Por Segisfredo Infante

      Es uno de los conceptos más interesantes en la música, en la poesía, en la prosa y en las relaciones amistosas. El vocablo “armonía” proviene del latín y del griego, y se relaciona con situaciones simples como el ensamblaje de dos o más cosas diferentes. O con la juntura de piezas de madera o de cualquier otro elemento. Presumo que este concepto podría aplicarse a la política y a la economía, en el contexto de sociedades sobrias, con capacidad de negociar aquello que a veces pareciera innegociable. A propósito de esto hace pocas semanas publiqué un artículo titulado “Sinfonía del despegue económico”, en donde, sin mencionarlo, introduzco por alusión metafórica el concepto de armonía, al señalar que los diversos subconjuntos de una orquesta sinfónica, bajo la batuta de un buen director, se interceptan y se relacionan entre sí, produciendo melodías y armonías hermosas que podrían gustar a todo mundo. Claro está, hablo aquí de sociedades maduras. Y uno de mis sueños es que Honduras logre madurar algún día, cercano o lejano.

Un término conceptual contrario al de armonía es el de “discordia”, con el cual trabajaron varios de los primeros filósofos griegos, presocráticos o preplatónicos; e incluso el mismo Aristóteles, para señalar una cierta duplicidad de las cosas en los procesos de configuración del ser y de los seres. Sin embargo, los pitagóricos estaban obsesionados con el concepto de “armonía”, a pesar que uno de ellos descubrió la “irracionalidad” de la raíz cuadrada del número dos. No se aceptaban, por aquellos remotos siglos, los números “irracionales”. Tampoco los números “imaginarios”.

Sea como fuere a los pensadores maduros de cualquier sociedad, les interesa el bienestar de la mayor parte de ciudadanos. Incluso la posible felicidad. En la búsqueda de este bien supremo del hombre (y de Dios) coincidieron los más importantes profetas del desierto y los más destacados filósofos griegos, entre ellos Sócrates y sus seguidores directos e indirectos. Sin embargo, en los siglos modernos e hipermodernos que corren, a pesar de los avances científicos y de las coincidencias filosóficas y políticas de los grandes pensadores, ha ocurrido que el fanatismo de cualquier índole, la irracionalidad extrema, la xenofobia, el cazabrujismo, las obsesiones ideológicas y el racismo, se han impuesto en las almas de algunos ideólogos y dirigentes, generando deshumanización y desolación en los países, en las naciones y en el planeta entero. El siglo veinte estuvo cuajado de estas desoladoras evidencias, con las resacas consiguientes para el brumoso siglo veintiuno. Hay individuos que a pesar de los profundos desastres de las décadas recientes, originados por sus propias ideologías, siguen empeñados en sus confusiones y “exterminios” ideológicos, infiriéndoles daños a todos los individuos que pretenden mantener una cierta autonomía en sus formas y contenidos de pensamiento, en que a veces los daños son masivos, al grado que terminan despedazando a sus propios seguidores, tal como lo hicieron, sin ningún escrúpulo y rubor, los totalitarismos de extrema derecha y de extrema izquierda, que han sido estudiados por escritores de altos vuelos como Hannah Arendt.

Los obsesivos anti-históricos (que pretenden unilateralizar el pasado histórico) perciben la búsqueda de armonía como un error o un defecto. Cuando se les sugiere la gran posibilidad de una negociación o de una conciliación extrajudicial, por decir algo, la toman, perversamente, como una debilidad de parte del adversario, que debe ser aprovechada para destruirlo innecesariamente. Nunca se les ocurre que al empujar las cosas hasta las últimas consecuencias, se meten en un pantano o en un callejón sin salida. Las sociedades inmaduras producen hombres y mujeres inmaduros, incapaces de negociar; o enemigos jurados de la armonía encaminada a la búsqueda del bien, de griegos y troyanos.

Nosotros somos de la opinión que si en un conflicto existen las más mínimas posibilidades de negociar, hay que aprovecharlas al máximo, honrando los acuerdos escritos o hablados, porque “la palabra” debe ser respetada. No hay que pasarse de listos creyendo, con falsas lógicas, que los demás son meros ignorantes. Por ejemplo, cuando un dirigente político (léase impolítico) dice que nunca va a respetar los papeles públicos que él mismo ha firmado, se deduce de inmediato que tal individuo es incapaz de respetarse a sí mismo, y que en consecuencia lógica se encuentra dispuesto a irrespetar a todo mundo, incluyendo a sus más cercanos seguidores. Un individuo de tal naturaleza es altamente peligroso para la sociedad hondureña y para cualquier sociedad. Incluso es peligroso para el otro dirigente político titiritero (que también se las pasa de listo), que presume que tiene amarrado a su muñeco transitorio, por siempre. Los dos se están engañando el uno al otro, en una extraña mezcla de “anticomunismo” y de “izquierdismo” fingidos. En este punto vuelvo a subrayar que lo correcto es la línea virtuosa y valiente del “justo medio” entre dos extremos, que hace más de dos mil trescientos años sugirió el filósofo Aristóteles, a fin de evitar los excesos y los defectos que provienen de la irracionalidad “animal” y “vegetal”. Es la misma línea moderada que buscaba el gran estadista don José del Valle.

Tegucigalpa, MDC, 02 de julio del año 2017.  (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 06 de julio del 2017, Pág. Cinco).