para que en ediciones posteriores se añada esta acepción a los lexicones que se ocupan de este menester.

 

GANGORRA

“. . .y amarrado con GANGORRAS. . .”

En la vida moderna hay tantos materiales sintéticos resistentes que es posible que el uso de la gangorra para amarrar paquetes esté cayendo en desuso.

El vocablo gangorra de acuerdo con lo que el Diccionario de americanismos consigna, es “una cuerda o hilo de cáñamo”. Esta gangorra solo se denomina de este modo en República Dominicana y allí se asienta que procede del portugués brasileño. El Diccionario del español dominicano (2013) define la cuerda como “cordel delgado hecho de fibra vegetal”. El cáñamo antes mentado procede de una planta herbácea de la cual se extrae la materia prima para la confección del cáñamo que es una fibra textil, esto es, que puede reducirse a hilos y tejida.

La gangorra era tejida, dependiendo del calibre de esta, constaba de tres o más hilos trenzados que hacían la cuerda muy resistente. Era el material favorito de los jóvenes para volar chichiguas y “cajones”, o todo tipo de “pájaros”. Se recuerda como dato curioso que al cortarla los hilos se separaban y cada uno de ellos se orientaba de acuerdo con las vueltas que había recibido.

Tenía la ventaja de ser un material relativamente liviano lo que permitía que el “pájaro” se elevara muy alto sin hacer que el peso impidiera el ascenso.

El uso de la voz está documentado en la literatura dominicana. El Diccionario del español dominicano trae una cita extractada de la obra Materia prima de Marcio Veloz Maggiolo.

El autor de estas líneas no ha conseguido encontrar la voz gangorra con un significado parecido al que posee en el español dominicano en ninguno de los diccionarios de portugués brasileño que ha consultado, aunque sí la voz con otro significado.

 

VULNERAR – VULNERABILIZAR

“. . . impiden a grupos VULNERABILIZADOS. . .”

Desde hace largo tiempo los estratos de personas cultas, leídas y eruditas andan en pos de palabras largas, de esas que revisten la apariencia de vocablos propios de ilustrados, aunque tengan que inventar esas nuevas voces, y, eso hace que quienes a ese recurso acuden se sientan más importantes y respetados.

Lejos de conseguir lo que se escribió en la última oración, esas personas lo que consiguen es oscurecer el mensaje y, en muchísimas ocasiones, confundir los lectores.

El vulnerabilizados de la cita que se encuentra en esta sección se presume que desciende de un verbo que tampoco es de uso frecuente en el español, vulnerabilizar.

El verbo que sí se conoce en el español internacional es vulnerar que equivale a herir, ofender, transgredir, quebrantar, violar una ley o precepto. Se acepta el verbo en tanto sinónimo de “dañar, perjudicar”.

En la cita transcrita más arriba puede deducirse que la persona quiso expresar “desprotegidos, perjudicados, lastimados, lesionados, desamparados,”. Por extensión en español se consideran grupos vulnerables aquellos que están más expuestos a ser lastimados de modo indirecto, lesionados por ejemplo con medidas gubernamentales de orden económico.

Un analista de noticias, un comentarista de acontecimientos no tiene que recurrir a palabras largas para atraer la atención de los lectores. Se considera una virtud el manejo de un lenguaje llano que trasmita sin dificultad el pensamiento de quien redacta y sea asimilado por el lector.

 

BAJADERO

“. . .le ofrecen un bajadero. . .”

El Diccionario de la lengua  española de las Academias conoce de un bajadero que consta en este y que es de uso en Nicaragua. En ese diccionario se define como equivalente de “rampa” o plano inclinado que sirve para subir y bajar.

El auténtico bajadero americano aparece recogido en el Diccionario del español de Nicaragua (2007:58). La acepción es esta, “Camino escabroso por donde se baja a lagunas o ríos”. El Diccionario de americanismos de las Academias introdujo una palabra que describe mejor lo enunciado antes. “Camino escabroso en pendiente que da acceso a lagunas y ríos”. Esta voz es de uso en Honduras, Nicaragua, Panamá, República Dominicana, Puerto Rico.

Lo más interesante es la extensión metafórica de este “bajadero” que se observa en el habla y hasta en el español escrito dominicano. En la actualidad un bajadero es una “salida” en tanto escapatoria, recurso, remedio, artimaña, excusa, evasiva.

Este bajadero así creado reviste algunas de las características del bajadero original, pues puede en algunos casos ser escabroso, accidentado, abrupto y se utiliza para escapar de una situación que se torna difícil o que se volvió compleja.

Como puede observarse por las descripciones y la terminología empleada más arriba se trata en muchos casos de una utilización en sentido figurado de la voz americana para referirse a circunstancias enojosas.

En ciertas situaciones el bajadero equivale a salir por la puerta de atrás, no por el frente. No hay que sorprenderse si se oye o se lee que le “ofrecieron un bajadero” a alguien o a algunos o que ellos encontraron un bajadero que es una solución menos honrosa, pero en la que no se considera que se pierde de manera deshonrosa, vergonzosa.

© 2017, Roberto E. Guzmán.

 

Un país en el mundo

Por María José Rincón

Tres de junio. Se daña mi servicio de televisión por cable. Acude el técnico y resuelve el problema. Prendo el aparato y compruebo. Primera imagen: «*Esfemérides del día de hoy». Apago de nuevo el televisor y me pregunto si es justo que, precisamente en el día en el que conmemoramos el nacimiento de don Pedro Mir, no nos merezcamos que nuestros medios de comunicación sean, al menos, respetuosos con la ortografía.

Les insisto a los que me preguntan cómo mejorar su ortografía en que leer ayuda a construir nuestra memoria visual y a que esta se convierta en un gran aliado ortográfico. No sé si, en el punto al que hemos llegado, sigue siendo un consejo acertado. Cuando hablamos de leer pensamos casi siempre en leer libros; pero leemos periódicos, leemos subtítulos, leemos anuncios publicitarios, leemos páginas electrónicas, ni siquiera algunos libros que circulan por ahí se libran… El mal uso ortográfico está tan generalizado que se tambalea el valor de la memoria visual.

No deja de ser un síntoma evidente de que algo estamos haciendo mal con la enseñanza de la lengua, especialmente de la lengua. El dominio del lenguaje es la llave para cualquier conocimiento. Sin embargo, hace tiempo que los maestros y los padres, al menos la mayoría, renunciaron a fomentar el buen uso de la lengua española, con  ejemplo, con disciplina, con pasión. Quizás porque muchos de ellos no fueron formados correctamente.  Y, cuando renunciamos a formar a nuestros niños, renunciamos al futuro. ¿Hay un país en el mundo que pueda permitirse renunciar al futuro?

© 2017, María José Rincón.

Diccionario verde

Por María José Rincón

Cuando consultamos un diccionario suele pasarnos desapercibida la belleza de algunas de sus definiciones. Confieso que, con un diccionario en las manos, puedo perder la noción del tiempo. Mis lecturas y relecturas me proporcionan placeres como los de encontrar esta definición en el Diccionario de la lengua española de la RAE para el humilde adjetivo verde: ‘Dicho de un color: Semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda’: El color verde tiñe las banderas.

Si hablamos de una zona o área verde, nos referimos a que en ella no puede edificarse porque alberga, o está destinada a albergar, un parque o jardín. Si, en cambio, decimos verde de un árbol o de una planta, nos referiremos a que ‘aún conserva alguna savia, en contraposición al seco’: Podemos salvar esa palma; todavía está verde. Cuando, en lugar de a una planta, los usamos para referimos a un fruto, destacamos que este aún no ha madurado: plátano verde. Y aquí no me resisto a mencionar la sabiduría popular dominicana cuando sentencia que «plátano maduro no vuelve a verde».

Incluso podemos extender  figuradamente su significado y aplicarlo a una persona a la que consideramos inexperta o inmadura:  Seguimos muy verdes en ortografía. En otros países de habla española son verdes los chistes con contenido erótico, esos a los que nosotros llamamos colorados. Cuestión de colores.

Y así el diccionario va registrando las distintas acepciones de un mismo adjetivo según a quién o a qué se le aplique. Quiero pensar que, para nosotros, el movimiento verde se apoya en la relación que nuestra cultura establece entre el verde y la esperanza. Y no me malinterpreten, no con aquella esperanza que se comió un burro, sino con la esperanza del verdor que presagia buenos frutos.

© 2017, María José Rincón.

Aportes valiosos

Por María José Rincón

No soy una fiel oyente de radio. Solo recurro a ella en los inevitables tapones. Algo de música alivia la desazón de la ruta; si la música está acompañada de un resumen de noticias y algunos comentarios atinados, mucho mejor. Y aquí es que empiezan los inconvenientes. ¿Han olvidado los que hablan en la radio el respeto por la lengua española, su herramienta esencial de trabajo? Pocos son los buenos hablantes ante los micrófonos radiofónicos.

Y uno de ellos es, sin duda, Ramón Colombo. Más de una vez lo he oído corregir los anglicismos innecesarios que brotan a cada paso. Y casi siempre se queda solo. Hace unos días tuvo la ocurrencia de preguntar a unos anunciantes cómo se decía en español el nombre y el lema en inglés del producto que anunciaban. El resultado fue un balbuceo de duda. La excusa para justificarse no fue otra que, como casi siempre, escudarse en que el inglés es la lengua que manejan los jóvenes. Me pregunto qué clase de formación les estamos brindando a nuestros jóvenes cuando lo «prestigioso» es expresarse incorrectamente en la lengua materna; cuando nuestro «estatus» aumenta cuando la salpicamos de extranjerismos innecesarios. El resultado: ni hablamos bien en inglés ni hablamos bien en español.

Las lagunas profundas en el aprendizaje de nuestra lengua materna y en el respeto por su buen uso son evidentes. Es hora de que cada uno en su entorno ponga su granito de arena, y el granito de arena de los comunicadores, como el Ramón Colombo, tiene un valor añadido. Lo que lamentamos es que, a veces, se quede tan solo.

© 2017, María José Rincón.

 

 

Dormida entre nardos

Por Camelia Michel

Blanco olvido ausencia pálida.
A ti puedo contarte cosas
sabor amargo de raíces
tu mirada me sepulta
virgen dormida entre los nardos.

No eres Ofelia desposada en el abismo
aún respiras corazón
entre tus pechos de agua y tierra
agitándose en el nicho de los aromas grises.

Eres desde siempre neblina
y ya no sé qué decirte.

Una vez era el incendio muerte roja
constelada

Aquella que creyó ser niña nuevamente
se hizo noche desgarrando las cenizas.

Aroma de neblina en el espejo polvoriento
su corazón era gris más allá del precipicio.

Pero te ríes y ya no sé qué decirte olvido blanco
pálida ausencia
virgen nacida entre los nardos.

Santo Domingo, 12 de junio de 2017

Sobre el pensamiento de Bruno Rosario Candelier

Por Segisfredo Infante

  En algún ensayo he expresado, en forma quizás atrevida, que mi reino es el reino de los libros impresos, en tanto que sus páginas condensan el espíritu universal, en las esferas abstractas y concretas. Esta idea más o menos virreinal se encuentra entrelineada en las antiguas escrituras bíblicas, y de algún modo en el pensamiento hegeliano; como entrelineadas se encuentran, en este brevísimo discurso, las concepciones filosóficas ratiovitalistas, hoy personalizadas. Por eso en el marco del libro concreto he comenzado a leer la obra impresa del doctor don Bruno Rosario Candelier; por lo menos aquellos de sus formidables textos que hasta este momento he tenido a mi alcance.

Creo que un primer libro suyo que llegó a mis manos, el 18 de septiembre del año 2016, desencadenó en mi espíritu una sutil emoción cargada de extraña alegría, al enterarme de que en alguna ínsula de América Latina se hablaba y escribía sobre Metafísica, como parte de la gran Filosofía, sin ningún prejuicio y sin ningún rubor. Me refiero al luminoso libro Metafísica de la conciencia: el Logos en la pantalla del Cosmos, escrito por don Bruno, y publicado por la editorial “Ateneo Insular”, que he compartido con algunos de mis amigos del Grupo de Estudio y Reflexión “Kurt Gödel”, en Tegucigalpa. A la par de este libro inusitado, o casi inmediatamente después, tuve entre mis manos El Logos en la conciencia: Lenguaje, conceptualización y creatividad (2010). Igualmente La Mística en América: Contemplación, poesía y espiritualidad (2010), uno de los mejores textos que he leído sobre mística poética; y otros volúmenes interioristas relacionados con la pluma de nuestro escritor abordado, y con las plumas de la pequeña constelación de sus buenos amigos y colegas identitarios.

He declarado en mis escritos, en varias oportunidades, que soy lento para leer, digerir y escribir Filosofía. Como quizás (pero sólo quizás) soy rápido para escribir, más o menos sobre la marcha, cuestiones periodísticas, de estructura y de coyuntura. Sin embargo, en una primerísima aproximación a la obra filológica y filosófica de los quehaceres meditativos de Don Bruno, puedo conjeturar que por dentro de su discurso subyace una especie de “razón poética” poderosa e inmarcesible, y emparentada, quizás directa o indirectamente, con la “razón poética” trabajada durante décadas por la filósofa española doña María Zambrano. Creo que es un nexo interesante que he encontrado en estas primeras y tímidas aproximaciones, aun cuando tal vez se trate de un nexo apenas entrevisto e inconsistente de parte mía, desde el punto de vista de la lógica del discurso respectivo de ambos escritores. Porque en primera instancia he encontrado un lenguaje hermoso y exuberante en la prosa de don Bruno Rosario Candelier, en su exquisito libro El Logos en la conciencia, que es difícil de parangonar con otros escritores en lengua castellana. Sobre todo por la carga lírico-filosófica de sus conceptos y nociones. Seguidamente hay sobriedad categorial, al margen del lirismo, en su libro aludido Metafísica de la conciencia (2016). A lo que habría que añadir que he comenzado a sumergirme en el mundo místico de la poética interiorista en sus diversos momentos: el prehispánico, el castellano, el dominicano y el americano en general, en varias lenguas, por mediación de un conjunto de poetas mayormente desconocidos en Honduras, habida cuenta que en mi terruño suelen circular (con muy raras excepciones) antologías poéticas nacionales y extranjeras, varias veces excluyentes, agrupadas con estándares sociológicos y políticos, dejando por fuera a poetas y narradores de gran profundidad interior, ligados tal vez al quehacer metafísico. Naturalmente que hay escritores hondureños importantes, de distintas tendencias y estilos, sobre los cuales me gustaría hablar, positivamente, en otro momento.

En este punto debo confesar que sin darme por enterado, había previamente compartido con don Bruno, la idea especial que en el ánimo del Hombre pensante coexisten condiciones físicas y metafísicas, ya sean producto de los “efluvios universales”, de la herencia biológica o de creaciones históricas del Hombre mismo, concebido como individuo y como colectividad. Al respecto pronuncié un brevísimo discurso, excesivamente breve,  en Santa Rosa de Copán (una ciudad del occidente de Honduras), el jueves 14 de julio del año 2016, titulado “Física y metafísica de la Luz”, al momento de presentar por primera vez mi libro Fotoevidencia del sujeto pensante (2014); un libro de filosofía especulativa, con algunos giros epistemológicos. El discursito aludido copaneco fue publicado en la Revista histórico-filosófica Búho del atardecer, número nueve, de agosto-septiembre de 2016, página tres, que he traído a Ustedes.

Dentro de una perspectiva abarcadora, desprejuiciada, es sugerible que un buen día, sea lejano o cercano, detengamos nuestras miradas de lectores impenitentes sobre algunos conceptos e ideas claves que se sustentan en la obra de don Bruno Rosario Candelier, tales como el concepto de “logos”, o como el concepto de “numen”, que se remontan a los orígenes de la filosofía y del pensamiento griegos. Así como también sobre sus nociones y frases conceptuales como “energía divina”, “conciencia”, “energía metafísica del universo”, “mística”, “creatividad”, “revelaciones”, “verdades metafísicas”, “energía erótica”, “interiorismo”, “creación teopoética”, “animicultura” y “energía lingüística”, que son como constantes de su pensamiento propio, filosófico-metafísico, por aquello de los neologismos y de las expresiones recargadas con nuevas afinidades semánticas. Y sin cuyas conceptualizaciones sería poco menos que imposible comprender el discurso candelariano. Como asimismo se traduciría en una especie de afán improductivo el hecho de leer e interpretar la poesía interiorista hispanoamericana (vieja, nueva y reciente), sin intentar comprender, previamente, ese hermoso lenguaje candelariano antes aludido.

Como si se tratara de un pie de página indispensable, tengo la impresión que don Bruno Rosario Candelier es uno de los más importantes pensadores de la América Latina actual, en los terrenos filológicos, filosóficos y poéticos. Por eso, forzando las analogías, podría arriesgar la hipótesis que la dimensión de don Bruno sólo es comparable, en este momento histórico, con la del filósofo y fenomenólogo colombiano don Germán Vargas Guillén, sin perder la óptica que ambos escritores son muy diferenciados entre sí, tanto por los senderos bifurcados semi-borgeanos que ambos transitan, como por los lenguajes respectivos que les caracterizan. Siempre en la noción del pie de página quiero agradecer a don Bruno por citar, en alguno de sus renglones, un artículo mío, y por mencionar el título de mi libro Fotoevidencia del sujeto pensante. Como igualmente agradezco, en grado sumo, a la venerable Academia Dominicana de la Lengua, por invitarme a Santo Domingo. También agradezco, humildemente, a mis correligionarios políticos de Honduras, por auxiliarme en forma indirecta en este viaje.

Este es el momento preciso para subrayar otro agradecimiento, infinito por cierto, que trata de mi incorporación como miembro correspondiente a la Academia Dominicana de la Lengua, hecho extraordinario que me honra, más allá de lo pensado, y me convierte en un ciudadano por adopción, de la República Dominicana, un país con el cual mi deuda moral e intelectual habrá de ser permanente. Mil gracias a todos ustedes, que son tan finos conmigo.

Por último he venido a ustedes, queridos amigos e intelectuales dominicanos: académicos, pensadores, poetas y narradores de ambos sexos, con un libro de filosofía especulativa: Fotoevidencia del Sujeto Pensante. Y con tres libros de poesía bajo mis alas. Me refiero a Paciente Inglés; reflexiones en el cineDe Jericó, el relámpago; y Correo de Mr. Job, para compartirlos brevemente, en la medida de lo que sea posible. Sospecho que en alguna fecha remota mis andanzas librescas, y espirituales, serán más detectables en los anaqueles de República Dominicana, en el Estado de Israel y en la Biblioteca del Congreso en Washington, que en los archivos fragmentarios de Honduras, mi dolorosa “tierruca amada”, tal como lo diría el escritor uruguayo-hondureño, ya fallecido, don Oscar Falchetti. ¡Bendita sea la tierra de don Pedro Henríquez Ureña, don Bruno Rosario Candelier y de todos ustedes!

Segisfredo Infante Tejeda
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, Ciudad Colonial, 23 de junio de 2017

Presentación de Segisfredo Infante

Por Rafael Peralta Romero 

La Academia Dominicana de la Lengua recibe hoy como miembro correspondiente a don Segisfredo Infante, académico de número de la Academia Hondureña de la Lengua, cuyo nombre  se ha expandido en su país y en otros del continente  por su vasto ejercicio como periodista, poeta, filósofo e  historiador. Vale decir, se trata de  un humanista integral.

El pensamiento impulsa la palabra,  no se concibe que la persona ocupe su tiempo en el acto de pensar, indagar, observar lo que acontece en el mundo,  si no lo va a plasmar  mediante la palabra. Segisfredo Infante entendió este aserto desde muy  temprano y aceptó su compromiso con la palabra, y su vida hasta ahora ha sido una demostración de ese compromiso.

Nació en San Pedro Sula, Honduras, en 1956.

Es licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, en la que fue docente durante diez años y director de la Editorial Universitaria. Fue cofundador de las revistas Pensamiento Hondureño y Tiempos Nuevos, codirector del boletín literario-informativo 18-Conejo y fundador de la revista histórico-literaria Caxa Real, que actualmente dirige. Es miembro numerario de la Academia de Geografía e Historia de Honduras y miembro correspondiente de la de Guatemala.

Ingresó como miembro de número en la Academia Hondureña de la Lengua el 16 de abril de 2010, con el discurso titulado Obsesión de la muerte de la obra de Nelson Merren.

De  Publio Terencio  suele citarse la frase “Soy hombre, nada humano me es ajeno”.  Creo que para nadie, como para Segisfredo Infante, tiene mayor aplicación  el famoso dicho del dramaturgo romano.

Si bien las disciplinas humanísticas  tienen una evidente conexión porque sirven a la  expresión  del pensamiento y todas se valen de  la lengua como vehículo conductor,  también es cierto que cada una tiene sus particularidades y objetivos definidos. Unos  cultores   prefieren el énfasis en la estética, y escriben la obra literaria;  otros son absorbidos  por la búsqueda del  pensamiento racional y trascendente, son los filósofos; unos más prefieren compilar, y a veces interpretar, los hechos sociales, para que la historia sirva, como dijo Cicerón, como maestra de la vida, son los historiadores.

Todos ellos, cuando escriben, necesitan divulgar el producto de su intelecto y además del libro, cuentan  con revistas y periódicos  para hacer saber lo que han concebido. La función de periodista no puede ser extraña a pensadores, creadores literarios y observadores   e intérpretes de la realidad social.

Además de poeta y  ensayista de temas filosóficos e históricos, Infante  ejerce como analista económico, colabora habitualmente en el periódico La Tribuna, donde escribe su columna Barlovento, en la que trata temas relacionados con sus especialidades.

En su rol de periodista hay que agregar que es director-fundador de  Búho del atardecer,  revista histórico-filosófica, de aparición mensual, en la que aparecen infaltablemente sus  reflexiones.

Entre sus obras publicadas destacan Filamentos (1984); Antinomias de café 1981-1989 (1990); Pesquisas literarias (1993); Los alemanes en el sur (1993); El libro en Honduras (1993); Algo de opinión (1997); Reflexiones en el cine: «Paciente inglés» (2001); De Jericó, el relámpago (2004), Correo de Mr. Job (2005) y Fotoevidencia del sujeto pensante (2014).

Ha compilado, además, Homenaje a Rafael Heliodoro Valle en los treinta años de su fallecimiento y 98 de su natalicio (1989) y Un homenaje y cinco presentaciones (1991).

Su vínculo con la Academia Dominicana de la Lengua es prueba de la hermandad y coterraneidad que  une a los pueblos de Hispanoamérica, ese parentesco está sustentado  en el hecho de compartir la lengua española y acarrear  hechos comunes en sus respectivas historias.

Una cuestión que  salta como verdad  incuestionable es el dicho de Francisco  Ayala: “La patria de un escritor es su lengua”. Y para el caso, vale  recordar que nuestra academia tiene por lema “La lengua es la patria”.

Infante es hermano en la palabra, o mejor en el compromiso con la palabra, y la Academia Dominicana de la Lengua lo declara hoy  “individuo suyo” para que ostente la membrecía de nuestra institución, como reconocimiento a su trayectoria de humanista pleno.

El pensamiento luminoso de Segisfredo Infante

Por Bruno Rosario Candelier

“Te respeto YAVÉ con el dolor que clama

la luz que me anonada ante la Nada”

(S. Infante, Correo de Mr. Job).

El hecho de que un hombre asuma la condición de pensador es una circunstancia muy favorable y significativa en el mundo de la cultura, en el desarrollo del pensamiento y en la creatividad. Cuando Segisfredo Infante asume la palabra para tratar de entender el mundo se plantea tres opciones, tres posibilidades como efectivamente existen y están a nuestro alcance. En primer lugar, él concibe la existencia del sujeto, es decir, la persona que piensa, la persona que contempla la realidad de lo viviente, y entonces él trata de testimoniar lo que ese sujeto percibe cuando entra en contacto con el mundo. Acontece que cada uno de nosotros tiene la posibilidad desde su sensibilidad y su conciencia de ponerse en contacto con el mundo, y ese contacto, naturalmente, lo hace desde su yo entrañable. Ese es el sujeto. Él visualiza la primera instancia al ponerle atención cuando quiere explicar el mundo, porque evidentemente el mundo no existe para nuestra conciencia si no hay alguien que lo piense, aunque materialmente existiera. Si nadie piensa el mundo es como si el mundo no existiera y esos son planteamientos que se hace el pensador y por eso la importancia que tiene en su filosofía la instancia del “sujeto”.

El sujeto es el hablante, es la persona, el individuo que se sitúa en la realidad y se establece ante una determinada realidad. Sucede que todos estamos instalados en el mundo, todos compartimos algo del Universo en esa ubicación, en esa instancia, en esa circunstancia que nos ha tocado vivir y esa es la gran tarea de cada persona como individuo y como sujeto: ponerse en contacto con el mundo y dar testimonio de ese contacto. De hecho, lo que hace a los escritores, a los artistas, a los intelectuales, a los creadores es justamente colocarse ante la realidad, sentir que están ante la realidad y testimoniar lo que perciben de esa realidad a partir de su propia percepción del mundo.

El pensador hondureño Segisfredo Infante, en su reflexión filosófica concibe tres instancias para la contemplación teorética: el sujeto que piensa, la realidad que apela al sujeto pensante y el pensamiento del sujeto sobre la realidad. Se trata de una valoración de la intuición y la revelación de lo que conforma la esencia y el sentido de fenómenos y cosas: “El pensamiento resulta ser, como un ente emanado desde un objeto orgánico complejo, en su desarrollo subjetivo posterior, algo excesivamente importante en la evolución del Universo entero. Es como una tercera realidad que involucra, sin prejuicios, en un comienzo, al pensamiento mítico, al poético y al revelado. Tal pensamiento “revelado” originario lo encontramos en la profética de los hebreos, los antiguos pensadores griegos, cargados de poesía enigmática. Sin olvidar a la buena literatura hindú; y al “yin” y el “yan” de los chinos inmemoriales” (1).

La segunda instancia a la que Segisfredo Infante le pone atención es a la misma realidad. Obviamente el pensador, al pensar el mundo, piensa la realidad, se da cuenta de que está ante una realidad constatable. Es la misma realidad a la que nos enfrentamos todos. Cada uno de nosotros está instalado en una determinada realidad y nosotros constantemente estamos en conexión con esa realidad. Una conexión que es sensorial a través de nuestros sentidos materiales; que es intelectual a través de nuestra mente o intelecto; que es afectiva a través de nuestra sensibilidad; que es espiritual a través de esa dotación singular de la conciencia que nos enaltece a todos los seres humanos. Entonces, ante la realidad, que es la que aporta a toda disciplina que existe en el mundo una cuota de su ser, una cuota de su existencia, de su condición física y de su condición metafísica, porque acontece que la realidad no es solo la dimensión material que percibimos con nuestros sentidos corporales. La realidad tiene una dimensión inmaterial, sin duda más importante que la misma dimensión material de lo visible.

El pensador se sitúa ante esa realidad, como también se sitúa el poeta ante esa misma realidad, pero como pensador él trata de desentrañar lo que la realidad le ofrece. Si cada uno de nosotros piensa su propia realidad puede encontrarse con diferentes aspectos y vertientes, con múltiples fenómenos que le van a permitir reflexionar, pensar el mundo, teorizar sobre la realidad.

En su libro Fotoevidencia del sujeto pensante, hay un recuento de todos los planteamientos filosóficos de los principales pensadores que han existido en el mundo, pero el pensador no se conforma solo con hacer una síntesis de lo que han aportado los filósofos, sino que él, al tiempo que sintetiza, también aporta su propia reflexión como pensador, porque es un pensador. Un pensador es una rara criatura que existe en el mundo intelectual de la cultura. Realmente cuesta pensar, de hecho, nuestra cultura no nos prepara para pensar y esa es una deficiencia que tenemos. No nos enseñan a pensar y cuando aparece alguien con esa capacidad reflexiva, como Segisfredo Infante, hay que saludarlo y celebrar la existencia de un pensador que da su punto de vista cuando observa la realidad como lo han hecho todos los pensadores que en el mundo han sido.

Segisfredo Infante, situado ante la realidad de lo viviente, concibe el pensamiento como un milagro de la creación, atizado por la “materia organizada” que se refleja en la conciencia: “Las diversas expresiones del pensamiento más o menos articulado se presentan, frente al Hombre histórico en sí mismo, como si fueran la culminación de un milagro universal, al grado que inclusive los ateos confesos y los materialistas-deterministas se impresionaron al escribir, y describir, en otros tiempos, a la “materia altamente organizada”. No hablamos, aquí, solo del pensamiento racional positivo, ni tampoco del edificante, sino de cualquier pensamiento humano, anexándose el lado negativo, el apasionado, el desbordado y el aparentemente irracional, porque la irracionalidad posee sus niveles ascendentes y descendentes, incluyendo en este sendero el proceso de la metáfora; la fábula o la rigurosa poesía. Los expertos en neurobiología del cerebro, y los apasionados en inteligencia artificial, que aspiran a alcanzar la verdad última en este laberíntico tema, dejarán siempre rincones inexplorados, incontestables; o fisuras tectónicas imperceptibles, e insondables; porque en cierto modo el pensamiento abarcador del hombre es más complejo y aleatorio que los saltitos cuánticos de las partículas subatómicas” (SInfanteFotoevidencia11).

Los primeros grandes pensadores, que en nuestra cultura occidental fueron los pensadores presocráticos, lo que hicieron fue instalarse en la realidad, contemplar la realidad y producto de esa contemplación de la realidad comenzaron a teorizar en torno a las manifestaciones de la misma realidad, a decir lo que percibían de su entorno, de la naturaleza y el ordenamiento de lo viviente, de todas las manifestaciones físicas y metafísicas que el mismo Universo está ofreciendo permanentemente, porque desde el Universo en todas partes del mundo siempre hay señales, irradiaciones, destellos, estelas, voces, imágenes que vienen del Universo y que mediante ondas electromagnéticas tocan nuestra puerta con singulares mensajes trascendentes.

Nosotros somos los sujetos, somos los individuos que tenemos la capacidad para entender esas señales del Universo, para captar esas señales, esas irradiaciones profundas que son irradiaciones electromagnéticas a través de rayos, a través de la luz, a través de ondas misteriosas que permanentemente están circulando por el mundo. Eso no es un capricho, ni un perjuicio, ni una suposición o una ilusión de un pensador o un poeta. Es una realidad como lo ha demostrado la ciencia de la física cuántica, que ha certificado que el Universo es una red tejida con múltiples señales, con variadas sensaciones y emisiones, y nosotros estamos insertos en esa red cósmica, en algún ámbito físico y metafísico del Universo, en algún lugar de esta singular estancia en conexión siempre, desde nuestra sensibilidad profunda, con la esencia de lo viviente desde nuestro espíritu.

Entonces los antiguos pensadores presocráticos comenzaron a pensar el mundo y desde entonces ha habido en todos los tiempos y culturas, en todos los pueblos del mundo, personas que han experimentado esa inquietud intelectual y espiritual. La inquietud de conocer, de saber por qué y para qué estamos en el mundo y cuál es la razón de ser de nuestra estancia en la tierra.

La autoconciencia, que es la reflexión del propio sujeto sobre su conciencia, para Segisfredo Infante es una de las evidencias más impactantes de la condición humana por el hecho, objetico y constatable, de que nos permite pensar la realidad, pensar que pensamos y pensar el pensamiento sobre la realidad, rejuego de la conciencia con su poder de reflexión, intuición y creación. En tal virtud, Infante Tejeda percibe diversas manifestaciones de la realidad: 1. La realidad de las cosas. 2. La realidad del pensamiento. 3. La realidad de las palabras. 4. La realidad metafísica (el ámbito sutil de lo existente). Y finalmente, 5. La realidad mística.

Todas esas son reflexiones que hace el pensador de Honduras en su libro Fotoevidencia del sujeto pensante.

En sus planteamientos reflexivos, se habla de una tercera instancia que tiene mucha importancia para Segisfredo Infante, que es “el pensamiento”. El pensamiento en el que él se introduce como pensador, porque todos los pensadores que se han dedicado a pensar sacan la conclusión de que nosotros tenemos la capacidad para pensar lo que pensamos y de que tenemos la capacidad de testimoniar lo que pensamos mediante nuestra palabra. El pensamiento no es más que el fruto de la reflexión intelectual entorno a la observación de la realidad que el sujeto pensante asume y observa en todos sus detalles: en sus detalles sensoriales y suprasensibles, y como resultado escribe lo que reflexiona sobre la realidad y en torno al sujeto que piensa la realidad.

Hay una adecuación, una relación, una coherencia en esos planteamientos que hace el poeta, que hace el pensador hondureño Segisfredo Infante, que concibe el pensamiento como un milagro de la creación. Somos nosotros los que creamos el pensamiento, somos los hablantes, los sujetos pensantes los que creamos el pensamiento en función de esa dotación intelectual, de esa hermosísima y profundísima dotación que hemos recibido de lo Alto justamente porque somos seres humanos creados por el Padre de la Creación, que es el mundo, y que se manifiesta en la palabra según el concepto originario que concibió Heráclito de Éfeso cuando ideó el término Logos para referirse a la dotación del intelecto que genera la energía interior de la conciencia en cuya virtud podemos pensar, reflexionar, intuir, hablar y crear. Por esa razón Segisfredo dice que el pensamiento es un milagro, porque ¿ustedes saben lo hermoso que es darle forma a una idea que nos surge ante la contemplación de la realidad? A menudo nos surgen ideas e imágenes con sus emociones implicadas cuando observamos una planta, una noche estrellada, una tarde lluviosa, o cuando sentimos una nostalgia, un dolor, una angustia o un momento de felicidad o un momento de infinito, y entonces eso produce en nuestra conciencia un pensamiento, una palabra, un poema. Ante la realidad nosotros generamos dos manifestaciones fundamentales a las que dan cuenta los filósofos y los poetas: los conceptos y las imágenes que nos forjamos de las cosas.

La primera gestación de nuestra conciencia es el pensamiento y ocurre porque tenemos la capacidad para crear conceptos de las cosas, que Segisfredo Infante lo plantea muy bien en su libro. Al observar la realidad nos forjamos en nuestra conciencia un concepto de esa realidad y entonces podemos definir las cosas, podemos valorar las cosas, podemos crear un concepto de cualquier sensación de la realidad y eso nos convierte en seres pensantes automáticamente.

La segunda vertiente muy importante que produce todo observador de la realidad, todo contemplador de lo viviente es lo que en su sensibilidad profunda experimenta en términos de imágenes de sus percepciones entrañables, porque la realidad la podemos explicar como concepto y podemos sentirla como imagen; y son justamente los artistas, los poetas, los narradores, los dramaturgos, los músicos, los pintores los que convierten en imágenes las diversas manifestaciones que perciben de la realidad, dándoles forma artística mediante la imagen creadora. Así nace la poesía y la ficción.

Justamente lo que distingue a un poeta de uno que no es poeta es el hecho de que el poeta cuando piensa, piensa en imágenes, diferente al que no es poeta que, cuando piensa, piensa en conceptos. Ambas vertientes, la de los que piensan en conceptos y de los que piensan en imágenes son al mismo tiempo el resultado de esa capacidad de la inteligencia para intuir el sentido de fenómenos y cosas, y eso es lo que reflexionan los pensadores, esto es lo que ha reflexionado Segisfredo Infante cuando se dispone a pensar el mundo, a hacerlo de una manera tal que le ha permitido dar cuenta de la realidad de sus reflexiones a partir de su percepciones y vivencias, a partir de sus intuiciones y a partir de la valoración que él hace de la misma realidad.

Me gustaría seguir profundizando en esta introducción en torno al pensamiento de Segisfredo Infante porque hay mucha materia para hablar en este aspecto del intelecto. Esa capacidad de reflexión metafísica que tiene este valioso intelectual hondureño, esa capacidad de llevar a la poesía lo que ha observado de la realidad es admirable, porque hay una tremenda coherencia entre lo que él piensa como filósofo y lo que él siente y expresa como poeta. El distinguido pensador de Honduras enfoca la soledad como un factor determinante en la angustia de los hombres y los pueblos: “A pesar de las modernidades, de las posmodernidades y de las tecnologías contemporáneas, positivas en muchos casos, el sujeto individual se percibe a sí mismo, con añoranzas, impotencias y proyectos trascendentes, como si fuera una luciérnaga titilante en medio de la noche oscura de su propio tiempo particular. La soledad, al margen de la sobrepoblación mundial, es abrumadora. Es difícil medir la soledad del hombre rural, y semi-rural, atrapado aquí en la Tierra, ante el paso de las nubes poéticas y semi-caóticas, y ante la sobrecogedora lejanía de las estrellas. Es difícil medir esa soledad provinciana del terrícola sumergido, parejamente, en la soledad paradójica de una población bullanguera, ruidosa, de las grandes urbes. En todo caso, la soledad se encuentra ahí, y allí, con las variaciones bucólicas del campo y las insolidaridades del incógnito sujeto urbano, desconocido por las mayorías con las cuales cohabita, y por las mismas minorías desconocidas, a pesar de la teoría de las alteridades. Esa soledad puede ser altamente productiva como en los casos del matemático Arquímedes; de los teólogos Agustín de Hipona y Moché Maimónides; y del filósofo-metodólogo René Descartes en sus habitaciones. Sin desdeñar u olvidar a los primeros místicos orientales ni mucho menos a los grandes profetas del desierto, localizados en diversos puntos del planeta disperso. O a la otra soledad que puede ser estéril, como en la de aquellos individuos ansiosos por acumular dinero excesivo, prestigio y poder; o en aquellos que vegetan, sin sentido, cada día, sin importar todo lo demás. No hay que olvidar, en este texto y contexto, que el Sujeto pensante, al atardecer de la vida, se encuentra íngrimo y desamparado, en las orillas del mundo y del camino interrogante” (SInfanteFotoevidencia53).

A juicio del pensador catracho, entre los atributos que aprecia del producto de la mente humana, afirma que el pensamiento, con el poder de auto-iluminación, supera la velocidad de la luz: “Un probable fruto personal es que un “suceso” podría, muy remotamente, llegar a viajar a una mayor velocidad que la luz energética; pero nunca podría moverse a mayor velocidad que la otra luz que emana desde la cosa autopensante, “fosforescente”, que se ilumina a sí misma, y a veces desborda por todo el Universo, sin moverse apenas del lugar que físicamente ocupa. Se trata, pues, en nuestro caso, de una libre racionalidad autocontrolada. No de disparates seudocientíficos, o seudometafísicos, propios de algunos individuos que buscan fama momentánea a todo trance. Otro posible fruto personal es que tal vez podría hablarse de libertad “asintótica” de las conexiones y circuitos impredecibles de millones y millones de neuronas cerebrales, por donde fluyen, invisiblemente, las emociones, los gruñidos, los recuerdos, las palabras, la música, los símbolos, los sueños, las pesadillas y las imágenes reorganizadas del pensamiento, con sus luces mentales y sus sombras. Hasta podría añadirse, con cierto atrevimiento, que el pensamiento humano fluye inmaterialmente, invisiblemente, con alguna independencia del cerebro mismo, tal como se mueven o fluyen las partículas inmateriales, con probabilidad de “masa cero”, que interaccionan con la materia” (SInfanteFotoevidencia80).

Segisfredo Infante piensa el mundo, y da a conocer lo que piensa en estudios de reflexión filosófica; pero él tiene también la sensibilidad estética como creador de poesía. Al mismo tiempo que él tiene la capacidad reflexiva para hacer juicios críticos sobre asuntos teoréticos de la realidad que aborda su intelecto, también canaliza lo que su sensibilidad experimenta cuando se pone en contacto con las cosas. En este creador se da una condición muy especial, y es el hecho de que, lo que piensa como pensador quiere llevarlo a la poesía en la singular expresión del poema. Único caso que conozco entre nuestros intelectuales, que escriben un pensamiento filosófico y ese pensamiento filosófico lo llevan a la poesía, pues en él es muy importante el hecho de que el Universo da señales profundas, de que como resultado de la Creación del Mundo, obra divina en la que tenemos la fortuna de ser, como producto de la Divinidad el mundo es la más alta realidad que pone en evidencia la existencia de un creador y la existencia al mismo tiempo de una realidad física, de una realidad material que nos proporciona a nosotros, sujetos especiales en cuya virtud podemos entender y valorar el mundo.

En efecto, el hecho de que nuestro intelecto puede crear imágenes y conceptos de las cosas, calibrar cuanto sucede y crear nuevas realidades verbales, responde a esa energía interior de la conciencia con la capacidad para crear una nueva realidad, que podríamos llamar realidad estética, realidad metafísica o realidad ideal. En el siguiente párrafo se puede apreciar una autodescripción de Segisfredo Infante al valorarse como intelectual: “En lo personal soy Hijo amoroso de la Historia, y del pensamiento antiguo. Mis posibles raíces se hunden en la ciudad mesopotámica de “Ur”, y en los oscuros bosques visigóticos del Norte. Soy heredero del mejor pensamiento medieval, son sus riquezas artísticas. Soy un deudor directo del Renacimiento italiano y de la modernidad cartesiana y hegeliana. Respetador del pensamiento chino y del hindú. Admirador de las sutilezas breves del arte japonés. Pero también declaro haber abrevado en el principio de incertidumbre heisenberiano, y en la levedad del ser de los autores posestructuralistas y posmodernos. He navegado, en fin de cuentas, en las aguas profundas y orilleras del devenir heracliteano de todos los tiempos” (SInfanteFotoevidencia82).

Gracias a la ciencia de la física cuántica, a la reflexión metafísica, a la intuición mística y la inspiración poética, las realidades espirituales o inmateriales no son una especulación de iluminados, contemplativos y poetas, ya que se ha comprobado la existencia de los efluvios de la Creación mediante las irradiaciones metafísicas y las fuerzas sutiles, libres de la materia, que son realidades auténticas cohabitantes de la realidad del Universo en su condición de campos energéticos inmateriales: “…propongo y reafirmo que algunos campos singulares de fuerza sin materia son el territorio más fecundo para la meditación especulativa de la actualidad y de cualquier época histórico-evolutiva del futuro. Es el ámbito en que se entrelazan, o se podrían entrelazar, la metafísica verdadera y la ciencia física, en tanto que aquí podría refugiarse la madre de todas las madres. Aquí cobraría más sentido la vieja y la nueva propuesta acerca del pensamiento inmaterial, invisible, y de otras conjeturas más o menos místicas, desde las más serias hasta las menos serias” (SInfanteFotoevidencia83).

Con razón cree Segisfredo Infante que aunque la conciencia tiene su fuero en el cerebro, es una realidad inmaterial en su forma metafísica, como un soplo que se anida en las neuronas cerebrales en virtud de la dotación espiritual que conforma la esencia de nuestro ser: “Lo primero que uno piensa es que la conciencia es algo inatrapable que tal vez podría localizarse, “fantásticamente”, en algunos puntos neurálgicos del cerebro humano, en los campos visuales, como centros de convergencia y divergencia de la conciencia misma. La conciencia se vuelve como un fluido inmaterial, tal vez energético, intangible y harto paradójico, como intangibles con los fotones energéticos sin masa material, que se desplazan en línea directa-ondulatoria dentro de campos electromagnéticos. Los fotones, hijos de los electrones, son reales, y la conciencia es real, al margen de las formalidades matemáticas. Comprendo que el símil es forzado pero necesario en la relación dinámica de la presencia y ausencia de la materia, en que algunas partículas elementales, sin masa material, o con “masa cero”, portadoras de información, existen indirectamente, en los “campos” naturales o bien en el laboratorio, aunque sea en microfracciones de segundos. Con esto refuerzo mi conjetura sobre la inmaterialidad, o invisibilidad, del pensamiento superior y de la autoconciencia laberíntica, autónoma” (SInfanteFotoevidencia85).

La energía de la conciencia, según la intuición fotoelectromagnética de Segisfredo Infante, es el rayo luminoso del ojo consciente que atrapa la imagen reveladora de las partículas de lo viviente: “…la Luz del pensamiento es mucho más significativa que la luz cuántica que se mueve por medio de ondas electromagnéticas, y mucho más importante que la luz química. Las imágenes del pensamiento significan un “efecto fotoeléctrico” al revés, aunque esto pudiera molestarle al genial Albert Einstein, si aún viviera. Ya que los fotones sin masa “arrancan” una huella impresa sobre las placas fotográficas, y el pensamiento, en cambio, deja una huella más significativa sobre la huella de los fotones mismos. El cerebro fotoluminiscente del sujeto, auxiliado con la cámara de los ojos orgánicos y las neuronas electroquímicas, proyecta una vasta imagen de un nuevo tipo de Luz, sobre los nichos inmediatos, sobre los otros sujetos y sobre la existencia toda. El milagro en todo esto es que las placas metálicas lisas para los efectos fotoeléctricos, son inexistentes en la corteza occipital del cerebro estriado y las yuxtaposiciones; sin embargo, ahí, en su seno grisáceo y gelatinoso, entre el aparato óptico y la mente fugaz, se reordenan las imágenes más o menos nítidas del mundo circundante; imágenes fotobioluminiscentes que con los ojos cerrados, por momentos desaparecen; pero que vuelven a resurgir en los recuerdos y en los sueños, a veces con más nitidez que en la realidad física vulgar” (SInfanteFotoevidencia124).

Con su formación filosófica, su tendencia metafísica y su vocación poética, Segisfredo Infante pondera 4 senderos del saber: filosofía, ciencia, teología y poesía, saberes que dan fundamento y cohesión a su visión del mundo y su creación.

Creación metafísica en “Correo de Mr. Job” y  “De Jericó, el relámpago”

Entonces, como sujeto poético, que es lo mismo que decir como sujeto pensante, nuestro pensador se imagina que hay un ojo que lo observa todo, y desde el ojo del creador visualiza la realidad que tiene delante de sí mismo cuando observa el discurrir del mundo. El sujeto poético se ve a sí mismo como el sujeto pensante, y en su expresión lírica, metafísica y estética se asume como el ojo que desde su interior observa el discurrir del mundo. Según la plasmación poética de Segisfredo Infante, leemos: “Soy ángel y soy barro. Una mixtura/del verbo desnutrido entre la arcilla./Mi bestia de Olduvai con ilusión de Hombre/mirando en la garganta titilante/el espinazo de la noche ausente./El polvo de la mente se vuelve más difuso/como espejo de estrellas; rojo que huye/con témpanos que tragan las rodillas/y dedos transparentes con el crujir de huesos” (2).

Concibo la conciencia como la pantalla del Cosmos a cuyo fuero confluyen las irradiaciones cósmicas que captan sus antenas perceptivas y retransmiten sus ondas electromagnéticas intangibles, como señalé en mi libro Metafísica de la conciencia (3). Esas irradiaciones sutiles llegan y salen de la mente consciente en forma de imágenes y conceptos del pensamiento y la imaginación poética. En la poesía de Segisfredo Infante, el sujeto pensante es el ojo de la conciencia que observa, recrea e intuye: “Un día este poeta entredormía/cuando un violín añejo en madrugada/por dentro de su cráneo deslizaba/pedazos de ecuaciones de YAVÉ algebraico./ La noche era tristísima./ Era bella goteando musical incertidumbre de placer,/ de dolor y de inmortal Gerundio./(No tengo fijaciones cerebrales/pues mi espada interior hace centellas/-electroquímicamente-/danzando flexiblemente)” (SInfanteCorreo14).

Esas espadas centelleantes de la mente del poeta que concibe los arquetipos del protoidioma de la creación, desde su ojo pensante, intuitivo y metafísico, canta la búsqueda y los hallazgos de su intuición trascendente: “He buscado la luz; cosechando tinieblas./Ahora no lo puedo comprender./Tal vez porque mi tacto de antiguo terciopelo/hoy cae en la vigilia de tejos y cenizas,/de “piedras derrotadas”:/las escorias sin fin./Tal vez porque caer es semejante/al desprecio inmedible/que a la carne prodigan./A mi carne que conversa en hondonadas./Que conversa en lo negro de un agujero negro/con desgarre de estrella de neutrones” (SInfanteCorreo17).

Desde ese ojo pensante, intuitivo y metafísico, el poeta de Honduras canta lo que concita su sensibilidad profunda. Todo poeta experimenta en su sensibilidad un particular estremecimiento cuando las cosas tocan su alma. Normalmente los poetas entran en contacto con las cosas de un modo fácil, porque tienen su sensibilidad adiestrada para compartir, como fragua del mundo, la realidad sensorial.

La realidad sensorial le hablan a uno, las cosas hablan, las cosas susurran. Lo que pasa es que hay que tener oídos para percibir lo que las cosas susurran y ese oído especial lo tienen los poetas en virtud de esa sensibilidad trascendente que han desarrollado para entender y sentir el mundo de una forma diferente.

Al evocar la tristeza del salmista, lo que el poeta catracho lamenta es no entender cuanto sus ojos atisban y no inteligir su intuición profunda: “No debiera transcurrir, dijo Spinoza,/entre llantos y gemidos la existencia…/Pero la garza de mi vida íngrima/se pierde en las alturas de mi bruma/huyendo del gran lago de los sueños./Porque mis ojos no alcanzan/desde la yerba en que habito/los torreones de la luz celeste./El corazón apretujada rosa/con pétalos heridos en desaire” (SInfanteCorreo18).

Para el poeta visionario de intuiciones metafísicas con sentidos profundos, unas muy antiguas esencias se conservan en papiros de luz, la onda misteriosa y secreta que nuclea las partículas del ser en el entramado entrañable del mundo: “El verso. Mi verso. El ideolecto/da principio en Jericó. L’arqueología/de ladrillos, de aceitunas y de adobes hecha/con el negruzco polen de los siglos./Se trata de una Hamada traslapante. Aquella/indescifrable como el Pájaro/(“qua resurget ex favilla”)/que vuela desde el pozo metahistórico, rasante,/con mezcla de betún, sal y azufre./El verso habita en el relámpago./Hay relámpago en el verso/y libélula amarilla de filamento azul./No hay relámpago en todo verso./Es mejor lo profundo iluminante de una nube negra/o la blanca raíz de los prosaicos huertos/que crecen ariscos y oscuros en los claros matorrales./Algún relámpago tendremos/-alguna intermitencia en fuga-/en el grupo doliente de estos versos./El verso se amontona en los archivos./En papiros de luz. Pergaminos cromáticos” (4).

En una concepción física y metafísica, idea cuántica que lleva a la poesía, crea bajo la impacto de sus vivencias entrañables. Hay muchas imágenes del Universo que tocan la sensibilidad del poeta y a veces el poeta no puede descifrar lo que esas imágenes dicen. Prevalido de su intuición metafísica de la Creación, nutrido en la formación espiritual de su cosmovisión y apertrechado con el caudal de sus percepciones intuidas y reveladas, el poeta sampedrano (5) cifra en el soplo del Eterno la luz que fragua la esencia cósmica: “Yo soñé con la luz indescriptible/de tu cuerpo desnudo exigiendo mis ojos./Reconocí tus labios aguados en fermento/de uva celestial y de trigal mecido. /Acaricié tu rostro hasta la bruma./Porque de bruma se fabrican mis angustias./Ahí soñé el Poema potencial en acto/con frases de dureza evanescente./Del matorral al verbo./Del caos impensable hacia la luz inmóvil/revisé toda existencia goetheana,/maxweleana, ainsteineana,/ardiendo en la fatiga de mi Duda” (SInfanteJericó21).

En su poemario De Jericó, el relámpago el poeta, que como tal es un visionario de sentidos profundos, revela unas muy antiguas verdades que intuye en su condición especial de alguien que está en conexión con el alma del mundo, de alguien que sintoniza el Numen de la sabiduría espiritual del Universo. El Numen cósmico alude a ese ámbito sutil, a esa región etérea fuera de nuestro mundo físico que ha acumulado toda la experiencia humana, todo el saber que la misma existencia depara.

Cuando los poetas experimentan especiales experiencias metafísicas o singulares experiencias místicas, desde su conciencia profunda se desconectan de su propio ser y entran en conexión con seres de luz en ese ámbito sutil del Universo intangible, y entonces regresan de allá con verdades profundas, y si tienen la vocación poética y la capacidad para valerse del verso para crear, plasman en imágenes poéticas lo que de alguna manera tocó su sensibilidad profunda. Una cosa atina el alma del poeta con el lenguaje armónico del verso y el protoidioma de la creación: dar con la esencia del sentido a través del soplo de la luz, señal de la gravitación del que Es: “(El poeta aquí persigue entre el paraje inhóspito/el camino inexhaurible de Yavé. Nunca se cansa/de indagar sobre el Ser con las preguntas hondas /acerca del enigma de los textos sacros./Secuencias lo navegan hacia el río fósil /subterráneo del desierto caravánico/con lenguaje desde el pozo del Saber profundo./La lógica de Wittgenstein/o el discurso de Heidegger/sugieren este verbo secuencial/un poco sin saberlo)./Rosa de Jericó. De Canaán espina./Tu pie se congeló por la primera estancia/de urbanidad neolítica ilegible/del Homo Sapiens Sapiens domesticando el Orbe./Allí te detuviste, bajo un árbol de olivo./Allí se fabricó la primer tienda política. /Allí saciamos pan de hogaza mañanera/con un cordero asado. Dando vueltas./El cántaro de dátil fermentando armonías./¡Muralla de bronce antiguo!/Allí fue posible el amor la fisura/de luz sobre tu vientre dibujando el isósceles/más abajo más bello que el romboide/cromático de Küppers en el clímax/protegido entre la sombra de murallas gemelas/por haber detenido la vagancia perpetua./Allí fue el primer acto de la Espera. /(No maldigas YHVH’/el nombre Jericó/ni maldigas el mío)” (SInfanteJericó25).

Cuando nuestro poeta está en su reflexión del mundo, en su meditación sobre la realidad, trata de auscultar su intuición metafísica del mundo. La intuición metafísica acontece cuando desde nuestra conciencia podemos penetrar más allá de las apariencias de las cosas y entrar en contacto desde nuestra esencia con la esencia de las cosas.

Sucede que desde nuestra sensibilidad podemos entrar en comunión con todo lo viviente y nos ponemos en comunión con lo viviente cuando tratamos de que nuestra esencia se ponga en contacto con la esencia de las cosas, y eso produce una relación armoniosa, edificante y luminosa, porque las cosas le hablan al ser, le sugieren imágenes, le sugieren mensajes a través de la voz de las cosas, a través de la voz del Cosmos. Así como nosotros tenemos una voz interior, todo lo que existe tiene su propia voz subjetiva y entrañable. El poeta hondureño cifra en el soplo del Eterno, la luz que de la esencia cósmica, por eso el emisor de estos enjundiosos versos se ausculta a sí mismo en busca de una verdad profunda o un sentido trascendente: “Como el Patriarca de los sueños leves/que hacia Bersheva por el sur ignoto/buscaba el Verbo entre la arena asfáltica,/yo vengo hacia mí mismo, mansamente,/en pos de algún fragmento, una verdad” (SInfanteJericó45).

Los genuinos poetas son participes de un protoidioma, es decir, del idioma original en que hablan los poetas genuinos para lograr la esencia de las cosas. Segisfredo Infante tiene una inquietud filosófica y una vocación filológica que lo lleva a escribir poesía. El sueño de todo poeta es encontrar un fragmento del mundo donde hallar una verdad profunda que explique el sentido de fenómenos y de voces. Cuando explora parajes de la tierra santa para escuchar el sonido primordial, la voz del misterio y el aliento de la vida, husmea en los escombros del pasado y visualiza la Tierra Prometida para escuchar el sonido original, la voz profunda del mundo y el hondo aliento que da vida: “¿Qué fuiste a ver/entre esas ruinas secas Segisfredo?,/¿no bastaba el matorral pedregoso en donde habitas?/preguntarán con labio despectivo./Yo fui a mirar el sonido de la Tierra/para escuchar la luz desde la médula del Hombre./Fui a contemplar/mi sequía entre mi hueso ensimismado./Como elipsis desértica de vida./Serpiente sigilosa que muerde el corazón/de insubstanciada muerte./Fui a mirar el relámpago/que nace entre Tus ruinas./Yo coloqué, ahí mismo, una lágrima de sangre,/sobre la piedra de David, altar primero./Y acaricié la flor más blanca/que crece digna, sola, bella, altiva en los escombros/de Jericó y los niños del futuro” (SInfanteJericó49).

La idea de la “luz” es muy importante en su visión del mundo, porque él entiende que la luz es esa onda espiritual que se manifiesta en la conciencia y se proyecta en el poema a través de la cual habla Dios a los hombres. Todo es producto de esa luz divina:

De la reflexión filosófica y la creación poética de Segisfredo Infante puedo inferir los siguientes atributos que perfilan su intuición exegética y su talento creador:

1. Tiene una fecunda capacidad teorética para inferir, mediante el poder de su contemplación espiritual, principios y fundamentos sobre el ser de las cosas y el sentido de la Creación.

2. Posee una clara intuición estética para orillar, a la luz de sus reflexiones filosóficas, la dimensión esencial y trascendente.

3. Perfila y valora la dimensión espiritual, metafísica y mística de lo viviente, a la luz de su formación filosófica.

4. Adentra en el fuero de la conciencia para orillar, con despliegue de su sabiduría metafísica, su formación intelectual y su intuición poética, lo que da esencia y sentido al fluir de lo viviente y fundamento a la creación interiorista.

5. Desentraña lo peculiar de fenómenos y cosas mediante el conocimiento del mundo, el lenguaje pertinente y el criterio oportuno con una clara comprensión del sentido profundo de fenómenos y cosas.

En fin, este escritor, este valioso intelectual hondureño que hoy recibimos en la Academia Dominicana de la Lengua y a quien otorgamos la distinción de miembro correspondiente de esta institución, es consecuencia del aporte que Segisfredo Infante ha hecho a través de la palabra, el aporte que él ha contribuido como pensador, como estudioso de la realidad y como periodista que a través de centenares de artículos periodísticos que ha dado a conocer en su país para canalizar sus inquietudes, para ayudar a rectificar desviaciones e inconductas, para orientar a la población hacia un mejor derrotero en su camino hacia la luz, y sobre todo como poeta, pues ha acudido al verso y gracias al hermoso don del lenguaje poético ha sabido testimoniar lo que le dicta su sensibilidad espiritual y estética. Por un lado lo hace como pensador y se vale de la prosa para decir “he aquí mi pensamiento”; y en segundo lugar se vale de la poesía para testimoniar a través de la palabra poética lo que su sensibilidad experimenta cuando se sitúa ante la realidad de lo viviente. El sujeto pensante, la realidad y el pensamiento han encontrado en Segisfredo Infante un hermoso cauce que él ha sabido edificar con su palabra edificante y luminosa.

Saludo con alegría la existencia de este grandioso pensador-poeta que da claras notaciones de una coherencia entre la esencia de su pensamiento y la intuición metafísica y estética de su creación poética, lo que evidencia que su lírica es índice y señal de sus hondas intuiciones y profundas vivencias sentidas con el acento emocional de su sensibilidad estética, la onda mística de su sensibilidad espiritual y la fragua luminosa de su sabiduría trascendente.

Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, 23 de junio de 2017.

 

Notas:

1. Segisfredo Infante, Fotoevidencia del sujeto pensante, Tegucigalpa, Honduras, Campo Estelar Editores, 2014, p. 10.

2. Segisfredo Infante, Correo de Mr. Job, Tegucigalpa, Ed. Universitaria, 2005, 10.

3. Bruno Rosario Candelier, Metafísica de la conciencia, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2016.

4. Segisfredo Infante, De Jericó, el relámpago, Tegucigalpa, Editorial Universitaria, 2004, p.

5. Segisfredo Infante Tejeda nació en San Pedro Sula, Honduras, en 1956. Tomó posesión como miembro de número en la Academia Hondureña de la Lengua en el 2010. Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, de la que fue docente y editor de publicaciones. Cofundador de las revistas Pensamiento hondureñoTiempos nuevos, codirigió el boletín literario Conejo y fundó la revista Caxa Real. Es miembro de la Academia de Geografía e Historia de Honduras y correspondiente de la de Guatemala. Coordinador del programa de televisión Economía y cultura. Escribe en el periódico La Tribuna temas conceptuales, económicos y sociopolíticos. Entre sus obras filosóficas, históricas y poéticas figuran Filamentos (1984), Antinomias de café (1990), Pesquisas literarias (1993), Los alemanes en el sur (1993), El libro en Honduras (1993), Algo de opinión (1997), Reflexiones en el cine (2001), De Jericó, el relámpago (2004), Correo de Mr. Job (2005) y Fotoevidencia del sujeto pensante (2014). Compiló Homenaje a Rafael Heliodoro Valle  (1989). Recibió el Premio Froylán Turcios de periodismo y ensayo, la Hoja de Laurel en Oro (2005) y la presea de la Embajada de España en Honduras (2016).

La palabra «prístina»

Por Bruno Rosario Candelier

   El adjetivo “prístina”, en la frase “prístina estancia”, no está usado con propiedad. La razón lingüística amerita una explicación que aborde la filosofía del lenguaje:

1. Tenemos una relación triangular con lo existente. En esa relación hay un diálogo (o triálogo) entre los tres componentes: la cosa, el hablante y la palabra. Imaginemos un triángulo con esta indicación: la COSAen el ángulo izquierdo; el HABLANTE en el ángulo superior; y la PALABRA en el ángulo derecho.

2. Las COSAS emiten señales que el HABLANTE capta y formaliza en las PALABRAS. El hablante identifica la cosa con un nombre. Cuando el hablante entra en contacto con la realidad material capta su naturaleza y la identifica con una palabra. Las cosas las nombramos con un vocablo, nombre o palabra, que tiene la categoría gramatical de sustantivo. El hablante, cualquier usuario de la lengua, todo hablante internaliza en la conciencia, no la cosa en sí, sino la idea que se forja de la cosa. Y al expresar esa idea lo hace con la denominación apropiada a su naturaleza mediante la palabra pertinente que la refleje.

3. Las cosas tienen una naturaleza distintiva que se manifiesta a través de sus rasgos sensoriales. Cada cosa tiene su nombre desde que el mundo existe o, al menos, desde que Adán comenzó a nombrarla en el Edén paradisíaco, idílico y bucólico.

4. Ante una cosa podemos apreciar dos aspectos: la naturaleza de la cosa y las manifestaciones sensoriales de esa cosa. La naturaleza de la cosa la definimos con un sustantivo (caballo, árbol, estancia); y sus cualidades las describimos con un adjetivo (blanco, frondoso, grande). Los adjetivos aluden a las cualidades que las cosas manifiestan. Los adjetivos no son la cosa en sí, sino las propiedades que las cosas reflejan o los atributos que las cosas contienen o proyectan. Es decir, los adjetivos son las palabras con las que identificamos las cualidades o los atributos de las cosas.

5. Cuando entramos en relación con las cosas recibimos las señales que sus cualidades emiten a través de sus datos sensoriales. Algunos adjetivos se aplican a la cosa; otros adjetivos aluden al hablante; y otros, a la relación que se establece entre el hablante y la cosa.

6. Cuando el hablante capta las sensaciones de las cosas experimenta una reacción, producto del efecto que la cosa ejerce en su sensibilidad. Conviene distinguir las cosas de las reacciones que experimentamos ante sus manifestaciones sensibles.

7. A la primera reacción que experimentamos al entrar en contacto con la cosa la denominamos prístina, que significa ‘primera’, ‘primordial’, ‘originaria’. Esa sensación originaria la experimenta la persona, o el sujeto hablante, con una reacción que no le sucede a la cosa, sino al observador de la cosa, pues el hablante expresa lo que siente ante la cosa. La palabra “prístina” alude a la primera sensación que se siente ante algo. Por tanto, “prístina” no se puede aplicar a cosa alguna, sino a la sensación originaria y primordial que el observador o contemplador experimenta cuando entra en contacto con la cosa. Por esa razón es inapropiado decir “prístina habitación” o “prístina estancia”, porque “prístina” no es una cualidad de la habitación o la estancia, sino la calificación de la primera sensación que nos produce.

8. “Prístina” alude al primer efecto que experimenta el observador y, como se trata de la sensación primordial, originaria o primera, la palabra adecuada a la sensación es “prístina”, que experimentamos cuando las cosas nos comunican sus cualidades. Una estancia puede ser nueva, hermosa, grande, pequeña, moderna, espaciosa, limpia, húmeda y otros adjetivos que aludan a sus condiciones materiales, pero nunca puede ser “prístina” porque la cualidad de prístina se aplica, no a la cosa en sí, sino a la sensación originaria que un cosa produce en la sensibilidad cuando nos relacionamos con algo.

9Los adjetivos existen para describir las cualidades de las cosas o para aludir a la percepción que tenemos de dichas cualidades. Las cosas son realidades, objetos, entidades, objetividades o datos materiales que se identifican con sustantivos, y las cualidades de las cosas son atributos que se describen con adjetivos o epítetos. La palabra “prístina” no es un adjetivo para aplicarse a cosas, sino para indicar los efectos que las cosas nos producen (que pueden ser diversas, variables y diferentes). Cuando percibimos por primera vez una cosa (un árbol, una tarde lluviosa, una noche estrellada, un amanecer rutilante, una estancia preciosa), esa cosa genera una sensación al percibirla, que llamamos “prístina” a la primera vez, es decir, a la sensación originaria y primeriza por su condición primordial. Es inapropiado, por tanto, decir una “estancia prístina” o “una prístina estancia”. “Prístina” es la condición originaria de la sensación que sentimos al contemplar algo. En otras palabras, “prístina” no es una cualidad de la cosa, sino una condición temporal de una sensación. Por esa lógica verbal, no es pertinente decir “prístina estancia”. “Prístina” puede ser una ocasión (“momento prístino”), un efecto (“sensación prístina”), una reacción (“la prístina huella”), pero jamás se puede aplicar a una cosa o a una realidad material, física y objetiva, sino a la manifestación metafísica de esa realidad en la sensibilidad del espectador.

Una estancia será siempre una estancia, no así la reacción o la sensación que esa estancia genere. Es decir, la estancia será siempre la misma, aunque varíe su percepción en el observador al contemplarla. Dicho de otra forma; una estancia puede generar diversas sensaciones y, de todas las sensaciones, la primera es la sensación “prístina”, pero nunca habrá una “estancia prístina”, sino una “prístina” sensación de dicha estancia. En fin, se puede decir “sensaciones prístinas”, pero no “montaña prístina”, “mujer prístina” o “estancia prístina”.

Quien abre su sensibilidad a la contemplación de lo viviente podrá experimentar siempre nuevas sensaciones prístinas porque el mundo es una realidad cambiante y, en tal virtud, genera un caudal de múltiples y diversas sensaciones ante el fluir incesante de fenómenos y cosas en virtud de la dotación originaria emanada de la Fuente primordial de todo lo viviente. La vocación poética abre la sensibilidad para captar las sensaciones de las cosas, y cuando el creador abre las compuertas de su sensibilidad para percibir lo que las cosas reflejan, puede sentir y expresar las sensaciones prístinas de la dimensión primordial de fenómenos y cosas, para alumbrar su belleza y captar su sentido.

Presente y ausente

Más de una vez hemos usado las palabras acento y tilde indistintamente. Y, aunque comparten alguna acepción, no siempre son sinónimas. En las palabras formadas por más de una sílaba (y en algunas monosílabas) una de ellas se pronuncia con una cierta intensidad que hace que la distingamos de las restantes sílabas de la misma palabra. Esta intensidad en la  pronunciación es lo que conocemos como acento. El signo ortográfico que usamos para señalarlo es la tilde. Cada palabra tiene un solo acento, que recae en la que llamamos sílaba acentuada o sílaba tónica: en la palabra término la silaba tónica es tér-; en termino es –mi-; en terminó es –.

Si desconocemos una palabra, no podemos saber de antemano cuál es su sílaba tónica. En la lengua oral la distinguimos cuando oímos pronunciar la palabra correctamente; para poder leer o escribir una palabra necesitamos que entre a trabajar la tilde, un signo ortográfico imprescindible en español para distinguir la sílaba tónica de las palabras. Tiene tanta fuerza la tilde, asistida de las reglas que rigen su uso, que significa tanto cuando está presente como cuando está ausente. La misma significación tiene la tilde que vemos en las sílabas tér- (término) y -nó (terminó) que su ausencia en -mi- (termino). Lo que la hace significar es la norma que la regula. Y ahí es que necesita de nosotros: si desconocemos sus reglas de uso, la hacemos perder su significado. La tilde y su ausencia nos asisten para que podamos leer correctamente, entender lo que leemos y escribir exactamente lo que queremos que los demás lean.

© 2017, María José Rincón.