Vamos guardando nuestro clavito, aunque a veces puede que se nos quede corto. Con la suma de los impuestos siempre invitamos a un comensal extra con el que no contábamos. Elegimos un día. Sobrellevamos algún que otro tapón. Y, al fin, nos sentamos con unos amigos a la mesa de un restaurante. Los que somos de buen comer disfrutamos de la experiencia. Los que somos además de buen hablar tenemos que pasar por el trago amargo de leer la carta.

Empecemos por una ensalada, fresca y saludable. Se nos atraganta la rúcula; una simple esdrújula que encontramos escrita en el mismo menú *rucula y *rucúla, y eso porque solo tiene tres sílabas. Dejamos a un lado la rúcula y nos decantamos por un rollo, o enrollado. No sabemos si atrevernos porque resulta ser un chicken lettuce wrap. Parece que pollo y lechuga envueltos en una tortilla adquieren cierta categoría si lo decimos en inglés. Un poco desencantados ya observamos cómo el tradicional aliño o el clásico aderezo se han transformado en un hortera dressing.

Ya no queremos ensalada. Pasemos a los entrantes, los entremeses, el castizo tapeo o la criolla picadera. Nada de nada. Si no está dispuesto a atragantarse con un sampler de appetizers, se quedará con hambre; incluso si el plato se compone de chorizo, morcilla y longaniza. ¿Les parece que alguno de estos manjares casa con lo de sampler? A estas alturas no sé si saltarme los entremeses y seguir leyendo el menú o echar mano de un bolígrafo rojo y empezar a corregir.

© 2016, María José Rincón.